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Ganar desde el Norte: Real Sociedad

La Real Sociedad era un hombre austero. Un obrero especializado, que se remanga ya antes de salir de casa. Entra serio en la fábrica y completa su labor con orgullo porque lo que está bien hecho, bien hecho está.

La Real Sociedad era un equipo con bigote que cruzaba los brazos sobre una camiseta azul y blanca y miraba directamente a los ojos; sin arrogancia, sin vanidad. La Real Sociedad era Alberto Ormaetxea. La Real Sociedad era un club que era un hombre de club.

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Ormaetxea había jugado en el Eibar, su ciudad, y luego en la Real donde se retiró en 1974. Con el equipo había ascendido en el 67 para completar, a la larga, la mejor racha de permanencia del equipo; hasta 2007. Del césped pasó al banquillo, como ayudante de Iriondo primero y de los entrenadores que le siguieron en unos años inestables.

En el año 78 pasa a ser el entrenador; con naturalidad. Lo sería hasta 1985. Ganó dos Ligas consecutivas y una Supercopa. Estableció un record de 32 partidos invicto. Fue subcampeón de Liga y jugó dos finales de Copa del Rey y una semifinal de la Copa de Europa y vio su legado prorrogado por John Toshack durante un epílogo excepcional, entre el 85 y el 88, con un subcampeonato liguero y dos finales de Copa del Rey, la primera de ellas ganada contra el Atlético de Madrid en los penaltis.

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Lo que está bien hecho, bien hecho está.
La Real Sociedad lideró la contrahistoria del fútbol español, una ofensiva lanzada desde el Norte por ellos, el Athletic de Bilbao de Javier Clemente, grande renacido y el Sporting de Gijón, el único que no transformó la energía en títulos quedándose con dos finales de Copa y un subcampeonato de Liga.

La Real, con su primer título en 1980-81 era el primer campeón nuevo desde el Sevilla en la temporada 1945-46. El Real Madrid había ganado cinco de las seis ligas anteriores (la restante la había conquistado el Atlético de Madrid en el 76-77) y hasta la 99-00 no habrá otro campeón nuevo, el Deportivo de La Coruña de Irureta.

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El fútbol español, de manera natural e inevitable volvió a inclinarse hacia el Real Madrid y El Barcelona, los ciclos de La Quinta del Buitre y del Dream Team dejaron poco espacio a los demás equipos; solo (y de nuevo) el Atlético de Madrid, el de Radomir Antic, pudo sumar una Liga. Pero antes, durante cuatro años, el fútbol español miraba al Norte y era otro.

En la primera mitad de los 80 en el Norte pasaba todo. Pasaba el fútbol, pasaban los tiros, pasaban las huelgas y pasaba el punk, pasaba la heroína y pasaba la mala hostia; tanta que España entera escoraba, como un barco, hacia esa proa cada más ferruñosa. San Sebastián, ciudad burguesa, aristocrática incluso, miraba al mar y disimulaba pero la industria del acero quedó tocada de muerte en la comarca.

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El orgullo de la gente, las esperanzas, recaía entonces como recaen siempre en el equipo de fútbol que es la sublimación de nosotros mismos. Por eso “ganamos” y por eso “perdemos”.

La Real de Ormaetxea era una destilación del fútbol guipuzcoano. Energía, solidaridad y lucha pero además, esta vez, tenía un extra de calidad en Zamora y López Ufarte. Uno era un 10 dominante, armador de contragolpes y finalizador de los mismos; el otro un extremo demoledor, imparable, a quien habían traído del Real Unión y que junto a Diego, fichado del Eibar, eran los únicos no formados en Zubieta, la casa de la Real.

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Con la portería abrochada por Arconada, el centro de la defensa simbolizado en Kortabarría y el poderío de Satrústegui en el área el equipo contaba con una columna sólida a partir de la cual practicar un fútbol sencillo, ortodoxo y eficiente en una época donde los campos y las estaciones todavía resultaban determinantes.

“Ya llegará el invierno”, dijo una vez el gran centrocampista del Sporting Tati Valdés, “La Maquinona”. Como Valdés, la Real era un equipo de campo de barro y balón al espacio, un motor incansable, de travesía, de resistencia, de sufrimiento.

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Tati Valdés se retiró en la 78-79, el año en el que el Sporting acarició la Liga. El Año del “Así, así, así gana el Madrid”. La Real quedó cuarta. En la 79-80 logró el segundo puesto, solo le faltaron dos puntos para ganar; el Sporting quedó tercero y el Real Madrid volvió a campeonar. Aquel equipo del Norte no era ninguna broma. Estaba preparado para algo grande.

En la 80-81, en una liga cerradísima empata a 45 puntos con el Real Madrid y el golaveraje le sirve; el último partido, el último gol, faltando 12 segundos para que todo terminase como el año anterior fue en El Molinón: 2-2. Un partido de barro, de lluvia y frío, de gradas de pie llenas hasta los topes. “Ya llegará el invierno”.

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Maceda le había hecho un penalti a López Ufarte en la primera mitad, cuando todavía daba el sol. Luego Mesa marcó los dos goles del Sporting y ya todo era charcos y barro. Y entonces Alonso centra, Castro despeja mal, Gorriz intenta disparar desde fuera, el barrizal ralentiza la pelota y esta le llega a Zamora, sin mirar, sin pensar, la cabeza abajo, los ojos cerrados, se gira y gol. Esta vez sí, no se podía fallar a toda aquella gente.

El Real Madrid, paradójicamente, no había sido líder en todo el año y la Real solo las cuatro últimas jornadas. El Atlético había comandado la Liga hasta desinflarse a la hora de la verdad y el Barcelona, con un equipo que reunía a Schuster, Quini y Simonsen había quedado muy tocado debido al secuestro sufrido por el delantero asturiano, quien así y todo cerraría el año con 20 goles y una Copa del Rey ganada al Sporting (3-1) con dos goles suyos.

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Aquellos jugadores, que era hijos, hermanos, primos, amigos de alguien a quien conocías, que eran tus paisanos y tus vecinos, que eran tú, habían hecho lo que nadie más había hecho; y encima iban a repetirlo.

La segunda Liga, el ribete de lo imposible, la ganó la Real Sociedad llegando desde atrás, remontando tras haberse desinflado a medias y verse relegados al tercer puesto. La terminó en San Mamés con medio título ya abrazado tras haberse puesto líder un partido antes. El Barcelona tenía que ganar al Betis en casa y esperar la derrota blanquiazul; no sucedieron ninguna de las dos cosas: 2-2 y 1-2 para la renovación impensable de un título que ya había sido milagroso.

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El bloque inalterable y al fondo gente como Larrañaga, Bakero o Beguiristain que iban a garantizar la vigencia del club.
Un Real Madrid gris, en transición, y un Barcelona dando bandazos deportivos entre plantillas de lujo abrieron la puerta a los aspirantes y estos lo aprovecharon con creces para imaginarse una hegemonía paralela.

El derecho de retención, el gran igualador del fútbol de los 70 y 80, garantizaba la fortaleza deportiva de clubes forjadores de talento, como la Real, aún a expensas de la libertad de estos mismos jugadores. Zamora estuvo en la Real entre el 74 y el 89; López Ufarte entre el 75 y el 87. Impensable hoy (y anteayer).

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El Athletic de Clemente tomó el relevo, imponiéndose por un solo punto al Real Madrid. La Real cayó a la mitad de la tabla, aunque llegó a su segunda semifinal copera consecutiva y, todavía más impresionante, a disputar la semifinal de la Copa de Europa contra el Hamburgo de Ernst Happel, entrenador austriaco que había convertido al Feyenoord en el primer equipo holandés campeón de Europa en 1970.

Marcado por las graves lesiones de Satrústegui y Zamora, el año de la Real se volcó en Europa. Eliminó en aquella competición que era directa y feroz al Víkingur noruego, al Celtic de Glasgow y al Sporting de Portugal. El Hamburgo, equipo feo, puro hueso, se había cruzado con el Dinamo Berlín, el Nëntori Tirana y el Dinamo Kiev.

