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Apuntes para una historia breve del fútbol francés (y 2)

Capítulo 2: París Canal + de Fútbol.

El impacto de la teneduría de Canal + sobre el PSG fue inmediato y en forma de fichajes de entrenador y jugadores. En dos años se construyó un equipo monumental a base de firmar futbolistas destacados o prometedores de diversos equipos nacionales.

La base de un equipo casi generacional se ponía en este primer año con las llegadas de Le Guen desde Nantes, Colleter desde Montpellier, Ginola desde Brest, aunque había jugado dos años en el RC París, el lateral Ricardo Gómez y el mediapunta Valdo, dos brasileños procedentes del Benfica, el segundo con la misión de ocupar el lugar del cerebro Safet Susic y en un alarde de competencia tres jugadores directos del OLM campeón el curso anterior: Fournier, Germain y Bravo. El técnico será el portugués Artur Jorge.

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Antiguo delantero de la Académica de Coimbra y del Benfica en los 60 y 70, había conocido el éxito como entrenador en el Oporto, ganando la Copa de Europa del 86 con un equipo afilado por la dupla atacante Futre y Madjer, un excelente delantero argelino que poco antes de recalar en Portugal había jugado en el RC París. Artur Jorge había sido también entrenador del otro equipo parisino, fichaje de lujo tras la consecución de aquella Copa de Europa, pero el proyecto no cuajó y regresó a Porto.

En el 91, de nuevo estaba camino de París y esta vez sí iba a triunfar. Llegó para hacer olvidar a Tomislav Ivic (aunque su predecesor inmediato había sido Henri Michel, pronto de camino hacia el fútbol africano donde pasaría el resto de su carrera), quien había completado dos buenas temporadas a finales de los 80, incluyendo un subcampeonato en la 88-89. Ivic, según la lógica circulante del fútbol francés terminó por entrenar al OLM en el 91, sustituyendo por unos meses a un Raymond Goethals que entraba y salía del banquillo.

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Artur Jorge permaneció en el club hasta el 94, construyendo un equipo duradero y ganando por el camino la segunda Liga de su historia (93-94), otra Copa (92-93) y alcanzando la semifinal de la Copa de la UEFA en el 93, siendo derrotados por la Juventus de un Roberto Baggio que entonces vivía iluminado. Los dos goles del 2-1 en Turín fueron suyos y el 0-1 en el Parque de los Príncipes, también.

En esa competición fue donde se escenificó la dramática aparición del PSG en el contexto europeo durante unos exuberantes cuartos del final contra un Real Madrid que veía a la Quinta del Buitre apagarse en el dominio del Barcelona de Johan Cruyff. Es el Madrid tragicómico de las Ligas de Tenerife, que entrenado por Benito Floro y con Zamorano fichado desde el Sevilla como ariete al menos ganaría ese año la Copa del Rey.

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El PSG se había anunciado tras derrotar en dieciseisavos al Nápoles que entrenaba Claudio Ranieri y que aun en franca decadencia contaba con gente como Cannavaro, Zola, Fonseca o un veterano Careca. El Anderlecht había sido su siguiente rival y tras ser derrotados en el Bernabéu por 3-1 la aventura europea parecía llegar a un final lógico, pero la vuelta descubrió un estadio de fútbol vibrante, el Parque de los Príncipes, y a un equipo capaz de hazañas. Su 4-1 fue una tormenta sobre el Real Madrid, incapaz de resistir en pie el vapuleo de un equipo encendido.

Fue Kambouré, un defensor muy querido por la grada que procedía de la época anterior a Canal + en el equipo quien en el minuto 96 marcaba el gol definitivo. Ya lo había hecho contra el Anderlecht. No solo fue la intensidad, la fe, sino un despliegue de juego elegante y ofensivo, de combinaciones vistosas y transiciones veloces simbolizadas en un triángulo genial que conformaban el mediapunta brasileño Valdo, el grácil interior David Ginola y un futbolista liberiano que procedía del Mónaco pero que bien podía haber venido del futuro: George Weah.

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Alto, de zancada potentísima, gran técnica y demoledor disparo, Weah sacó al delantero centro del área y lo colocó en todo el campo contrario, e incluso en el propio como aquel legendario gol al Verona jugando ya con el Milan donde recorre el césped de punta a punta tras recoger un córner en su propio área. Lo había traído a Francia Arsene Wenger, aconsejado por su amigo Claude Le Roy, seleccionador de Camerún país en el cual jugaba a mediados de los 80. En sus cuatro años en Mónaco logró una Copa de Francia. Es el modelo original del cual saldrá Ronaldo y una de las personalidades únicas del fútbol de los 90 no solo por su fascinante estilo, sino por un compromiso ético admirable con su país.

Weah llega en el año 92, en el segundo curso de Artur Jorge, El primero, la 91-92 se había cerrado con un tercer puesto, por debajo de Mónaco y OLM, que le había sacado 11 puntos. La clasificación era buena, pero había dejado cierto aire de decepción. El Mónaco tenía el fútbol y el OLM los títulos, mientras el PSG parecía a medio camino de todo. El equipo era menos ofensivo de lo que la fama de Artur Jorge había prometido, en parte por la tosquedad del medio campo que formaban Germain y Le Guen y su estilo zonal estaba por desarrollarse. Pero los muebles estaban, solo hacía falta ordenarlos.

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Con Bast jubilado llega el carismático Bernard Lama desde el Lens para establecerse por fin en una portería después de cambiar de equipo casi continuamente durante la década anterior. Alain Roche se incorpora a la defensa desde el Auxerre y Vincent Guerin al medio campo desde Montepellier. Rápidos y agresivos, permitieron a Artur Jorge acortar al equipo, desprenderse de las protecciones de la defensa de 5 que había usado y llevar al equipo a campo contrario, a buscar en lugar de a esperar.

El factor intimidante en que se convirtió Weah de inmediato facilitó la conversión del PSG en el equipo ofensivo y dominante que se encontró el Real Madrid.  Esa temporada concluye con una seria amenaza liguera al OLM, que consigue el título por un solo punto y con la victoria en la Copa por un contundente 3-0 frente al Nantes de Pedrós, Loko, Makelele o Karembeau, algunos de los cuales permanecerán en el equipo de los Canaries que ganará la liga del 95. El PSG estaba preparado para todo y la temporada siguiente comprará la pieza que le faltaba.

Guy Roux - 17.05.1996 - Reportage Magazine - Auxerre Photo : Eric Renard / Icon Sport

Directo desde uno de los mejores equipos del mundo en aquel momento, hermano de una leyenda, Raí llega para terminar al PSG y para convertirse en el jugador que va a definir al equipo en los años por venir, aunque la limitación a tres extranjeros sobre el campo hizo que Raí conviviese en la titularidad con Valdo durante su primer año. Brasileño sin barroquismo, todo lo que hace aparece un destilado de fútbol. Es sencillo y elegante, todo lo transforma en algo fácil, fluido. Raí da la idea de lo que hubiese sido Sócrates si hubiese decidido ser futbolista profesional en lugar de jugador de fútbol.

Ambos hermanos encontraron su perfecta expresión a las órdenes de Telé Santana, el último entrenador auténtico del fútbol brasileño. Sócrates estuvo en la época de la tragedia, con aquella selección portentosa del Mundial 82 y su epílogo cansado del 86; Raí fue protagonista de la reivindicación de aquella idea, de la vuelta de la Historia. Era el mediapunta del Sao Paulo que dirigía parsimonioso desde el centro del campo Toninho Cerezo, brasileño de otros tiempos. Aquel equipo dominó el fútbol nacional, ganó 2 Libertadores y sometió consecutivamente al Barcelona de Cruyff y al Milán de Capello en sendas Intercontinentales. Era un equipo que merecía ser visto.

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La 93-94 es la temporada del shock en Francia. Ha quedado demostrado que Bernard Tapié compró un partido contra el Valenciennes y la UEFA le prohíbe jugar la Champions de ese año. El PSG, en un gesto de honestidad, rechaza participar. El Mónaco toma el puesto y llega a jugar las semifinales contra el Milan que destrozará al Barcelona en Atenas.

El OLM liquida el negocio entre las dudas de la federación francesa, que tardará un año en determinar su descenso a la segunda división. Pese a vender a Boskics, Abedí Pelé, Desailly o Sauzée al dinero italiano la estructura del equipo es lo bastante sólida como para finalizar segundos tras el PSG, aunque a 8 puntos. Los parisinos dominan sin oposición. Su lujoso equipo al fin se justifica en las vitrinas y entre ellos y las circunstancias rompen el impecable ciclo de cuatro campeonatos consecutivos de los marselleses.

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Sobre el campo el PSG es una construcción sólida y elegante. Con una defensa recia dirigida por Ricardo y Roche y dos laterales poco aventureros, Sassus y Colleter. Le Guen, Fournier y Guerin competan un trío de volantes intercambiables, laboriosos e inteligentes que empujan en la misma medida que protegen al otro trío ofensivo, el formado por Valdo (o Raí en forma de alternativa impagable),  Ginola y Weah. Parecen llamados a tomar Europa también.

El camino en la Recopa es menos exigente, pero en cuartos el Real Madrid vuelve a cruzarse. La eliminatoria está lejos de la espectacularidad del año anterior, pero da idea de la seriedad del PSG. El resultado en el Bernabeú fue solo un 0-1, pero la sensación fue de impotencia. Ginola destruyó al equipo blanco simbolizado en el martirio que le hizo pasar a Chendo y salió del partido convertido en estrella. Floro fue despedido en el interín de la eliminatoria y es Vicente Del Bosque quien cumple como hombre de la casa en el banquillo de París.

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La vuelta es rara y desangelada, pese a que Butragueño llega a empatar y es Ricardo quien da el pase en un cabezazo al poco de comenzar la segunda parte. La sensación es la de un Real Madrid que no está allí más que en cuerpo y al de un PSG con cara de campeón. No será así, pero los franceses le han tomado la medida a los equipos españoles y en breve Barcelona y Deportivo de la Coruña los sufrirán.

El Arsenal de George Graham era el rival. Graham sintetizaba al Arsenal. Al histórico “boring Arsenal”, al “one-nil Arsenal”, pero en 1989 había devuelto a los londinenses al título de liga tras dieciocho años en un final histórico que decidió el título en un gol en el último minuto del último partido. Después de semejante proeza había ganado otra liga y un par de Copas y estaba escrito que este año 1994 iba a ganar al Recopa también. Ni el PSG a la última moda, ni el Parma millonario que intentaba su segunda Recopa consecutiva tras la ganada al Royal Antwerp en el 193 se lo iban a impedir.

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Allí estaban David Seaman y Tony Adams y Nigel Winterburn y Paul Davis, Paul Merson, Ian Wright o Alan Smith…Era un equipo inglés hasta la médula, de moda incluso en 1994. El PSG chocó de frente con aquel muro y no fue capaz a dilucidar como saltarlo o rodearlo. 1-1 en casa y 1-0 fuera. Resultados Arsenal. La final, por supuesto, One-Nil.

El cambio más importante, casi el único, para los dos años siguientes tuvo lugar en el banquillo. Artur Jorge regresó a Portugal para hacerse cargo del Benfica y comenzar una rápida decadencia que incluiría una breve estancia en Tenerife y un no menos fugaz regreso al PSG en la 98-99 en un intento desesperado por prorrogar un equipo que ya había desaparecido.

Brazilian striker of the Paris Saint Germain soccer team Rai jubilates after scoring the 4th goal for his team during the match PSG vs Galatasaray for the Cup winners Cup tournament at the Parc des Princes stadium in Paris Thursday October 31, 1996. PSG wiped out a two-goal deficit to score a 4-0 victory over Turkey's Galatasaray. At left is Galatasaray's goalkeeper Hayrettin.(AP PHOTO/Michel Lipchitz)

Para sustituirlo se piensa de inmediato en Luis Fernández, quien pese a su excursión por el Matra Racing sigue siendo considerado un emblema del club. Lleva un par de temporadas en el Cannes, donde compatibiliza el campo y el banquillo. En la 92-93 había conseguido el ascenso y en la siguiente había dejado sexto al equipo. La experiencia se considera suficiente; el carisma personal hace el resto. Fernández emergerá como uno de los técnicos europeos más interesantes de la segunda mitad de los 90, que concentra lo mejor de su carrera en los dos primeros años pasados en París y una memorable (por diversas razones) etapa en el Athletic de Bilbao, a quien logra dejar segundo en el 98.

Tal vez Luis Fernández sea un caso de entrenador a quien hacen sus jugadores. Más motivador que táctico, en el PSG heredó la ya comentada estructura y en el Athletic recibió una mezcla de generaciones notable a las cuales dio sentido. Como sea, aportó carácter y no desperdició el buen material. Pese a la Recopa ganada en el 96, el primer y único título europeo de los parisinos, su mejor fútbol lo dejó el año anterior.

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En Liga fue incapaz de aguantarle el ritmo a un Nantes exuberante, un equipo que prometía establecer un ciclo pero fue rápidamente desmantelado, y en Champions llegó al límite de las semifinales contra el tremendo Milan de Fabio Capello, no sin antes haber derrotado al Bayern de Munich en la fase de grupos y al Barcelona de Cruyff en cuartos.

El Nantes venía apareciendo y desapareciendo desde los 80. Equipo de formación, exportador, parecía depender casi en exclusiva de la personalidad de su entrenador-icono Jean-Claude Suaudeau. Este había sido jugador en la época dorada de José Arribas en los 60 ganando dos Ligas como jugador y estaba en 1995 terminando su segunda etapa como técnico. La anterior, en los 80, había dejado otra Liga, la del 82-83, el Nantes de Boissis o José Touré. Suaudeau encarnaba una tradición de juego, un modo particular de entenderlo a través de la pelota, el primer toque y el ataque.

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Su cantera, desde el 82 dirigida por Raynald Denoueix, otro exjugador de le época Arribas, nutría al fútbol francés y se había convertido en la  fábrica de un tipo de jugador francés que iba a imponerse en Europa desde el mediocentro. Didier Deschamps había salido en el 89 hacia Marsella y en el 94 se había instalado en la Juve. Marcel Desailly, quien ejercía también como central, había hecho un camino similar, pero terminando en el Milan.

En el 95 la posición le pertenecía al ordenado Ferri, pero a su alrededor gravitaban Claude Makelele, reconvertido luego a mediocentro de eficiencia quirúrgica, y Karembeau, un decatleta que jugaba al fútbol desde cualquier posición de la defensa o el centro del campo con entusiasmo contagioso, al igual que el incansable carrilero izquierdo Christophe Pignol. Reynald Pedros, era la respuesta a Ginola, muy similar en estilo e incluso en apariencia y el elegante chadiano N’Doram ponía la nota de distinción.

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La delantera era para los complementarios Ouedec y Patrice Loko, máximo goleador ese año. El Nantes cerró un curso inmaculado, invicto en 32 partidos y honrando su fútbol tradicional. Pero donde el Nantes tenía estilo propio y herencia le faltaba dinero, acuciado por las graves deudas que había acumulado a lo largo de los 90.

Entre la temporada del título y la siguiente, donde le disputaron la semifinal de la Copa de Europa a la Juventus de Lippi, rozando la gesta con un 3-2 en casa, el equipo fue desmantelado sistemáticamente. Makelele se fue a Marsella, Karembeau a la Sampdoria, Ferri acabó en el Liverpool tras un paso breve por Turquía, Pignol y N’Doram en el Mónaco, Pedros se fue al Parma con estación intermedia en Marsella, Ouedec al Español y luego al PSG, Loko directamente a París para sustituir con fortuna a George Weah.

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El Nantes de la segunda mitad de los 90, el gran equipo francés perdido, terminó desperdigado por toda Europa. La época ya no era propicia, el fútbol del dinero estaba haciendo su aparición definitiva. El Calcio de Parmalat o Cirio era la más perfecta expresión de esta burbuja.

El Nantes abre, en todo caso un espléndido periodo sin gobierno. Si él no es capaz de asentar un dominio al menos impide el del PSG y ofrece un camino por el cual van a transitar Auxerre, Lens y un reaparecido Girondis de Burdeos, con el Mónaco como aspirante a dominador pero capaz solo de embolsarse dos títulos alternos. Es el propio Nantes quien en 2001, entrenado entonces por Denoueix, pone el epílogo a ocho campañas consecutivas sin que ningún equipo sea capaz de doblar siquiera el triunfo. La réplica, sin embargo será demoledora: el alzamiento del Olympique Lyonnais y su tiranización de la Ligue1 con un impresionante récord de siete campeonatos consecutivos, una marca insólita en el fútbol continental.

