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Valerón: jugador de otro tiempo

A Juan Carlos Valerón se lo inventó en un campo de tierra de la tercera canaria Juan Manuel Rodríguez, quien a principios de los 90 era el entrenador del Arguineguín. No lo descubrió, tampoco es así, porque Valerón lleva existiendo desde el principio del fútbol aunque poco a poco se extinga.

Rodríguez lo vio, lo reconoció y lo puso; y lo aguantó, que es lo más importante de esta historia.  Cuando le decían que a dónde iba con aquel alambre de diecisiete años a jugar en semejante categoría, Rodríguez decía que esperasen. Cuando lo recomendó a Las Palmas y Francisco Castellano le dijo que qué le mandaba allí, Rodríguez dijo que esperase.

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Bajaba la pelota al suelo, la enroscaba en un tobillo de goma y sus piernas chiclosas que parecían tener voluntad propia lo mandaba allí donde nadie había visto que algo pudiese pasar. Valerón era un frágil de mentira porque hasta las arremetidas más duras parecían ser absorbidas por su cuerpo invertebrado.

Valerón era un lento de mentira, porque arrancaba antes, pensaba antes y soltaba antes y a donde nadie había pensado ni visto. Como Sócrates o Bochini, tuvo que inventarse una manera para jugar al fútbol, para sobrevivir en el campo; y lo hizo tan bien que lo convirtió en un arte singular, en una seña de identidad. Las limitaciones de su físico transfiguraron en las amplitudes de su fútbol.

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Recuerdo verle un pase inverosímil, inimitable estando ya en el Deportivo de La Coruña. No recuerdo el partido ni recuerdo quien fue el receptor, pero el pase no lo olvido. De espaldas, con la línea de defensas formada, Valerón recoge el balón con el empeine y lo levanta por el lado derecho en un juego de tobillo y rodilla sobrehumano. El balón sobre la defensa, el balón flotante, inaccesible, que cae lentamente y todos los defensas y todos los porteros lo miran y saben que no va a llegar, era su especialidad.

Hay otro pase que recuerdo también. Este contra el Bayer Munich cuando el Depor los arrolló en Alemania. En un contragolpe Valerón parece enredarse con la pelota rodeado de contrarios. Se la ha dejado un poco atrás y tiene que maniobrar, casi envolviéndose en sí mismo, para que no se le escape.

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Está concentrado mirando el balón pero, al mismo tiempo e imposible, ha visto como Roy Makaay rompe la defensa desde atrás. En el mismo gesto Valerón toca la pelota con la puntera. Circular, perfecto, el gesto envuelve y desenvuelve su cuerpo y pone el balón en la exacta distancia para la carrera del holandés. Gol.

Javier Irureta dijo una vez que a Valerón lo que le hacía feliz era hacer feliz, pasarla, dar el gol en lugar de marcarlo. Era una satisfacción total: la propia, la del compañero, la del equipo, la de la afición. Ese sentido de la felicidad, esa búsqueda prácticamente moral, le daba forma y significado a su fútbol y le llevaba a ejecutar estas acciones. Forzaba la naturalidad para el pase hasta el punto de convertirla en una naturalidad propia.

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En Las Palmas, en el 95, coincidió con su hermano Miguel Ángel y con Manuel Pablo, desde entonces un hermano postizo. Comienza la temporada en el B, pero la categoría se le queda corta y poco a poco aparece en la primera plantilla. Sigue flaco, aniñado, sonriente. A final de año ya juega y es esencial en el ascenso a la 2ª División.

Solo estará un año más, en una buena campaña pese a los cambios de entrenador (Pacuco Rosales, que los había ascendido, Ángel Cappa y Castellano) donde Valerón coincide con Turu Flores, otro inminente deportivista, y recibe la única roja de su carrera, contra el Castilla.

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Aquel era un buen equipo, tan sólido como para resistir tres cambios de entrenador, donde gente como Socorro, Víctor Alfonso, Paquito u Orlando sobreviviría hasta el equipo del ascenso a 1ª en el 2000, entrenados entonces por el serbio Sergio Kresic, jugador del Burgos en los 70 y clásico de los banquillos de la parte baja desde finales de los 80, cuando comenzó a dirigir precisamente al Burgos.

Junto al talentoso Flores otros dos argentinos aportaban jerarquía, el duro defensa Simionato que venía de Lanús y el ex-Boca Juniors Walter Pico, un medio ofensivo de talento que había sido uno de los preferidos de la hinchada Xeneize, pero había quedado marcado por un fallo en la tanda de penaltis que dio el título del 91 al memorable Newell’s de Marcelo Bielsa.

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Así armada, la Unión termina séptima y llega a la semifinal de Copa del Rey tras haber eliminado a Mallorca, Valencia o Español. El Barcelona, que sería Campeón, los frena sin piedad (0-4 y 3-0). Es el Barcelona de Bobby Robson y Ronaldo, que ese curso queda campeón de la Recopa frente a PSG y a solo un partido de ganarle la Liga al Real Madrid de Fabio Capello.

Aquel partido no solo acabó con la trayectoria copera de la Unión Deportiva, sino con la carrera de Miguel Ángel, el hermano mayor de Valerón. Ferrer se la cortó en seco con una entrada brutal en un balón dividido en la posición de extremo izquierdo que terminó con la pierna del mediapunta hecha un amasijo.

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Era un jugador de talento, no tan fino y parsimonioso, no tan especial, como Juan Carlos, pero un producto clásico de la escuela canaria en un equipo, aquel de mediados de los 90, que respetaba tal tradición de juego al toque.

Ese verano, durante una gira de pretemporada de Lanús, por entonces uno de los equipos de moda en Argentina, Héctor Cúper se había deslumbrado con Valerón. Sin saberlo ni el uno ni el otro iban a coincidir en Mallorca. Cúper firma en la 97-98 por el R.C.D. Mallorca y nada más llegar descubre que Valerón es uno de los nombres en cartera dentro de una lista de posibles refuerzos. De inmediato solicita su fichaje.

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El equipo se ha reforzado de modo excepcional con la llegadas del portero Roa desde Racing Club de Avellaneda, Mena desde el propio Lanús, Romero, otro pescado luego por el Depor, Iván Campo, quien formará una extraordinaria dupla de centrales junto a Marcelino,  y Engonga desde Valencia.

El Mallorca mejora en cada línea y Cúper construye un equipo sobrio y enérgico, de buen fútbol colectivo donde las notas diferentes de Valerón están en perfecto contexto. Alumno de Carlos Timoteo Griguol en el Ferro carril Oeste de los 80, donde era defensor central, Cúper es un técnico adusto,  espartano, de aspecto militar cuyo juego trascurre por esa tercera vía del fútbol argentino que Griguol abrió y Bielsa profundizó y singularizó.

PORTO, PORTUGAL - JUNE 16: Juan Carlos Valeron of Spain during the UEFA Euro 2004 Group A match between Greece and Spain on June 16, 2004 at the Estadio do Bessa Sec XXI in Porto, Portugal. (Photo by Shaun Botterill/Getty Images)

No es tan ofensivo ni paroxístico como el de Bielsa, pero sí se basa en el mismo compromiso honorable, la misma honestidad, la misma ausencia de mezquindad o ventajismo. Fútbol sencillo bien jugado. Su año es asombroso, pero ya teñido por la sombra de la desgracia, por el fatalismo de una carrera que le ha negado la solidez de un título.

Termina quinto en Liga y juega la final de Copa contra el Barcelona, perdiéndola por un solo penalti. Al año siguiente, ya sin Valerón y con el laborioso Ibagaza, otro ex-Lanús, como recambio, dobla la apuesta y el malditismo: terceros en Liga y finalistas de la Recopa, derrotados por la Lazio (2-1).

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Valerón ha sido vendido al Atlético de Madrid junto a Mena. Jesús Gil acaba de firmar a Arrigo Sacchi como entrenador y el proyecto es de lujo. Allí están Juninho o Lardín, formidable delantero vertiginoso del Español. Míchel Salgado y un coche acabarán respectivamente con la carrera de cada uno de ellos.

Con Valerón llega también Correa, un peleón delantero uruguayo (valga la redundancia), Baraja, que ha subido desde el Atlético B, el elegante interior argentino Solari, quien terminará por irse al Real Madrid o una serie de extravagantes fichajes del Calcio como el central argentino Chamot, lento y duro, el serbio Jugovic, quien parecía un exfutbolista y aún asó logró colocarse otro par de años en el Inter, o calciatori que eran puro producto interior bruto del fútbol italiano, inadaptable a otro contexto, como Torrisi, Venturini o Serena, quien recalaría también en el Inter, y fue el único que se comportó con dignidad desde su lateral izquierdo.

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Sacchi se quedó con Valerón igual que aquellos primeros entrenadores se habían quedado. Era incapaz de comprender como era jugador de fútbol; hasta que los puso a jugar al fútbol. Como con Cúper, a Valerón se le hizo cuesta arriba el principio, pero al contrario que con este el equipo no estaba construido como tal y por tanto no había nada consistente que rodease a Valerón y que este pudiese hacer funcionar. Terminó por sentar a Juninho, eso sí, en una constante de su carrera consistente en comerle, lenta, silenciosa, metódicamente, el terreno a su competencia directa; algo que Djalminha experimentaría en el Deportivo.

Aquel Atlético era todo promesa y nada realidad. Un barniz de oro de nuevo rico, hojalata y oropel. Un producto genuinamente español de la cultura del pelotazo y el parche. Sacchi, que vino con la misma motivación que sus fichajes italianos, salió del equipo y Gil retomó su relación de amor-odio con Radomir Antic. En una Liga ganada con autoridad brutal por el Barcelona de Louis Van Gaal el Atlético navega por la mitad baja de la tabla, instalándose finalmente en el puesto 13. Fue como una premonición.

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Para el curso siguiente, Gil recurrió de nuevo a un técnico italiano y esta vez fue Claudio Ranieri quien vio su trayectoria maltrecha por aquella picadora de carne que era el club. Había hecho dos años magníficos en el Valencia y la temporada anterior arrasado con el Atlético en la final de Copa (0-3) en un partido deslumbrante de Gaizka Mendieta. Era el sabor de moda y Gil no se resistió a probarlo. Volvió a gastar, claro.

Echó a media plantilla y se trajo a los paraguayos Gamarra, quien por supuesto, firmaría por el Inter al año siguiente y Ayala, procedente del Betis; centrales de moda a finales de los 90, de velocidad aturullada, nula técnica y notable dureza. También llegó el joven Capdevilla, un sólido lateral procedente del Español que no pasaría desapercibido para el Depor, regresó Paunovic tras una buena temporada en Mallorca, y se firmó a lo que debía de haber sido un negocio redondo: el semidesconocido delantero centro holandés Jimmy Floyd Hasselbaink.

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Macizo, rápido e intuitivo, con un remate al primer toque primoroso y un juego de espaldas inteligentísimo, Hasselbaink venía de dos años productivos en el Leeds y de una consistente experiencia en Portugal, pero no tenía cartel estelar. Con el Atlético firma una campaña sensacional, marcando veinticuatro goles que sus compañeros convierten en inútiles. Pocas veces se ha visto un esfuerzo tan melancólico.

El Atlético de Madrid descendió en una de las temporadas más excéntricas de la reciente liga española, con el Sevilla, último, y el Betis acompañándolo a 2ª división, el Real Madid quinto pero ganándole la Copa de Europa a un Valencia que entrenado por Cúper había firmado una competición asombrosa y el Deportivo de Javier Irureta logrando al fin un campeonato inédito.