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Un 1-1 y un 2-1 fueron suficientes contra la Real en un muy polémico partido de vuelta, con cambio de un linier por lesión (fue sustituido por un árbitro local al descanso) y decisiones que la afición vieja todavía recuerda con resquemor. El Hamburgo terminaría por ganar aquel título contra la Juventus.

Otro asalto al poder por parte de un equipo que, como la Real, vivía su edad de oro con tres Bundesligas, una Recopa y una UEFA y esta Copa de Europa cosechadas todas entre el 77 y el 83. Imágenes de otro recorrido posible para el fútbol, un regate a las grandes sagas, a los siempre poderosos; un ejemplo de ilusión para todos los equipos, porque hay más de esos que de los otros.

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La Real rozó otra Liga en un contexto aún más difícil y, de nuevo, solo dos puntos la separaron del título. En 2002-03 llegó a ir líder faltando solo dos jornadas. El pulso era contra un titán de peso histórico y millonario como el Real Madrid. El de Figo, Zidane, Ronaldo, Raúl, Roberto Carlos, Makelele…el de los galácticos y el primer florentinato, todavía el de Vicente Del Bosque.

La Real oponía una mayoría de jugadores de casa, liderados por Xabi Alonso y De Pedro en la temporada de su vida, potenciado por foráneos de rendimiento fabuloso como un retornado Karpin, y la pareja perfecta de delanteros Kovacevic/Nihat.

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Los entrenaba el francés Raynald Denoueix, tan sobrio y adusto como Ormaetxea y con largo recorrido en el Nantes, con los cuales había ganado la Copa en 1999 y la Ligue 1 en 2001. Aquel desafío fue épico porque aquel fútbol era un Everest para los equipos como la Real.

De nuevo aprovechó el caso del Barcelona de Gaspar y las veleidades de un Madrid más a lo divino que a lo humano para asomarse a lo imposible (junto a ellos el sólido Depor de aquellos años) y volcar de nuevo el fútbol hacia el Norte. Como en aquella liga del 79-80 faltó un poco, pero esta vez ya no había segundas oportunidades.

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La confianza infinita: milagro en la ciudad de Leicester

«This story shall the good man teach his son»

«We few, we happy few, we band of brothers»

Enrique V, William Shakespeare

“-Ganamos en el fútbol del dinero”, dijo Claudio Ranieri tras ganar la liga imposible de las liga imposibles. El 2 de mayo de 2016, el Tottenham empataba contra el Chelsea en Stamford Bridge (2-2) y le ponía título tangible a una victoria que ya había sido una cuenta regresiva. El Leicester City se convertía en la princesa, el caballero, el mago y hasta en el dragón del cuento de hadas.

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La historia recuerda a la del legendario Ipswich Town, otro club azulón, de principios de los 60 cuando entrenado por Alf Ramsey ascendió de segunda  a primera para ganar en ese mismo año la liga. O más cerca a los vecinos y rivales del Derby County de Brian Clough, que como el Leicester fueron campeones por vez primera en su segundo año en la máxima división. Clough se superaría en el Nottingham Forest, otro vecino y rival de las East Midlands, ascendido en el 77, y campeón en el 78.

Un título exprimido hasta hacer que de él cayeran dos Copas de Europa seguidas. En aquel Forest jugaba el irlandés Martin O’Neill, luego entrenador del Leicester a quien llevó a ganar dos Copas de la Liga en 1997 y 2000.

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Más cerca en el tiempo, relativamente, el Leicester se refleja en el triunfo imprevisto del Blackburn Rovers en 1995, ya con la reorganización de la Premier League. El comienzo del fútbol del dinero. Entrenados por el legendario jugador del Liverpool Kenny Dalglish y forjados por el talonario del industrial del metal Jack Walker fueron el sueño de una ciudad de cien mil habitantes de Lancashire.

Equipos sólidos con una delantera feroz, en el 95 Chris Sutton y el demoledor Alan Shearer, en 2016 el genial Riyad Mahrez y el feroz Jamie Vardy. El Blackburn había sido cuarto y segundo después de ascender y tras unas temporadas dignas descendió en 1998-99.

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Como fue el Blackburn, el Leicester City es la cara amable del fútbol contemporáneo y un ejemplo de la excepcional labor de relaciones públicas de la liga inglesa, de su capacidad para sostener las apariencias de clasicismo. Sigue el ornamento, su sencillez retro, pero la cáscara es cáscara. El Leicester pertenece a un conglomerado tailandés, King Power International Group, fundado en 1989, y como presidente actúa el fundador del holding, el también tailandés Vichai Srivaddhanaprabha.

Su estadio se llama desde 2011 el King Power Stadium. La marca comercial como estandarte pero equilibrada por el empeño de los dueños de mantener la imagen de vieja escuela, el tradicionalismo  y la modestia de medios y estilo.

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En el club entraron como patrocinadores en las camisetas, para en 2010 adquirir el control del club tras comprárselo a otro multimillonario, el serbo-estadounidense Milan Mandarić, quien antes ya había sido dueño del Porstmouth. Entre 2007 y 2010, Mandarić fulminó un entrenador tras otro mientras el equipo descendía hasta la League One (la 2ª B inglesa) en 2008-09. La primera vez en su historia también.

Fue Nigel Pearson quien los devolvería al año siguiente a Championship, donde permanecerían hasta 2014 ya bajo la gestión de Srivaddhanaprabha. La política errática de técnicos no cambió, incluida una experiencia amarga con el sueco Sven-Goran Eriksson, y de nuevo fue Pearson el responsable del ascenso, como campeones, en 2013-14. Lo fue, por igual, de la prodigiosa permanencia del año siguiente. Asomados al abismo, el equipo encadenó una racha de siete victorias sobre nueve posibles que terminaron por dejarlo en el puesto 14. La confianza se forjó allí, el grupo también.

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En la 2014-2015 varios jugadores capitales en el título ya lo serán en la permanencia. El portero Kasper Schmeichel, hijo del mítico guardameta danés del Manchester United y en el club desde 2012, el poderoso central Wes Morgan, un veterano del Forest y capitán de Jamaica pese a ser nacido en la propia Nottingham, otro jamaicano, el lateral derecho Simpson, el delantero argentino Ulloa, ex de Almería, dos centrocampistas ingleses, Albrighton, procedente del Aston Villa y la eterna promesa Drinkwater, producto de la academia del Manchester United y su interminable política de cesiones.

Ambos, suplentes habituales en 2014-15, serán piedras fundamentales para el Leicester del título. Y, claro, el argelino Riyad Marhez y el inglés Jamie Vardy, cuyo impacto y números se multiplicarán.

Football - Birmingham City v Leicester City - Pre Season Friendly - St Andrews - 1/8/15 Leicester manager Claudio Ranieri Mandatory Credit: Action Images / Alan Walter Livepic EDITORIAL USE ONLY.

La pretemporada comienza en la amargura. Un video sexual registrado en Tailandia durante las celebraciones de la permanencia en un viaje pagado por el dueño del club termina en manos del Daily Mirror, que publica diversas capturas. Uno de los protagonistas es el hijo de Pearson. El entrenador carga la culpa ajena y termina con el equipo. Nada parece positivo.

Claudio Ranieri es el elegido para entrenar al equipo. Gary Lineker, formado en el club a principios de los 80 y traspasado luego al Everton, escribió en su ácido twitter que tendría suerte de no descender. Ranieri parecía tener todo el pasado y bien poco del futuro. Apenas un presente brevísimo al que agarrarse. Otro prestigio marchito como Eriksson.

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Había trabajado bien en el Chelsea pre-Mourinho, entre 2000 y 2004 y tenía cierto aire de mala suerte, de construir equipos que otros aprovechaban, pero su reciente despido de la selección de Grecia no auguraba nada bueno. Un entrenador en caída, listo para la ronda de las selecciones exóticas. Hacer caja para la jubilación. El Leicester, tal vez sin saberlo, le ofrecía otra cosa: un poco de verdad, la ocasión de volver a ser un entrenador.