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La liga 94-95 es seminal. No solo compiten duramente Nantes y PSG, sino que un notable OL es segundo este año con futbolistas como Bruno N’Gotty, Manuel Amorós, Franck Gava o Florian Maurice, incluso un joven Ludovic Giuly. De hecho, todos  los equipos entre el cuarto y el séptimo (Auxerre, Lens, Mónaco y Girondins) serán campeones durante este periodo. Y Francia, como selección, vencerá de una tacada en Mundial y Eurocopa, habiendo sido ya semifinalista en la Euro de Inglaterra 96.

Curiosamente si en el 96, dieciocho de los veintidós futbolistas militaban en la Ligue1 cuatro años más tarde solo cuatro lo hacían. El dinero del Calcio, la Liga y la reformada Premier se hacía notar con contundencia. El PSG no va a ser capaz de cerrar ninguna Liga en este periodo de aspirantes. 3 segundos puestos se alternan con participaciones discretas, de mitad de tabla. Incluso en la segunda mitad de los 2000 coquetea con el descenso, convertido en un equipo residual.

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Con Fernández lo que se logró fue tanto una transición cómoda como una continuidad de estilo. Tal vez el equipo era más enérgico, tal vez menos fino, pero eran variaciones sobre la misma melodía ya que la plantilla, excepcional, se conservó intacta. La principal aportación de Fernández fue la de promocionar a la titularidad a Bravo y confirmar al central Cobos y a Raí como parte del habitual equipo titular. Solo ese contexto de fuerte competencia, de igualdad, impidió algún título de Liga más. En cambio, Europa sonrió a París finalmente.

Su puesta en escena en la ya Champions League fue impresionante. Se impusieron en un duro grupo donde estaban Dinamo Kiev, Spartak de Moscú y Bayern de Munich, a quienes derrotaron en su dos enfrentamientos  y se movieron con poderío por unos cuartos de final donde se cruzaron con el FC Barcelona todavía en proceso de recuperación tras la paliza recibida en la final del curso anterior, cuando el Milán-apisonadora de Desailly y Savicevic que dirigía Capello les había endosado un 4-0 de esos que cambian la historia.

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Cruyff se había metido en un proceso de reconstrucción del equipo que sería abortado antes de dar frutos y el equipo alineaba entonces extraños fichajes de ensayo-error como Igor Korneiev, Iván Iglesias o Jose Mari, a quienes había pescado en Espanyol, Sporting y Osasuna pensando que eran piezas que podía modelar para su esquema. Abelardo, otro fichaje del Sporting se consolidaría luego con Robson y Van Gaal, pero otros tan extravagantes como Eskurza, Sánchez Jara o el genial Gica Hagi, que solo dejó notas aisladas, se quedarían en una anécdota.

Así y todo seguían siendo un equipo temible y durante buena parte de la eliminatoria tuvieron el pase en la mano, o en la cabeza de Bakero quien como contra el Kaiserslautern el año de la victoria en la Copa de Europa había puesto al Barça en ventaja. Fue un error de Busquets, otra invención suicida de Cruyff, quien posibilitó el gol de Raí que metió a los parisinos en semis.

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No había injusticia en aquello. En cierto modo el PSG simbolizaba un fútbol de cambio, un nuevo molde que se cernía en las estructuras del fútbol europeo donde el peso del dinero lograba crear equipos de modo instantáneo, pero su juego se justificaba por sí mismo. Si no había sido el mejor equipo de la competición, había sido solo consecuencia de la consagración del Ajax juvenil que Louis Van Gaal había estado construyendo en Amsterdam.

Al igual que el PSG había realizado una fase de grupo impecable, venciendo al Milan en sus dos partidos y tras derrotar sin contemplaciones al Hajduk Split cristalizaron su regreso a la grandeza con una atronador 5-2 frente al Bayern en la vuelta de sus semifinales. Aquel equipo orbitaba en torno a dos veteranos, Danny Blind en la posición de libre y Frank Rijkaard, en una vejez sublime, en el mediocentro. A su alrededor una colección de talentos juveniles, nacionales o importados como Kanu, Litmanen o Finidi que se movía en un concierto de movimientos indetectables, indefendibles, de perfecta sincronía.

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Volvería a jugar la final del año siguiente, aquella vez contra la Juventus de Marcelo Lippi que solo sería capaz de derrotarlos en los penaltis y dejó momentos imborrables del fútbol moderno como su partido en el Bernabéu, un catálogo de la ortodoxia del fútbol holandés. Y como todos los grandes equipos que no están construidos sobre el dinero, como el Nantes de estos mismos años, fue despiezado hasta el último tornillo por los grandes buitres europeos.

En la 94-95 su rival en la final fue el Milan, un tanque acorazado al cual descerrajó tras intentarlo de todas la maneras con un gol de Patrick Kluivert en el minuto 85. Aquel Milan había logrado el prodigio de prorrogar la obra de Sacchi, imponiendo su dominio en el Calcio con cuatro Scudettos en cinco temporadas y amenazando Europa casi por igual. Poco a poco, Capello había sometido la obra de orfebrería de su antecesor a una lógica industrial y su Milán había ido abandonando la creación a favor de la cuenta de resultados. Era un gran equipo en cualquier caso y al PSG no le alcanzó para derrotarlo en las semifinales.

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Le ganó los dos partidos y no le dio demasiadas opciones, tal vez fueran mejores, tal vez hicieran el fútbol que merecía ser visto y recordado, pero al final tal cosa significó poco. El PSG no tenía el instrumental apropiado para abrir el tanque ni la creencia fanática en la propia obra de los de Van Gaal y la historia le fue esquiva este año. Pero se resarcirán.

Luis Fernández se encuentra con la necesidad, por vez primera, de recomponer al equipo. Las espectaculares prestaciones en la Champions fueron irresistibles para el dinero europeo. George Weah se fue a Milán para hacer historia como el primer Balón de Oro africano. Ricardo Costa y Valdo escogieron el Benfica mientras el admirado Kombouaré bajaba unos peldaños para exprimir su fútbol en el Sion. David Ginola firmó por el Newcastle, que entrenado por Kevin Keegan y con una agresiva política de fichajes, el primer año el colombiano Asprilla llegó del Parma con la temporada a medias y el segundo se logró firmar a Alan Shearer, el mejor centrodelantero inglés de su época le discutió la Premier al Manchester United por dos temporadas seguidas.

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Objeto de deseo del Real Madrid primero y del Barcelona después, verano tras verano, la carrera de Ginola languideció tras ser sustituido Keegan por Kenny Dalglish. El francés terminó traspasado al Tottenham primero y al Aston Villa después, languideciendo y quedando fuera del crecimiento de su selección, damnificado en 1994 tras el desastre contra Bulgaria en el mismo parque de los Príncipes.

Aquella debacle simbolizaba el mal ambiente en la selección de Houllier y precipitaba la desaparición prematura de Les Bleus de una serie de jugadores fundamentales en el fútbol francés de la primera mitad de los 90 como Papin, Cantona, Pedros, Le Guen, Guerin… a los cuales el esplendor de la segunda mitad de esa misma década esquivaría. A cambio, facilitó el acceso al Mundial de uno de los conjuntos más memorables y carismáticos de su historia. Tal vez hacía falta ese sacrificio.

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Si los clubes europeos se nutrían del PSG, este imponía su dominio económico en el mercado doméstico. Con el OLM fuera de plano y la hegemonía deportiva en discusión, a los parisinos les quedaba el consuelo de la solvencia. Siguiendo el ejemplo depredador de clubes europeos clásicos, drenó el talento de sus rivales, recuperando a Fournier desde Burdeos y comprando al centrocampista Stéphane Mahé del Auxerre, al central Bruno N’Gotty del OL, al delantero Loko del Nantes y al mediapunta Youri Djorkaeff del Mónaco. Estos tres últimos indiscutibles titulares y piezas básicas para el título de Recopa. Junto a ellos, y desde el Cagliari, el delantero panameño Dely Valdés, un rematador excelente que haría luego fortuna en el fútbol español con etapas en Real Oviedo y Málaga.

Sólidos fichajes todos, fue el de Djorkaeff el de mayor impacto. Fue un movimiento de autoridad capitalista, como cuando ficharon a George Weah. Es decirle al Mónaco que tal vez tenga dinero, pero no tanto dinero, que, simplemente, no les está permitido tener a los mejores jugadores. Es el tipo de praxis avasalladora que el Bayern de Múnich ha convertido en sistema en la Bundesliga.

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Llegó para ocupar un hueco estelar, no solo como el refuerzo de los cimientos del equipo, y en solo un año ofreció el rendimiento que se le suponía. El Inter de Milán y una brillante carrera internacional le esperaban en el futuro inmediato, pero la rampa de lanzamiento fue su primoroso año en París. Djorkaeff se había formado en el Grenoble y estado en la base del Mónaco aspirante bajo la sombra marsellesa que el dinero y Arsene Wenger habían construido a caballo entre los 80 y los 90.

Pasó allí seis temporadas pero fue paradójicamente sin él que el Mónaco lograría embolsarse una liga que no conquistaba desde el 88, nueve años antes. Wenger ya estaba entonces en el Arsenal, el entrenador monegasco era Jean Tigana, los Grimaldi cumplían 700 de principado y el equipo encaraba otro periodo memorable con tres Copas y dos semifinales de Copa de Europa y una liga fina en el 2000.

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Mientras, en París, había cierta sensación de urgencia. Se temía haber perdido el momento, esa velocidad de entusiasmo que lleva a los equipos a los grandes ciclos. El Mónaco había emergido como rival económico directo tras la debacle del OLM y la Liga seguía sin domesticar, con un ganador nuevo por año. El PSG mira a Europa como en un sueño. La puerta que Nantes le había cerrado en la Liga se le abre en la Copa, un territorio acogedor para el PSG, tras derrotar a Racing de Estrasburgo por 1-0. El camino hacia el primer título europeo de su historia comienza aquí.

Solo el Auxerre arrojó una sombre histórica sobre la Recopa del PSG con un doblete prodigioso. Fue un acto de justica, un guiño cómplice. El equipo no había ganado jamás la Liga y solo un título antes, la inmediata Copa del 93-94 frente al Montpellier, y su técnico, el legendario Guy Roux llevaba con breves interrupciones desde 1961 sentado en el banquillo. La historia del fútbol, su evolución (económica, sociológica, deportiva, estilística, táctica…) había pasado por delante de sus ojos, sentado siempre en el mismo sitio. Era como si Roux simplemente hubiese esperado, como si siempre hubiese sabido que era cuestión de tiempo y ese mismo tiempo hubiese dejado de tener significado.

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El fútbol del Auxerre era sobrio y ortodoxo, con un punto de dureza y mucho de rigor. La defensa, rocosa, el mediocampo, técnico, la delantera, peleona. La fuerza provenía del conjunto, de la construcción intrincada que dirigía desde atrás la figura señorial de Laurente Blanc, protegido por la agresiva velocidad de Silvestre, Goma, Frank Rabarivony y Danjou, ambos con paso por el Real Oviedo, o el nigeriano Taribo West, pronto fichado por el Milan.

Blanc solo estaría una temporada en el Auxerre antes de fichar por el Barcelona, pero cumplió con ser la extensión de Roux sobre el campo y con aportar la calma de su ya larga experiencia dentro (Montpellier) y fuera (Parma y Nápoles) de Francia, sirviéndole a su vez para asentarse como figura clave en la Francia campeona mundial que en cierto modo se parecía a este Auxerre, formado por franceses de segunda generación, por hijos de la inmigración que habían llegado desde Portugal, Argelia, Marruecos, Cabo Verde, Guadalupe…

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Como sucedió con el Nantes, el Auxerre fue pronto descapitalizado. Sus mejores activos, la excelsa tripleta de centrocampistas formada por Said, Lamouchi y Martins se desbandó entre Valencia (luego Tottenham), Mónaco (luego Parma) y Deportivo de la Coruña. De sus delanteros solo el extremo Bernard Diómede duró algo más, esperando hasta el 2000 para firmar por el Liverpool. El tanque Lilian Laslandes completó una temporada formidable y dejó su contrato expirar para incorporarse luego al Girondins, donde ofreció un rendimiento de ejemplar regularidad.

Su habitual suplente, Stéphane Guivarc’h, regresó tras una notable campaña en Rennes y tomó la plaza de titular con acierto en el 98 para luego aventurarse en Inglaterra y Escocia (Newcastle y Rangers) sin mayor fortuna.  El cuadro es idéntico al del Nantes: un equipo modesto que trabaja la cantera y va añadiendo pacientemente piezas desde equipos menores hasta conformar un bloque que lleva a su misma destrucción. Es la maldición del equipo trabajador. Al menos, Nantes y Auxerre, como luego Lens, lograron comerse la mejor parte de aquello que habían cosechado.

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Incapaz de aguantar el ritmo de locomotora del Auxerre (estos les devolvieron al PSG el 3-1 de la primera vuelta con un 3-0)  y mano a  mano con el Mónaco, los de Luis Fernández concentraron sus fuerzas en Europa, donde parecían mejor fabricados para brillar. La Recopa, al contrario que la Champions, continuaba siendo una competición corta y de exigencia directa que no permitía bajadas de tensión. Molde y Celtic fueron las dos primeras rondas, superadas con goles y solvencia. En especial la vuelta en Celtic Park con un 0-3 dio idea de la altura de aquel equipo. Loko con dos goles iba cerrando el hueco de Weah y Djorkaeff ejercía de nuevo centro neurálgico de la escuadra.

El Parma y el Deportivo de la Coruña tenían algo de parentesco con el PSG. Eran equipos nuevos, subidos a la fecunda economía del fútbol europeo de la década. Los italianos estaban respaldados por Parmalat y con Nevio Scala en el banquillo venían de ganar de modo consecutivo Recopa y Copa de la UEFA. El Depor luce publicidad de Feiraco, la cooperativa láctea gallega en la camisola y experimenta los comienzos del disperso interregno entre Arsenio e Irureta.

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Dan la impresión de tener más dinero y recursos de los que saben manejar y la personalidad tormentosa de John Toshack tampoco ayuda a pacificar. Contra los italianos tropezaron por vez primera en la competición, cediendo uno de esos resultados cerrados (1-1) en que tan bien navegan los conjuntos del Calcio.  Fue de nuevo el ambiente febril del Parque de los Príncipes (tal vez el gran éxito de toda esta historia del PSG sea ese: el haber logrado una fiel hinchada para un equipo sin pasado al que remitirse) lo que propició una arrolladora remontada por 3-0.

Como si se le hubiese acabado el romanticismo, el PSG liquidó al Deportivo en sendos unos a ceros. En la vuelta en Riazor el Depor da guerra. Había tumbado al Zaragoza en cuartos, el campeón del año anterior y es un equipo con orgullo, pero las alturas europeas le marean. Bebeto y Fran tienen oportunidades claras, pero esa noche manda Bernard Lama. Djorkaeff engancha un chutazo y el efecto del balón sirve para cerrar el partido y poner a los parisinos en la primera final europea de su historia. La juegan contra el Rapid de Viena y otro 1-0 es suficiente.

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El Rapid había llegado a la final a base de goles (4-0 al Sporting de Portugal, 3-0 a Dinamo Moscú y al Feyenoord) como local. El alemán Carsten Janker ejercía de pánzer, el central búlgaro Trifon Ivanov aportaba su singular carisma y mezcla de rudeza y finura, mientras un conjunto de buenos jugadores austriacos, varios de ellos internacionales en el Mundial de Francia 98, la última participación internacional de la selección hasta la Euro de 2016, también en Francia. Entre ellos el luego Realista Didi Kuhbauer, clave en el centro del campo junto a Stephan Marasek, los defensas Peter Schöttel y Andreas Heraf, el medio Peter Stöger o el portero Michael Konsel.

El Rapid ya había perdido su otra final de Recopa en el 85 frente al Everton que entrenaba Howard Kendall, otro equipo en mitad de un ciclo histórico. No tuvo mejor suerte esta vez. El partido no tuvo lustre y fue el central N’Gotty quien con un chut de falta lo finiquitó. La anterior competición europea ganada por un equipo francés, la Copa de Europa del 93 entre OLM y Milán fue también resuelta por el gol suficiente de un central, Basile Boli.

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EL PSG parecía haber cumplido su misión. Tras la Recopa ganada flotaba una sensación de justificación, de sentido a toda la enorme aventura empresarial iniciada en 1970. La invención de un club nuevo que debía convertirse en un protagonista nacional y europeo. Luis Fernández acepta la oferta del Athletic Club de Bilbao y Djorkaeff la del Inter. Colleter, Bravo y Cobos también se marchan, al Girondins, Parma y Español respectivamente. Incluso la joven perla Nicolas Anelka, solo 17 años, prefiere probar en el Arsenal de Wenger.