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Valerón hizo una notable temporada, con un fútbol de alta escuela, pero todo daba igual porque a su alrededor giraba un huracán de locura. La judicatura expulsa de la presidencia a Jesús Gil, involucrado en mil y un escándalos de corrupción que ligaban al club con el ayuntamiento de Marbella y el club queda en proceso de administración judicial. Ranieri sale por piernas y Antic regresa una vez más pero no hay quien reanime a un muerto. Será Luis Aragonés, ya en segunda, quien reconduzca al equipo tras una temporada, la 00-01, demencial incluso para los estándares del Atlético del periodo.

Ese verano del 2000 Valerón realiza el mejor movimiento de toda su carrera: ficha por un Deportivo que ha sido el alfa del omega delirante del Atlético y acaba de ganar la primera Liga de su historia. Bajo Javier Irureta es un equipo ejemplar, de fútbol elegante y sencillo, un contexto cercano al de Cúper y el Mallorca. Un espacio de tranquilidad después de los tormentosos años en Madrid. Ese verano, también, Valerón jugará su primera Eurocopa.

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José Antonio Camacho había llegado a la Selección tras la debacle de Clemente en Chipre y precedido sobre todo por su excelente labor en el Español, donde en su primera época había forjado un equipo alegre, rápido y venenoso. En Bélgica y Holanda, en cambio, España fue un equipo indefinido, entregado de nuevo a la épica estéril de una victoria de último minuto contra Yugoslavia (3-4). El gol acrobático de Alfonso solo aplazó lo que estaba claro y España jugó un partido embarullado contra una Francia fea pese a sus jugadores de clase. Zidane y Djorkaeff se impusieron y Camacho cometió el error de sentar a Mendieta primero y a Munitis después, los mejores del partido. Raúl lanzó un penalti sobre el larguero y fin de otra historia.

Valerón jugó los dos primeros partidos; una triste derrota contra Noruega (1-0) que le costó a Molina el puesto y una triste victoria contra Eslovenia (1-2). Luego, vió los dos partidos decisivos desde el fondo del banquillo. Fran, quien iba a ser compañero y perfecto complemento en el Depor fue otra de las víctimas de Noruega y solo jugó veinte minutos contra Yugoslavia antes de ser sustituido. De nuevo, España era incapaz de crear un contexto para jugadores singulares y lo cierto es que ni Fran ni Valerón parecieron estar nunca en su lugar en la Selección, aunque Valerón tuvo más recorrido.

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En el Mundial de 2002, el único que jugó, parecía que las piezas estaban mejor dispuestas y la idea se había clarificado. Valerón paraba y aceleraba el juego con su estilo dominante silencioso, con el cual ya se había asentado en el Deportivo, la excelente forma de Raúl y la aparición de De Pedro desde una Real que al año siguiente le disputaría la Liga al Real Madrid hasta el último minuto, dieron consistencia al equipo. No se notaba la dispersión de la Euro anterior, y dos victorias de calidad sobre Eslovenia (3-1) y la siempre dura Paraguay (3-1) pintaba todo de colores, pero el equipo se fue cayendo a trozos según la presión aumentaba.

La nota trágica, el ridículo de un Mundial que fue un insulto, fueron aquellos cuartos contra una Corea del Sur que con el bulldozer arbitral ya había quitado de delante a Portugal e Italia, pero la verdad es que España había merecido perder contra Irlanda en un partido pésimo que acabó con Hierro y Helguera aculados en el área pequeña según su costumbre y Casillas salvando el pase en la tanda de penaltis.

2 Apr 2002: Gary Neville of Manchester United and Juan Carlos Valeron of Deportivo during the Deportivo La Coruna v Manchester United UEFA Champions League Quarter Final 1st Leg match at the Estadio Municipal De Riazor in La Coruna, Spain. DIGITAL IMAGE. Mandatory Credit: Laurence Griffiths/Getty Images

Portugal 2004 marcó el punto más bajo de la Selección moderna. La promesa de renovación de Iñaki Sáez, técnico de las inferiores que había ganado varios títulos sub- y una meritoria plata olímpica en Sidney con un gran fútbol comandado por Xavi Hernández desde la media punta, se quedó en nada. España era un híbrido amorfo que se renovaba sin renovarse, un equipo cobarde, sin alma, sin estilo. Valerón, con solo 28 años era un jugador residual, más descontextualizado que nunca en un equipo que, paradójicamente, tenía toda una serie de compañeros a su medida.

En enero de 2006, durante un partido contra el Mallorca, Valerón se hacía polvo la rodilla y pasaría casi dos años fuera de los campos. La gran revolución en dos partes de la Selección Española le pasó de largo. Cuando la hora de su fútbol por fin llegó, él no estaba para jugarlo. España calló cruentamente en Alemania 2006, pero Luis se autodestruyó para que del sacrifico surgiese un equipo histórico, luminoso, diferente en Austria y Suiza 2008. Nunca como con la Selección la idea de que Valerón era un jugador a destiempo fue tan penetrante. Era un anacronismo inverosímil, demasiado pronto y demasiado tarde a la vez, en un entretiempo que no lo merecía pero donde pudo dar lo mejor de sí.

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Su futbol a cámara lenta pertenecía al Brasil del 70 o a los equipos de la década de los 40 igual que hubiese pertenecido al ciclo ganador de España pero la decadencia de su equipo llegó más pronto que la suya ya Valerón, como Iván de la Peña en sus años de madurez en el Español, se topó con una competencia inexpugnable por delante. España fue durante un ciclo un equipo tan perfecto, tan dominante, que llegó a  desactivar la emoción. Era difícil introducir en su mecanismo cualquier elemento externo.

En el verano de 2000 llega a un Deportivo de La Coruña con ganas de Copa de Europa. Llega en voz baja, como siempre, para servir de recambio a Djalminha, el genio residente. Allí se reencuentra con Manuel Pablo (retirado en 2016 y marcado también por una terrible lesión) con un augurio del hogar encontrado, de su sitio en el fútbol.  Llega muy quebrantado del pubis y tarda en entrar en la dinámica, pero Irureta enseguida se da cuenta de que es más sencillo trabajar con él que con el irascible y ciclotímico brasileño.

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Lo acompañan otro par de Atléticos, Molina, que llega para sustituir al carismático Songo’o y aportar sobriedad, y Capdevilla, así como algunas incorporaciones fundamentales desde el banquillo como el duro medio Duscher o el delantero uruguayo Walter Pandiani, fundamental en la memorable remontada europea frente al Milan de la 2003-04.

Aunque de todas, la más determinante fue la de Diego Tristán, un delantero de arranques de genio que completará dos temporadas memorables antes de diluirse en la indolencia. A Tristán, Valerón parecía leerle la mente y junto a él conformó un ataque elegante, grácil, llenos de recursos técnicos que dio una dimensión diferente a un equipo caracterizado por la sobriedad, la solidez y la ortodoxia.

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El Depor de la primera mitad de los 2000 era, simplemente, un equipazo. La jerarquía y distinción de Naybet en el centro de la defensa, el libro del fútbol que era Mauro Silva en el centro de campo, la zurda de Fran, la velocidad vertiginosa y el sentido del espacio de Roy Makaay… Romero, Helder, Donato primero y Sergio después, Víctor, Andrade, Scaloni, Luque… un equipo que mantuvo sus estructura durante un largo ciclo y que además lo sustanció en una Liga, dos subcampeonatos y otros dos terceros puestos, una Copa del Rey y una semifinal de Copa de Europa.

Duró tanto y fue tan real que todos pensamos que aquello iba a ser para siempre, que un tercer grande, un contrapoder, había surgido. La realidad se impuso, claro, pero el Depor exprimió su momento incluso por encima de sus límites lógicos. Y Valerón estuvo en si mismísima médula espinal.

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Cuando aquel maravilloso valle pasó y comenzó la cuesta abajo, Valerón también estuvo. El Deportivo rodó tanto, se diluyó en su propia historia en realidad, que en 2011 descendió a 2ª División tras veinte temporadas consecutivas en 1ª. Atrás, imborrables, habían quedado momentos mágicos para Valerón en Coruña como la Copa del Rey ganada en la fiesta del florentinato en 2002, el centenario del Real Madrid en el Bernabéu donde el Depor parecía un invitado necesario a la fiesta de otros o la increíble remontada en cuartos de la Copa de Europa de 2004, cuando en Riazor levantó un 4-1 respondiendo con una apoteósico 4-0.

En la primera ocasión Valerón facilitó los dos goles y firmó una actuación superlativa. En el segundo marcó un gol de cabeza y sin tanto protagonismo, aquel partido fue de Luque y Pandiani, fue central en una actuación arrolladora ante un equipo, entrenado por Carlo Ancelotti, que había sido campeón un año antes y sería finalista un año después.

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En 2005 Irureta decidió dejar el Deportivo, agotada tal vez una historia de mutua correspondencia. El equipo había quedado octavo aquel año y algunos jugadores daban síntomas de decadencia, en especial porque pese a la multitud de fichajes el once variaba poco y el banquillo revelaba una brecha de calidad. Joaquín Caparrós, que venía de regenerar al Sevilla con un fútbol aguerrido y una sobria política de cantera llegaba para infiltrar tensión al equipo.

En Sevilla los sustituía Juande Ramos y el equipo daba un salto de calidad que le llevaría ganar dos copas de la UEFA consecutivas, una Copa del Rey y un tercer puesto con uno de los mejores fútbol de Europa en el momento. Caparrós, en cambio, se encalló en el Depor. Su trabajo fue bueno, como lo sería en Bilbao, pero al equipo le faltó ambición y, sobre todo en su segundo año, el de la lesión de Valerón, fineza en un fútbol tosco y una plantilla plagada de jugadores sin la jerarquía anterior que añoraba más que nada la calidad de los delanteros del pasado inmediato.

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Miguel Ángel Lotina, un entrenador marcado por la irregularidad y cierto fatalismo, fue el entrenador del Depor durante las cuatro últimas temporadas en 1ª y estuvo hasta que el barco se hundió, sumando otro descenso a su curriculum que empaña aquella clasificación para Champions con el Celta o la Copa ganada con el Español. Valerón vuelve poco a poco, pero ha perdido algo de la confianza que en él se tuvo y parece estar en el equipo más como un símbolo que como un jugador vertebral, útil.

Sigue dejando anotaciones de fútbol mayor, pero espaciadas más por las circunstancias que por él mismo. Le gusta juagar al fútbol, así que no piensa en retirarse y en cierto modo se acomoda igual que el Deportivo se acomoda a la mitad de la tabla. Es un equipo sin nada especial, uno más de la Liga. El desplome de 2011 es inesperado por esa misma dinámica confortable pero en cierto modo lógica, como una vejez inevitable.

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Valerón piensa en dejarlo, pero Lendoiro le convence de, al menos, quedarse en el club. Medita y decide que si se queda será para seguir siendo futbolista, que aquellas caras de tristeza no las merecía la gente y que su legado en el Depor, al menos su apunte final, debe de ser otro.

Con Oltra como entrenador y un equipo casi intacto respecto al del año anterior el Deportivo se impone con autoridad en la Segunda y asciende solo un curso más tarde. Le acompaña como segundo el Celta, a quien entrena el duro Paco Herrera.