Percibió que había cierta tensión en el vestuario por la pérdida de la rutina conocida y el paso de la escuela británica clásica a un técnico continental, uno con nombre además, y sin dudarlo les disuadió asegurando que les iba a pedir una única cosa: “Correr”. Fútbol simple, fútbol limpio, fútbol honesto; apoyar al de al lado, buscar y protegerse, protegerse y buscar. “- Estoy orgulloso de entrenar a estos hombres; no jugadores, hombres”, dirá.

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Ranieri hace construir en el estadio una sala-comedor, dividida en dos ambientes distintos donde puede reunir a unos jugadores que en su mayoría viven en Londres o Manchester y vienen y van de sus casas al entrenamiento o los partidos. Los sienta a comer juntos, a charlar juntos, a esperar juntos…juntos. Crea el ambiente de convivencia, la camaradería esencial en una plantilla multirracial y multicultural.

Un colectivo emerge de un grupo de futbolistas. Después es cuando introduce los cambios de planificación, de dieta, de táctica, etc…los ha ganado en la distancia corta, con su demostrado carisma, humor y calidez. Les hace creer que se están divirtiendo corriendo como bestias, presionando como locos, defendiendo como los últimos de la caballería. Las victorias irán validando el plan.

LEICESTER, ENGLAND - MAY 07: Captain Wes Morgan, owner Vichai Srivaddhanaprabha, his son Aiyawatt Srivaddhanaprabha and players celebrate the season champions with the Premier League Trophy after the Barclays Premier League match between Leicester City and Everton at The King Power Stadium on May 7, 2016 in Leicester, United Kingdom. (Photo by Shaun Botterill/Getty Images)

Clásico del ascenso, el Leicester se ha movido entre las dos divisiones principales toda su historia y a la sombra del triunfal club de rugby de la ciudad, el Leicester Tigers, que suma títulos nacionales e internacionales. Una ciudad de rugby, una ciudad de trescientos mil habitantes, tumba del cardenal Wolsey y de Ricardo III, lugar mítico del Rey Lear. Romanos y vikingos, inmigrantes y  tranquilidad de las Midlands. La cara amable de la Inglaterra multiétnica.

Hay, así, una coherencia en que un club que parece epitomizar lo clásico, hasta lo anacrónico, tenga un dueño tailandés, un entrenador italiano y una plantilla tan internacional como la de cualquier otro equipo de la Premier del dinero.  El Leicester fue el decimoquinto equipo en derechos de televisión con algo más de 100 millones de euros, lo cual le coloca por encima de cualquier otro equipo europeo a excepción de Barcelona, Real Madrid y sus propios compañeros de competición. Lo cierto es que todos los conjuntos Premier están en esas condiciones; el Queen’s Park Rangers, el de menores ingresos, llega a los 90 millones. El Atlético de Madrid, por ejemplo obtiene 41 y el Bayer de Munich 50; la Juventus, 94.

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Con todo, el equipo se ha construido desde la llegada de Srivaddhanaprabha con un gasto de apenas 55 millones, siendo el japonés Okazaki el fichaje más caro, habiendo pagado al Mainz una cifra que oscilaría entre los 10 y los 13 millones de euros.

Jugadores fundamentales como Morgan, el central alemán Huth, el lateral izquierdo austriaco Fuchs, Danny Drinkwater u Albrighton llegaron prácticamente gratis, el mediocentro Kanté, una pizarra humana, y Marhez fueron importados respectivamente desde el Caen y el Le Havre cundo nadie había reparado en ellos y Vardy, quien hasta 2011 no era profesional fue una adquisición considerada de riesgo en su momento cuando estando en Championship se pagó un millón de libras por un jugador de tercera división que ya contaba con veinticinco años.

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Entre Pearson y Ranieri, con la figura en la sombra de Steve Walsh, su jefe de ojeadores, construyó una plantilla al más puro estilo británico. Buscando pieza por pieza entre veteranos, descartes y desconocidos. Los entrenadores les dieron la oportunidad de reivindicarse y la razón para creer en ellos mismos, el club comodidad, confianza, lugar. Un rasgo común a las historias de ganadores improbables: son los rechazados y los don nadie, es la reivindicación y la confianza infinita. “-Debemos ser como los alpinistas: mirar siempre hacia arriba, nunca hacia abajo”, dijo Ranieri.

El ocho de agosto de 2015 al ritmo del “Fire” de la banda local Kasabian, los jugadores saltaban al campo y pasaban como un huracán por encima del Sunderland. Vardy marcó dos goles y Mahrez uno. Fue como una premonición de la temporada y al mismo tiempo tuvo algo de espejismo. El Leicester no iba a ser ese equipo vertiginoso y abierto.

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La generosidad en el esfuerzo iba a perdurar, pero el cemento tenía que endurecer todavía. El fútbol del año fue de choque, con Huth, a quien Ranieri había fichado para el Chelsea casi una década antes formando una pareja imposible de mover junto a Wes Morgan y un centro del campo frenético y laborioso que combinaba buen pie, ligereza física y abnegación defensiva. La mayoría de partidos  fueron resueltos en una genialidad de Mahrez, elegido Mejor Jugador de la Premier por sus propios compañeros, o por la fe inagotable de Jamie Vardy.

Delantero del hambre, Vardy juega cada minuto como si fuese el último de su carrera, como si al dejar de correr alguien fuese a descubrir que no es más que un amateur. Cada gol es un poco de tiempo ganado. Su impresionante racha de once partidos consecutivos marcando le hace batir el récord de Ruud Van Nistelrooy.

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Con “Fire” como himno oficioso, el estadio se va sumando. Algo sucede en la ciudad. El King Power se convierte a toda velocidad en uno de los estadios más ruidosos de la Premier. La importancia del hogar, de feudo inexpugnable, en todo su esplendor. Solo una derrota como local en toda la temporada, 2-5 contra el Arsenal. Tras ella, ningún equipo será capaz de hacerle más de dos goles.

Como visitante tan solo perderá dos partidos, contra el Liverpool (1-0) y de nuevo contra el Arsenal (2-1), su mayor amenaza durante gran parte de la temporada hasta el tercio final, donde emergerá el Tottenham dirigido por Pochettino con una impresionante racha de cinco victorias consecutivas; pero el Leicester logra contra ellos un empate (1-1) y una victoria (0-1) que hablan de la capacidad que adquirió el equipo para moverse cómodamente en resultados cortos y partidos cerrados. El Leicester One-Nil.

22 August 2015 - Barclays Premier League - Leicester City v Tottenham Hotspur - Riyad Mahrez of Leicester City celebrates scoring the equalising goal - Photo: Marc Atkins / Offside.

A mitad de campeonato se nota eso de lo que nadie quiere hablar. El equipo tiene un algo desafiante, un algo callejero y un algo atemporal. El Chelsea escora a pique, con Mourinho en fase autodestructiva y el Manchester United quema lo poco que le quedaba en el volcán que es Louis Van Gaal.

Con el City en su habitual fase de sesteo, la competición se vuelve accesible. Al Arsenal, no le resisten sus mejores recursos, el Tottenham pone el mejor fútbol de la competición (junto a West Ham de Slaven Bilic), pero es el Leicester quien ejerce de cuña. Cada despeje de Morgan y Huth, cada corte de Kanté, cada centro de Albrighton, cada gol de Vardy…un gol, otro, el impacto se suma al impacto y la Premier se abre por el medio.

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En la jornada 23 se aúpan definitivamente al primer puesto tras diez jornadas disputándolo e intercambiándolo con el Arsenal. Llegan a tener 10 puntos de ventaja, pero los Spurs serán capaces de reducirlo a cinco tras un agónico empate del Leicester contra el West Ham (2-2). Otro empate, esta vez contra el Manchester United (1-1), será suficiente cuando el Tottenham no sea capaz de sostener la incertidumbre y se trabe con el Chelsea (2-2). A falta de dos jornadas para terminar la liga el milagro se ha materializado. El esfuerzo de los Spurs por dilatar la cuenta regresiva les pasará factura y perderán incluso la segunda plaza a favor del Arsenal.