Sobre el año una sombra ominosa: en la Supercopa la Juve, otro de los transatlánticos eternos europeos, le propinó un infame 6-1 y 3-1. El espléndido Mónaco de Tigana se lleva la liga de calle, con doce puntos de ventaja respecto a los parisinos. Tampoco la Copa le sonríe y el modestísimo Clermont Foot 63 de Auvergne, entonces en la Nacional 2, les elimina en dieciseisavos de final por penaltis. Será Europa, de nuevo, la que ofrezca un epílogo agridulce a la historia del PSG de la década de los 90.

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Para dirigir al equipo se recurrió, como se hizo con Luis Fernández, a la huella histórica. Retirado en Benfica, Ricardo Gomes pasaba directamente del campo al banquillo. Era uno de los hombres de Artur Jorge, de los que había estado en el principio de la historia. Algo había de poético en que fuese él quien contase también el final. Leonardo, jugador de gran talento y carrera errática fue reclutado en Japón, aunque sus grandes momentos hubiesen sucedido en Sao Paulo o Valencia. Solo permaneció un año en París antes de estabilizarse en Milán, pero dominó todo el carril izquierdo.

Fue la incorporación estelar, aunque otros como el central benfista Kenedy, el lateral del Châteauroux Jimmy Algerino o  el volante Benoît Cauet desde el Nantes revestirían importancia en la nueva alineación. En especial Cauet, cuyo tipo correspondía al de los mediocampistas que habían forjado el estilo del PSG a lo largo de la década. Como Leonardo, su caso ejemplifica la posición en la cual el equipo se fue encontrando: ya no era una máquina compradora, sino otra víctima de los grandes bolsillos europeos. Cauet duró un solo año en París y como Djorkaeff el curso anterior puso rumbo al Inter de Milan, donde ganó la UEFA del 98.

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El camino de la Recopa fue amable. El PSG avanzó entre goleadas contra el Vadoz, club de Liechtestein, Galatasaray y AEK de Atenas. El Livepool fue el mayor escollo en semis, pero de nuevo el poder intimidador del Parque de los Príncipes se impuso y un 3-0 dejó la eliminatoria para un milagro en Anfiel.

El 0-2 maquilló la contundencia global, pero aquel Liverpool lleno de talento joven (Owen, McManaman, Fowler, Collymore, MacAteer, Berger…) no estaba listo todavía para resurgir. La final fue otra recapitulación de la historia. Si el PSG había forjado su relato contra los grandes equipos españoles, por fuerza tenía que ser uno de estos el enemigo último. El Barcelona del 97 era muy diferente al de unos años antes. Si aquel era una mutación dentro de la cabeza de Cruyff que aun no había tomado forma final, esta era un mamut competitivo, un equipo de cartera con pocos rescoldos románticos. O era tanto el de Bobby Robson como el de Ronaldo. El fenómeno.

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Laurent Blanc, Vitor Baía, Couto y Figo, Popescu, Abelardo y Luis Enrique, Pizzi que había metido una treintena de goles en Tenerife, Giovanni y un De la Peña luminoso buscando a cada pase el pase definitivo. Ronaldo al galope, amenazando la portería desde todo el campo, un delantero imparable que había ampliado el área hasta el centro del campo. El gran equipo de Louis Van Gaal está ya aquí (literalmente, el holandés ya había firmado y vio la final de la Recopa en la grada del capo del Feyenoord), pero este Barça postergado era una bestia. Ganó la Copa y la Recopa y se dejó la Liga en un solo partido. La ganó aquel Real Madrid de entrecejo fruncido que entrenaba Capello, pero fue (es) la del gol de Compostela, la Liga que jugó el joven Ronaldo.

La final de la Recopa tuvo algo de anticlímax. Loko mandó un balón raso al poste con el 1-0 pero el PSG nunca estuvo cerca. A Couto le anularon un gol de córner y Figo toco madera dos veces. Se resolvió con un penalti sobre Ronaldo que él mismo marcó. El penalti se lo hizo N’Gotty. Héroe en una, villano en la otra.

FOOTBALL - SEASON 2001/2002 - PARIS SG / MARSEILLE - 011129 - RONALDINHO (PSG) / DANIEL VAN BUYTEN (OM) - PHOTO J-CHRISTOPHE LEMASSON / FLASH PRESS

El PSG se diluye. En 1998 Michel Denisot abandona la presidencia y con él Canal + que se desliga progresivamente del club. Este ya ha servido a sus intereses a la hora de asentar no solo el fútbol televisado en Francia, si no de transformar para siempre el modo en el cual este se consume. La Champions League ha acelerado del proceso de “pay per view” y el Mundial de Francia ese mismo verano exige la atención de la cadena, volcada en su retransmisión conjunta con TF1.

El colchón que ralentizaba la caída del equipo se hace cada vez más fino. Los mejores jugadores franceses se le escapan entre los dedos y los que logra firmar apenas duran. La distancia económica respecto a los equipos nacionales se ha ido estrechando en igual medida a como se ha ensanchado en relación a las potencias europeas. En 1998, la Liga que el Lens y el Metz de un joven Robert Pirès pelean en unos ajustadísimos 68 puntos ve al PSG bajar hasta mitad de la tabla. Las plantillas de ambos están formadas mayoritariamente por jugadores franceses, clase obrera del fútbol que abrillanta su oficio en un gran año.

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A futbolistas de largo recorrido en Lens como el portero Guillaume Warmuz o los defensas Sikora, Lachor o Brunel se suman los nombres de Smicer, checo de la generación de la Euro 96 que pronto fichará por el Liverpool, el central Dehu, con infausto paso por el Barcelona antes de recalar en el PSG o el mediapunta Stephan Ziani, que jugará en el Depor un año antes y estará en el Nantes del 2001, ganador de la última Liga de la historia del club. Son los nombres de mayor trascendencia de aquel Lens que entrenaba Daniel Leclerq, un antiguo jugador del equipo en los 70.

El PSG se acomoda. Aparece de tanto en tanto como en la 99-2000, donde termina segundo tras el Mónaco, pero no garantiza continuidad. Las cuentas comienzan a ser un verdadero problema que llevará en 2004 a una recapitalización del club, ya asfixiado por las deudas. Le cuesta encontrar un sendero e incluso recurre a Artur Jorge primero y a Luis Fernández después en un intento por llamar de vuelta a su propia historia breve. El portugués no aguanta ni tan siquiera una temporada completa, pero Fernández, quien llega  a mitad de la Liga del 2000-01 para sustituir a Philippe Bergeroo, el portero del Girondins de la década del 70, aguanta dos temporadas completas más en el equipo.

Rudi GARCIA / Eden HAZARD - 07/11/2010 - Lille / Brest - Ligue 1, 12e journee. Photo: Dave Winter / Icon Sport.

Son años de síndrome de nuevo rico, donde la estabilidad y sentido en la planificación del club se desbaratan. Laurente Robert, el mejor jugador del equipo en el periodo, un elegante volante zurdo, sale hacia el Newcastle mientras el regreso de Anelka al club resulta tan frustrante como el resto de su carrera. El PSG decide volver a gastar. El mercado se ha abierto en canal y el PSG recluta a la legión extranjera.

Desde la Liga española llegan el excelente carrilero Cristóbal y el central Pochettino, Mikel Arteta, un joven valor del Barcelona B que inaugura la diáspora de talento juvenil español, el duro central Heinze, forjado en el Valladolid y el delantero portugués Hugo Leal, desde el Atlético de Madrid. El excéntrico nigeriano Okocha procedente del Eintrach y Ronaldinho, un veinteañero de Gremio de Porto Alegre aportan lo imprevisto; un sentido lúdico del juego que en el caso del brasileño florecerá de manera exuberante en el Barcelona de Frank Rijkaard, uno de los equipos más contagiosos de la historia reciente.

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Con estos fichajes amortizados y Luis Fernández ya fuera del equipo, el PSG se opondrá por una única vez al apabullante Olympique Lyonnais de los siete títulos consecutivos. Era un acorazado pilotado por el mediocampista brasileño Juninho Pernambucano, un lanzador de faltas devastador a quien arropaban Edmilson, Essien, Diarra, Malouda y Dhorasoo.

Con Elber, clásico del Bayern Munich, sustintuyendo a Sonny Anderson el OL lucía la plantilla más impresionante de todo su ciclo. Entrenado por Paul Le Guen, nombre clave en la historia parisina, estará en tres ligas de los de Lyon antes de aventurarse en el Glasgow Rangers en un año de pesadilla donde se enfrentó al capitán Barry Ferguson y chocó con las asentadas estructuras del club. Su regreso a Francia fue como entrenador del PSG.

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Pero en la 03-2004 el banquillo era para el gran delantero bosnio Vahid Halilhodžić, jugador del Nantes primero y del PSG después en los 80. Un excelente año en Marruecos como entrenador del Raja Casablanca lo devolvió a Francia, donde logró ascender al Lille y dejarlo tercero en su temporada de regreso a primera. En el PSG estuvo un par de temporadas antes de retomar la vía internacional aunque solo en la primera, con un equipo más ajustado y coherente, logró buenos resultados. Tal vez la clave estuvo en el excelente rendimiento del centrocampista kosovar Lorik Cana, de solo veinte años y en la del portugués Pauleta, consagrado en la ciudad tras su gran rendimiento en el Girondins procedente del Deportivo de la Coruña.

La Copa fue, como siempre, más acogedora para los parisinos. Con diez títulos y cuatro finales desde los 80 ha ejercido de tranquilizante surtiendo con regularidad de títulos a un club cuyo deseo alucinado de ser grande necesita de un constante alimento. En los años tristes de la Liga, la larga década de los 2000, la Copa fue el consuelo. Ganaron la del 98, la de la inmediata post-depresión al Lens impidiendo un doblete histórico y luego sumaron con regularidad en 2004 frente al modesto Chateroux, 2006 en una reedición del intento de gran rivalidad contra el OLM y en 2010 en otro (pseudo) clásico frente al Mónaco.

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Restaron en 2003 contra el Auxerre completando una frustante temporada de llegar y no culminar, en 2008 frente al OL, que cerraba su glorioso ciclo con su primer doblete y ya en 2011 frente al Lille, quien por su parte firmaba otro doble histórico al reeditar tanto una Liga como una Copa que no ganaban desde mitad de los 50. Uno de los equipos más atractivos del último fútbol francés, el Lille no solo venció en este año, si no que logró mantenerse, a excepción de su último año, entre los cinco primeros durante toda la etapa de Rudi García como entrenador. Un equipo ágil y atractivo, con jugadores como Yohan Cabaye o Eden Hazard (sustituido por Dimitri Payet), Adil Rami en el centro de la defensa o Gervinho en la delantera junto a hombres de club como Frank Béria, Balmont o Debuchy.

Fue otro breve periodo de entusiasmo en la liga francesa. De campeones ilusionantes, de apertura, otro interregno entre la dictadura del orden y la sobriedad del OL y el desembarco masivo del dinero árabe en el PSG. El Girondins de Laurent Blanc, el OLM de Deschamps, el Lille de Rudi Gracía, el Montpellier, ganando su único título liguero, entrenado por Rene Girard, uno de los jugadores del gran Girondins de los 80.

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En 2006 Canal + logra encontrar un comprador tras haber mantenido vivo al PSG con la intención de extraer un último beneficio. Un grupo inversor internacional con la firma norteamericana Colony Capital como principal socio termina por adquirir la mayoría del club. Su especialidad es comprar empresas en liquidación para venderlas una vez saneadas. De nuevo una tendencia general en el mundo del fútbol, tal vez anunciado por empresas como Parmalat y los fondos de inversión brasileños que adquirían jugadores en propiedad desde finales de los 90, es puesta en práctica en Francia.

El fútbol se externaliza, la responsabilidad sobre los clubes se pierde en holdings y conglomerados impenetrables, en empresas fantasma y arquitecturas fiscales. No se trata ya de que los equipos dejen de ser de sus socios, ni tan siquiera de sus aficionados, es que ya resulta imposible saber a quién pertenecen en realidad. En consecuencia, el aficionado se transforma en consumidor y su relación de identificación/pertenencia a dicho equipo se pervierte.

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Al igual que había hecho Canal + los años anteriores se mantiene al PSG emitiendo constantes vitales, coqueteando con el fondo de la tabla clasificatoria, olvidado como alternativa dominante. Paul Le Guen, retornado de su experiencia en Glasgow es el encargado de mantener vivo a un equipo que ahora se fundamenta en veteranos como el ex del Barça Ludovic Giuly, Claude Makelele o el fino volante Jerome Rothen, jugador del Mónaco finalista de Champions en 2004. Le Guen se despide en 2009 con un meritorio sexto puesto para dejar el banquillo a otro futbolista histórico, Antoine Kombouaré quien servirá de puente para la siguiente refundación de facto.

La búsqueda de inversionistas para regresar al equipo al modelo artificial de comprador y grande económico es lo que había centrado la actividad dentro del club y en 2011 se concreta con la aparición de Qatar Investment Authority, que se convierte en el socio capitalista mayoritario y acomete un gasto de más de 100 millones de euros en fichajes. En la actualidad es propietario único del club y Nasser Al-Khelaïfi, extenista y millonario qatarí ejerce como presidente. Carlo Ancelotti llega desde el Chelsea del millonario ruso Roman Abramovich para sustituir a Kombouaré a mitad de temporada.

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Es un simbólico cambio de paradigma, de dirección empresarial, de redecoración de las instalaciones. París será lujo o no será. Con jugadores como Gameiro, Thiago Motta, Menez, Matuidi, Sissoko o Pastore, por quien pagan más de 40 millones de euros al Palermo. El PSG alcanza la segunda plaza tras el Montpellier, que contaba con el delantero Oliviere Giroud y al mediocampista de origen marroquí Younès Belhanda como mejores elementos.

Fue el canto del cisne. El último periodo de posibilidades hasta el presente, donde de nuevo el Mónaco ha emergido como alternativa. En 2012 el excelente mediocentro del Pescara Marco Verrati, el argentino Lavezzi o los brasileños Thiago Silva y Maxwell llegan para reforzar al equipo. Todos son actores secundarios dentro del plan maestro: Zlatan Ibrahimovic. El mercurial sueco no es tanto un jugador que les permitirá terminar con cualquier oposición en la liga doméstica como una exhibición de recursos, un anillo de diamantes espectacular y llamativo con el cual presumir. El traspaso no parece en exceso caro, unos 25 millones de euros, menos que los 30 pagados al Nápoles por una mediocridad como Lavezzi, pero el sueldo ascenderá a 12’5 millones al año.

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Ibrahimovic es el epítome del futbolista moderno. No un one-man-club, sino un hombre que es en sí mismo un club. Jugador personalista, egocéntrico y singular, ha dominado todas las Ligas en las que ha jugado, pero en Europa o con su selección ha parecido siempre un jugador pequeño, extraviado en cuitas personales. La historia se repite. El PSG gana todas las Ligas con el sueco, pero Europa queda lejos. En 2013 Laurent Blanc toma el relevo de Ancelotti tras su frustrante experiencia en la convulsa selección francesa. Para reforzar al equipo, se ficha al feroz delantero uruguayo Cavani, procedente del Nápoles y que tendrá que someterse al capricho de Ibrahimovich y emigrar a la banda y se suceden los centrales brasileños (Alex, David Luiz, Marquinhos…) y los desembolsos, caso del desordenado volante argentino Di María, entonces en el Manchester United.

El fútbol del PSG es elegante y parsimonioso, ordenado, correcto y aburrido. En Europa se sucede una constante: fases de grupo solventes y una infranqueable barrera en cuartos. En un giro irónico los equipos españoles, o casi en exclusiva el Barcelona se convertirán en su pesadilla. Los blaugrana los sacarán tres veces de la competición (2013, 2015 y 2017), mientras Chelsea (2014) y Manchester City (2016) se encargaran de las dos ocasiones restantes.

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Ya sin Ibrahimovic, instalado en el Manchester United junto a José Mourinho, ni Blanc, sustituido por el tres veces consecutivas campeón de la UEFA con el Sevilla Unay Emery el PSG afronta el auge del Mónaco. Los monegascos de nuevo tienen dinero tras la compra por parte del magnate ruso Dmitri Rybolóvlev en 2011 y desde 2014 han sabido cómo gestionarlo dando tiempo para que se desarrollase el proyecto del técnico portugués Leonardo Jardim, subcampeón de la Liga portuguesa con el Sporting en la 2013-14.

Hasta el momento se han enfrentado en la final de la Copa de la Liga (ganada por el PSG en la últimas cuatro ediciones) con victoria parisina por 4-1 y compiten mano a mano en la Liga alternándose en el liderato mientra tercero vive el Niza, que entrenado por el suizo Lucien Favre, ex del Borussia Mönchengladbach, cuenta con su propio Ibrahimovic de ocasión en la extravagante figura de Mario Balotelli.