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Con 39 partidos y 5 goles, con 37 años y el cuerpo dolorido, Juan Carlos Valerón juega una de las temporadas de su vida. De nuevo el equipo gira en torno suyo y como otros futbolistas longevos y sabios, Valerón ha descodificado el fútbol, simplificándolo, resolviendo por anticipado y aplicando la sencillez por sistema.

Pero como nada dura, el Deportivo no fue capaz como equipo de honrar aquello en lo que Valerón había puesto su empeño y en un año lleno de acciones autodestructivas el equipo desbarrancó a 2ª de nuevo. Esta vez, en cambio, Valerón no se iba a quedar para intentar un nuevo ascenso (conseguido), sino que tras tantear la retirada se decidió por un epílogo nostálgico: Las Palmas.

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La Unión Deportiva llevaba trabajando en un proyecto de ascenso desde la temporada 2012-13, cuando estaban dirigidos por el joven Sergio Lobera. Los anteriores, desde que subiesen de 2ªB en la 2005-06 había sido un continuo coqueteo con el regreso a tal categoría y un circular de entrenadores al que solo pudo dar estabilidad uno de los habituales recursos de la casa, Juan Manuel Rodríguez Pérez, el descubridor de Valerón en el Arguineguín.

Cuando Valerón regresa al club y a esa 2ª que fue su tope con el mismo, Las Palmas llevaba un par de temporadas estrellándose en el duro playoff, primero contra el Almeria y luego contra el Córdoba en un partido infame, donde la hinchada canaria invadió el campo con 1-0 para terminar con el Córdoba empatando y una batalla campal.

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Al año siguiente el club firma a Paco Herrera, experto en la categoría y con aquel ascenso del Celta ya a sus espaldas. Valerón encaja como un guante en una plantilla con jugadores de cierta experiencia, algún talento mayor como Jonathan Viera y alguno desperdiciado como el argentino Sergio Araujo, quien terminará la temporada con 23 goles.

Es como un hombre entre niños. Un hombre tranquilo, sabio y risueño, sin preocupaciones. Más que nunca parece venir de otro lugar en el tiempo, de otro fútbol. La importancia de Valerón es menos que la que tuvo en el Depor del ascenso. Juega poco más de una veintena de partidos y no marca ningún gol, pero aporta los intangibles: ejemplaridad, tradición, sobriedad.

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De algún modo Valerón representa en esta embrionaria Unión Deportiva la herencia histórica del club, un modo particular de entender el juego que tuvo su momento de esplendor en la larga etapa en 1ª entre finales de los 60 y principios de los 80, cuando Las Palmas enarbolaba un juego elegante, de toque y cadencia y logró un subcampeonato (68-69) y un tercer puesto (67-68) liguero y disputó una final de Copa contra el Barcelona en el 78. Valerón es como el espíritu de Las Palmas pasadas y a la vez el ejemplo para las futuras. Su premio, una temporada en la 1ª División vestido con la camiseta amarilla y el pantalón azul.

No fue fácil y la desdicha del ascenso con el Deportivo ensombreció buena parte del año, pero la entrada ya iniciado el curso de Quique Setién como entrenador alineó los astros y presentó a un club y a un entrenador que se reconocen el uno en el otro. Valerón jugó trece partidos con una sonrisa de oreja a oreja y la Unión se reencontró con la herencia, con la tradición. Hoy su juego es la versión moderna de aquel, es “su juego” y el equipo gira en torno a la clase y laboriosidad de Viera, Vicente Gómez, Tana o el estupendo Roque Mesa; canarios de Las Palmas, hijos del estilo, hijos de Valerón.

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Ganar desde el Norte: Real Sociedad

La Real Sociedad era un hombre austero. Un obrero especializado, que se remanga ya antes de salir de casa. Entra serio en la fábrica y completa su labor con orgullo porque lo que está bien hecho, bien hecho está.

La Real Sociedad era un equipo con bigote que cruzaba los brazos sobre una camiseta azul y blanca y miraba directamente a los ojos; sin arrogancia, sin vanidad. La Real Sociedad era Alberto Ormaetxea. La Real Sociedad era un club que era un hombre de club.

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Ormaetxea había jugado en el Eibar, su ciudad, y luego en la Real donde se retiró en 1974. Con el equipo había ascendido en el 67 para completar, a la larga, la mejor racha de permanencia del equipo; hasta 2007. Del césped pasó al banquillo, como ayudante de Iriondo primero y de los entrenadores que le siguieron en unos años inestables.

En el año 78 pasa a ser el entrenador; con naturalidad. Lo sería hasta 1985. Ganó dos Ligas consecutivas y una Supercopa. Estableció un record de 32 partidos invicto. Fue subcampeón de Liga y jugó dos finales de Copa del Rey y una semifinal de la Copa de Europa y vio su legado prorrogado por John Toshack durante un epílogo excepcional, entre el 85 y el 88, con un subcampeonato liguero y dos finales de Copa del Rey, la primera de ellas ganada contra el Atlético de Madrid en los penaltis.

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Lo que está bien hecho, bien hecho está.
La Real Sociedad lideró la contrahistoria del fútbol español, una ofensiva lanzada desde el Norte por ellos, el Athletic de Bilbao de Javier Clemente, grande renacido y el Sporting de Gijón, el único que no transformó la energía en títulos quedándose con dos finales de Copa y un subcampeonato de Liga.

La Real, con su primer título en 1980-81 era el primer campeón nuevo desde el Sevilla en la temporada 1945-46. El Real Madrid había ganado cinco de las seis ligas anteriores (la restante la había conquistado el Atlético de Madrid en el 76-77) y hasta la 99-00 no habrá otro campeón nuevo, el Deportivo de La Coruña de Irureta.

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El fútbol español, de manera natural e inevitable volvió a inclinarse hacia el Real Madrid y El Barcelona, los ciclos de La Quinta del Buitre y del Dream Team dejaron poco espacio a los demás equipos; solo (y de nuevo) el Atlético de Madrid, el de Radomir Antic, pudo sumar una Liga. Pero antes, durante cuatro años, el fútbol español miraba al Norte y era otro.

En la primera mitad de los 80 en el Norte pasaba todo. Pasaba el fútbol, pasaban los tiros, pasaban las huelgas y pasaba el punk, pasaba la heroína y pasaba la mala hostia; tanta que España entera escoraba, como un barco, hacia esa proa cada más ferruñosa. San Sebastián, ciudad burguesa, aristocrática incluso, miraba al mar y disimulaba pero la industria del acero quedó tocada de muerte en la comarca.

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El orgullo de la gente, las esperanzas, recaía entonces como recaen siempre en el equipo de fútbol que es la sublimación de nosotros mismos. Por eso “ganamos” y por eso “perdemos”.

La Real de Ormaetxea era una destilación del fútbol guipuzcoano. Energía, solidaridad y lucha pero además, esta vez, tenía un extra de calidad en Zamora y López Ufarte. Uno era un 10 dominante, armador de contragolpes y finalizador de los mismos; el otro un extremo demoledor, imparable, a quien habían traído del Real Unión y que junto a Diego, fichado del Eibar, eran los únicos no formados en Zubieta, la casa de la Real.

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Con la portería abrochada por Arconada, el centro de la defensa simbolizado en Kortabarría y el poderío de Satrústegui en el área el equipo contaba con una columna sólida a partir de la cual practicar un fútbol sencillo, ortodoxo y eficiente en una época donde los campos y las estaciones todavía resultaban determinantes.

“Ya llegará el invierno”, dijo una vez el gran centrocampista del Sporting Tati Valdés, “La Maquinona”. Como Valdés, la Real era un equipo de campo de barro y balón al espacio, un motor incansable, de travesía, de resistencia, de sufrimiento.

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Tati Valdés se retiró en la 78-79, el año en el que el Sporting acarició la Liga. El Año del “Así, así, así gana el Madrid”. La Real quedó cuarta. En la 79-80 logró el segundo puesto, solo le faltaron dos puntos para ganar; el Sporting quedó tercero y el Real Madrid volvió a campeonar. Aquel equipo del Norte no era ninguna broma. Estaba preparado para algo grande.

En la 80-81, en una liga cerradísima empata a 45 puntos con el Real Madrid y el golaveraje le sirve; el último partido, el último gol, faltando 12 segundos para que todo terminase como el año anterior fue en El Molinón: 2-2. Un partido de barro, de lluvia y frío, de gradas de pie llenas hasta los topes. “Ya llegará el invierno”.

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Maceda le había hecho un penalti a López Ufarte en la primera mitad, cuando todavía daba el sol. Luego Mesa marcó los dos goles del Sporting y ya todo era charcos y barro. Y entonces Alonso centra, Castro despeja mal, Gorriz intenta disparar desde fuera, el barrizal ralentiza la pelota y esta le llega a Zamora, sin mirar, sin pensar, la cabeza abajo, los ojos cerrados, se gira y gol. Esta vez sí, no se podía fallar a toda aquella gente.

El Real Madrid, paradójicamente, no había sido líder en todo el año y la Real solo las cuatro últimas jornadas. El Atlético había comandado la Liga hasta desinflarse a la hora de la verdad y el Barcelona, con un equipo que reunía a Schuster, Quini y Simonsen había quedado muy tocado debido al secuestro sufrido por el delantero asturiano, quien así y todo cerraría el año con 20 goles y una Copa del Rey ganada al Sporting (3-1) con dos goles suyos.

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Aquellos jugadores, que era hijos, hermanos, primos, amigos de alguien a quien conocías, que eran tus paisanos y tus vecinos, que eran tú, habían hecho lo que nadie más había hecho; y encima iban a repetirlo.

La segunda Liga, el ribete de lo imposible, la ganó la Real Sociedad llegando desde atrás, remontando tras haberse desinflado a medias y verse relegados al tercer puesto. La terminó en San Mamés con medio título ya abrazado tras haberse puesto líder un partido antes. El Barcelona tenía que ganar al Betis en casa y esperar la derrota blanquiazul; no sucedieron ninguna de las dos cosas: 2-2 y 1-2 para la renovación impensable de un título que ya había sido milagroso.

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El bloque inalterable y al fondo gente como Larrañaga, Bakero o Beguiristain que iban a garantizar la vigencia del club.
Un Real Madrid gris, en transición, y un Barcelona dando bandazos deportivos entre plantillas de lujo abrieron la puerta a los aspirantes y estos lo aprovecharon con creces para imaginarse una hegemonía paralela.

El derecho de retención, el gran igualador del fútbol de los 70 y 80, garantizaba la fortaleza deportiva de clubes forjadores de talento, como la Real, aún a expensas de la libertad de estos mismos jugadores. Zamora estuvo en la Real entre el 74 y el 89; López Ufarte entre el 75 y el 87. Impensable hoy (y anteayer).

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El Athletic de Clemente tomó el relevo, imponiéndose por un solo punto al Real Madrid. La Real cayó a la mitad de la tabla, aunque llegó a su segunda semifinal copera consecutiva y, todavía más impresionante, a disputar la semifinal de la Copa de Europa contra el Hamburgo de Ernst Happel, entrenador austriaco que había convertido al Feyenoord en el primer equipo holandés campeón de Europa en 1970.