Como con la magia o el lenguaje, sucede que pensar algo ya es crearlo, ya es hacerlo realidad. El Ipswich, el Derby, el Forest, el Blackburn, el Leicester… son magia real, son necesarios para, en palabras de Martin O’Neill, recordarle de tanto en tanto al aficionado que «el romanticismo no ha abandonado al fútbol».

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De verde y gloria: el Ferro de Griguol

El 30 de Mayo de 1984, en el templo de madera de Caballito, Ferro tocaba el cielo. Se había hecho tan grande que los millonarios de River preferían la espantada que la disputa. El 24 de ese mismo mes la Locomotora del Oeste les había pasado por encima en el Monumental. 0-3 para decidir la final de un Nacional inédito que se había jugado por grupos y cruces desde octavos de final.

En la vuelta, ya con 1-0, la barra de River reventó el partido, otro baile, y lo hizo terminar antes del 90. El campeón soy yo, dijo Griguol desafiando el descrédito de la prensa. Hasta River le había pedido tregua.

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Carlos Timoteo Griguol llegó en 1979, o más bien lo trajo Santiago Leyden, presidente legendario entre el 63 y el 93, para ordenar la sección de fútbol del club y dotarla de una identidad. Fundado en 1904 por los trabajadores del ferrocarril, el club se transformó en epicentro de un barrio de clase media. Era la institución vertebral de una zona urbana en expansión. Pese a que la sección de fútbol está presente en la fundación de la liga profesional en 1931, Ferro será fuerte en otros deportes como el balonmano o, en especial, el baloncesto.

Fundador de ambas ligas y laureado por igual, era la sección de baloncesto liderada por el técnico León Najnudel la que había dado prestigio y proyección a Ferro; la que aglutinaba al barrio y simbolizaba el orgullo de pertenencia. Eso era lo que Leyden quería para el equipo de fútbol; y Griguol lo entendió a la primera.

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Con su gorra y su aspecto de tío de cualquiera o de padre severo pero tierno, Griguol se convirtió en Ferro y rehízo al Verdolaga a su imagen. En los 60 había sido volante de Atlanta y Rosario Central, donde se retiró para convertirse de inmediato en primer entrenador. Entre el 71 y el 73 ya había desafiado al orden establecido con un equipo campeón al que bautizaron como Los picapedreros. Después había dado vueltas sin encontrar lugar entre Tecos de Guadalajara, Central y Kimberley hasta la llamada de Leyden y Ferro.

Griguol, como lo será su Ferro, parecía menos de lo que era. Bajo su aspecto se escondía un entrenador sofisticado, donde convivía el padre y el profesor, el estudioso y el zorro. Intuitivo y riguroso por igual, conocía a los jugadores como a la palma de su mismísima mano, pero también conocía el juego y al contrario que otros técnicos argentinos ni se había quedado estancado, ni se había enredado en batallas pírricas. Najnudel se convirtió en su guía en el club y de su trabajo táctico entresacó todo lo que pudo.

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De la sección de baloncesto no solo se llevó conceptos, sino también al preparador físico Luis María Bonini, luego colaborador de Marcelo Bielsa durante veinte años, entre Newell’s y Athletic de Bilbao.

Ferro se modernizó en el primer quinquenio de los 80 mientras los grandes imponían los Promedios (o los Promiedos, como los rebautizó la afición) para así intentar garantizarse la presencia en la 1ª. Boca y River (que en los 2000 llegará a descender) lo consiguieron, no así San Lorenzo y Racing. Independiente, en cambio, vive una de sus grande épocas cosido a la bota sabia de Bochini. Frente a ellos, las apariciones rebeldes de Argentinos Juniors, Quilmes, Estudiantes y, claro, Ferro.

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En el 81 quedará subcampeón tanto del Nacional como del Metropolitano. En el 82 derrotará a Quilmes en la final del Nacional saliendo campeón invicto. En el 83 será tercero del metropolitano y en el 84 campeón del Nacional y subcampeón del Metropolitano tras perder contra Argentinos Juniors.

Ferro se hizo la casa de los jugadores. Y la casa se la respeta. Concentraciones, trabajo, sistematización, humildad. Como en el Liverpool de Bill Shankly, la ostentación estaba censurada. El jugador era otro del barrio. Uno al que miraban, uno que significaba algo. Las casa, los coches… todo pasaba por ese filtro. Griguol les metía en la cabeza que no ganaban tanto como pensaban, que había que vivir despacio y simple y pensar más allá de mañana como hacía la gente que les animaba cada partido.

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En el 83, Griguol había perdido a su mano derecha en el campo. El 5 de Ferro, la camiseta encarnada en jugador, Cacho Saccardi, se lesiona en una rodilla y debe retirarse del juego para siempre. La depresión del equipo se refleja en un año decepcionante. La fuerza del mismo en la resurrección del curso siguiente. Creyentes en la fuerza del grupo, Ferro se sobrepone. Saccardi había regresado a Ferro tras un paso por el Hércules sin nada que contar y  fue el ejemplo para los demás. Su imagen con la cabeza abierta se transformó en icono de la grada. Sangre sobre la camiseta verde.

Ferro no andaba sobrado de figuras, pero tampoco era un equipo de cualquieras. Garré, su lateral izquierdo sería campeón en México 86 y el centro de la defensa era impenetrable con Marchesini y Cúper, quien además era el ariete de las jugas de estrategia, el arma más demoledora de Ferro. Griguol cogió a todos con el pie cambiado en el fútbol de pizarra. Sus ataques de diseño eran imparables y hablan de un equipo complejo, lejos del antirrelato de los medios.

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El ruso Nuremberg, un clásico volante de ida y vuelta, Brandoni o el goleador paraguayo Cañete eran otros de los nombres importantes de una escuadra mecanizada que rodeaba el individuo singular: Beto Márcico.

Márcico es, literalmente, el jugador de la calle. Griguol lo ve jugar en un potrero y lo ficha de inmediato. De inmediato, también, le demuestra que el campo grande no es lo mismo que la calle y empieza  a construirlo como jugador de fútbol. Marcico, genio modesto, se deja modelar hasta convertirse en la gota de magia, en lo inesperado del fútbol artesano de Ferro.

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El Beto Mágico, como lo rebautizará Víctor Hugo Morales, es el Maradona del oeste, el gran diez de su generación siempre postergado que triunfará en Toulouse y regresará a Argentina para juagar en Boca Juniors y levantar tres títulos. A punto de retirarse 1996, Griguol lo llama desde Gimnasia y Esgrima. Márcico, leal, jugó allí dos años y fue subcampeón del Clausura tras Vélez.

El trabajo con Márcico ejemplifica el ascendente de Griguol en Ferro. Los jugadores le veneraban. Había establecido con ellos y respecto al club un vínculo indestructible de pertenencia; un orgullo y una responsabilidad. Dice el propio Márcico que sentían que al viejo no le podían fallar. Griguol conducía y se conducía con sencillez.

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El disfraz le servía para ello. Inculcaba en todo un sentido profundo del oficio, del ser profesional. Solidaridad, limpieza, orden. Los jugadores eran castigados por las tarjetas que recibía, por perder tiempo, por protestar al árbitro…Griguol odiaba los atajos. Y el fútbol argentino está lleno de ellos. Su idea era que los jugadores eran ejemplos los unos para los otros.

El juego honrado de Ferro reflejaba el ideario de Griguol y su doble vertiente: la astucia y la elaboración. Con un trabajo de fondo, físico y táctico, superior al resto de equipos, Ferro llegó a domesticar el juego. No era un equipo defensivo, era uno que defendía bien: lejos de la portería propia. Era un bloque acorazado que se desplegaba a toda velocidad. Estaba construido para el contragolpe, lo cual le hacía temible como visitante, pero no defendía abajo, sino en todo el campo. Dominador desde el espacio, Ferro aceleraba y ralentizaba a voluntad. Era una tela de araña, elástica y elegante.

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Esa final del año 84 la obra maestra de Griguol. Ferro jugaba solo, de memoria, todos para todos y cada uno para el de al lado. La camiseta, la cancha, el barrio. El equipo más odiado de Argentina. Ferro no tenía relato, su fútbol austero no admitía la hipérbole de la crónica literaria argentina. Ganaba porque jugaba mejor; no porque lo fuese, sino porque lo jugaba. Ferro era lo que hacía. La palabra y el gesto eran lo mismo; sin revés, sin doblez.