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Apuntes para una historia breve del fútbol francés (y 1)

Una introducción 

En 1991 el PSG apareció. No es que no hubiese existido antes, pero nunca así. Apareció simbólicamente para reconfigurar el paisaje siempre cambiante del fútbol francés. La Ligue 1, hasta 2002 Division1, es una de las competiciones más singulares del fútbol europeo. Tal vez la única donde pueda hablarse de la ausencia de un rey. Los dominios, largos o cortos, se suceden abruptamente. Hay clásicos, pero no lo que podemos entender como grandes. Los históricos desaparecen, como el AS Saint-Étienne, que lleva desde 1981 sin ganar una liga y aún así es el campeón con mayor número de trofeos, y aparecen, como el Olympique Lyonnais, que nunca había ganado ninguna y acumuló un récord de siete consecutivas entre 2001 y 2008.

Los hay que son transversales, como el Olympique de Marsella, tal vez lo más similar a un grande, el FC Nantes, el Girondins de Burdeos o incluso el excéntrico Mónaco, pero sus épocas están muy espaciadas en el tiempo. Y los hay empeñados en una grandeza quimérica y millonaria como el propio PSG y en buena medida también el Mónaco. Hasta dieciocho campeones distintos se pueden contar en la liga francesa. Hay escuadras jóvenes, fusiones y refundaciones, intentos frustrados una y otra vez, dinero fluctuante, inestabilidad y cierta desafección por parte del aficionado en un país donde tal vez hay otras prioridades deportivas. Una liga singular con algo de laboratorio de ideas, entre clubes millonarios, equipos comerciales, refundaciones, fusiones, influencia de la televisiones…

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Cinco equipos que sintetizan variaciones y estilos aglutinando un periodo de esplendor son la excusa y servirán de guía: el PSG del Canal +, el Saint-Étienne como primer dominador de largo recorrido, el Mónaco dirigido por Arsene Wenger, el Girondins de Burdeos de Giresse y Tigana y el OLM bajo la presidencia de Bernard Tapié. Otros harán intervenciones de mayor o menor peso, caso del Nantes, alternativa en diferentes periodos u otros como Lens, Lille, Auxerre o Montpellier dispuestos a interrumpir los intentos de sometimiento de la Liga a un poder único o una rivalidad despótica.

La intención de estos apuntes es la de articular una breve historia del fútbol francés moderno, un país por lo común postergado, fuera del foco principal de la historiografía futbolera. Aunque sea esta tan modesta. 1970, año de fundación del PSG es un punto de partida simbólico, como  lo será el final con la irrupción del Olympique Lyonnais. Fracturas históricas, cambios de los tiempos, pequeñas fechas memorables, distintivas que sirven como señales de tráfico. Iremos adelante y atrás en el tiempo, usando la intrincada cronología de esa serie de equipos que se yuxtaponen y enlazan para contar la misma historia colectiva desde diferentes puntos de vista particulares. Es el periodo de mayor claridad. Hacia el pasado resulta muy complejo, hacia el futuro demasiado tedioso. Preferimos un presente eternizado.

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Capítulo 1: Saint-Germain y alrededores

El PSG es un producto y siempre lo ha sido. Hay algo de artificial en él. Es el equipo de una ciudad a la que no le importa el fútbol. La capital de un estado centralista que hasta el balón quiere centralizar. Pero el balón no se deja.  El PSG es fruto de la fusión de otro club novel, el Paris Fútbol Club (1969) y un histórico de las divisiones inferiores, el Stade Saint-Germain (1904). Apenas dos años después el Paris FC rompió lazos y para asegurar su puesto en la primera división se fusionó nuevamente, esta vez con el Cercle Athlétique de Montreuil, logrando mantener una notable base social. En la actualidad disputa la Ligue 2. El PSG se puso a escribir su historia demasiado rápido y a golpe de dinero. Trastabilló primero y se asentó después, a principios de los 80. En la temporada 85-86 ganó la primera liga de su historia. Antes (81-82 y 82-83) había levantado dos Copas de Francia consecutivas. Pero eso está por llegar.

En el verano de 1971 había ascendido a la Ligue 1, solo un año tras su fundación. Se clasifica en el puesto 16, pero la ruptura con el París FC lo relega a la tercera división. En 1973, el modisto y creador de ropa deportiva Daniel Hechter se hace con el club, comprado a su fundador Henri Patrelle, presidente del Stade Saint-Germain durante la fusión y vicepresidente en los 60 de la federación francesa.

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Hetcher lo había intentado antes con el Red Star y el modesto Poissy, llegando a estar a punto de hacerse con el control del mismo Paris FC en 1972. Un año después y junto al publicista Francis Borelli y el abogado Charles Tahar, especializado en el mundo discográfico, logra entrar en el mundo del fútbol a través de un PSG a la búsqueda de socios para los despachos y también para las gradas. Las intenciones del trío tienen también que ver con la idea de hacerse con un hueco en la sociedad parisina. Para ello les servirá Jacky Bloch, un antiguo futbolista amateur y conocido de todo el mundo en París que mantiene una estrecha amistad con la estrella de cine Jean-Paul Belmondo. Esto atrae a otras personalidades como el también publicista Alain Cayzac o el político Bernard Brochand y conformará un grupo conocido como “le gang des chemises roses”. Aunque Patrelle continua siendo nominalmente el presidente durante una época, es este grupo quien de facto controla, y en cierto modo refunda definitivamente, el PSG.

En 1974, ya está de vuelta tras dos ascensos consecutivos aunque en ningún caso logra ganar las ligas, quedando respectivamente tras el Quevilly y el Red Star, otro equipo parisino, con sede en Saint-Ouen y clásico equipo ascensor del fútbol francés del periodo. En el camino se cruza con el Paris FC, que en el 74 desciende a segunda para no regresar hasta la 78-79, a su vez último año en Ligue 1 de su historia. Aquellos dos primeros años de existencia el equipo estaba liderado desde la línea de centrales por el capitán de la selección francesa Jean Djorkaeff, un veterano del Olympique Lyonnais y el Marsella, había ganado una Copa con cada uno, e integrante de la escuadra del Mundial del 66. Djorkaeff elegiría luego irse al Paris FC para retirarse como entrenador-jugador. Poco más de veinte años más tarde, su hijo, el genial mediapunta Youri Djorkaeff ganará el único título internacional del PSG, la Recopa de la 95-96, el Mundial del 98 y la Eurocopa del 2000.

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El otro gran club parisino, el Racing Club de Francia aun estaba por volver. Equipo importante en los 30 y los 40, su última buena época había sucedido ya a principios de la década de los 60, pero un descenso en 1964 había condenado al histórico a un peregrinaje por la segunda que duraría más de veinte años y desembocaría en sucesivos proyectos faraónicos del millonario Jean-Luc Lagardère. Vidas paralelas, el RCF y el PSG parecen comentarse paródicamente y cuyas historias están llenas de de nombres comunes.

Aquel vacío fue, precisamente, lo que animó la creación del PSG como posible competidor del entonces dominante Saint-Étienne, quien entre 1967 y 1976 apenas dejó espacio para dos títulos del Olympique de Marsella (1971 y 1972) y uno del Nantes (1973).  Determinado por el carisma de Robert Herbin, jugador primero y entrenador inmediatamente después, que entre 1957 y 1983 está en todas las ligas ganadas por Les Verts, los del Loira significan el primer intento sólido por establecer una jerarquía duradera para el fútbol francés.

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En especial memorable en su segunda encarnación en los 70, cuando llegará a disputarle primero una semifinales (1975) y luego una final (1976) de Copa de Europa al imperial Bayern Munich de Franz Beckenbauer, El Saint-Étienne trabaja durante una década desde el convencimiento de ser un grande. Jugadores como Javin, Bathenay, Santini, quien llegaría a ser seleccionador francés, o el fantástico extremo Rocheteau son el mejor exponente de la política de formación del club. En similar medida lo es también la larga permanencia del emblemático central argentino Osvaldo Piazza (siete temporadas) o la misma longevidad de Herbin al frente de un equipo, solo superada por la legendaria estadía de Guy Roux en el Auxerre entre 1964 y 2005. Para el Auxerre su gran periodo será en los 90, donde gana su única Liga (95-96) superando a los lujosos PSG y Mónaco y se anotan sus dos primeras Copas, en 94 al Montpellier y 96 al Nimes para completar, liderados por el excelente líbero Laurent Blanc, la mejor temporada de su historia.

El ascenso definitivo dejará pronto al PSG solo en París. La temporada 74-75 la comparte con el modesto Red Star pero la élite del fútbol es esquiva con la capital y descienden ese mismo año. Tal vez esa fue la causa (o la casualidad) de su definitivo asentamiento: el lugar preciso en el momento preciso. Una ciudad solo para ellos.

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Sus primeras temporadas son poco más que una toma de contacto. Un hacerse a la categoría antes de intentar por vez primera mayores objetivos. El legendario jugador Just Fontaine es la primera adquisición simbólica para ejercer como entrenador en dupla junto a Robert Vicot. La aspiración de club rico está en su misma fundación y en el estilo llamativo de los “chemises roses”. El dominante central portugués Humberto Coelho llega desde el Benfica en el 75. Por más de un millón de francos fichan a Mustapha Dahleb, un extremo que es el mayor talento argelino de la época, desde el Sedan FC. Aunque el movimiento más temerario fue el intento de contratar a Johann Cruyff, cortejados él y su mujer durante largo tiempo por Hechter. En el verano del 75, Cruyff jugó dos amistosos con la camiseta del PSG, contra el Sporting de Portugal y contra el Valencia en un torneó amistoso organizado en París pero el holandés era demasiado caro y el Barcelona no quería vender. Cuando en el 78 Cruyff rompiese con el Barcelona, Hechter ya no estaría para ficharlo. Uno camino de Estados Unidos, el otro inhabilitado.

Es un periodo de alternativas, donde tras la superioridad del Saint-Étienne los campeones se alternan con protagonismo para un Nantes que continúa siendo el club más sólido de Francia. Entre el 77, última liga de Les Verts, y el 84, primera del breve ciclo protagonizado por el Girondins de Burdeos, los Canaries levantan tres títulos (77, 80 y 83) por dos del Mónaco (78 y 82). En el entreacto, el PSG se refuerza con mas jugadores llamativos como el defensa ex-Atlético Ramón Heredia, el volante Jean-Claude Lemoult, internacional en el 82 o el delantero Carlos Bianchi, años después entrenador fundamental en el fútbol argentino y por entonces el más peligroso rematador de la Ligue 1, tal y como había acreditado en el Stade de Reims. Bianchi dejó soberbias cifras en sus dos temporadas en París (37 y 27 goles) pero no sirvieron más que para garantizar la estabilidad de un equipo clavado a la mitad de la tabla.

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En la 77-78 fueron undécimos en un campeonato ganado por un Mónaco que ese mismo año había ascendido y en la siguiente, 78-79, hicieron decimoterceros mientras el RC Strasbourg logra su primer y único trofeo contando en su plantilla con Arsene Wenger, luego entrenador del estupendo Mónaco de los primeros 90.  Esa misma temporada Hechter es sancionado y apartado del club por venta ilegal de entradas haciéndose desde ese año con el control Francis Borelli, quien será presidente durante su primer periodo de triunfos en los 80 para dejar luego el club, muy endeudado, bajo control de Canal + en 1991. Borelli no se apartará del fútbol, sino que se hará con la presidencia del AS Cannes y entre el 92 y 96 el equipo llegará a jugar dos veces la Copa de la UEFA. Hechter, por su parte, se moverá hacia Alsacia en los 80, donde logrará el control del RC Strasbourg y en los 90 se involucrará en política de la mano de Bernard Tapie, presidente-escándalo del Olympique de Marsella, entonces en la lista Énergie Sud vinculada al PRG (Partido Radical de Izquierda).  Extrañas endogamias.

Los títulos para el PSG estaban también a punto de llegar. En el 81 firman su mejor puesto en Liga (5º) y al año siguiente se hacen con su primera Copa de Francia.  La final es infartante. Con Rocheteau empatando a 2 en el último segundo y el PSG levantando el trofeo en unos ajustados penaltis. El rival era el último gran Saint-Étienne, que contaba entre sus filas con un talento como el de Michel Platini, a un paso ya de firmar por la Juventus. Junto a él, el delantero holandés Johnny Rep, miembro del legendario Ajax total, el centrocampista pied noir Jean-François Larios, el defensa de Martinica Gérard Janvion, quien en el 83 fichará por el PSG o Patrick Battiston, pronto fundamental en el auge del Girondins de Burdeos.

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El PSG había ido reformando y con Georges Peyroche, precisamente un antiguo jugador del Saint-Étienne en los 50, encaraba unos años prometedores. El equipo contaba con un sólido delantero como el chadiano Nabatingue Toko y se articulaba a partir de un formidable centro del campo, sustentado en Ivica Šurjak, dominante mediocentro del Hajduk Split de los 70 y el talentosos jugadores franceses como Dominique Bathenay o Dominique Rocheteau, ambos fichados desde el Saint-Étienne en una exhibición de fortaleza económica o sobre todos, Luis Fernández. Medias caídas, sin espinilleras, desgarbado y contrahecho, Fernández era un ejemplo de entrega, empuje y laboriosidad. Todo ello, unido a su enlace directo con los sentimientos de la grada, le convirtieron en complemento ideal para uno de los grandes centros del campo de la historia, el de la selección francesa entre el 82 y el 86, y corazón del PSG. Eso no significaba la ausencia de algunas operaciones extrañas, como el breve paso de Oswaldo Ardiles cedido por el Totthenham durante unos pocos meses del año 82 debido a la Guerra de las Malvinas.

La temporada siguiente, con un bloque muy similar donde el bosnio Safet Sušić, quien permanecerá en el club hasta el 91, sustituía al croata Šurjak, el PSG mejora su posición liguera al terminar tercero y dobla la vitrina copera, esta vez venciendo 3-2 al Nantes, campeón de aquella liga y liderado por futbolistas como el mediapunta de origen malí José Touré, el delantero bosnio Vahid Halilhodžić, que cambiará Nantes por el PSG, el central Maxime Bossis, pieza fundamental de la selección o Thierry Tusseau, otro mediocampista que pronto formará para el Girondins. Ambos, curiosamente, jugarán desde mediados de los 80 para el RC París, al igual que Luis Fernández, dentro de un nuevo proyecto demencial de Lagardère.

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Dueño del grupo Matra, dedicado a la fabricación de material bélico, aeronáutico o automovilístico, también tras la compra de Hachette al sector editorial y publicitario, pretendía la creación de un equipo que confrontase al PSG en París y en sus mismos términos. Lagardère, que había triunfado en sus inversiones en la F1 en los 60 y 70 llegando a ser Campeón del Mundo en 1969 con Jackie Stewart, decidió en los 80 enfocar Matra hacia el floreciente negocio del fútbol.  En 1982 compra el Racing Club de París y propone al París FC una fusión que estos rechazan. Ante tal ausencia de acuerdo compra también este y lo convierte en filial. Tras un breve paso por primera en la temporada 84-85 con el argelino Rabah Madjer como estrella incrementa el gasto en fichajes. Todavía en 2ª y como Racing París 1 recluta al icónico central del Nantes Maxime Bossis, a Philippe Mahut desde el Saint-Etienne, al delantero congoleño Kabango, al español Daniel Solsona o a Victor Zvunka, un veterano del Olympique de Marsella que ejercerá como entrenador-jugador. El ascenso no supone dificultad y en el 86 reaparece en primera, compartiendo el Parque de los Príncipes con el PSG. Pero mientras estos habían logrado reunir una creciente parroquia, el equipo de Lagardère apenas llevaba unos pocos miles de aficionados.

La prensa se ensañaba con el club debido a un nuevo cambio de nombre, el Matra Racing, que exacerbaba su carácter comercial desalmado. Llegaron el excelente mediapunta alemán Pierre Littbarski desde el Colonia, el estilista uruguayo Enzo Francescoli, uno de los jugadores deseados en Europa tras una época formidable en River, a Tusseau desde el Girondins, a Germain (mediocentro defensivo clave luego tanto en OLM como en PSG) desde el Nancy y en un golpe directo al rival a Luis Fernández. Al banquillo otro refuerzo de lujo, el portugués Artur Jorge recién campeón de Europa con el Oporto y futuro arquitecto del PSG de los 90. Un triste puesto 13 no justificó la inversión y las alegrías se limitaron a la victoria frente al PSG en un derby extraño y artificial.

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El Racing Club de París era un clásico cuya historia se remontaba a los mismos inicios del fútbol francés. En la década de los 30 había vencido en una Liga y en las siguientes décadas su presencia había sido sólida (varias copas, subcampeonatos…), pero aquel equipo era una parodia de la historia que solo compartía las listas horizontales blancas y celestes. Tan rápido como se recreó, se desintegró. Antes de cumplir la década en el equipo Lagardère lo vendió tras salvarse del descenso la 1988-89. De nuevo Racing París, descendieron al año siguiente sin colchón económico y huérfanos de afición. La despedida fue, al menos, hermosa, ya que se completó con una final de copa frente a un Montpellier que contaba entonces con Blanc, el central brasileño Julio Cesar, el carismático mediocentro colombiano Carlos Valderrama o un joven Eric Cantona. Derrotados 2-1, lo mejor que podían ofrecer era un interior elegante formado en el Sporting Toulon: David Ginola.