Marcado por las graves lesiones de Satrústegui y Zamora, el año de la Real se volcó en Europa. Eliminó en aquella competición que era directa y feroz al Víkingur noruego, al Celtic de Glasgow y al Sporting de Portugal. El Hamburgo, equipo feo, puro hueso, se había cruzado con el Dinamo Berlín, el Nëntori Tirana y el Dinamo Kiev.

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Un 1-1 y un 2-1 fueron suficientes contra la Real en un muy polémico partido de vuelta, con cambio de un linier por lesión (fue sustituido por un árbitro local al descanso) y decisiones que la afición vieja todavía recuerda con resquemor. El Hamburgo terminaría por ganar aquel título contra la Juventus.

Otro asalto al poder por parte de un equipo que, como la Real, vivía su edad de oro con tres Bundesligas, una Recopa y una UEFA y esta Copa de Europa cosechadas todas entre el 77 y el 83. Imágenes de otro recorrido posible para el fútbol, un regate a las grandes sagas, a los siempre poderosos; un ejemplo de ilusión para todos los equipos, porque hay más de esos que de los otros.

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La Real rozó otra Liga en un contexto aún más difícil y, de nuevo, solo dos puntos la separaron del título. En 2002-03 llegó a ir líder faltando solo dos jornadas. El pulso era contra un titán de peso histórico y millonario como el Real Madrid. El de Figo, Zidane, Ronaldo, Raúl, Roberto Carlos, Makelele…el de los galácticos y el primer florentinato, todavía el de Vicente Del Bosque.

La Real oponía una mayoría de jugadores de casa, liderados por Xabi Alonso y De Pedro en la temporada de su vida, potenciado por foráneos de rendimiento fabuloso como un retornado Karpin, y la pareja perfecta de delanteros Kovacevic/Nihat.

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Los entrenaba el francés Raynald Denoueix, tan sobrio y adusto como Ormaetxea y con largo recorrido en el Nantes, con los cuales había ganado la Copa en 1999 y la Ligue 1 en 2001. Aquel desafío fue épico porque aquel fútbol era un Everest para los equipos como la Real.

De nuevo aprovechó el caso del Barcelona de Gaspar y las veleidades de un Madrid más a lo divino que a lo humano para asomarse a lo imposible (junto a ellos el sólido Depor de aquellos años) y volcar de nuevo el fútbol hacia el Norte. Como en aquella liga del 79-80 faltó un poco, pero esta vez ya no había segundas oportunidades.

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Milinko Pantic: el auténtico mirlo blanco (y rojo)

«El mirlo es una ave paseriforme (Turdus merula) de unos 25 cm de longitud; los machos son de color negro con el pico amarillo; las hembras son pardas. Su canto es un silbido melodioso, pudiendo también imitar sonidos y breves melodías».

Entre ellos puede darse un alteración en la pigmentación que mezcla el plumaje negro y el blanco y, en ocasiones rarísimas, los presenta completamente blancos. De ahí la expresión “un mirlo blanco” referido a alguien que acumula tal cantidad de cualidades y es tan raro de ver como uno de estos pájaros. Yo, de hecho, solo he visto uno en toda mi vida: Milinko Pantic.

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A Pantic se lo inventó Radomir Antic cuando llegó a entrenar al Atlético de Madrid. Hasta entonces era un oscuro jugador yugoslavo formado en el Partizan de Belgrado de paseo por la liga griega de principios de los 90. Tenía veintinueve años, no lo conocía nadie, costó cuatro reales, jugó todos los partidos, marcó diez goles y ganó la Liga y la Copa en ese mismo año moviendo el mecano atlético con su pie derecho de cirujano. El mirlo blanco.

Pantic, fino 10, escuela yugoslava, poca pinta de futbolista, parecía jugar con las pulsaciones al mínimo pero era, en todos los sentidos, mucho más de lo que parecía. Hierático y preciso, la perfección de su golpeo convirtió al Atlético en un artista del balón parado donde cada córner y cada falta lateral entrañaban el mismo peligro que un mano a mano del delantero contra la soledad del portero. La grada se ponía bocabajo con aquellos centros y lanzamientos que se enroscaban, duros y secos, como no se habían visto ni defendido en España. Esto era en Madrid, en la temporada 1995-1996.

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10 años antes, en Belgrado.

Milinko Pantic, joven, con el pelo revuelto maradoniano, ligero como el pájaro que será, ficha por el Partizan de Belgrado, el equipo de la panyugoslavia, desde la liga juvenil, que disputaba como el FK Jedinstvo de Mali Zvornik. Había recibido llamadas de Hajduk e incluso del Estrella Roja, pero los Crno-beli eran el equipo de su vida. Era un mirlo blanquinegro. Tenía 19 y todo para triunfar en un fútbol donde, todavía, bastaba el talento. La dureza de la pretemporada de un equipo profesional le sorprende y su escaso físico se resiente al añadírsele el parón invernal y una segunda fase de preparación. Pantic era un 10 y lo tenía integrado hasta el tuétano. Y el 10 solo necesitaba balón, imaginación y un pie celestial. Pantic tenía dos de tres.

En el Partizan conoció a Radomir Antic. Defensa con ideas atacantes, había sido jugador del club durante casi toda la década de los 70, ganando la Liga del 76, para salir luego hacia Europa vía Turquía. Paró en España durante dos temporadas, en el Zaragoza que más tarde entrenó, y se retiró en el Luton Town en 1984. Un año después era el segundo entrenador, asistiendo a Nenad Bjeković, de un club de formidable potencial. Él recomendó el fichaje de Pantic.

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Desde primeros de los 80 se venía congregando una generación de jóvenes promesas que evocaban el fútbol alegre del gran Partizan de los 60 ganando una Liga en 1983, pero marcados por la muerte en accidente de coche de Dragan Mance en septiembre del 85. Mance, delantero purísimo, uno de los mayores talentos de la historia del país a a decir de quienes lo vieron y contaron era con veintidós años la estrella de momento. Si con él y con Zoran Dimitrijević, líder sobre el campo, fuera del equipo en el 85 y comenzando una cuesta abajo personal, el Partizan se renovaba con una nueva generación que le daría dos títulos más a finales de la década.

Pantic coincide con jugadores como Goran Stevanović, que jugará dos años en Osasuna, Vladimir Vermezović, con dos pasos mediocres por Sporting de Gijón y Salamanca, el delantero Zvonko Živković, Goran Bogdanović, que vestirá las camisetas de Mallorca y Español, que será su compañero de piso, mejor amigo y cuñado, el futuro capitán de Eslovenia, Darko Milanič, o el defensa Ljubomir Radanović. Juntos lograron los títulos consecutivos de 1985-86, donde Pantic aporta un par de goles postreros decisivos,  y de 1986-87, pero la Federación Yugoslava no fue de la misma opinión que el fútbol y los desposeyó de modo fulminante.

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Acusaciones de compra de partidos desembocaron en la repetición de la última fecha, donde el Partizan había arrollando por 4-0 al Željezničar desequilibrando así el golaveraje respecto al Estrella Roja en su favor. Varios equipos, entre ellos el Partizan, se negaron a volver a jugar así que a los partidos dados como perdidos se sumó una sanción de -6 puntos para el curso siguiente. Estrella Roja y Vardar figuraron brevemente como campeones hasta que a mediados de 1987 la mismísima Corte Constitucional anuló las sanciones. Los 4 goles y los -6 puntos regresaron, pero lo que nunca se pudo reparar fue la ausencia del Partizan en dos Copas de Europa consecutivas.

Las primera temporada es uno de los habituales, suele salir desde el banquillo y es capaz de desequilibrar partidos difíciles pero al año siguiente el Partizan firma a Milko Gjurovski desde el Estrella Roja y al veterano delantero kosovar Fadil Vokrri y Pantic empieza a perder sitio, a ser postergado en las rotaciones e incluso a jugar para los equipos inferiores. Resultaba que solo el talento no bastaba, hacía falta algo más. Además pierde a Antic, su mayor valedor, quien en el 1988 y tras solo un año como primer entrenador, ficha por el Zaragoza; entonces ya intentó llevarse a Pantic con él, pero el mirlo no puede salir del país todavía: no ha cumplido veintiocho años.

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Ya es 1991, el Partizan encarga otra hornada de jugadores donde está Predrag Mijatović, el Toro Spasic, el españolista Branko Brnović o el sensacional Slaviša Jokanović, todo ello bajo el manto de un Estrella Roja del genial Robert Prosinečki que será campeón de Europa en ese mismo año. Acaba por ser cedido al Olimpija Ljubljana, donde juega poco y se lesiona mucho. Perdió un año en el servicio militar y ahora ha perdido otro. Y los años no vuelven. Regresa a Belgrado pero allí ya no es futbolista sino solo un tipo que se pone una camiseta de rayas negras debajo de un chándal. En una entrevista de 2015 en el diario Danas, Pantic señala un breve paso por Turquía, pero en ningún lugar figura que equipo pudo haberlo probado. En cualquier caso, tampoco funciona. Del pozo lo sacará Moca Vukotić, un exentrenador y veterano del Partizan, como Radomir Antic, que como técnico había emigrado a Grecia; al Panionios. 

4 años antes, en Nueva Esmirna

Momčilo “Moca” Vukotić había sido un 10 liviano y talentoso, como Pantic, que había tenido una fructífera prorroga tras regresar del Girondins de Burdeos, levantando otro título con el Partizan en el 83. Su mejor época había tenido lugar durante la década anterior, con las Ligas del 76 y el 78 y su participación como único representante blanquinegro en la Eurocopa del 76, cuya fase final (con solo cuatro participantes: Yugoslavia, Checoslovaquia, campeona en la legendaria ronda de penaltis de Antonin Paneka, Holanda y Alemania Federal, la otra finalista) se jugó entre Zagreb y Belgrado. Tenía buen gusto y memoria y para el pequeño, confortable, Panionios, se acordó de Pantic, que en el fútbol griego del inicio de los 90 aún podía hacerse valer solo con el talento.

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En Panionios, un equipo de mitad de la tabla en una liga de mitad de la tabla en un suburbio de Atenas, pasó casi cuatro temporadas. Allí no había problemas para un jugador como él. Era un fútbol de retiro, de apartamento en la costa; un fútbol de vacaciones de verano todo el año. Pantic no tenía que hacer otra cosa que jugar. Nadie la pedía más que un algo bueno los domingos, algo que endulzase la semana. Jugó ligero, más que nunca como él mismo reconoce, mientras Yugoslavia comenzaba a caerse a pedazos.

La liga griega había pasado buenas temporadas con la competitividad entre Panathinaikos, que incluso había jugado una final de la Copa de Europa en el 71 contra el tremendo Ajax total y el Olimpiakos, pero desde mediados de los 80 había descendido su potencial y permitido que el AEK se colocase como alternativa. Un poco antes, incluso el PAOK Salónica  y el muy modesto AE Larisa habían rascado un par de Ligas en el 85 y el 88 respectivamente. Pero el Panionios tampoco aspiraba a eso. Está en problemas sociales y económicos y los estará durante buena parte de los 90. En el 92 se traslada desde Atenas a Nueva Esmirna y desciende de  categoría. Un equipo extraño, un histórico desplazado que se fundó en una ciudad que ya no pertenece a Grecia y que no lo olvida.