No sabían cómo contar aquel equipo sobrio en el fútbol dual de la época. ¿Dónde quedaba Ferro entre los poetas y los asesinos? Ni era romántico ni era ventajista. Era una tercera vía entre el Huracán de Menotti y el Estudiantes de La Plata de Bilardo. Ni lírico, ni áspero. En el contexto del fútbol argentino de la primera mitad de los 80 aquello no podía ser más contracultural. Entre esos extremos, por la vereda de en medio, se coló Griguol instaurando una cátedra que recogerán Bielsa, Cúper, Sampaoli o Berizzo. Un fútbol del sudor colectivo. Un juego basado en la honestidad.

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Ferro era así el contrapoder. No solo enfrentaba al equipo grande, sino también a la maquinaria propagandística. Esa misma que había abrazado a Argentinos Juniors, el equipo de Maradona, el pequeño simpático, como la única alternativa legítima. La prensa odiaba a Griguol y su Ferro porque era el invitado indeseado. No vendía. No era comercial. Lo decretaron el antifútbol.

Cantaba la grada de “El Templo: “Dicen que somos un equipo aburrido/que jugamos la pelota para atrás/me chupa un güevo todo el periodismo/a Caballito cada vez lo quiero más”.

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Lauridsen, Clemente y la UEFA de Leverkusen: el Español de los 80

El talento está siempre bajo sospecha, que decía el gran Andrés Montes. Bajo sospecha de vagancia, de exceso de poesía y defecto de sudoración. A los que juegan sin parecer que les cuesta se les mira raro, como si esa naturalidad ocultase la desidia. John Lauridsen, que jugaba erguido, con la cabeza levantada y parecía deslizarse sobre el campo le pasó.

No tuvo suerte con los entrenadores pero si la tuvo con el equipo. Estuvo en el Español en el momento adecuado para escribir un poco de historia en sus seis temporadas, antes de marcharse al Málaga otras dos y después de llegar, anécdota rocambolesca mediante, desde el Esbjerg, dominador equipo danés de principios de los 80. Con el Español fue tercero en liga, en la temporada 86-87 y llegó a la final de la UEFA del curso siguiente.

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En el Español, también, sufrió dos entrenadores, Maguregui y Clemente, de esos que separan los jugadores en leñadores y bailarinas (esto lo decía Ramón Trecet) prefiriendo siempre a los primeros. Lo que pasa es que Lauridsen no era ni lo uno ni lo otro.

A Sarriá llegó, decía, un tanto de rebote cuando estaba a un ferry de firmar por el entonces triunfal Ipswich Town de Bobby Robson (curiosamente el equipo más admirado por Javier Clemente durante su formación como entrenador al punto de trabajar unos meses con Robson como invitado) y tras haber negociado con el Sevilla. Cuenta la leyenda, que en el fútbol es tanto como verdad revelada, que una tormenta de nieve retuvo al futbolista y su representante, el belga Fernando Goywaerts que había jugado en Real Madrid y Barcelona, le hizo llegar una oferta de incorporación inmediata al Español.

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Lauridsen aterriza en un equipo agriado por la abierta hostilidad entre Maguregui y Canito, la estrella retornada desde el Barcelona, el futbolista genial. Canito sale del club camino del Betis a final de esa misma temporada. Maguregui, excelso mediocampista del Athletic y hombre repleto de demonios, lo hace a la siguiente.

Esta es la protohistoria, los cimientos en bruto de lo que será un equipo vasco trasplantado a Cataluña. Lauridsen comenzaría pronto a volverse importante, unido a otro pilar: el carismático portero camerunés N’Kono.

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Son años de ni bien ni mal, de mitad de la tabla, de ligas apacibles donde a una entrenador yugoslavo, Pavic, que solo dura un año le sucede la paz de espíritu de Xavier Azkargorta y su bigote de profesor bueno. Formado en la Real y debutante en el Athletic, Azkargorta parece a veces la contrafigura de Javier Clemente. Como él una lesión lo retiró del juego prematuramente y como él se convirtió en entrenador casi sin dejar de ser futbolista.

A los veintinueve años Azkargorta se sentaba en el banquillo del Español. Pero al contrario de Clemente, mercurial y volcánico, astuto e intuitivo, Azkargorta es un hombre tranquilo, con gusto por lo didáctico y el entendimiento del juego. Su Español transita las temporadas sin sobresaltos, es un buen equipo al que le falta algo: la electricidad competitiva, la creencia fanática en uno mismo que fue la especialidad de Clemente.

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John Lauridsen sin duda vivió con Azkargorta mejor que con nadie. Era el centro ofensivo del equipo. Una estrella sin arrogancia qué lideró una racha de diez fechas invictos, incluida la victoria por 1-0 frente al Barcelona. Discreto y sobrio, Lauridsen era un poco el Laudrup del pobre, del contrapoder… o mejor de la Resistencia, porque ser del Español en Barcelona es resistir.

Lo que pasa es que por entonces Michael Laudrup de quien fue compañero en aquella Dinamarca que parecía una Holanda en miniatura y que nunca dio lo que prometía, andaba penando por Italia, inadvertido de que Johan Cruyff lo iba a rescatar para convertirlo en mito.

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Fino y elegante, era un centrocampista liviano y llegador, bajo sospecha de vago ya digo, que cayó en desgracia en cuando Clemente tomó posesión del cargo. El viaje de la titularidad al banquillo fue inmediato, pero a diferencia de la guerra entre Canito y Maguregui donde la grada tomó partido por el jugador, aquí el excepcional rendimiento del conjunto apagó cualquier reclamación. Tampoco, claro, Lauridsen se comportó como una vedette.

Clemente, en parte, todavía sangraba por la herida de Sarabia que había gangrenado en un enfrentamiento, de nuevo fratricida, en la afición del Athletic y en un desafío a la presidencia del club saldado con su fulminante salida del mismo. Reconstruir su Athletic emboscado bajo la camiseta del Español se convirtió en cruzada.

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Sus dos impresionante temporadas al frente del equipo fueron el mensaje de lo que en Bilbao se habían perdido y su propia reafirmación como técnico, capaz de sacar lo máximo de cuales fueren sus recursos. Y allí Lauridsen, humilde y elegante, querido y admirado, empezó pintando poco y terminó pintando nada; seguramente sin entender del todo que había hecho para contrariar a Clemente.

De Azkargorta hereda un equipo cohesionado, de largo recorrido, y le inyecta la doctrina de presión, ferocidad y un punto de crudeza que le había hecho bicampeón de Liga. A la primera, como sucediese también en el Athtletic, el Español da un salto estratosférico en la clasificación y en la ambiciones quedando terceros tras Barcelona y el campeón Real Madrid en un año que combinó la solidez defensiva con la brillante aportación goleadora de Pichi Alonso (17) y el francoespañol Michel Pineda (13) o el juego vivaz y vertical de Miker Soler u Valverde o el empuje incansable de Orejuela en el centro del campo.

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Orejuela, abnegado y muscular era el epítome del futbolista clementiano frente a la delicadeza del Lauridsen, sin darse cuenta el entrenador de las ventajas de combinar ambos perfiles. En cierto modo esa obstinación de Clemente será clave en la segunda temporada en el club, legendaria y triste por igual.

Por un lado la temporada doméstica es decepcionante, con el equipo naufragando en los puestos bajos de la tabla debido, en gran medida, al esfuerzo concentrado en la Copa de la UEFA pero también por un Clemnte que negaba sistemáticamente el ascendente de un futbolista, Lauridsen, que había sido central en la estabilidad del Español previo a su llegada.

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La UEFA de la 87-88 fue el momentum de aquel Español de Clemente, su asalto a la historia con mayúsculas. Borussia Mönchengladbach y el Milán de Sacchi en estado de formación fueron los dos rivales de inicio. Este último, antes de reunir a los tres holandeses había salvado un ultimátum frente al Sporting de Gijón que bien pudo cambiar la evolución del fútbol: Sacchi hubiese sido cesado de perder aquella primera eliminatoria.