La Liga se alimentaba del atractivo que el Mundial del 86 todavía ejercía sobre Francia y de un mercado interno en constante trasvase entre los clubes que, a su vez, provoca fluctuaciones en los dominios. Esto asienta la idea de unas jerarquías no duraderas, si bien extraordinariamente sólidas durante el periodo en el cual se dan. La sensación es que la oportunidad de ser grandes, o de hacerse grandes, está abierta para casi todos. Esa era la oportunidad que quería tomar ya a mitad de la década de los 80 el PSG y que en la cual el Matra Racing fracasó estrepitosamente mostrando la otra cara del fútbol de nuevo rico, de la urgencia sin cimientos o de la destrucción de la identidad. Será el Girondins de Burdeos, un club clásico, quien se aproveche, dejando solo durante un año la oportunidad a los parisinos de asaltar el gran título; será en la 1985-86.

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El Girondins llevaba sin ganar la Liga desde el año 50, su única además. A principios de los 60 habían sido alternativa, pero sin metal. Dos décadas después su fútbol de alta escuela se vio recompensado con un ciclo excepcional bajo la dirección de Aime Jacquet, otro exfutbolista del Saint-Etienne en los 60 y quien más de una década después y con un fútbol mucho menos acogedor hizo a Francia campeona del Mundo.

Su Girondins, en cambio, estableció una mutua influencia respecto a aquella otra selección que sería campeona de Europa en el 84 y disputaría dos semifinales mundiales. Los volantes de aquel equipo eran los de los bordeleses, Alain Giresse, símbolo del club, y Jean Tigana.

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La construcción de este Girondins no difiere de la del PSG (en esta u otras épocas), la del Mónaco de Jean-Louis Campora, el Olympique de Marsella de Bernard Tapie, el Olympique Lyonnais de Jean-Michel Aulas o pese a su fracaso contumaz el Racing Club de Jean-Luc Lagardère: dinero inyectado desde la órbita de los negocios por presidentes carismáticos.

De algún modo, las fluctuaciones del fútbol francés parecen marcadas por estas personalidades, tal vez pudiendo hablarse del fútbol francés como uno de presidentes que imprimen su propia personalidad sobre determinados equipos. El impacto del fútbol en Francia tras el éxito organizativo de la Euro del 84, ganada por aquella selección memorable, había atraído el dinero hacia los equipos, haciendo la Liga atractiva y ofreciendo la posibilidad de importar talento foráneo. La semilla del cambio de los 90 se plasma aquí.  No en vano, el 84 es el año de fundación de Canal +.

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Tres ligas en cuatro años, dos copas y una semifinales de Copa de Europa, en el año de la tragedia de Haysel, precisamente siendo eliminado por la Juventus y otra de  Recopa en el 87, esta vez frente al sorprendente Lokomotiv Leipzig. Títulos y competiciones quien dieron brillo a un periodo por sí mismo sólido y memorable. Historias para otro capítulo.

Tal vez el PSG estaba entonces más centrado en sus propias y primeras experiencias europeas, saldadas con unos meritorios cuartos de final contra el Waterschei Thor en el 83 (año en el cual el Aberdeen de Alex Ferguson derrotaba al Real Madrid en la final) y un choque de octavos contra la poderosa Juve al año siguiente, y parecieron notar las alturas, el peso de los torneos.

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Así, mientras el Girondins aseguraba su segunda Liga consecutiva en 1985, los parisinos caían el puesto 13, su peor clasificación en años. En realidad, tomaban impulso para el esfuerzo definitivo que será su primera Liga.

Lo ganan con Gerard Houllier en el banquillo, fichado ese mismo años desde el Lens. Allí había forjado un equipo sólido, pero nada llamativo cuya mejor clasificación había sido un cuarto puesto en el 83. Pero, solidez es los que ofrece al PSG para derrotar al Nantes, uno de los pocos equipos franceses que siempre parecen (o al menos parecieron durante un largo periodo) estar. Su fútbol de oficinista, funcionarial y sin gracia pero eficiente como la maquinaria de la burocracia lo construyó a partir de la llegada a la portería de Joel Bats desde el Auxerre.

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Había superado un cáncer de testículos en el año 82 y emergido no solo como uno de los grandes porteros europeos de su tiempo sino como una personalidad excéntrica singular. Jugaba con una extraña calma y esa misma relajación transmitía.

Era pequeño pero extraordinariamente ágil, atento y con una lectura tremenda del mano a mano. El resto de la estructura dependía de la inteligencia del central Jean-Marc Pilorget, convertido por Houllier en titular o la pareja de centrocampistas Poullain, un ex de Nantes y el clásico Luis Fernández. Junto a ellos, la calidad de Susic y Rocheteau y otra incorporación clave desde el Auxerre, el zurdo holandés Pierre Vermeulen que compensó su carencia de gol con una devoción militar por el equipo.

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Más de una década después Houllier fichará por el Liverpool para comenzar el minucioso proceso de desmantelamiento de un estilo de fútbol y, paradójicamente, recuperar la senda de los triunfos que se extenderá con Rafa Benítez. Con él, el Liverpool vuelve a ganar (Copa de la Liga, FA Cup y Copa de la UEFA, todo en 2001) tras diez años de absoluta sequía. Los caminos del fútbol. En París Houllier solo se mantuvo dos temporadas antes de aceptar la llamada de la Federación Francesa para ocupar distintos puesto técnicos, incluido el de seleccionador absoluto entre el 92 y el 93.

La Liga terminó por ser un espejismo y no solo no fue capaz de mantener el éxito, sino que en su último año se desplomó hasta un alarmante puesto 15 mientras veía como el elegante Mónaco de Arsene Wenger y el Olympique de Marsella eran los nuevos proyectos ascendentes.

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Con Wenger, el Mónaco logra una Liga (87-88) y dos Copas (85 y 91) además de la disputa de una final de Recopa en 1992, perdida contra otro equipo de moda por entonces como el Werder Bremen que vivía su edad de oro con Otto Rehhagel como entrenador y jugadores como Marco Bode, Mirko Votava, Dieter Eilts, Ulrich Borowka, el neozelandés Wynton Rufer, un Klaos Allofs a quien habían recuperado desde el Girondins, el austriaco Andreas Herzog o Mario Basler, futbolista-sensación durante unos años. Pura clase obrera del fútbol y un equipo rocoso y feo, en gran medida opuesto al fútbol grácil de los monegascos.

Buenos años para las alternativas a los poderes oficiales, en todo caso, incluso a aquellos que están surgiendo como el del Olympique de Marsella que en muy poco tiempo ha construido un acorazado que se impondrá tanto en la competición local durante casi toda la primera mitad de los 90 como fuera jugando dos finales de Copa de Europa y levantando el título en la segunda de ellas frente al Milan en la 1993-94.

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El auge de los marselleses está íntimamente ligado al de los parisinos. De hecho, el PSG experimenta un tercera refundación cuyo objetivo no es otro que ejercer de contrapeso al OM y tratar de forjar una rivalidad nacional que potencia los intereses de un operador televisivo que iba a revolucionar no solo el fútbol francés, sino el continental (y mundial): Canal +.

Antes de la entrada en vigor de la Ley Bosman en 1995 esa entelequia que llamamos “fútbol moderno” ya se había instalado. Fueron los operadores de TV quienes la trajeron. Suyos fueron los impulsos que provocaron los grandes movimientos de las placas tectónicas del fútbol, los cuales llevaron a la disolución del modelo deportivo/organizativo/económico/competitivo anterior. 1992 fue el año de la ruptura. El año en que nació la Premier League y la Champions League. 1991 fue la antesala: el año en que Canal + se hace con el control del PSG…por culpa del Olympique de Marsella.

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La First Division fue refundada en el 92 como Premier tras la entrada en el mercado de Sky Sports, que en 1990 había sido adquirida por el magnate australiano Rupert Murdoch como parte de su plan para infiltrarse en los medios británicos. Sky rompió la banca negociando contratos televisivos directamente con los clubes que superaban por mucho los ingresos que la BBC les proporcionaba.

El trabajo de zapa comenzado en el 90 cortejando a los clubes más poderosos fructificó en el 92 cuando los equipos de la primera división rompieron con la liga de fútbol y forzaron la refundación de la competición, confirmando de paso el monopolio de una Sky que se convertía en la operadora de televisión por cable terrestre más poderosa de Europa y Rupert Murdoch en una figura central de la economía y la política británicas, con sus medios apoyando a Tony Blair desde mediados de la década.

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En paralelo la Copa de Europa se diluía en la Champions League (la primera ganada curiosamente por el Olympique de Marsella), una idea cuyo origen hay que rastrearlo en 1988 en los planes de otro magnate de los medios, el italiano Silvio Berlusconi, presidente del AC Milan por entonces,  que con el apoyo de Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid,  empujaba la liga europea. En el 90, Mendoza y el presidente del Glasgow Rangers David Murray logran que la UEFA acepte a consideración su propuesta de liguilla previa para la Copa de Europa.

En la temporada 91-92 se prueba un sistema mixto donde tras dieciseisavos y octavos por eliminación directa,  cuartos y semis se sintetizaban en dos grupos y formato liga, siendo el líder de cada grupo el finalista.  El formato se mantendrá dos temporadas más, pero es en la 92-93 cuando se efectúa el cambio de nomenclatura a Liga de Campeones. En la 94-95 los grupos pasan a la primera fase y las rondas directas desde cuartos de final.

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La nueva marca fue el modo de comercializar el producto de manera más agresiva. La UEFA ejercía de cabeza de una corporación de sponsors que ostentaban derechos exclusivos sobre la Champions y facilitaba la venta de paquetes de derechos de televisión a los operadores en jugosas subastas. La Champions era un macronegocio, un escaparate gigantesco y el artículo de lujo definitivo del neofútbol.

Este cambio de paradigma llegó, por supuesto a la FIFA y al Mundial, oscureciéndose los intereses cada vez más en la administración Blatter si bien fue el legado final de João Havelange, bajo cuya presidencia el evento llegó a los Estados Unidos. Los derechos de aquella emisión fueron adquiridos conjuntamente por ABC y ESPN por 11 millones de dólares. En 2014, Fox, otra parte del conglomerado Murdoch, se hacía con los dos próximos mundiales por 425 millones de dólares.

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El caso Bosman, juzgado entre 1990 y 1995 no fue otra cosa que una consecuencia de este nuevo contexto.

En 1991, cuando Francis Borelli deja la presidencia del PSG la deuda del club asciende a 51 millones de francos. En 1998, Borelli será suspendido y sentenciado a 8 meses de prisión por irregularidades en su gestión sucedidas durante esta última época.  Es entonces cuando Canal + decide hacerse con el PSG. Su estrategia era la de asegurar una rivalidad (deportiva, social, económica…) respecto al Olympique de Marsella que presidía Bernard Tapie, quien en aquel periodo de principios de los 90 lo mismo era dueño de Adidas, a la cual había recogido al borde de la bancarrota, su especialidad como empresario, que ministro bajo la presidencia de François Mitterrand.

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Tapié aparece como un Lagardère a quien le salen bien las cosas. Incluso comparte a Enzo Francescoli. Como él, antes del Olympique había conocido el éxito deportivo en otra disciplina, en su caso con un equipo ciclista, La Vie Claire, que había ganado los Tour del 85 y el 86; el primero con Bernard Hinault y el segundo con el norteamericano Greg LeMond.

Es en ese 1986 cuando Tapié se hace con el Olympique y en 1989 comienza un arrollador dominio completado con cinco ligas seguidas y dos finales de Copa de Europa, la segunda de ellas ganada frente el Milan. La historia terminó abruptamente ya que ese mismo año, el 93, es desposeído de su último título y Tapié inhabilitado por compra de partidos.

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Esto aun estaba por llegar y el dominio, sobre todo económico, del Olympique amenazaba con estrangular la liga francesa. A través del PSG Canal + buscaba garantizar un contrapeso y, a la vez y si la operación salía bien, asegurarse el control sobre un fútbol en transición desde dentro del mismo porque Canal + compartía los derechos de emisión con TF 1 pero ofrecía un estilo completamente distinto en la forma de una cobertura técnica revolucionaria y un tratamiento informativo renovado que en España conocimos dado que la empresa se introdujo a través del Grupo Prisa en 1990.

Jaques Chirac, entonces alcalde de París (por la derecha gaullista, frente a la izquierda mitterranista que representaba también Tapié en Marsella; con lo cual vemos también un interés en un contrapunto político) y desde 1995 presidente de la República, aparece como garante del plan de Canal + para salvar al PSG; ya sin remedio convertido así de facto en el equipo representativo de la ciudad.

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C+ es el socio no mayoritario con un 40% del control del club, pero en la práctica los dirige sobre los restos de los “camisas rosas” que permanecen como meros hombres de paja.

El presidente sobre el terreno  y director deportivo es el periodista y productor de TV Michel Denisot, uno de los fundadores y hombres fuertes de Canal +. Denisot es un respetado comentarista deportivo, que había sido en los 80 presidente del modesto La Berrichonne de Chateauroux, club al cual profesionalizó y logró llevar a la 2ª División. Una década más tarde de su gestión, La Berri ascenderá ala Ligue 1 y llegará a jugar una final de Copa en 2004 precisamente contra el PSG.

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El Ayuntamiento parisino no solo se hace cargo de la deuda del club, sino que aporta a esta refundación encubierta 30 millones de francos. Canal + contribuye con otros tantos y entre patrocinadores, anticipos de venta de entradas, derechos televisivos, etc… se completa un impresionante presupuesto de 120 millones de francos capaz de competir de tú a tú con el OLM. Los dos objetivos inmediatos de la operación se cumplirán: la potenciación de la liga doméstica y la consecución de un escaparate europeo.

Así, durante la primera mitad de los 90, la Ligue 1 (llamada hasta 2002 División 1) y sus equipos serán algunos de los más apasionantes y atractivos de la primera mitad de los 90, apareciendo PSG, Mónaco, Girondins, Nantes y OLM en numerosas semifinales y finales europeas. Una presencia que vendría a ser rota por el brutal dominio que sobre la década de los 2000 ejercerá el Olympique Lyonnais, el cual paradójicamente solo logrará una presencia en las semis de Liga de Campeones en 2010, cuando ya había dejado de ser campeonísimo a favor del OLM, el único finalista europeo francés de los 2000, derrotado en la UEFA de 2004 por el Valencia de Rafa Benítez, entonces oposición firme al duopolio Real Madrid/FC Barcelona en la liga española.

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Valerón: jugador de otro tiempo

A Juan Carlos Valerón se lo inventó en un campo de tierra de la tercera canaria Juan Manuel Rodríguez, quien a principios de los 90 era el entrenador del Arguineguín. No lo descubrió, tampoco es así, porque Valerón lleva existiendo desde el principio del fútbol aunque poco a poco se extinga.

Rodríguez lo vio, lo reconoció y lo puso; y lo aguantó, que es lo más importante de esta historia.  Cuando le decían que a dónde iba con aquel alambre de diecisiete años a jugar en semejante categoría, Rodríguez decía que esperasen. Cuando lo recomendó a Las Palmas y Francisco Castellano le dijo que qué le mandaba allí, Rodríguez dijo que esperase.

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Bajaba la pelota al suelo, la enroscaba en un tobillo de goma y sus piernas chiclosas que parecían tener voluntad propia lo mandaba allí donde nadie había visto que algo pudiese pasar. Valerón era un frágil de mentira porque hasta las arremetidas más duras parecían ser absorbidas por su cuerpo invertebrado.

Valerón era un lento de mentira, porque arrancaba antes, pensaba antes y soltaba antes y a donde nadie había pensado ni visto. Como Sócrates o Bochini, tuvo que inventarse una manera para jugar al fútbol, para sobrevivir en el campo; y lo hizo tan bien que lo convirtió en un arte singular, en una seña de identidad. Las limitaciones de su físico transfiguraron en las amplitudes de su fútbol.

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Recuerdo verle un pase inverosímil, inimitable estando ya en el Deportivo de La Coruña. No recuerdo el partido ni recuerdo quien fue el receptor, pero el pase no lo olvido. De espaldas, con la línea de defensas formada, Valerón recoge el balón con el empeine y lo levanta por el lado derecho en un juego de tobillo y rodilla sobrehumano. El balón sobre la defensa, el balón flotante, inaccesible, que cae lentamente y todos los defensas y todos los porteros lo miran y saben que no va a llegar, era su especialidad.