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Pantic llega junto a otro ex Partizan, Vermezović, quien ha rebotado desde España. Se quedará hasta el 95. En el 93 llega el trotamundos Nebojša Krupniković otro serbio, este ex-Estrella Roja. La del 91 es la última temporada de Thomas Mavros, un delantero formado en club que fue uno de los grandes atacantes griegos de los 80 y que ha regresado desde el AEK unos años antes, y una de las primeras de   Takis Fyssas, un defensor joven y duro que en el 98 ganará la segunda Copa de Grecia de la historia del club. Dos representantes de un club con tradición en la formación de futbolistas. Ese primer año el equipo desciende a segunda, pero asciende a la siguiente y se estabiliza cosido a los goles de Pantic y su juego veloz. Desde entonces transita la liga griega siendo el mejor jugador del campeonato sin esfuerzo.

Parte desde el interior derecho hacia el centro e invade el área a toda velocidad imponiendo un dribling demoledor y un toque sublime. Se parece un poco a Bochini y otro poco a Iniesta pero juega perdido en el mundo, sin mayores ambiciones. El Olimpiakos lo ronda varías veces pero nada se concreta. Pantic tampoco hace el esfuerzo. No se muestra fuera, no busca, está cómodo y es feliz porque cada partido juega y cada partido es el mejor.

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Después de la 94-95, donde anotó 17 goles y regaló más de 20, llegó la llamada. Radomir Antic quemaba entonces sus últimos fuegos en un Real Oviedo al cual había llevado a tres exyugoslavos, Jokanović, el fino líbero Nikola Jerkan y un Prosinečki sombra de la sombra de sí mismo. Con la oferta del Atlético de Madrid delante y el extraño fichaje de ruso Viktor Onopko de por medio (mientras el Oviedo pujaba por firmarlo, Antic torpedeaba con la idea de llevárselo al Atlético), retomó el contacto con su viejo pupilo.

Después de unos años sin contacto, Antic llama a Pantic a Nueva Esmirna, le dice que cómo se encuentra, que qué tal está jugando y que le mande unos vídeos porque si todo sale bien puede acabar en España. A Pantic le tiemblan las piernas.

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Va a cumplir veintinueve años, es el segundo en el club tras el presidente que le ha ofrecido renovar y el futuro entrenador, el legendario jugador y míster del Steaua de Bucarest Emeric Jenei, ganador de la Copa de Europa del 86, ya ha hablado con él. Y se está cómodo en Grecia; y no hay presión en Panionios; pero se es menos futbolista aquí; pero lo otro es España; y tienes veintinueve años; y esta va a ser la última. Pantic le pide a un amigo periodista que le haga unos vídeos y se los envía a Radomir Antic por correo. Otra llamada: “-No firmes nada. Voy a entrenar al Atlético de Madrid”.

Ahora, Madrid

Problemas. Jesús Gil, volcán humano, cacique rojiblanco, no quiere saber de ti porque no sabe quién eres. Antic te pelea, pero el Atlético es un crematorio de entrenadores. Entonces era raro salir de la liga griega. Ni los ojeadores buscaban, ni los jugadores querían salir. Un año después será Vasilis Tsartas, finísimo interior zurdo del AEK quien emigrará a Sevilla y, muy poco a poco, Grecia se convertirá en mercado. De momento, 60 millones de pesetas sirven. Los preparadores físicos del Atlético se quedan de piedra cuando te ven. No se creen que seas un futbolista profesional. Pero eso a Antic le da igual; él no quiere tus piernas, quiere tu cerebro y ese pié derecho de asesino a distancia. Te ha propuesto un pacto fáustico y tú lo has aceptado: dame diez años en sólo uno.

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En el primer partido de liga que juegas le marcas un gol de falta a la Real Sociedad. Igualas un 0-1 y el partido termina 4-1. Hola España, soy Milinko Pantic y voy a sembrar el terror. El que sabe centrarla en segunda sabe en primera, el que sabe tirar faltas en Grecia, sabe en España. Tú sabes todo eso y encima tienes un fútbol secreto que pensaste que no ibas a poder jugar nunca. Estas compitiendo y todo es distinto. Tienes alrededor un equipo joven que te mira todo el tiempo, tienes un entrenador que cree en ti y te mira todo el tiempo y dentro de poco vas a tener una grada que te adorará y mirará todo el tiempo. El Atlético va a pasar de jugar por mantenerse a jugar por todo. Te vas a quemar, pero va a merecer la pena.

A Radomir Antic lo habían fulminado del Real Madrid en la 91-92 cuando tenía al equipo cómodamente líder. No gustaba, no jugaba de acuerdo a los estándares blancos. Fue sustituido por un retornado Leo Beenhakker, el entrenador del Madrid de la Quinta y terminó perdiendo el título contra el Barcelona de Cruyff en la primera liga de Tenerife. A Radomir aquello se le quedó dentro. En el Atlético ve lo que nadie más ve. Lo mismo que en ti: una oportunidad. Así que recoge los restos del último desastre de Gil, el que empezó en Pacho Maturana y terminó Sánchez Aguiar con estaciones intermedias en D’Alessandro y el Coco Basile. Cuatro entrenadores estaban en la media del Gilato tras la última época de Luis Aragonés, la de la Copa del Rey contra el Real Madrid del 92. En total 13 (D’Alessandro dos veces) habían precedido a Radomir Antic, quien aguantará tres seguidas antes del regreso a la vorágine y a Luis.

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Del equipo que se armó para Maturana reciclará a Geli, un lateral largo y abnegado que había pasado por el Barça B y 3ª, los jugadores de casa López, Solozábal, olímpicos en el Oro del 92 y Toni, defensas los tres, el veterano Vizcaíno a quien Antic había tenido ya en Zaragoza y por quien Pantic sentirá devoción debido al tremendo trabajo de este como guardaespaldas profesional y valiente llegador, Simeone, un volante argentino feroz que había pasado por el Pisa y forjado en el Sevilla entre Bilardo y Luis, Kiko, delantero indefinido del loco Cádiz de las salvaciones en el último partido y Caminero, un descubrimiento de Maturana en el Valladolid, de posición indefinida sobre el campo, que venía de un Mundial tremendo en Estados Unidos y a quien Antic convertirá en el corazón del equipo.

El dinero para fichajes es escaso, así que Antic se queda sin Onopko, que se va al Oviedo y sin Jokanovic, a quien pretendía traer desde ese mismo equipo y que termina en el Tenerife de Jupp Heynckes, que será una de las revelaciones de la Liga, quintos por encima del Real Madrid, con un Pizzi  marcando 31 goles para ser Bota de Oro. Pantic, exiliado en Grecia, olvidado por el fútbol, entra en el patrón de los fichajes que Antic ingenia. Al Espanyol le escamotea a Roberto, otro medio llegador, del Albacete salvado en la promoción de la Segunda no logra traerse a Morientes que prefiere al Zaragoza, pero rescata a un joven central con buen píe, Santi, y a un portero gélido y todavía con mejor pie: Molina.

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Grande como Iribar pero con un manejo de balón como Van der Saar parece al tiempo el último de los porteros antiguos y el primero de los modernos. En el Atlético ejerce tanto de líbero como de guardameta y la defensa adelantada hasta casi la línea de centrocampistas no se entiende sin su tranquilidad. Es la base del sistema de Antic para el Atlético. El primer pase, el primer achique.

Con Kiko hace algo similar. De vivir en la oscuridad desde su llegada, pasa a transmutar en una suerte de organizador que juega de 9. Su prodigioso juego de espaldas y la dulzura de su último paso y su juego en corto son claves en el demoledor despliegue de llegadores del Atlético, donde las aportaciones goleadoras ya no se concentran en uno o dos jugadores, sino que son la suma de hasta una docena de futbolistas a los cual Antic hace ocupar distintas demarcaciones. Perfecto ejemplo es Juanma López, uno de los ídolos de la grada, a quien Antic usa indistintamente como lateral, central e incluso interior ocasional.

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Lubo Penev será el complemento de Kiko. Un panzer clásico de carácter endiablado que había salido libre de Valencia tras un cáncer de tésticulos que le había impedido jugar el Mundial del 94 y pelearse con Paco Roig, otro de los infames presidentes del fútbol español de la época a quien en un partido copero del 96 pondría la cara de luto. Era un fichaje de riesgo pero, de nuevo, Antic ponía la confianza como garantía. 19 goles. Como refresco, Leo Biagini, promesa del Newell’s que sería espléndido jugador número 12.

El Real Madrid y el Barcelona andan en periodos melancólicos y esa conjunción astral no se puede desperdiciar. A Valdano lo sucede Del Bosque y a este Arsenio Iglesias, que nunca debió aceptar. Entre guerras intestinas, jugadores de vuelta y jugadores que se van a marchar el Real Madrid se desangra en blanco. En el Barcelona, Cruyff anda melancólico armando su siguiente equipo. Él nunca ha tenido prisa y siempre le ha gustado dar vueltas y probar de todo, pero el palco no es de la misma opinión y lo terminará fulminando con quinta del Mini incluida. Jugadores que ya ha firmado como Figo, Popescu y Abelardo, o apalabrado como Luis Enrique, serán básicos en los siguientes tres años de triunfos. Ahora parecen solo un boceto pero no se apean del segundo puesto hasta casi el final, cuando el Valencia se les tiré a la yugular.

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El Espanyol va a dar guerra también durante un buen trecho del Campeonato con sus puntas venenosos, Lardín y Benitez, escoltando el cuerpo de boxeador de Urzaiz y su defensa elegante. Es un equipo ágil y alegre, que se estira fácil y toca rápido. Los ganáis las dos veces. Pero eso es luego, ahora el peligro es el Valencia. El Valencia de Luis y Mijatovic, otro Grobari. Es uno de los equipos asesinos clásicos de Luis; un animal de contragolpe sostenido por la parsimonia de Mazinho en el medio y acabado por un Mijatovic que ataca desde lejos, a la carrera y el espacio. Luis mezcla perros viejos como Zubizarreta, Patxi Ferreira, Camarasa o el estupendo Fernando que termina con 10 goles desde la segunda línea, con jóvenes como el dinámico José Ignacio que se ha traído del Logroñés, Romero, un lateral larguísimo que hará fortuna en el Deportivo o el multiusos Gaizka Mendieta, todavía lejos de su eclosión como jugador superlativo.

Y además la carrera va a ser larga, con fechas extras por el disparate de los 22 equipos que este año comienza. Pierdes los dos derbis contra el Real Madrid y en el fondo de la boca se te queda un amargor indefinible que ni el vapulear 3-1 y 1-3 te lo va a quitar. El Barça se te da bien y en la Copa se te dará mejor. En la semifinales vais a dejar al Valencia a un palmo con una ida apoteósica que se cerrará 3-5, donde Penev fallará un penalti, empezaréis perdiendo 2-0 y donde tú marcarás 2 goles para empatar, el segundo una falta que deja tú nombre escrito en la escuadra; y en la final, en la agonía de una prórroga que nunca habías jugado en toda tu carrera, Geli correrá y centrará como extremo desesperado y tú, Milinko Pantic, que tampoco has metido un gol de cabeza en tu vida, aparecerás entre dos defensas para levantar la Copa con la mismísima frente.

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Jugáis con confianza, con un sistema dúctil e ingenioso que saca partido de todo lo que tenéis. Jugadores valientes, gente sacrificada y dos o tres talentos de los verdad. Antic ha parido toda una serie de jugadas de estrategia que aniquilan a un equipo tras otro y tú estás en todas ellas. Nadie sabe cómo pararos porque no se puede. Los defensas tiemblan y los porteros sudan cuando la pelota se queda quieta y mandas tú porque saben que ella hace todo lo que le dices.