La UEFA era por aquel entonces una competición brutal, con los mejores equipo continentales en eliminatoria directa, países y competiciones en sus mejores momentos, el potente fútbol belga por ejemplo, y escaso espacio para los aspirantes sorpresa. El Español, por tanto, lo tenía todo en contra. El Inter fue el siguiente en una ronda apretadísima (1-1 y 0-1) donde la fortaleza de Sarriá, se dice que Clemente embarraba el césped y acortaba las dimensiones para perturbar a los visitantes, se imponía como templo de un fútbol más honesto, más justo y más verdadero.

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Tras vérselas con el TJ Vítkovice en octavos, ejemplo de la pujanza del fútbol tras el telón de acero de los 80, llegó el momento de los mitos en una semis apoteósicas frente al Brujas.  El equipo, que había sido toda la competición como una cadena de eslabones irrompibles, una malla impenetrable de solidaridad y sudor se descompuso en Bélgica, mareados tal vez por las alturas de la competición el que bien pudo ser un presagio fatalista de la final que les esperaba.

Antes una llamada a la leyenda: muertos y vaciados, igualando en los 90 con goles de Orejuela y Losada, el Español se negó a caer y Pichi Alonso, cuando la prórroga le decía hola a los penalties mandó al equipo a la Final.

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Lauridsen jugó buena parte de aquel partido, como lo haría en la gloriosa ida de la Final contra el Bayern Leverkusen de la cual Soler y Valverde salieron internacionales. 3-0 y Sarriá vibraba en Campeón contra pronóstico.  Pero Lauridsen vio la vuelta desde el banquillo, Clemente, con el equipo disolviéndose en el pánico no le permitió ayudar… el Bayern Leverkusen levantando un tres a cero imposible y Lauridsen en el banquillo.

Al contrario, Clemente había ido sentando a sus jugadores de más calidad para intentar tapar los agujeros y achicar agua. Pero esa no era la cuestión, defender aquello solo causaba más pánico. El penalti pateado a la grada por un Losada rígido y pálido fue un resumen de todo lo anterior.

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En la historia a veces también se entra perdiendo, pero sin duda es mejor hacerlo ganando. En la temporada 2006-2007 el Español volvió a jugar una final de la UEFA, esta vez contra el Sevilla, y a perderla por penaltis. El entrenador era Ernesto Valverde.

Epílogo: Lauridsen jugó su último partido con el Espanyol como titular esa misma temporada, frente al Sabadell marcando un gol. De recambio habitual pasó a ocasional y de ahí a residual. Clemente pareció obsesionarse con ejemplarizar a través de Lauridsen según avanzaba su segunda temporada, como si los fantasmas de años anteriores se hubiesen desatado, como si el Clemente rencoroso y bronco del futuro ya se estuviese configurando. Lauridsen pasaba por allí, era la supuesta estrella en un equipo donde solo cabía una: Clemente, el factotum.

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Contra el Logroñés, el último partido de Liga en casa y sabiéndose que sería la despedida de su afición, Clemente no le sacó al campo.

El Español se descompuso al año siguiente. Cuatro entrenadores sellaron la caída desde Leverkusen hasta la Segunda División.

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El número del balón: El Dinamo matemático

El 4 de Octubre de 1957 el Sputnik despegaba de suelo soviético directo a la cultura popular universal. La cibernética, que había sido una de las ciencias prohibidas por Stalin hasta que su muerte produjo un cambio de metodología, reaparecía como parte de la nueva política soviética de estudios interdisciplinares. Los cerebros humanos y tecnológicos soviéticos habían comenzado la carrera por el Siglo XXI antes que el Mundo Libre.

Ese mismo año, 1957, Valery Lobanowsky se ponía por primera vez la camiseta de jugador profesional del Dinamo de Kiev. No se la quitaría hasta 1964. Vistió después las del Chernomorest y las del Shakhtar Donest. Solo tenía veintinueve años. Zurdo y fino, individualista y veloz, fue el mejor jugador ucraniano de su tiempo, dicen. Fue también, después y en distintos momentos del tiempo soviético, el mejor entrenador de la historia de su fútbol. Uno de los mejores de todos los tiempos, en realidad, uno de los pocos y verdaderos innovadores.

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A ese Lobanovsky hay que sacarlo del envoltorio que conocimos a finales de los 90, justo en el vértice del Siglo ya plenamente tecnológico. Era un anciano prematuro que se balanceaba impávido en el banquillo. Hinchado, con la nariz venosa y los rasgos congestionados bajo unas cejas de ogro de cuento y una gorra de abuelo que juega a la petanca parecía empeñado en caber dentro de la misma gabardina que usaba en 1975.Pendulaba como un muñeco, indiferente al tiempo y al resultado. O tal vez era un metrónomo humano, que ritmaba los movimientos de sus jugadores como llevaba haciendo desde aquel mismo 1975. La música de las esferas, el esplendor geométrico de un futbol ucraniano que fue soviético: cartesianismo y poesía, la melodía romántica de la máquina.

Si se hubiese podido partir aquella carcasa de hombre castigado, hubiésemos aparecido en mitad de los 70 y su rostro, más joven pero igual de viejo, seguiría siendo impenetrable. Lobanovsky apreció decidir en un punto de su vida que al juventud era un engorro y un obstáculo, un objeto molesto en mitad de una misión; porque Valery Lobanovsky era un hombre con una misión.

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En el excelente libro Inverting The Pyramid. The History of Soccer Tactics, Jonathan Wilson recoge una historia contada por el científico Valodymyr Sabaldyr, quien a principio de los 60 era jugador amateur de la zona de Kiev y amigo de varios de los jugadores jóvenes de aquel equipo. Sabaldyr, eufórico, abraza a unos jugadores en igual estado. Todo menos Lobanovsky, el extremo izquierdo, la estrella. Le pregunta que si no está feliz y le felicita efusivamente.

Lobanovsky, ya poseído por la misión (y por la visión) le dice que no hay nada que felicitar. “Sí, ganamos la liga, pero a veces jugamos mal y solo hicimos más puntos que otros que jugaron peor. No puedo aceptar tus felicitaciones porque no son justas. Me di cuenta de que los sueños dejan de serlo en  cuanto los consigues”. Mirando desde el fondo de aquellas cejas, con unos ojos azules capaces de cortar metal y alinéar circuitos imaginarios, le pregunta: “¿Cuál es tu sueño como científico? ¿Tu carrera? ¿Tu doctorado? ¿Tu tesis?” … Sabaldyr, sobrecogido, acierta a decir que su sueño como científico es el de hacer una contribución al desarrollo de su campo, dejar su marca. Esa es la respuesta, zanja Lobanovsky.

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Era 1961 y el Dinamo de Kiev acababa de ganar su primera liga soviética. La primera que no era conquistada por un combinado ruso. Yuri Gagarin entraba en la órbita terrestre a bordo de la Vostok 1. El primer hombre en el espacio era un soviético. Triunfal tecnología comunista, cibernética roja. Lobanovsky no aspiraba a menos.

Estudiante formidable desde niño, con inclinación por la matemática, desarrolla, en paralelo al vértigo de la banda, una carrera universitaria como ingeniero. La Universidad Politécnica de Kiev es en las décadas de los 60 y 70 el epicentro de la evolución soviética y en ella Lobanovsky entra en contacto con la cibernética y la computación: la señal que guía la misión. El fútbol puede ser descompuesto, ordenado, computado: la música de las matemáticas, la pureza del orden y la línea, la sencillez espectacular del primer toque, del número exacto, del enlace necesario. En el laboratorio de la universidad y en el laboratorio de su cabeza ha engendrado el Dinamo Matemático. Como dice el guionista de cómics Grant Morrison al principio de Flex Mentallo: “Antes de ser una bomba, la bomba fue una idea”.