Hay otro pase que recuerdo también. Este contra el Bayer Munich cuando el Depor los arrolló en Alemania. En un contragolpe Valerón parece enredarse con la pelota rodeado de contrarios. Se la ha dejado un poco atrás y tiene que maniobrar, casi envolviéndose en sí mismo, para que no se le escape.

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Está concentrado mirando el balón pero, al mismo tiempo e imposible, ha visto como Roy Makaay rompe la defensa desde atrás. En el mismo gesto Valerón toca la pelota con la puntera. Circular, perfecto, el gesto envuelve y desenvuelve su cuerpo y pone el balón en la exacta distancia para la carrera del holandés. Gol.

Javier Irureta dijo una vez que a Valerón lo que le hacía feliz era hacer feliz, pasarla, dar el gol en lugar de marcarlo. Era una satisfacción total: la propia, la del compañero, la del equipo, la de la afición. Ese sentido de la felicidad, esa búsqueda prácticamente moral, le daba forma y significado a su fútbol y le llevaba a ejecutar estas acciones. Forzaba la naturalidad para el pase hasta el punto de convertirla en una naturalidad propia.

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En Las Palmas, en el 95, coincidió con su hermano Miguel Ángel y con Manuel Pablo, desde entonces un hermano postizo. Comienza la temporada en el B, pero la categoría se le queda corta y poco a poco aparece en la primera plantilla. Sigue flaco, aniñado, sonriente. A final de año ya juega y es esencial en el ascenso a la 2ª División.

Solo estará un año más, en una buena campaña pese a los cambios de entrenador (Pacuco Rosales, que los había ascendido, Ángel Cappa y Castellano) donde Valerón coincide con Turu Flores, otro inminente deportivista, y recibe la única roja de su carrera, contra el Castilla.

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Aquel era un buen equipo, tan sólido como para resistir tres cambios de entrenador, donde gente como Socorro, Víctor Alfonso, Paquito u Orlando sobreviviría hasta el equipo del ascenso a 1ª en el 2000, entrenados entonces por el serbio Sergio Kresic, jugador del Burgos en los 70 y clásico de los banquillos de la parte baja desde finales de los 80, cuando comenzó a dirigir precisamente al Burgos.

Junto al talentoso Flores otros dos argentinos aportaban jerarquía, el duro defensa Simionato que venía de Lanús y el ex-Boca Juniors Walter Pico, un medio ofensivo de talento que había sido uno de los preferidos de la hinchada Xeneize, pero había quedado marcado por un fallo en la tanda de penaltis que dio el título del 91 al memorable Newell’s de Marcelo Bielsa.

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Así armada, la Unión termina séptima y llega a la semifinal de Copa del Rey tras haber eliminado a Mallorca, Valencia o Español. El Barcelona, que sería Campeón, los frena sin piedad (0-4 y 3-0). Es el Barcelona de Bobby Robson y Ronaldo, que ese curso queda campeón de la Recopa frente a PSG y a solo un partido de ganarle la Liga al Real Madrid de Fabio Capello.

Aquel partido no solo acabó con la trayectoria copera de la Unión Deportiva, sino con la carrera de Miguel Ángel, el hermano mayor de Valerón. Ferrer se la cortó en seco con una entrada brutal en un balón dividido en la posición de extremo izquierdo que terminó con la pierna del mediapunta hecha un amasijo.

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Era un jugador de talento, no tan fino y parsimonioso, no tan especial, como Juan Carlos, pero un producto clásico de la escuela canaria en un equipo, aquel de mediados de los 90, que respetaba tal tradición de juego al toque.

Ese verano, durante una gira de pretemporada de Lanús, por entonces uno de los equipos de moda en Argentina, Héctor Cúper se había deslumbrado con Valerón. Sin saberlo ni el uno ni el otro iban a coincidir en Mallorca. Cúper firma en la 97-98 por el R.C.D. Mallorca y nada más llegar descubre que Valerón es uno de los nombres en cartera dentro de una lista de posibles refuerzos. De inmediato solicita su fichaje.

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El equipo se ha reforzado de modo excepcional con la llegadas del portero Roa desde Racing Club de Avellaneda, Mena desde el propio Lanús, Romero, otro pescado luego por el Depor, Iván Campo, quien formará una extraordinaria dupla de centrales junto a Marcelino,  y Engonga desde Valencia.

El Mallorca mejora en cada línea y Cúper construye un equipo sobrio y enérgico, de buen fútbol colectivo donde las notas diferentes de Valerón están en perfecto contexto. Alumno de Carlos Timoteo Griguol en el Ferro carril Oeste de los 80, donde era defensor central, Cúper es un técnico adusto,  espartano, de aspecto militar cuyo juego trascurre por esa tercera vía del fútbol argentino que Griguol abrió y Bielsa profundizó y singularizó.

PORTO, PORTUGAL - JUNE 16: Juan Carlos Valeron of Spain during the UEFA Euro 2004 Group A match between Greece and Spain on June 16, 2004 at the Estadio do Bessa Sec XXI in Porto, Portugal. (Photo by Shaun Botterill/Getty Images)

No es tan ofensivo ni paroxístico como el de Bielsa, pero sí se basa en el mismo compromiso honorable, la misma honestidad, la misma ausencia de mezquindad o ventajismo. Fútbol sencillo bien jugado. Su año es asombroso, pero ya teñido por la sombra de la desgracia, por el fatalismo de una carrera que le ha negado la solidez de un título.

Termina quinto en Liga y juega la final de Copa contra el Barcelona, perdiéndola por un solo penalti. Al año siguiente, ya sin Valerón y con el laborioso Ibagaza, otro ex-Lanús, como recambio, dobla la apuesta y el malditismo: terceros en Liga y finalistas de la Recopa, derrotados por la Lazio (2-1).

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Valerón ha sido vendido al Atlético de Madrid junto a Mena. Jesús Gil acaba de firmar a Arrigo Sacchi como entrenador y el proyecto es de lujo. Allí están Juninho o Lardín, formidable delantero vertiginoso del Español. Míchel Salgado y un coche acabarán respectivamente con la carrera de cada uno de ellos.

Con Valerón llega también Correa, un peleón delantero uruguayo (valga la redundancia), Baraja, que ha subido desde el Atlético B, el elegante interior argentino Solari, quien terminará por irse al Real Madrid o una serie de extravagantes fichajes del Calcio como el central argentino Chamot, lento y duro, el serbio Jugovic, quien parecía un exfutbolista y aún asó logró colocarse otro par de años en el Inter, o calciatori que eran puro producto interior bruto del fútbol italiano, inadaptable a otro contexto, como Torrisi, Venturini o Serena, quien recalaría también en el Inter, y fue el único que se comportó con dignidad desde su lateral izquierdo.

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Sacchi se quedó con Valerón igual que aquellos primeros entrenadores se habían quedado. Era incapaz de comprender como era jugador de fútbol; hasta que los puso a jugar al fútbol. Como con Cúper, a Valerón se le hizo cuesta arriba el principio, pero al contrario que con este el equipo no estaba construido como tal y por tanto no había nada consistente que rodease a Valerón y que este pudiese hacer funcionar. Terminó por sentar a Juninho, eso sí, en una constante de su carrera consistente en comerle, lenta, silenciosa, metódicamente, el terreno a su competencia directa; algo que Djalminha experimentaría en el Deportivo.

Aquel Atlético era todo promesa y nada realidad. Un barniz de oro de nuevo rico, hojalata y oropel. Un producto genuinamente español de la cultura del pelotazo y el parche. Sacchi, que vino con la misma motivación que sus fichajes italianos, salió del equipo y Gil retomó su relación de amor-odio con Radomir Antic. En una Liga ganada con autoridad brutal por el Barcelona de Louis Van Gaal el Atlético navega por la mitad baja de la tabla, instalándose finalmente en el puesto 13. Fue como una premonición.

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Para el curso siguiente, Gil recurrió de nuevo a un técnico italiano y esta vez fue Claudio Ranieri quien vio su trayectoria maltrecha por aquella picadora de carne que era el club. Había hecho dos años magníficos en el Valencia y la temporada anterior arrasado con el Atlético en la final de Copa (0-3) en un partido deslumbrante de Gaizka Mendieta. Era el sabor de moda y Gil no se resistió a probarlo. Volvió a gastar, claro.

Echó a media plantilla y se trajo a los paraguayos Gamarra, quien por supuesto, firmaría por el Inter al año siguiente y Ayala, procedente del Betis; centrales de moda a finales de los 90, de velocidad aturullada, nula técnica y notable dureza. También llegó el joven Capdevilla, un sólido lateral procedente del Español que no pasaría desapercibido para el Depor, regresó Paunovic tras una buena temporada en Mallorca, y se firmó a lo que debía de haber sido un negocio redondo: el semidesconocido delantero centro holandés Jimmy Floyd Hasselbaink.

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Macizo, rápido e intuitivo, con un remate al primer toque primoroso y un juego de espaldas inteligentísimo, Hasselbaink venía de dos años productivos en el Leeds y de una consistente experiencia en Portugal, pero no tenía cartel estelar. Con el Atlético firma una campaña sensacional, marcando veinticuatro goles que sus compañeros convierten en inútiles. Pocas veces se ha visto un esfuerzo tan melancólico.

El Atlético de Madrid descendió en una de las temporadas más excéntricas de la reciente liga española, con el Sevilla, último, y el Betis acompañándolo a 2ª división, el Real Madid quinto pero ganándole la Copa de Europa a un Valencia que entrenado por Cúper había firmado una competición asombrosa y el Deportivo de Javier Irureta logrando al fin un campeonato inédito.

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Valerón hizo una notable temporada, con un fútbol de alta escuela, pero todo daba igual porque a su alrededor giraba un huracán de locura. La judicatura expulsa de la presidencia a Jesús Gil, involucrado en mil y un escándalos de corrupción que ligaban al club con el ayuntamiento de Marbella y el club queda en proceso de administración judicial. Ranieri sale por piernas y Antic regresa una vez más pero no hay quien reanime a un muerto. Será Luis Aragonés, ya en segunda, quien reconduzca al equipo tras una temporada, la 00-01, demencial incluso para los estándares del Atlético del periodo.

Ese verano del 2000 Valerón realiza el mejor movimiento de toda su carrera: ficha por un Deportivo que ha sido el alfa del omega delirante del Atlético y acaba de ganar la primera Liga de su historia. Bajo Javier Irureta es un equipo ejemplar, de fútbol elegante y sencillo, un contexto cercano al de Cúper y el Mallorca. Un espacio de tranquilidad después de los tormentosos años en Madrid. Ese verano, también, Valerón jugará su primera Eurocopa.

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José Antonio Camacho había llegado a la Selección tras la debacle de Clemente en Chipre y precedido sobre todo por su excelente labor en el Español, donde en su primera época había forjado un equipo alegre, rápido y venenoso. En Bélgica y Holanda, en cambio, España fue un equipo indefinido, entregado de nuevo a la épica estéril de una victoria de último minuto contra Yugoslavia (3-4). El gol acrobático de Alfonso solo aplazó lo que estaba claro y España jugó un partido embarullado contra una Francia fea pese a sus jugadores de clase. Zidane y Djorkaeff se impusieron y Camacho cometió el error de sentar a Mendieta primero y a Munitis después, los mejores del partido. Raúl lanzó un penalti sobre el larguero y fin de otra historia.

Valerón jugó los dos primeros partidos; una triste derrota contra Noruega (1-0) que le costó a Molina el puesto y una triste victoria contra Eslovenia (1-2). Luego, vió los dos partidos decisivos desde el fondo del banquillo. Fran, quien iba a ser compañero y perfecto complemento en el Depor fue otra de las víctimas de Noruega y solo jugó veinte minutos contra Yugoslavia antes de ser sustituido. De nuevo, España era incapaz de crear un contexto para jugadores singulares y lo cierto es que ni Fran ni Valerón parecieron estar nunca en su lugar en la Selección, aunque Valerón tuvo más recorrido.

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En el Mundial de 2002, el único que jugó, parecía que las piezas estaban mejor dispuestas y la idea se había clarificado. Valerón paraba y aceleraba el juego con su estilo dominante silencioso, con el cual ya se había asentado en el Deportivo, la excelente forma de Raúl y la aparición de De Pedro desde una Real que al año siguiente le disputaría la Liga al Real Madrid hasta el último minuto, dieron consistencia al equipo. No se notaba la dispersión de la Euro anterior, y dos victorias de calidad sobre Eslovenia (3-1) y la siempre dura Paraguay (3-1) pintaba todo de colores, pero el equipo se fue cayendo a trozos según la presión aumentaba.

La nota trágica, el ridículo de un Mundial que fue un insulto, fueron aquellos cuartos contra una Corea del Sur que con el bulldozer arbitral ya había quitado de delante a Portugal e Italia, pero la verdad es que España había merecido perder contra Irlanda en un partido pésimo que acabó con Hierro y Helguera aculados en el área pequeña según su costumbre y Casillas salvando el pase en la tanda de penaltis.

2 Apr 2002: Gary Neville of Manchester United and Juan Carlos Valeron of Deportivo during the Deportivo La Coruna v Manchester United UEFA Champions League Quarter Final 1st Leg match at the Estadio Municipal De Riazor in La Coruna, Spain. DIGITAL IMAGE. Mandatory Credit: Laurence Griffiths/Getty Images

Portugal 2004 marcó el punto más bajo de la Selección moderna. La promesa de renovación de Iñaki Sáez, técnico de las inferiores que había ganado varios títulos sub- y una meritoria plata olímpica en Sidney con un gran fútbol comandado por Xavi Hernández desde la media punta, se quedó en nada. España era un híbrido amorfo que se renovaba sin renovarse, un equipo cobarde, sin alma, sin estilo. Valerón, con solo 28 años era un jugador residual, más descontextualizado que nunca en un equipo que, paradójicamente, tenía toda una serie de compañeros a su medida.

En enero de 2006, durante un partido contra el Mallorca, Valerón se hacía polvo la rodilla y pasaría casi dos años fuera de los campos. La gran revolución en dos partes de la Selección Española le pasó de largo. Cuando la hora de su fútbol por fin llegó, él no estaba para jugarlo. España calló cruentamente en Alemania 2006, pero Luis se autodestruyó para que del sacrifico surgiese un equipo histórico, luminoso, diferente en Austria y Suiza 2008. Nunca como con la Selección la idea de que Valerón era un jugador a destiempo fue tan penetrante. Era un anacronismo inverosímil, demasiado pronto y demasiado tarde a la vez, en un entretiempo que no lo merecía pero donde pudo dar lo mejor de sí.

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Su futbol a cámara lenta pertenecía al Brasil del 70 o a los equipos de la década de los 40 igual que hubiese pertenecido al ciclo ganador de España pero la decadencia de su equipo llegó más pronto que la suya ya Valerón, como Iván de la Peña en sus años de madurez en el Español, se topó con una competencia inexpugnable por delante. España fue durante un ciclo un equipo tan perfecto, tan dominante, que llegó a  desactivar la emoción. Era difícil introducir en su mecanismo cualquier elemento externo.

En el verano de 2000 llega a un Deportivo de La Coruña con ganas de Copa de Europa. Llega en voz baja, como siempre, para servir de recambio a Djalminha, el genio residente. Allí se reencuentra con Manuel Pablo (retirado en 2016 y marcado también por una terrible lesión) con un augurio del hogar encontrado, de su sitio en el fútbol.  Llega muy quebrantado del pubis y tarda en entrar en la dinámica, pero Irureta enseguida se da cuenta de que es más sencillo trabajar con él que con el irascible y ciclotímico brasileño.

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Lo acompañan otro par de Atléticos, Molina, que llega para sustituir al carismático Songo’o y aportar sobriedad, y Capdevilla, así como algunas incorporaciones fundamentales desde el banquillo como el duro medio Duscher o el delantero uruguayo Walter Pandiani, fundamental en la memorable remontada europea frente al Milan de la 2003-04.

Aunque de todas, la más determinante fue la de Diego Tristán, un delantero de arranques de genio que completará dos temporadas memorables antes de diluirse en la indolencia. A Tristán, Valerón parecía leerle la mente y junto a él conformó un ataque elegante, grácil, llenos de recursos técnicos que dio una dimensión diferente a un equipo caracterizado por la sobriedad, la solidez y la ortodoxia.

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El Depor de la primera mitad de los 2000 era, simplemente, un equipazo. La jerarquía y distinción de Naybet en el centro de la defensa, el libro del fútbol que era Mauro Silva en el centro de campo, la zurda de Fran, la velocidad vertiginosa y el sentido del espacio de Roy Makaay… Romero, Helder, Donato primero y Sergio después, Víctor, Andrade, Scaloni, Luque… un equipo que mantuvo sus estructura durante un largo ciclo y que además lo sustanció en una Liga, dos subcampeonatos y otros dos terceros puestos, una Copa del Rey y una semifinal de Copa de Europa.