En la Liga cogéis el primer puesto en la segunda jornada y solo resbaláis dos veces para cedérselo al Espanyol primero y al Barça después. El Valencia, agazapado viene de lejos. Ellos y el Sevilla se os atragantan, como si Luis fuese en contraceptivo de vuestra defensa en el centro del campo. Feo y crudo, el Sevilla vive de los restos de la última estancia de Luis Aragonés, que los dejó en UEFA. Conservan los dientes en la defensa y a Suker, a quien se la cae la clase por todos lados, en la delantera. Con eso basta para rascaros un empate y ganaros casi al final de la segunda vuelta.

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Descabalgáis al Barcelona en el Camp Nou, en el partido de Caminero de todos los tiempos, ese donde pone a Nadal al borde del hospital con una finta y prácticamente firmáis el despido de Cruyff, a quien Rexach sustituye faltando dos jornadas; pero el Valencia os sacude en el Calderón la fecha siguiente con un 2-3 que no os esperáis con solo cuatro partidos por delante. Solo cedéis un empate contra el Tenerife. Los dos puntos de ventaja sirven. Ganáis al Albacete. Sello a la Liga en casa. Diez años en uno solo. Cumples. Liga, Copa, goles y fútbol.

Madrid, un año (y otro) después.

Las dos siguientes temporadas serán muy distintas. El ritmo del dinero de los grandes le pasa al Atlético artesanal por encima. La Champions de la 96-97 es un cementerio de piernas e ilusiones y la 97-98 la antesala del delirio. En dos años el equipo queda desfigurado. El emergente Deportivo de la Coruña, que en breve encontrará un orden en Irureta, y el Betis de Serra Ferrer primero y el estupendo Athletic de Bilbao de Luis Fernández y la Real de Bern Krauss después, empujan al Atlético hacia abajo en la clasificación. Al Real Madrid, las ideas claras le duran un año, pero es un año tiránico donde con un fútbol marcial y casi 60 goles entre sus tres atacantes, Raúl, Mijatovic fichado entre polémica del Valencia y Suker, se pega hasta más allá de los 90 puntos contra Ronaldo vestido con la camiseta del Barcelona.

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A unos los entrena el sargento con más hierro del mercado, Fabio Capello, quien en el 94 había triturado en Atenas el sueño cruyffista. Al Barcelona un inglés, viejo y entrañable, que simula no enterarse de nada pero es un auténtico zorro con una plantilla criminal a su disposición y un fenómeno. El suelo tiembla cuando corre y el fútbol no será lo mismo después suyo. El gol como línea recta. George Weah, elegante y potente, había anunciado el cambio en la guardia de los delanteros, pero Ronaldo fue un salto evolutivo: amenazaba desde cualquier lugar del campo, atropellaba, fintaba, paraba y arrancaba, pisaba y definía; 70 metros o una baldosa para él, lo mismo.

El Barcelona está todavía por definir. Entre jugadores que llegan y jugadores que se van, entre los que se adaptan y los que no se adaptarán y con Robson, que no tiene nada que ver con la escuela holandesa. Pero el cimiento es bueno y cuando Louis Van Gaal, ortodoxia holandesa, lo recoja y añada el aglutínate que se trae del Ajax añadirá dos Ligas y una Copa a la Copa y Recopa de Ronaldo, quien vuela hacía el Inter y hacía un martirio de rodillas rotas. El Atlético no tendrá nada que hacer, ni siquiera cuando tras la fuga de Capello, de vuelta al Milán en rojo y negro, el Real Madrid indescifrable se descalabre en la Liga al tiempo que gana su séptima Copa de Europa con su nuevo entrenador, Jupp Heynckes, in articulo mortis.

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Pantic, que si nunca había disputado una prórroga menos había tenido que competir en tres frentes simultáneos, sufre. Le quedan los restos, la cabeza y la mira telescópica pero se pierde demasiados partidos y es sustituido en prácticamente la mitad de los que juega. Al año siguiente apenas será ya titular.

Penev había salido rumbo a Compostela para completar el tránsito por las presidencias demenciales con José María Caneda en un equipo muy bien dirigido por Fernando Vázquez que se movía al ritmo de Fabiano, un interior brasileño exquisito que encontró en aquella singularidad de mediados de los 90 su perfecto ecosistema. Para sustituir al búlgaro, Antic se fijó en el banquillo del Real Madrid, en Juan Eduardo Esnaider; un argentino con cara de galán de cine y ojos de asesino por contrato.

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De carácter endiablado, duró otra temporada saldada con una monumental broca tras ser cambiado en la vuelta de los cuartos de Champions contra el Ajax. En la 97-98, otro delantero de un solo años y otro temperamento inescrutable: Christian Vieri. Ajeno a todo, firma 24 goles en 24 partidos, alguno como aquel desde la línea de fondo contra el PAOK en la UEFA antológicos.

Antic sigue buscando su siguiente mirlo blanco. Se trae a Prodan, un fino defensa rumano titular en la fantástica selección del Mundial USA y a Radek Bejbl, el pulmón de otra selección, la de la República Checa que se presenta finalista en la Euro de Inglaterra del 96, donde cae frente a Alemania con un gol de Oro de Oliver Bierhoff. Pavel Nedvěd, el auténtico crack de aquel equipo, se va al Lazio desde el Sparta de Praga, un estupendo equipo bicampeón donde formaba junto a Jan Koller.

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Mejores elecciones ambos. Bejbl posterga a Vizcaíno y el Atlético se destensa. La delantera, Caminero incluido, produce goles a igual o mejor ritmo, pero a Simeone y a Pantic les cuesta más llegar. El equipo se ha alargado. Solozábal, la cabeza fría de la defensa tiene problemas y no logra continuidad. En la 97-98 saldrá camino del Betis de Luis y lo sustituirá Andrei, un central brasileño rígido y durísimo. Otro año y al Betis de Lopera, que lo cede, vende y revende a Brasil en una sería de operaciones rocambolescas.

El Atlético vuelve a quemar. Pantic se descontextualiza y la idea del juego colectivo se diluye. Las competiciones de eliminatoria son el enganche para la temporada 96-97, pero las dos, la Copa y esa Champions que tanto desgasta, que tanto distrae, se derrumba a la misma altura: cuartos de final. Las dos son eliminatorias memorables, regresos al malditismo Atlético, a esa mítica del perdedor tan peligrosa, tan embaucadora. Pantic hace sendas competiciones sensacionales, exprimiendo lo que le queda en partidos urgentes, a corto plazo.

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El Atlético viaja al Camp Nou con un 2-2, necesitado de vértigo y goles. En Liga ya han quedado 3-3 y 2-5, ampliando así el ciclo de enfrentamientos deslumbrantes de estos años. Con Van Gaal en el estadio, observando tanto a su siguiente rival como a su próximo equipo, se orquesta la tragedia que es parte de la historia del Atlético. Pantic marca cuatro goles como cuatro brindis al sol frente a los 5 del Barcelona que juega poco pero corre en tromba. 0-3 llegó a estar el marcador cuando el Atlético se convirtió 45 minutos en el del curso anterior. Luego, regresó al fatalismo.

Algo similar sucedió en el Calderón contra el Ajax. Otro jugar como ayer para perder como hoy. Otra vez Pantic en la impotencia. El Ajax había sido el mejor equipo de Europa en el cambio de quinquenio. Le había ganado una Copa de Europa al Milan y había perdido otra contra la Juventus en los penaltis (este año la Juve los iba a eliminar en semis) funcionando como un perfecto ensamblaje de pequeñas piezas fabricadas de encargo que Van Gaal iba sustituyendo hasta que los equipos italianos y españoles los desmontaron al completo.

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El de la 96-97 era todavía de buena fabricación, pero lejos de la precisión maníaca de los dos años anteriores, incluida una presentación en el Bernabéu donde el 0-2 no representa la perfección y superioridad del juego. Con un 1-1 en Holanda, la oportunidad era buena. Con 1-0 en casa, mejor. De Boer respondió a Kiko y todo quedó para la prórroga. Dani, un portugués con aspecto de modelo y fama desproporcionada marcó un gol para la posteridad de los que obliga a dos para ganar. Pantic, otra vez, empujó con el empate pero ya en la muerte del partido, Babangida, uno de aquellos nigerianos de la estupenda selección Olímpica del 96, terminó con todo.

Aquel gol fue como si taparan la grieta que al Atlético había conseguido hacer en la realidad del fútbol español. Su pequeño espacio, empastado durante un par de años volvió a ser levantado por el Deportivo y el Valencia a principios de los 2000, antes del apabullante ciclo barcelonista, que ha convertido incluso los títulos del Real Madrid en excepciones. El Atlético, ahora con Simeone como entrenador, revalidando identidades y desterrando fatalismos, volverá a ganar la Liga. Habían pasado diez años de su anterior título; pasarían 18 y una 2ª División para el siguiente. Las derrotas de la 96-96 también significaron retomar la locura.

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Gil decidió gastar (lo que no tenía) y además fichar a Vieri desde la Juve subcampeona de Europa contra el Borussia Dortmund, y traerse a Andrei de Brasil, se hace con Lardín y dilapida unos cuantos millones en Juninho, un vertiginoso mediapunta brasileño que juega en el Middlesbrough a quien Michel Salgado dejará tieso con una entrada de cárcel durante un partido contra el Celta. Para traerlos se vende a Solozábal y a Simeone, quien en mitad de un ambiente enrarecido por la prensa encanallada (o por cruces sentimentales) se va al Inter y luego al Lazio, donde ganará otra Liga histórica.

El excelente rendimiento de Juninho hasta que Salgado le rompió la pierna y su propio desgaste llevan a Pantic al banquillo. Ocho partidos como titular y solo 3 goles. Todo se acaba, pero este equipo se ha acabado demasiado rápido. El Atlético cae muy pronto en la Copa contra el Zaragoza, pero está vadeando la Liga con dignidad (solo se descolgará en la últimas fechas) y realizando una UEFA de mérito que le lleva hasta una semifinal contra el Lazio que dirige  Sven-Göran Eriksson y donde junto a Nedvěd o Nesta juegan un par de yugoslavos de la diáspora: el serbio Vladimir Jugović, que al año siguiente pasará por el Atlético camino del Inter y el croata Alen Bokšić, un delantero técnico de hielo. Con la vuelta en Roma y un 0-1 en contra, Gil suelta a la bestia y firma a Arrigo Sacchi con Antic todavía en el puesto.

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La prensa lo destapa, el presidente se enzarza, Antic resopla y el Atlético es eliminado con un italianísimo 0-0. Como remate tragicómico, Radomir regresará al final de la campaña siguiente, echado ya un Sacchi, quien a todas luces había caducado como entrenador, para volver a perder las semis de la UEFA contra otro equipo italiano con dinero a espuertas, el Parma de Dino Baggio, Stanic, Asprilla o Verón o Crespo, que culminaría como campeón. Otra historia. Pantic estaba entonces en Francia, pensándoselo.

 Entre Le Havre y Nueva Smirna, tres años (y pico) después.