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Su Dinamo será la decantación de la belleza de la idea soviética: el individuo desarrollándose en la colectividad, la perfección del sistema, el todo mejorando a las partes. Mientras el gran Sistema pudría y se pudría, el pequeño sistema, el deportivo iba a alumbrar dos equipos casi gemelos: el Dinamo de Kiev y el CSKA de Moscú de hockey sobre hielo. Ambos alcanzaros su cénit expresivo a mediados de la década de los 80, cuando Mikhail Gorbachev era elegido Secretario General del Partido y comenzaba la caída del Telón de Acero, cuando el calor de la Guerra Frían alcanzaba su masa crítica y, de repente, se consumía en White Light/White Heat capitalista.

En ellos los jugadores gravitaban en torno al balón o la pastilla, dominando un esquema de constantes permutas y combinaciones donde todo era una cuestión de conectividades, tan orgánico, tan fluido que el esfuerzo parecía desvanecerse, como en una máquina cuando ejecuta su programa. Un juego feliz: cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa, donde los imprevistos estaban previstos por un sistema adaptativo.

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Lobanovsky tuvo que ejecutar este programa primero en sí mismo. Como jugador se había formado con Victor Maslov, otro pionero en invertir la pirámide. Entrenador en distintos periodos de los 40 y 50 del Torpedo de Moscú, fue el inventor del 4-4-2, comenzó a trabajar la presión al adversario e introdujo revolucionarios métodos alimenticios, anticipando la conversión del futbolista en atleta. Lobanovsky nunca se llevo bien con Maslov, pero aprendió con él durante el año en el cual lo entrenó.

Era, en los 60, todavía demasiado joven y arrogante para someterse a la táctica. Extremo izquierdo suele significar en el fútbol verso libre, inspiración y genio sin embotellar. Pero comprendió la importancia de la velocidad y la presión. Y comprendió también que para el fútbol que se estaba formando en su cabeza, la idea antes de la bomba, debía deshacerse de sí mismo. El ego individual se disolvería en el colectivo: si el Lobanovsky jugador era volátil y mercurial, el Lobanovsky entrenador sería hierático y metronímico: un asceta matemático sin necesidad de protagonismo directo.

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Entre 1969 y 1973 entrena al Dnipro, el equipo de la metalúrgica Bryansk que llegaría a ganar dos ligas soviéticas en el 83 y el 88. Años de otra educación universitaria. En 1974 firma por el Dinamo de Kiev: la idea debe probarse, sino solo es teoría patafísica. Su Dimano gana dos ligas seguidas, una Copa de la URSS, una Recopa de Europa y una Supercopa frente al Bayern de Munich. El método el válido, su aplicación tras dos años, concluyente.

La Unión Soviética que había abrazado entusiasta el progreso tecnológico desde los 50 reverberaba también el fútbol, en el deporte. Anatoly Zelentsov, decano del Instituto de Ciencias Físicas y el entrenador de atletismo Valentin Petrovski son su verdadero equipo. Zelentsov, con su computerización del rendimiento de los deportistas y sus avanzados programas estadísticos que calculaban probabilidades compartimentado el campo y situando en cada lugar al jugador más indicado en el momento más preciso se convierte en gurú del entrenador. Lobanovsky y Zelentsov se adelantaban en más de una década a los trabajos en sabermetría de Bill James en su Baseball Abstract.

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Una teoría aplicada a el éxito, se baso en la implementación en los Oakland Athletics por parte de Billy Beane, manager general, y Paul De Podesta, su mano derecha, que consistía en un sistema que obviaba el valor de mercado de los jugadores y se basaba en su valor estadístico. Bill James lo publica por primera vez en 1977, Los Okland Athletics lo aplican en 2002, Zelentsov y Lobanovsky trabajan en su propio y mucho más complejo sistema en 1972.

En paralelo, del lado occidental de Europa, el fútbol holandés había florecido agarrado a un juego psicodélico y fluido, ultramoderno y rupturista. Rinus Michel como entrenador y Johan Cruyff como decantación quintaesencial alumbraban el fútbol total en el Ajax de Amsterdam y los trasladaban a la selección holandesa. A ese fútbol contracultural había llegado a través de la intuición, pero participaban de la misma idea. Una sincronicidad. Quizás porque Alan Moore tiene razón y las ideas están ahí, en un espacio colectivo imaginario tan libre y salvaje que ni siquiera la impenetrabilidad del silencio de radio del bloque soviético podía compartimentar.

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Lobanobsky piensa futbol de laboratorio donde Cruyff  lo defiende de calle, pero lo cierto es que el ucraniano guarda bajo la coraza de monje guerrero un pequeño corazón de futbolista y su método nunca se interpondrá en el talento individual; al contrario, su objetivo primordial es elevar este a su mejor versión, habiendo previsto cuándo y dónde esta tendrá lugar. Tener a Oleg Blokhin en la plantilla, definitivamente, fue una ayuda.

Blokhin, un atacante que no era un delantero, es su Cruyff particular. Imparable y preciso, elegante y técnico, dotado naturalmente para el juego y con talento para marcar será capital en el Dinamo de mediados de los 70 y, ya veterano y distinto, en el de los 80. Junto a él, en un juego de posición sin posiciones, jugadores como Onyshchenko, el espejo de Blokhin, Kankok, Buryak y Kolatov, medio vertiginoso que es el incansable motor de la máquina y su cerebro, Fomenko y Troshkin o el portero Rudakov, un veterano de la época de Maslov. Ganaron en casa, cierto, pero eso ya lo había hecho antes, debió de pensar Lobanovsky. El Dinamo debía de presentarse al mundo. La Recopa de 1975 fue el teatro de operaciones.

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Tumban consecutivamente al Eintrach de Frankfurt, Bursaspor y PSV Eindhoven, pero todos mediante resultados ajustados. La Final no, esa la arrollan. El Ferecvaros húngaro recibe el castigo de un fútbol llevado a la perfección. 3-0, con Onyshchenko marcando los dos primeros y Blokhin cerrando el partido con un tanto de superclase. El partido entra en la dimensión de las exhibiciones, un derroche de técnica individual y armonía colectiva. Cuentan que se vio a Lobanovsky sonreír. Pero eso son cosas que se dicen. Unos meses después el Dinamo tritura al Bayer de Munich en la Supercopa. 3-0 de nuevo. Blokhin, Balón de Oro ese curso, marca los tres en un concierto de fútbol de contragolpe donde el balón vuela con precisión cibernética y belleza humana: presión, robo, despliegue. Distinto al de la final de la Recopa. Adaptación al contrario, sistema orgánico, sintiente.

Lobanovsky es llamado por la selección en 1976. En su primera experiencia logra un Bronce en la Olimpiada de Montreal. Ese mismo año, en la temporada 1976-77 llega a la semifinales de la Copa de Europa. Cae frente al Borussia Mönchengladbach que lideraba Reiner Bonhof y afilaban Jupp Heynckes y el extremo danés Allan Simonsen. Otro equipo total que entonces entrenaba otra leyenda Udo Lattek, arquitecto del gran Bayern de Munich al cual ahora martirizaba en la Bundesliga y a quien el Dinamo había defenestrado en cuartos de final. Ese será su tope en el futuro; o al menos hasta 1986-87, el segundo Dimano matemático, quizás el definitivo.

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Los últimos 70 y los primeros 80 avanzan entre títulos locales y frustraciones continentales al ritmo de una Guerra Fría que se abonaba a la doctrina de la mutua destrucción asegurada y una Unión Soviética que vivía su particular Vietnam en el estratégico y rico suelo de Afganistán desde 1978. Tres ligas más y otras tantas Copas adornan un periodo donde se experimenta la aparición de equipos como el Dinamo Minsk, el Dinamo Tbilisi, el Zenit Leningrado o el propio Dnipro.

Lobanovsky, con un pie en el equipo y otro en la Selección, parece asumir con estoicismo el declive biológico de sus jugadores a la espera de una generación que supondrá la evolución de la previa. El lapso de tiempo servirá, además, para afinar la metodología, perfeccionarla al ritmo de la misma evolución tecnológica. La perfecta sinfonía electrohumana de mediados de los 80 es el producto decantado, y al tiempo terminal, de una época que avanza hacia su derrumbe. El último resplandor soviético.