Duró tanto y fue tan real que todos pensamos que aquello iba a ser para siempre, que un tercer grande, un contrapoder, había surgido. La realidad se impuso, claro, pero el Depor exprimió su momento incluso por encima de sus límites lógicos. Y Valerón estuvo en si mismísima médula espinal.

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Cuando aquel maravilloso valle pasó y comenzó la cuesta abajo, Valerón también estuvo. El Deportivo rodó tanto, se diluyó en su propia historia en realidad, que en 2011 descendió a 2ª División tras veinte temporadas consecutivas en 1ª. Atrás, imborrables, habían quedado momentos mágicos para Valerón en Coruña como la Copa del Rey ganada en la fiesta del florentinato en 2002, el centenario del Real Madrid en el Bernabéu donde el Depor parecía un invitado necesario a la fiesta de otros o la increíble remontada en cuartos de la Copa de Europa de 2004, cuando en Riazor levantó un 4-1 respondiendo con una apoteósico 4-0.

En la primera ocasión Valerón facilitó los dos goles y firmó una actuación superlativa. En el segundo marcó un gol de cabeza y sin tanto protagonismo, aquel partido fue de Luque y Pandiani, fue central en una actuación arrolladora ante un equipo, entrenado por Carlo Ancelotti, que había sido campeón un año antes y sería finalista un año después.

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En 2005 Irureta decidió dejar el Deportivo, agotada tal vez una historia de mutua correspondencia. El equipo había quedado octavo aquel año y algunos jugadores daban síntomas de decadencia, en especial porque pese a la multitud de fichajes el once variaba poco y el banquillo revelaba una brecha de calidad. Joaquín Caparrós, que venía de regenerar al Sevilla con un fútbol aguerrido y una sobria política de cantera llegaba para infiltrar tensión al equipo.

En Sevilla los sustituía Juande Ramos y el equipo daba un salto de calidad que le llevaría ganar dos copas de la UEFA consecutivas, una Copa del Rey y un tercer puesto con uno de los mejores fútbol de Europa en el momento. Caparrós, en cambio, se encalló en el Depor. Su trabajo fue bueno, como lo sería en Bilbao, pero al equipo le faltó ambición y, sobre todo en su segundo año, el de la lesión de Valerón, fineza en un fútbol tosco y una plantilla plagada de jugadores sin la jerarquía anterior que añoraba más que nada la calidad de los delanteros del pasado inmediato.

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Miguel Ángel Lotina, un entrenador marcado por la irregularidad y cierto fatalismo, fue el entrenador del Depor durante las cuatro últimas temporadas en 1ª y estuvo hasta que el barco se hundió, sumando otro descenso a su curriculum que empaña aquella clasificación para Champions con el Celta o la Copa ganada con el Español. Valerón vuelve poco a poco, pero ha perdido algo de la confianza que en él se tuvo y parece estar en el equipo más como un símbolo que como un jugador vertebral, útil.

Sigue dejando anotaciones de fútbol mayor, pero espaciadas más por las circunstancias que por él mismo. Le gusta juagar al fútbol, así que no piensa en retirarse y en cierto modo se acomoda igual que el Deportivo se acomoda a la mitad de la tabla. Es un equipo sin nada especial, uno más de la Liga. El desplome de 2011 es inesperado por esa misma dinámica confortable pero en cierto modo lógica, como una vejez inevitable.

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Valerón piensa en dejarlo, pero Lendoiro le convence de, al menos, quedarse en el club. Medita y decide que si se queda será para seguir siendo futbolista, que aquellas caras de tristeza no las merecía la gente y que su legado en el Depor, al menos su apunte final, debe de ser otro.

Con Oltra como entrenador y un equipo casi intacto respecto al del año anterior el Deportivo se impone con autoridad en la Segunda y asciende solo un curso más tarde. Le acompaña como segundo el Celta, a quien entrena el duro Paco Herrera.

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Con 39 partidos y 5 goles, con 37 años y el cuerpo dolorido, Juan Carlos Valerón juega una de las temporadas de su vida. De nuevo el equipo gira en torno suyo y como otros futbolistas longevos y sabios, Valerón ha descodificado el fútbol, simplificándolo, resolviendo por anticipado y aplicando la sencillez por sistema.

Pero como nada dura, el Deportivo no fue capaz como equipo de honrar aquello en lo que Valerón había puesto su empeño y en un año lleno de acciones autodestructivas el equipo desbarrancó a 2ª de nuevo. Esta vez, en cambio, Valerón no se iba a quedar para intentar un nuevo ascenso (conseguido), sino que tras tantear la retirada se decidió por un epílogo nostálgico: Las Palmas.

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La Unión Deportiva llevaba trabajando en un proyecto de ascenso desde la temporada 2012-13, cuando estaban dirigidos por el joven Sergio Lobera. Los anteriores, desde que subiesen de 2ªB en la 2005-06 había sido un continuo coqueteo con el regreso a tal categoría y un circular de entrenadores al que solo pudo dar estabilidad uno de los habituales recursos de la casa, Juan Manuel Rodríguez Pérez, el descubridor de Valerón en el Arguineguín.

Cuando Valerón regresa al club y a esa 2ª que fue su tope con el mismo, Las Palmas llevaba un par de temporadas estrellándose en el duro playoff, primero contra el Almeria y luego contra el Córdoba en un partido infame, donde la hinchada canaria invadió el campo con 1-0 para terminar con el Córdoba empatando y una batalla campal.

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Al año siguiente el club firma a Paco Herrera, experto en la categoría y con aquel ascenso del Celta ya a sus espaldas. Valerón encaja como un guante en una plantilla con jugadores de cierta experiencia, algún talento mayor como Jonathan Viera y alguno desperdiciado como el argentino Sergio Araujo, quien terminará la temporada con 23 goles.

Es como un hombre entre niños. Un hombre tranquilo, sabio y risueño, sin preocupaciones. Más que nunca parece venir de otro lugar en el tiempo, de otro fútbol. La importancia de Valerón es menos que la que tuvo en el Depor del ascenso. Juega poco más de una veintena de partidos y no marca ningún gol, pero aporta los intangibles: ejemplaridad, tradición, sobriedad.

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De algún modo Valerón representa en esta embrionaria Unión Deportiva la herencia histórica del club, un modo particular de entender el juego que tuvo su momento de esplendor en la larga etapa en 1ª entre finales de los 60 y principios de los 80, cuando Las Palmas enarbolaba un juego elegante, de toque y cadencia y logró un subcampeonato (68-69) y un tercer puesto (67-68) liguero y disputó una final de Copa contra el Barcelona en el 78. Valerón es como el espíritu de Las Palmas pasadas y a la vez el ejemplo para las futuras. Su premio, una temporada en la 1ª División vestido con la camiseta amarilla y el pantalón azul.

No fue fácil y la desdicha del ascenso con el Deportivo ensombreció buena parte del año, pero la entrada ya iniciado el curso de Quique Setién como entrenador alineó los astros y presentó a un club y a un entrenador que se reconocen el uno en el otro. Valerón jugó trece partidos con una sonrisa de oreja a oreja y la Unión se reencontró con la herencia, con la tradición. Hoy su juego es la versión moderna de aquel, es “su juego” y el equipo gira en torno a la clase y laboriosidad de Viera, Vicente Gómez, Tana o el estupendo Roque Mesa; canarios de Las Palmas, hijos del estilo, hijos de Valerón.

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Ganar desde el Norte: Real Sociedad

La Real Sociedad era un hombre austero. Un obrero especializado, que se remanga ya antes de salir de casa. Entra serio en la fábrica y completa su labor con orgullo porque lo que está bien hecho, bien hecho está.

La Real Sociedad era un equipo con bigote que cruzaba los brazos sobre una camiseta azul y blanca y miraba directamente a los ojos; sin arrogancia, sin vanidad. La Real Sociedad era Alberto Ormaetxea. La Real Sociedad era un club que era un hombre de club.

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Ormaetxea había jugado en el Eibar, su ciudad, y luego en la Real donde se retiró en 1974. Con el equipo había ascendido en el 67 para completar, a la larga, la mejor racha de permanencia del equipo; hasta 2007. Del césped pasó al banquillo, como ayudante de Iriondo primero y de los entrenadores que le siguieron en unos años inestables.

En el año 78 pasa a ser el entrenador; con naturalidad. Lo sería hasta 1985. Ganó dos Ligas consecutivas y una Supercopa. Estableció un record de 32 partidos invicto. Fue subcampeón de Liga y jugó dos finales de Copa del Rey y una semifinal de la Copa de Europa y vio su legado prorrogado por John Toshack durante un epílogo excepcional, entre el 85 y el 88, con un subcampeonato liguero y dos finales de Copa del Rey, la primera de ellas ganada contra el Atlético de Madrid en los penaltis.

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Lo que está bien hecho, bien hecho está.
La Real Sociedad lideró la contrahistoria del fútbol español, una ofensiva lanzada desde el Norte por ellos, el Athletic de Bilbao de Javier Clemente, grande renacido y el Sporting de Gijón, el único que no transformó la energía en títulos quedándose con dos finales de Copa y un subcampeonato de Liga.

La Real, con su primer título en 1980-81 era el primer campeón nuevo desde el Sevilla en la temporada 1945-46. El Real Madrid había ganado cinco de las seis ligas anteriores (la restante la había conquistado el Atlético de Madrid en el 76-77) y hasta la 99-00 no habrá otro campeón nuevo, el Deportivo de La Coruña de Irureta.

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El fútbol español, de manera natural e inevitable volvió a inclinarse hacia el Real Madrid y El Barcelona, los ciclos de La Quinta del Buitre y del Dream Team dejaron poco espacio a los demás equipos; solo (y de nuevo) el Atlético de Madrid, el de Radomir Antic, pudo sumar una Liga. Pero antes, durante cuatro años, el fútbol español miraba al Norte y era otro.

En la primera mitad de los 80 en el Norte pasaba todo. Pasaba el fútbol, pasaban los tiros, pasaban las huelgas y pasaba el punk, pasaba la heroína y pasaba la mala hostia; tanta que España entera escoraba, como un barco, hacia esa proa cada más ferruñosa. San Sebastián, ciudad burguesa, aristocrática incluso, miraba al mar y disimulaba pero la industria del acero quedó tocada de muerte en la comarca.

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El orgullo de la gente, las esperanzas, recaía entonces como recaen siempre en el equipo de fútbol que es la sublimación de nosotros mismos. Por eso “ganamos” y por eso “perdemos”.

La Real de Ormaetxea era una destilación del fútbol guipuzcoano. Energía, solidaridad y lucha pero además, esta vez, tenía un extra de calidad en Zamora y López Ufarte. Uno era un 10 dominante, armador de contragolpes y finalizador de los mismos; el otro un extremo demoledor, imparable, a quien habían traído del Real Unión y que junto a Diego, fichado del Eibar, eran los únicos no formados en Zubieta, la casa de la Real.

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Con la portería abrochada por Arconada, el centro de la defensa simbolizado en Kortabarría y el poderío de Satrústegui en el área el equipo contaba con una columna sólida a partir de la cual practicar un fútbol sencillo, ortodoxo y eficiente en una época donde los campos y las estaciones todavía resultaban determinantes.

“Ya llegará el invierno”, dijo una vez el gran centrocampista del Sporting Tati Valdés, “La Maquinona”. Como Valdés, la Real era un equipo de campo de barro y balón al espacio, un motor incansable, de travesía, de resistencia, de sufrimiento.

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Tati Valdés se retiró en la 78-79, el año en el que el Sporting acarició la Liga. El Año del “Así, así, así gana el Madrid”. La Real quedó cuarta. En la 79-80 logró el segundo puesto, solo le faltaron dos puntos para ganar; el Sporting quedó tercero y el Real Madrid volvió a campeonar. Aquel equipo del Norte no era ninguna broma. Estaba preparado para algo grande.

En la 80-81, en una liga cerradísima empata a 45 puntos con el Real Madrid y el golaveraje le sirve; el último partido, el último gol, faltando 12 segundos para que todo terminase como el año anterior fue en El Molinón: 2-2. Un partido de barro, de lluvia y frío, de gradas de pie llenas hasta los topes. “Ya llegará el invierno”.

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Maceda le había hecho un penalti a López Ufarte en la primera mitad, cuando todavía daba el sol. Luego Mesa marcó los dos goles del Sporting y ya todo era charcos y barro. Y entonces Alonso centra, Castro despeja mal, Gorriz intenta disparar desde fuera, el barrizal ralentiza la pelota y esta le llega a Zamora, sin mirar, sin pensar, la cabeza abajo, los ojos cerrados, se gira y gol. Esta vez sí, no se podía fallar a toda aquella gente.

El Real Madrid, paradójicamente, no había sido líder en todo el año y la Real solo las cuatro últimas jornadas. El Atlético había comandado la Liga hasta desinflarse a la hora de la verdad y el Barcelona, con un equipo que reunía a Schuster, Quini y Simonsen había quedado muy tocado debido al secuestro sufrido por el delantero asturiano, quien así y todo cerraría el año con 20 goles y una Copa del Rey ganada al Sporting (3-1) con dos goles suyos.

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Aquellos jugadores, que era hijos, hermanos, primos, amigos de alguien a quien conocías, que eran tus paisanos y tus vecinos, que eran tú, habían hecho lo que nadie más había hecho; y encima iban a repetirlo.

La segunda Liga, el ribete de lo imposible, la ganó la Real Sociedad llegando desde atrás, remontando tras haberse desinflado a medias y verse relegados al tercer puesto. La terminó en San Mamés con medio título ya abrazado tras haberse puesto líder un partido antes. El Barcelona tenía que ganar al Betis en casa y esperar la derrota blanquiazul; no sucedieron ninguna de las dos cosas: 2-2 y 1-2 para la renovación impensable de un título que ya había sido milagroso.

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El bloque inalterable y al fondo gente como Larrañaga, Bakero o Beguiristain que iban a garantizar la vigencia del club.
Un Real Madrid gris, en transición, y un Barcelona dando bandazos deportivos entre plantillas de lujo abrieron la puerta a los aspirantes y estos lo aprovecharon con creces para imaginarse una hegemonía paralela.

El derecho de retención, el gran igualador del fútbol de los 70 y 80, garantizaba la fortaleza deportiva de clubes forjadores de talento, como la Real, aún a expensas de la libertad de estos mismos jugadores. Zamora estuvo en la Real entre el 74 y el 89; López Ufarte entre el 75 y el 87. Impensable hoy (y anteayer).

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El Athletic de Clemente tomó el relevo, imponiéndose por un solo punto al Real Madrid. La Real cayó a la mitad de la tabla, aunque llegó a su segunda semifinal copera consecutiva y, todavía más impresionante, a disputar la semifinal de la Copa de Europa contra el Hamburgo de Ernst Happel, entrenador austriaco que había convertido al Feyenoord en el primer equipo holandés campeón de Europa en 1970.

Marcado por las graves lesiones de Satrústegui y Zamora, el año de la Real se volcó en Europa. Eliminó en aquella competición que era directa y feroz al Víkingur noruego, al Celtic de Glasgow y al Sporting de Portugal. El Hamburgo, equipo feo, puro hueso, se había cruzado con el Dinamo Berlín, el Nëntori Tirana y el Dinamo Kiev.

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Un 1-1 y un 2-1 fueron suficientes contra la Real en un muy polémico partido de vuelta, con cambio de un linier por lesión (fue sustituido por un árbitro local al descanso) y decisiones que la afición vieja todavía recuerda con resquemor. El Hamburgo terminaría por ganar aquel título contra la Juventus.

Otro asalto al poder por parte de un equipo que, como la Real, vivía su edad de oro con tres Bundesligas, una Recopa y una UEFA y esta Copa de Europa cosechadas todas entre el 77 y el 83. Imágenes de otro recorrido posible para el fútbol, un regate a las grandes sagas, a los siempre poderosos; un ejemplo de ilusión para todos los equipos, porque hay más de esos que de los otros.

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La Real rozó otra Liga en un contexto aún más difícil y, de nuevo, solo dos puntos la separaron del título. En 2002-03 llegó a ir líder faltando solo dos jornadas. El pulso era contra un titán de peso histórico y millonario como el Real Madrid. El de Figo, Zidane, Ronaldo, Raúl, Roberto Carlos, Makelele…el de los galácticos y el primer florentinato, todavía el de Vicente Del Bosque.

La Real oponía una mayoría de jugadores de casa, liderados por Xabi Alonso y De Pedro en la temporada de su vida, potenciado por foráneos de rendimiento fabuloso como un retornado Karpin, y la pareja perfecta de delanteros Kovacevic/Nihat.

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Los entrenaba el francés Raynald Denoueix, tan sobrio y adusto como Ormaetxea y con largo recorrido en el Nantes, con los cuales había ganado la Copa en 1999 y la Ligue 1 en 2001. Aquel desafío fue épico porque aquel fútbol era un Everest para los equipos como la Real.