Pantic está acabado. O más bien tiene esa conciencia del futbolista que se sabe acabado pero su orgullo no le permite aceptarlo. El Racing de Santander lo ofrece un contrato sólido, incluso mejor pagado que el del Atleti, donde nunca estuvo entre las fichas altas. Dos años más tarde, el Racing descendía a 2ª. Su esposa quería quedarse en España, pero el jugador había arraigado en el Atlético de Madrid de otra manera. Siempre blanquinegro, se había vuelto rojiblanco. La deuda con el club, un profundo sentido de agradecimiento, le impedía ponerse otra camiseta en España. En Grecia ya le había sucedido lo mismo y cuando regrese, de hecho, lo hará al Panionios.

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Es Milan Calasán, otro viejo amigo de la exYugoslavia quien le ofrece una alternativa. Calasán, futbolista en los 70 y 80, había pasado por el Olimpija Ljubljana y el Dinamo Zagreb primero para hacer luego carrera en la liga francesa. Después de retirarse se convirtió en agente, trabajando en especial con jugadores balcánicos (él colocó a Nikola Žigić en el Racing de Santander en 2006) y fue el primer representante que Pantic tuvo en su carrera a la edad de 33 años. Los contactos en Francia de Calasán facilitan el pase al Le Havre, un equipo histórico pero menor cuyas modestas ambiciones parecen ir en consonancia con la fase crepuscular de la carrera de Pantic. Deja 200 millones de pesetas en el Atlético de Madrid; mucho más de lo que costó, mucho menos de lo que llegó a valer.

El curso anterior habían quedado décimos, su mejor clasificación en años, bajo la dirección de Denis Troch, quien había sido mano derecha de Artur Jorge durante su época en el PSG. Artur Jorge, uno de los mejores entrenadores de la segunda mitad de los 80 y primera de los 90, había hecho Campeón de Europa al Oporto en el 86 y a principios de la década siguiente, apoyado en futbolistas como Raí, Weah o David Ginola, convirtió al PSG en uno de los equipos de moda.

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Pero cuando llegó Pantic, Troch ya no estaba. Tampoco la estrella del equipo, cuyo vacío debía de llenar. Vikash Dhorasoo es de origen indio, fruto de una peculiar mezcla de etnias milenarias, pero nació en Le Havre y se formó en el club. Interior hábil y laborioso fue clave en la progresión del equipo y en 1998 acaba de ser vendido a un Olympique Lyonnais que comienza a conformar el proyecto que tiranizará la liga francesa siete temporadas seguidas desde 2001.

La afición no entiende como se puede cambiar a un futbolista emergente por uno en retirada y además pocos son los que saben de Pantic, todavía a día de hoy un jugador semidesconocido en la propia Serbia. En Le Havre coincide con un par de delanteros miembros de la diáspora, el montenegrino Miladin Bečanović y el joven (veinte años) bosnio Adnan Čustović, quien acabará por jugar bastante en Bélgica. En defensa una exportación griega, el notable Marinos Ouzounidis; un central del Panathinaikos contra quien Pantic había jugado en su día y que formaba en el equipo que jugó las semifinales de la Champions contra e Ajax en la 95-96.

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Pantic firma por tres años. Después de la primera temporada, se marcha. El equipo desciende al curso siguiente. Está frío en Le Havre. Llueve y hay cemento y barcos y reconversión. Vuelta al refugio de Nueva Esmirna, al fútbol de vacaciones y apartamento de verano.

La liga griega que reencuentra es muy diferente. También el Panionios. Grecia se ha convertido poco a poco en una competición trampolín. Los equipos participan y compiten en Europa con asiduidad y los clubes miran y buscan constantemente. La competición se ha endurecido porque los jugadores saben que los transfers se mueven constantemente. En cuanto años, la selección griega le pegara una sacudida a la foto del fútbol, arrugará la realidad con su fútbol feo y honrado y levantará la Eurocopa de Portugal. Once de los campeones juegan fuera de Grecia, entre ellos Fyssas, por entonces en el Benfica. En el 98 el Panionios había ganado la Copa y en el 99 pisado los cuartos de final de la Recopa, donde fue tumbado por el Lazio, a su vez ganador del título frente al Mallorca de Héctor Cúper.

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De repente todo se mueve demasiado rápido para el viejo Pantic, y el talento ya no es suficiente ni en Grecia. Nadie la espera en Panionios para que se pasee. El equipo está de nuevo en problemas económicos y hace falta sostenerse en el campo. Llegan fichajes. Montones. Jugadores de todas las nacionalidades intercambiados por otros iguales a ellos al año siguiente. Es el mundo después de Bosman. Brasileños, ucranianos, serbios, galeses, alemanes…restos de serie, descartes, recortes. Entre ellos un par de antiguas promesas españolas, Maqueda, que salió de la cantera del Madrid para diluirse y Thomas Christiansen, un delantero medio danés martirizado por las lesiones que cuando nadie se lo espera ya va a tener dos temporadas formidables en el VfL Bochum llegando a ser máximo goleador de la Bundesliga.

Los entrenadores se suceden a velocidad vertiginosa. Entre el 99 y el 2001 ves pasar no menos de media docena. Ya no disfrutas, ya no veraneas. Te piden que juegues de mediocentro y te niegas: “O 10 o nada”. Será nada. Pero hoy, cuentas, te arrepientes y piensas que esa podía haber sido una solución para ti. No en el Panonios, no, sino mucho antes. Usar la cabeza, usar el pie telescópico, usar el centro del campo y sus recursos. Pirlo lo hizo y tú bien pudiste haberlo hecho antes. Otra historia, otra vida.

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Lauridsen, Clemente y la UEFA de Leverkusen: el Español de los 80

El talento está siempre bajo sospecha, que decía el gran Andrés Montes. Bajo sospecha de vagancia, de exceso de poesía y defecto de sudoración. A los que juegan sin parecer que les cuesta se les mira raro, como si esa naturalidad ocultase la desidia. John Lauridsen, que jugaba erguido, con la cabeza levantada y parecía deslizarse sobre el campo le pasó.

No tuvo suerte con los entrenadores pero si la tuvo con el equipo. Estuvo en el Español en el momento adecuado para escribir un poco de historia en sus seis temporadas, antes de marcharse al Málaga otras dos y después de llegar, anécdota rocambolesca mediante, desde el Esbjerg, dominador equipo danés de principios de los 80. Con el Español fue tercero en liga, en la temporada 86-87 y llegó a la final de la UEFA del curso siguiente.

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En el Español, también, sufrió dos entrenadores, Maguregui y Clemente, de esos que separan los jugadores en leñadores y bailarinas (esto lo decía Ramón Trecet) prefiriendo siempre a los primeros. Lo que pasa es que Lauridsen no era ni lo uno ni lo otro.

A Sarriá llegó, decía, un tanto de rebote cuando estaba a un ferry de firmar por el entonces triunfal Ipswich Town de Bobby Robson (curiosamente el equipo más admirado por Javier Clemente durante su formación como entrenador al punto de trabajar unos meses con Robson como invitado) y tras haber negociado con el Sevilla. Cuenta la leyenda, que en el fútbol es tanto como verdad revelada, que una tormenta de nieve retuvo al futbolista y su representante, el belga Fernando Goywaerts que había jugado en Real Madrid y Barcelona, le hizo llegar una oferta de incorporación inmediata al Español.

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Lauridsen aterriza en un equipo agriado por la abierta hostilidad entre Maguregui y Canito, la estrella retornada desde el Barcelona, el futbolista genial. Canito sale del club camino del Betis a final de esa misma temporada. Maguregui, excelso mediocampista del Athletic y hombre repleto de demonios, lo hace a la siguiente.

Esta es la protohistoria, los cimientos en bruto de lo que será un equipo vasco trasplantado a Cataluña. Lauridsen comenzaría pronto a volverse importante, unido a otro pilar: el carismático portero camerunés N’Kono.

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Son años de ni bien ni mal, de mitad de la tabla, de ligas apacibles donde a una entrenador yugoslavo, Pavic, que solo dura un año le sucede la paz de espíritu de Xavier Azkargorta y su bigote de profesor bueno. Formado en la Real y debutante en el Athletic, Azkargorta parece a veces la contrafigura de Javier Clemente. Como él una lesión lo retiró del juego prematuramente y como él se convirtió en entrenador casi sin dejar de ser futbolista.

A los veintinueve años Azkargorta se sentaba en el banquillo del Español. Pero al contrario de Clemente, mercurial y volcánico, astuto e intuitivo, Azkargorta es un hombre tranquilo, con gusto por lo didáctico y el entendimiento del juego. Su Español transita las temporadas sin sobresaltos, es un buen equipo al que le falta algo: la electricidad competitiva, la creencia fanática en uno mismo que fue la especialidad de Clemente.

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John Lauridsen sin duda vivió con Azkargorta mejor que con nadie. Era el centro ofensivo del equipo. Una estrella sin arrogancia qué lideró una racha de diez fechas invictos, incluida la victoria por 1-0 frente al Barcelona. Discreto y sobrio, Lauridsen era un poco el Laudrup del pobre, del contrapoder… o mejor de la Resistencia, porque ser del Español en Barcelona es resistir.

Lo que pasa es que por entonces Michael Laudrup de quien fue compañero en aquella Dinamarca que parecía una Holanda en miniatura y que nunca dio lo que prometía, andaba penando por Italia, inadvertido de que Johan Cruyff lo iba a rescatar para convertirlo en mito.

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Fino y elegante, era un centrocampista liviano y llegador, bajo sospecha de vago ya digo, que cayó en desgracia en cuando Clemente tomó posesión del cargo. El viaje de la titularidad al banquillo fue inmediato, pero a diferencia de la guerra entre Canito y Maguregui donde la grada tomó partido por el jugador, aquí el excepcional rendimiento del conjunto apagó cualquier reclamación. Tampoco, claro, Lauridsen se comportó como una vedette.

Clemente, en parte, todavía sangraba por la herida de Sarabia que había gangrenado en un enfrentamiento, de nuevo fratricida, en la afición del Athletic y en un desafío a la presidencia del club saldado con su fulminante salida del mismo. Reconstruir su Athletic emboscado bajo la camiseta del Español se convirtió en cruzada.

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Sus dos impresionante temporadas al frente del equipo fueron el mensaje de lo que en Bilbao se habían perdido y su propia reafirmación como técnico, capaz de sacar lo máximo de cuales fueren sus recursos. Y allí Lauridsen, humilde y elegante, querido y admirado, empezó pintando poco y terminó pintando nada; seguramente sin entender del todo que había hecho para contrariar a Clemente.

De Azkargorta hereda un equipo cohesionado, de largo recorrido, y le inyecta la doctrina de presión, ferocidad y un punto de crudeza que le había hecho bicampeón de Liga. A la primera, como sucediese también en el Athtletic, el Español da un salto estratosférico en la clasificación y en la ambiciones quedando terceros tras Barcelona y el campeón Real Madrid en un año que combinó la solidez defensiva con la brillante aportación goleadora de Pichi Alonso (17) y el francoespañol Michel Pineda (13) o el juego vivaz y vertical de Miker Soler u Valverde o el empuje incansable de Orejuela en el centro del campo.

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Orejuela, abnegado y muscular era el epítome del futbolista clementiano frente a la delicadeza del Lauridsen, sin darse cuenta el entrenador de las ventajas de combinar ambos perfiles. En cierto modo esa obstinación de Clemente será clave en la segunda temporada en el club, legendaria y triste por igual.

Por un lado la temporada doméstica es decepcionante, con el equipo naufragando en los puestos bajos de la tabla debido, en gran medida, al esfuerzo concentrado en la Copa de la UEFA pero también por un Clemnte que negaba sistemáticamente el ascendente de un futbolista, Lauridsen, que había sido central en la estabilidad del Español previo a su llegada.