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La culminación tiene lugar, de nuevo, en la Recopa. El Dinamo inaugura la competición con un susto frente al Utrech. 2-1. El electroshock necesario para poner en funcionamiento la máquina. El partido de vuelta terminará con un 1-4 demoledor. El juego gravita en torno a un terceto superlativo, conformado por un veterano Blokhin, que ha cambiado su rol en el equipo, y las apariciones de Belanov y Zavarov, las versiones más puras posible del futbolista lobanovskyano: técnicos, vertiginosos, indetectables. El equipo, equilibrado y brillante en todas sus líneas, luce a otro portento en la banda izquierda: Anatoly Demyanenko, un carrilero definitivo, que manejaba ambas piernas, era capaz de adelantar la presión y se comportaba por igual como centrocampista o extremo venenoso.

A partir de este primer encuentro el Dinamo no volverá a perder en la competición. Marcará veintiséis goles, pasando cada ronda con al menos tres goles de diferencia; incluida la final. Jugada en Lyon, al Dinamo le esperaba el Atlético de Madrid de Luis Aragonés, un equipo al cual los de Lobanovsky convierten en anticuado de golpe. A los cinco minutos Zavarov abre el marcador en un elaborado gol donde rematan dos veces dentro del área pequeña. El Atlético, aquel de Marina o Arteche, resiste como puede la primera mitad, donde el Dinamo mueve el balón como si las líneas de pase fuesen visibles sobre el campo.

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En la segunda mitad, en cambio, entrega el balón mientras domina el espacio. El Atlético suma alguna oportunidad, pero es pura ficción. Los de Lobanovsky, con unos Zavarov y Belanov superlativos, acelera y decelera a voluntad, dilatando la final hasta un demoledor último cuarto donde finiquita el partido en un gol-síntesis: cuatro pases, otros tantos toques, el balón transportado como en una jugada de rugby hasta las botas de Blokhin. El gol. La perfección.

Belanov sale de la final con el Balón de Oro puesto, pero el equipo no logra una nueva Supercopa, perdiendo contra otro clásico de la Europa del Este, aquel Steaua de Bucarest de Gica Hagi y Marius Lacatus que acababa de darle un disgusto al Barcelona en la final europea de Sevilla. La temporada 86-87 supone otro intento frustrado de tocar la gran copa. El Dinamo colisiona contra el gran Oporto de Futre y Madjer, que ganaría aquella competición de tacón. Esta vez el Bayern de Munich iba por el otro lado del cuadro.

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La perestroika, la reestructuración. Comienza a funcionar en ese mismo año 1987. Deshielo y aperturismo, la glásnost cambia el mundo para el futuro. También el deportivo. Los jugadores soviéticos pueden, al fin, salir de sus fronteras. Oleg Blokhin, a quien en tiempos quiso el Real Madrid, termina, otoñal, entre Austria, el SK Vorwärts Steyr, y Chipre, el Aris Limasol donde se retiraría en el año 1990. Igor Belanov saldrá camino de Alemania para jugar primero en el Borussia Mönchengladbach con resultados tragicómicos y refugiarse más tarde en el Eintracht Braunschweig de la 2ª división alemana. El Balón de Oro le pesó como un yunque.

Aleksandr Zavarov fue el fichaje estrella de la Juventus en su momento. No llegó nunca a ser quien en realidad era, pero al menos sumo títulos y cerró con dignidad su carrera en Francia, principalmente en el Nancy, al cual todavía hoy continúa ligado.

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Para todos ellos aun quedaría una despedida, un momento de gloria… o casi. La Eurocopa de 1988 fue, en cierto modo, el desquite del Mundial de México 86 donde la URSS iba a ser, junto a la dinamita roja danesa, las grandes sensaciones. Unos fueron eliminados por Bélgica, los otros por España el día en el que Butragueño levitó. En Alemania, en la competición europea, la URSS había pasado su grupo por delante de la Holanda radiante de Van Basten, Rijkard, Gullit, Koeman o Van Breukelen y finiquitado a Alemania en semifinales con dos goles de jugadores del Dinamo, Rats y Protasov. Holanda, en cambio, había sufrido más contra Alemania, resolviendo al final del partido. Pero la final fue otra cosa; la final fue Holanda desatada, cobrándose pasado. El gol en ingravidez de Marco Van Basten define el momento.

La Unión Soviética, en proceso de desmontaje, todavía acudió a un último Mundial, el de Italia 90. Últimos de un grupo con Camerún, Rumanía y Argentina, con el equipo descompuesto desde dentro, en reflejo a la realidad de un país que ya no era tal cosa. Lobanovsky abandona la selección y al Dinamo de Kiev. Emiratos Árabes y Kuwait. Petrodólares y capitalismo en vena. Adiós al fútbol, adiós a la Unión Soviética, adiós al Sistema, adiós a las matemáticas.

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Valery Lobanovsky pasó 52 de sus 63 años siendo soviético. Como los protagonistas de Underground, regresa a un país que ya no existe. ¿Quién esperaba que volviese a entrenar?.  El Dinamo había ganado todas las ligas ucranianas desde el 93 y así seguirían hasta el 2001. Tal vez necesitaba algo de aquel sueño, tal vez se le había quedado olvidado en el pasado.

Más imperturbable que nunca Lobanovsky se transforma en un formador. Su metodología tiene ya más de sabiduría arcana que de método científico. Como entrenador ya ha integrado todo aquello y necesita lo mínimo para transmitirlo. Su nuevo Dimano será, en contraste su entrenador de cien años, juvenil y afilado, terminado en la punta de flecha que forman Rebrov y Shevchenko; otro de los mejores jugadores ucranianos de la historia, uno de los mejores de su tiempo. Como Blokhin, como Belanov, pero al contrario de ellos triunfará en la Europa occidental: siete temporadas en el Milán. Una Liga, una Copa, una Copa de Europa, su Balón de Oro.

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El Dinamo juvenil de Lobanovsky aparecen en la Copa de Europa en la temporada 1997-98 partiendo como un rayo al Barcelona de Lous Van Gaal, que venía de ser bicampeón en España. 4-0 para la historia. En Octavos tiene la mala suerte de toparse con la Juve de Lippi, especialista en matar ilusiones. Al año siguiente regresarían perfeccionados, como si Lobanobsky, consciente del poco tiempo que le queda, hubiese simplificado todo la década que transcurrió entre el 75 y el 85 en un solo año.

Sin miramientos en su grupo, frente al Arsenal, Lens y Panathinaikos, muestra su repentina madurez al toparse contra el Real Madrid, campeón vigente en Octavos. 1-1 y 0-2. Sin discusión y con Shevchenko. Pero la historia rima y el Bayern de Munich es una constante histórica. Los alemanes se imponen en una semifinal épica: 3-3 y 1-0 en un partido donde Khan parece iluminado y Mario Basler marca un golazo imperial. Una semifinal a la altura de la más mítica Champions de la Historia, la de la final en Barcelona donde el Manchester United ganó el partido que no se gana jamás.

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Lobanovsky se retirará en 2002, tras un patético paso por la selección de Ucrania. Un poco más tarde, decidió morirse. Ya había hecho suficiente. Su marca estaba en la historia y es perceptible su influencia en Marcelo Bielsa o en Guardiola, en especial en esta etapa presente en, paradojas, el Bayern de Munich. Sistemático y gélido, su fútbol, en cambio, era acariciante y estético, guiado por una búsqueda de la pureza. Lobanovsky, pese a todo, nunca pensó que su sistema y su método estuviesen por encima del jugador.

Escapó así del mesianismo de Johan Cruyff en su última época,  donde, pensaba, aquello debía de funcionar por sí mismo tal era su virtuosismo. La música de las esferas decía, pero siempre buscando a gente capaz de oírla e interpretarla luego. Alcanzó, así, el ideal deportivo soviético: el ganar y la manera de ganar, la aleación del individuo y la colectividad. Lo hizo mientras el mundo que lo forjó se derrumbaba, como si a través de aquel fútbol maravilloso intentase frenar la caída, ralentizarla, al menos.