De nuevo aprovechó el caso del Barcelona de Gaspar y las veleidades de un Madrid más a lo divino que a lo humano para asomarse a lo imposible (junto a ellos el sólido Depor de aquellos años) y volcar de nuevo el fútbol hacia el Norte. Como en aquella liga del 79-80 faltó un poco, pero esta vez ya no había segundas oportunidades.

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Talento biengastado: Sócrates

No fundo desse país

Ao longo das avenidas

Nos campos de terra e grama

Brasil só é futebol

Nesses noventa minutos

De emoção e alegria

Esqueço a casa e o trabalho

A vida fica lá fora

Aqui É O País do Futebol, Milton Nascimento, 1970

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Brasil se convirtió al abrir la década del 60 en la gran corriente de la cual fluía el fútbol. La de Didí, Vavá, Garrincha o Pelé. Ganaba desde el asombro, llevando el fútbol más allá en cada triunfo. Luego, mucho después, Brasil lo empeñó todo en el ganar y olvidó de sí mismo en el proceso. Siguió haciéndolo, claro, pero la corriente se secaba y el cauce se resquebrajaba. Ganó sin historia hasta que la historia fue verlo perder, caer desde lo alto de una arrogancia que ya no se sostenía sobre nada.

Antes, cuando Brasil era Brasil y era verdad, también perdía y también caía, pero lo hacía con gracia, con dignidad. Brasil fue uno de esos perdedores memorables, tanto que parece que hubiesen ganado. Era el Brasil que biengastaba su talento frente al Brasil que se ha hartado de malgastarlo. La jungla y el secarral; lo auténtico o su versión comercial.

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Brasil, desde principios de los 90, se convirtió en un producto. Un anuncio verdeamarelho que predica lo contrario de lo que vende.  Un fútbol que niega su propia tradición mientras practica el cinismo del jogo bonito. Brasil es una marca, no un modo de entender el fútbol. Con Telé Santana fue la última vez que aquello fue verdad y no una fabricación publicitaria.

Santana, entrenador del Atlético Mineiro en los 70 y del superlativo Sao Paulo de los 90, cuya estrella era Raí, hermano menor de Sócrates, articuló un equipo que giraba sobre un cuadrado prodigioso de mediocampistas: Toninho Cerezo, Falcao, Zico y Sócrates.

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La Brasil del 82, la que prefirió intentar ganar que negociar un empate que les hubiera servido y acabo perdiendo fue la última de una estirpe y la más grande de todas ellas porque no necesitó ni de la Copa para trascender.

El juego mismo, el fútbol, era el objetivo. “Ser campeón es un detalle”, fue uno de los lemas populares del Corinthians entre el 82 y el 84. Brasil 82 no ganaba, Brasil 82 jugaba. Había algo desafiante, contracultural, en la reclamación de lo lúdico de aquel equipo. Algo ideológico también, como una declaración política de principios. De algún modo era imposible derrotar a un equipo al que no le importaba perder.

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En el centro mismo de aquellos dos equipos, alto y parsimonioso, estaba Sócrates. El cuerpo hacia un lado y el pie hacia el otro como en un baile cadencioso. Estampa de póster humano, el gesto icónico silueteado en la memoria  y colgado en la pared de una habitación. Puño en alto, balón al verde. Sócrates medía 1,90, de pie pequeño e intervenciones de artista. Era el de la idea, daba la primera pincelada al cuadro y luego lo firmaba.

Su fútbol era expresión sentimental: jugaba como se sentía en aquel momento. Era tan bueno que no le hacía falta ni jugar, solo estar en el campo. Odiaba entrenarse y eso le sirvió para estudiar medicina a la vez que se formaba en el Botafogo. Licenciado en el 77,  era un médico que decidió ser futbolista durante una temporada. Un año después, en el 78, firmó por el Corinthians para cambiar la historia de un país.

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«No era un profesional de fútbol, era un jugador de fútbol», dice su amigo y compañero de la 82 Zico. No era el mejor, pero era el más especial. Su juego nacía de, en palabras del músico y escritor José Miguel Wisnik de «una cultura de la improvisación donde las debilidades se transforman en creación y sorpresa». Sócrates lo resumió en su pase de tacón, un toque para cualquier circunstancia que compensaba su físico poco adaptado al fútbol.

El fútbol, para Sócrates, es una cuestión artística que expresa la idiosincrasia brasileña. También es, por tanto, expresión y postura política y pública: un modo de presentarse al mundo y definir una identidad. Y esta es (o debería ser en su forma ideal, más platónica que socrática) como esa bala de diamante disparada al centro de la frente que decía Kurtz en Apocalypse Now: «perfecta, genuina, completa, cristalina, pura». El fútbol es cultura brasileña, una pintura viviente, una emoción estética y una postura ética.

1982: SOCRATES OF BRAZIL DURING THE 1982 WORLD CUP GAME IN SPAIN. Mandatory Credit: See Caption/ALLSPORT

Aquello desemboca en uno de los partidos más épicos, hermosos y genuinos de la historia del fútbol, donde Italia y Brasil fueron los mejores posibles, donde el ganador lo mereció y el perdedor pasó a la historia. Brasil, que solo necesitaba empatar decidió morir en coherencia con sus ideas, como si se entregase a un sacrificio inevitable. La tragedia vino después, cuando Ganar sustituyó a Jugar. «Pregunten en la calle si alguno sueña con los equipos del 94 y el 2002», dice el periodista Juca Kfouri.

Allí se termina Brasil. Paradojas: mientras Sócrates y su Corinthians intentaban abrir el proceso democrático en Brasil, su selección caía en otro país en su propio proceso. El fútbol, que fue libre y creativo durante la dictadura se militarizó a lo largo de la democracia; como si Brasil no pudiese tenerlo todo.

Data da foto: 1987 Sócrates, Casagrande e Wladimir, jogadores do Corinthians.

Sócrates y sus compañeros, en sus equipos y en aquella Selección, Sócrates en el cambio de década de los 80 en especial, tuvo sobre la sociedad y la cultura brasileña un impacto similar al de los Tropicalistas a mediados de los 60. Aquellos trajeron la psicodelia y las artes de vanguardia para mezclarlas con el folklor brasileño y crear algo singular, puramente expresión de brasileñidad.

Los músicos Caetano Veloso y Gilberto Gil, Os Mutantes y Rogerio Duprat, Jorge Ben Jor(1), Tom Zé, Gal o Milton Nascimento, Costa, María Bethenia o Elis Regina, el cineasta Glauber Rocha o los poetas y letristas Capinam y Torcuato Neto reclamaban Brasil frente a la dictadura militar que dominó el país entre 1964 y 1985.

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Sócrates y el fútbol a su alrededor hizo lo mismo. Fueron tropicalismo futbolístico, expresión singular y total de lo brasileño, reivindicación de una manera de interpretar el fútbol y la realidad. Al Corinthinas llegó en la última época del viejo presidente Vicente Matheus, un personaje paternalista, amigo de los militares y cercano a Figueiredo, nombrado presidente en 1979, el último de la dictadura militar que gobernaba el país desde el 64. Ese año ganaron el Paulista y comenzaron una decadencia fulminante que colocaría al Timao en la 2ª brasileña en 1981. Entonces, lo imposible.

Matheus pone en marcha la siguiente elección ficticia, colocando como hombre de paja a Waldemar Pires, pero este se rebela de modo improvisto y el grupo del patriarca sale del club en abril de 1982. Tal vez el hecho de haber tocado fondo, uno de los clubes más populares de toda la nación, permitió que todo el proceso fuera fulgurante. Pires, ya presidente, reunió a los jugadores y les dijo que había que reconstruir la institución.

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Para hacerlo les presentó a Adilson Montero, un sociólogo sin ninguna experiencia previa que se convertiría en director técnico del club. La Democracia Corinthiana nace el mismo día en el cual conoce a los jugadores, en una reunión que se prolongó durante horas. En paralelo, la dictadura se hace insostenible, la economía brasileña colapsa. Aquel Corinthians, simbólicamente era ya una avanzadilla: la ruptura generacional, la muerte del tutelaje. Los jugadores quieren la responsabilidad; la gente quiere la responsabilidad.

Una idea que rondaba el vestuario se materializó: un hombre un voto. Todo se discutiría, todo se decidiría, la estructura organizativa del club (de arriba hacia abajo) que era la del país se transformaría por completo. Una utopía real. Los ideólogos eran Sócrates y Wladimir, un histórico lateral izquierdo de fuerte compromiso ideológico. Implicado en diversas luchas sindicales, con una fuerte conciencia racial y de clase, Wladimir fue quien politizó y articuló al intelectual Sócrates.

Jogador Sócrates, do Corinthians.

Junto a ellos, Walter Casagrande, un potente delantero de 19 años que había sido arrestado por posesión de marihuana. Futbolista rock’n’roll, Casagrande era esa ruptura generacional encarnada. Estaba enfadado y peleaba con todo. Era la conexión directa con la calle de los corinthianos. Los veteranos del vestuario, en espacial Ze María, el lateral derecho, Mauro, rocoso central o el carismático volante Biro-Biro se adhirieron si dudar a la idea.

Ganar es un detalle, decía, pero para que la Democracia Corinthiana fuera algo más que “los comunistas barbudos” como los bautizó la prensa conservadora paulista había que transformar la idea en algo sólido. La espectacular victoria en el Paulista del 82, derrotando en la final al Sao Paulo certificó la realidad tangible. El nuevo sistema autogestionario era tan válido como el otro. Los jugadores asumieron sus responsabilidades y disfrutaron de su libertad. Para Sócrates era el momento de dar el siguiente paso: el fútbol como catalizador del cambio. Símbolo y Acción.

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Sócrates se dio cuenta tras discutir con la torcida del equipo tras una fea derrota en casa. Se pasó tres partidos seguidos marcando sin celebrar. Nunca jugó mejor que esos encuentros. La torcida se acercó de nuevo a él y les dijo cómo eran las cosas, que hace un par de semanas lo querían matar y que ahora venían a abrazarlo y que eso no servía. Le dijo que no era el equipo el que los levantaba a ellos, que ellos eran los que tenían que levantar al equipo.

Lula Da Silva, luego presidente y por entonces líder sindical, corinthiano y amigo de Sócrates, cuenta de cómo se dio cuenta de que no tenía aficionados, tenía militantes. También de que el fútbol era un lenguaje accesible a todos, un vehículo de educación en un país con grandes masas de atraso e ignorancia; el fútbol como gran igualador social. «El lenguaje del fútbol es universal en este país. Nos unifica. Es entendido por todos», en palabras de Sócrates mismo.

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Adilson Montero llama a su amigo Washington Olivetto, un prestigioso publicista que se ocupará del departamento de marketing del equipo. Su mayor logro: el logo Democracia Corinthiana. Estampado en la espalda de las camisolas, parodiando la tipografía de Coca-Cola con manchas de rojo esa camiseta se paseaba por todos los campos, lo veían todas las gradas.

Corinthians trascendió Sao Paulo y se volvió un asunto nacional. Sócrates se convierte ahora en un líder político que, resulta, juega al fútbol. Contacto directo, expresión popular, transversalidad. El fútbol y la política como concepto antielitista. No había un discurso programático tampoco, solo una petición: democracia directa.

MEXICO - 1986: (FILE) Former Brazil World Captain Socrates has died in hospital aged 57 Please refer to the following profiles on Getty Images Archival for further imagery http://www.gettyimages.co.uk/Search/Search.aspx?EventId=135094892&EditorialProduct=Archival Socrates of Brazil. (Photo by Bongarts/Getty Images) 67568607

Se decide prescindir del entrenador fichado el año anterior Mauro Travaglini, quien implantó en Corinthians el estilo con el que había triunfado en Fluminense en el 76 basado en la firmeza defensiva y la agilidad del centro del campo, donde alrededor de la precisión de Sócrates brillaba el volante Zenon, uno de los grande jugadores brasileños de su tiempo.

Ze María ocuparía el banquillo y el estilo contragolpeador tendría continuidad con las incorporaciones de futbolistas internacionales como el líbre Juninho o el portero Leao, quien solo estaría un año debido a su inadaptación a la Democracia Corinthiana. Arrogante e individualista, formidable bajo palos, procedía de una cultura política y futbolística opuesta. Era, simplemente, un futbolista profesional. Cuando Sócrates intentó serlo en la Fiorentina fracasó. Cada uno, debe de ser fiel a cada uno.

São Paulo (SP) - 27/10/1982 - Futebol - SP - Equipe do Corinthians - Publiciadade na camisa dos jogadores - Na foto, Sócartes com a frase: "Dia 15 vote". Foto Olivio Lamas / Agência O Globo. Neg: 82-17530

Así y todo, bien reforzado, el Timao reeditará título y final en el Paulista volviendo a derrotar a Sao Paulo tras un legendario concierto de Rita Lee, fanática corinthiana, donde Sócrates, Casagrande y Waldimir se subieron al escenario. Rita Lee formaba parte tanto de los artistas que orbitaban entorno al club y a Sócrates en particular como del nuevo rock brasileño, que con extensiones al punk y al ska, estaba dinamizando otra escena cultural transversal: la música. Grupos jóvenes, que cantaban el idioma de los jóvenes como recuerda Casagrande.

La final es legendaria por la pancarta que portaron los corinthianos: “Vencer o perder, pero con democracia”. Las elecciones directas estaban en el aire entonces. “Diretas-Já”, fue otro de los lemas que lució en la camiseta el equipo. En 1984, Dante de Oliveira, un diputado por Matto Groso había presentado una enmienda constitucional en el Parlamento para forzar el restablecimiento de las elecciones directas a presidente de la República.

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Los meses antes, a la espera de la votación, las calles de las ciudades brasileñas fueron sistemáticamente tomadas por la gente. Demostraciones no partidistas sumaban miles de asistentes. En una multitudinaria manifestación en Sao Paulo en 1984, Sócrates ligó su continuidad en Brasil a que la enmienda pasase. Si no, se iría a Florencia. Perdió por 22 votos.

Sócrates, amateur de corazón, exiliado por la palabra dada en el centro del fútbol profesional se agostó. La Democracia Corinthiana se diluyó. El equipo cayó en semifinales del Brasileirao contra el Fluminense. El grupo de Vicente Matheus regresó a los despachos. El tutelaje, el paternalismo. Así, la democracia no fue tal, sino la mutación, la adaptación al medio de la vieja estructura de la dictadura.

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El Calcio se preparaba a mediados de los 80 para el gran salto. La competición se había nivelado en el paréntesis entre la vieja Juve de Platini y Boniek y el futuro Milan de Sacchi y los holandeses. Todo parecía posible entonces para los clubes medios y pequeños que tenían dinero y acceso a jugadores de calidad. 1984 es el año de la llegada de Maradona a Nápoles y el del título imposible del Hellas Verona, de Falcao y Cerezo en la Roma y Zico en el Udinese.

Para Sócrates fue un año perdido, un año larguísimo donde nadie le entendía a él y él no entendía nada. Sócrates y Pasarella en el mismo vestuario. Otro mundo. Solo las visitas de los compatriotas y la amistad con Giovanni Galli, portero de la Fiore y futuro milanista, lo hicieron soportable.

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Dejó detalles de su juego al primer toque y media docena de goles pero sentía que había perdido. Había perdido un país, una idea y una razón de ser. Sustituir todo eso por ser solo un futbolista profesional le fue imposible.

Al curso siguiente vuelve a Brasil para reunirse con Zico en el Flamengo, pero solo llegan a jugar un partido juntos. Una lesión de espalda termina con Sócrates a los 30 años. Viste brevemente la camiseta de Santos por darse el gusto de formar en el equipo de su infancia e incluso regresa a Botafogo, ya en el 89, pero no llega ni a jugar. Está, simplemente, buscando tapar ese hueco, esa perdida. «Nadie abandona el fútbol; el fútbol nos abandona a nosotros», dijo en una ocasión.

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Grabó algunos discos, escribió algunas letras y poesía dispersa. Intentó ser entrenador y organizar torneos de tenis, asesoró a políticos… Nada. No servía. Se volvió alcohólico. Había bebido y fumado durante toda su vida. Era un hombre social, de charlas eternas y allí encontró la excusa para autodestruirse poco a poco; para disolverse a sí mismo. No paró de hacerlo ni cuando las enfermedades lo castigaron. Era un romántico y la muerte era parte del mito que había asumido como propio. Murió un domingo de 2011 mientras Corinthians se proclamaba campeón. En 1983 había contado en una entrevista que esa era su muerte soñada. La historia, a veces espera.

1.Fanático del fútbol y jugador frustrado él mismo, Jorge Ben tiene varias canciones sobre el juego como Zagueiro, Ponta de Lança Africano (Umbabarauma) o Camisa 10 da Gávea, dedicada a Zico.