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La UEFA de la 87-88 fue el momentum de aquel Español de Clemente, su asalto a la historia con mayúsculas. Borussia Mönchengladbach y el Milán de Sacchi en estado de formación fueron los dos rivales de inicio. Este último, antes de reunir a los tres holandeses había salvado un ultimátum frente al Sporting de Gijón que bien pudo cambiar la evolución del fútbol: Sacchi hubiese sido cesado de perder aquella primera eliminatoria.

La UEFA era por aquel entonces una competición brutal, con los mejores equipo continentales en eliminatoria directa, países y competiciones en sus mejores momentos, el potente fútbol belga por ejemplo, y escaso espacio para los aspirantes sorpresa. El Español, por tanto, lo tenía todo en contra. El Inter fue el siguiente en una ronda apretadísima (1-1 y 0-1) donde la fortaleza de Sarriá, se dice que Clemente embarraba el césped y acortaba las dimensiones para perturbar a los visitantes, se imponía como templo de un fútbol más honesto, más justo y más verdadero.

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Tras vérselas con el TJ Vítkovice en octavos, ejemplo de la pujanza del fútbol tras el telón de acero de los 80, llegó el momento de los mitos en una semis apoteósicas frente al Brujas.  El equipo, que había sido toda la competición como una cadena de eslabones irrompibles, una malla impenetrable de solidaridad y sudor se descompuso en Bélgica, mareados tal vez por las alturas de la competición el que bien pudo ser un presagio fatalista de la final que les esperaba.

Antes una llamada a la leyenda: muertos y vaciados, igualando en los 90 con goles de Orejuela y Losada, el Español se negó a caer y Pichi Alonso, cuando la prórroga le decía hola a los penalties mandó al equipo a la Final.

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Lauridsen jugó buena parte de aquel partido, como lo haría en la gloriosa ida de la Final contra el Bayern Leverkusen de la cual Soler y Valverde salieron internacionales. 3-0 y Sarriá vibraba en Campeón contra pronóstico.  Pero Lauridsen vio la vuelta desde el banquillo, Clemente, con el equipo disolviéndose en el pánico no le permitió ayudar… el Bayern Leverkusen levantando un tres a cero imposible y Lauridsen en el banquillo.

Al contrario, Clemente había ido sentando a sus jugadores de más calidad para intentar tapar los agujeros y achicar agua. Pero esa no era la cuestión, defender aquello solo causaba más pánico. El penalti pateado a la grada por un Losada rígido y pálido fue un resumen de todo lo anterior.

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En la historia a veces también se entra perdiendo, pero sin duda es mejor hacerlo ganando. En la temporada 2006-2007 el Español volvió a jugar una final de la UEFA, esta vez contra el Sevilla, y a perderla por penaltis. El entrenador era Ernesto Valverde.

Epílogo: Lauridsen jugó su último partido con el Espanyol como titular esa misma temporada, frente al Sabadell marcando un gol. De recambio habitual pasó a ocasional y de ahí a residual. Clemente pareció obsesionarse con ejemplarizar a través de Lauridsen según avanzaba su segunda temporada, como si los fantasmas de años anteriores se hubiesen desatado, como si el Clemente rencoroso y bronco del futuro ya se estuviese configurando. Lauridsen pasaba por allí, era la supuesta estrella en un equipo donde solo cabía una: Clemente, el factotum.

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Contra el Logroñés, el último partido de Liga en casa y sabiéndose que sería la despedida de su afición, Clemente no le sacó al campo.

El Español se descompuso al año siguiente. Cuatro entrenadores sellaron la caída desde Leverkusen hasta la Segunda División.

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Estadio de Altabix, Elche

Elche es una ciudad y municipio español situado en la provincia de Alicante, en la Comunidad Valenciana (España). Es capital de la comarca del Bajo Vinalopó, a orillas del río Vinalopó. La población total en el municipio alcanza los 230.224 habitantes, mientras que la población del casco urbano es de 189.316; así, es la tercera ciudad más poblada de la Comunidad Valenciana, siendo la segunda de la provincia de Alicante. La historia de la ciudad de Elche comienza en el siglo V a. C. cuando fue fundada la ciudad ibera de Ilici. Con la llegada de los romanos, se desarrolló un proceso de formación de una colonia poblada con veteranos de las Guerras Cántabras, que pasaría a llamarse Colonia Iulia Illici Augusta, en torno al año 26 a.C.

Bajo el dominio musulmán en la Edad Media, la ciudad se estableció en su emplazamiento actual. A raíz de la conquista cristiana, alrededor del año 1250, la ciudad pasó a la Corona de Castilla. En el año 1265 los musulmanes fueron expulsados de la ciudad tras una rebelión y, en 1305, Elche fue cedida al Reino de Valencia. Durante el reinado de Amadeo I en 1871, el monarca le otorgó el título de Ciudad, tras una visita a la villa. Durante los años 60 y 70 del siglo XX, la ciudad experimentó un fuerte aumento de población ligado a la industrialización, que convertiría a Elche en uno de los principales productores de calzado de Europa.

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El Elche Club de Fútbol es el club de fútbol de la ciudad de Elche. En la actualidad compite en Primera División. Fue fundado en 1922, con la unión de varios clubes de la ciudad, entre ellos el Illice, el Sporting y el Gimnástica de Elche. Los ilicitanos tuvieron una época dorada allá por los años 60 y 70 en la que no sólo se codeaban con los grandes del fútbol español, sino que mantuvieron una línea de cierta brillantez y se convirtieron por méritos propios en un fijo de la máxima categoría. Fueron años de estabilidad y buena gestión en los que el Elche, junto a equipos como Córdoba, Sabadell o Pontevedra conformaban un poker de modestos que plataban cara a los grandes clubes de siempre.

El actual estadio del Elche, C.F. es el Manuel Martínez Valero, sin embargo, el estadio histórico, y durante 50 años (1926-1976), del Elche fue el Campo de Altabix, a 1 kilométro de los actuales terrenos de juego “franjiverdes”. Anteriormente se había peregrinado por otros campos como El Clot (1910), Reina Victoria (1914), Cementerio (1922) y don Jeremías (1923). Se jugó en Altabix medio siglo (exactamente 53 años), y en él se vivió la etapa dorada del club, pero hay que decir que Altabix no era propiedad del Elche, C.F., se pagó alquiler durante muchos años hasta que finalmente se compró en propiedad.

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Estaba ubicado en el barrio de Elche denominado Altabix, de ahí el nombre del estadio. Se inauguró el 17 de octubre de 1926 con un partido amistoso entre el Elche, C.F. y el Levante Unión Deportiva que terminó con empate a dos goles. Fue el estadio oficial del Elche C.F. hasta la inauguración, el 8 de septiembre de 1976, del Nuevo Estadio del Elche Club de Fútbol (denominado años después Estadio Martínez Valero, el actual estadio de los ilicitanos). En el Campo de Altabix, el Elche, C.F. disfrutó de su mejor época futbolística, ganando partidos contra grandes equipos, gracias a la ventaja que les daba una grada muy pegada al campo, tanto que se le podía tocar la cabeza al linier.

En el viejo estadio de Altabix se vivieron muchos momentos dorados, pero fue posiblemente en la Copa (entonces “del Generalísimo”) de la temporada 1968-69 donde los “franjiverdes” llegaron a su cota más alta al alcanzar la final del torneo, que se celebró el 15 de junio de 1969 en el Santiago Bernabéu; el rival fue el club que por entonces era el “rey copero” por excelencia, el Athletic Club de Bilbao de los Iribar, Sáez, Uriarte, Clemente, Rojo, Larrauri, etc, que solamente se pudo imponer a falta de 8 minutos para acabar el encuentro gracias a un gol de Antón Arieta, que por entonces era el dueño del número 9 de la Selección Española. Para alcanzar la final el Elche había tenido que eliminar a tres equipos de primera;  Pontevedra, Valencia y Real Sociedad.

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Otros hitos sucedieron el el viejo estadio de Altabix; por ejemplo, en la temporada 59-60 el Elche, C.F. debuta en la Primera División de España. En la temporada 63-64 y por primera vez en su historia, el club ilicitano lidera la clasificación de Primera División temporalmente. Entrenados por Heriberto Herrera, que posteriormente ficharía por la Juventus italiana, el equipo finaliza en quinta posición, la mejor clasificación de la historia de la entidad ilicitana. Además de los triunfos en liga del primer equipo, cabe destacar el del filial del club, el Deportivo Ilicitano el cual en la temporada 67-68 asciende a Segunda División.

Altabix se convirtió en aquellos años en uno de los estadios referencia del fútbol español, un coliseo que se erigió en una verdadera pesadilla para los equipos grandes, un ejemplo de ello serían los enfrentamientos Elche, C.F.-R. Madrid; para el conjunto blanco, cada visita prácticamente era señalada como un lugar donde dejarse puntos. En los quince enfrentamientos que se disputaron en el antiguo feudo del Elche, el Real Madrid tan sólo consiguió cinco victorias, por otras tantas del Elche y otros tantos empates, lo que supone que el conjunto blanco solía tropezar en sus visitas al conjunto ilicitano. Partidos muy físicos y peleados, en el que mucho tenía que trabajar el conjunto merengue si quería sacar algo positivo, dado que aquella unión entre equipo, hinchada y feudo, tan indispensable para los equipos pequeños, resultaba determinante en el buen hacer de los ilicitanos ante los madridistas aquellos años.

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Jugadores como Lezcano, Oviedo, Heredia, Gómez Voglino o Palomares se convirtieron en el terror blanco, un conjunto que se sentía muy incómodo en Altabix y siendo incapaz frenar al equipo ilicitano: en las temporadas 63-64 (2-0), 65-66 (1-0), 68-69 (1-0), 73-74 (1-0) y 74-75 (1-0), el Elche sumó sus partidos ante el Madrid por victorias, sumando incluso seis temporadas consecutivas sin perder ante los blancos (de 1963 a 1969). Sin embargo, en 1976 los franjiverdes se mudaron al Martínez Valero, donde el bagaje es favorable a los blancos en los cinco choques disputados: tres victorias y un empate, por una sola derrota, la última, en la temporada 77-78 (en la temporada 2013-14 el R.Madrid venció en un polémico encuentro por 1-2).

En la temporada 70-71 y tras doce temporadas en Primera División, el club pierde la categoría y desciende, dos años más tarde al finalizar la temporada 72-73 se consigue el ascenso. Pero en la 77-78 de nuevo se desciende a Segunda División. Una fecha importante en la historia de la entidad franjiverde es la del 8 de septiembre de 1976 en la que se inaugura el Nuevo Estadio del Elche Club de Fútbol, que más tarde se denominaría Estadio Martínez Valero.

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El equipo, por entonces, empezaría a disputar sus encuentros en las instalaciones del Nuevo Estadio del Elche, C.F. y el lugar del viejo estadio de Altabix sería destinado a la construcción de viviendas. Terminaba así todo un icono del Elche, C.F. que desde su inauguración por José Ferrández Ripoll, ex alcalde de la ciudad y presidente del Club, en 1926, había visto pasar por su campo multitud de equipos nacionales e internacionales, en plena edad dorada del Elche, C.F., así como haber acogido también los partidos del Club Deportivo Ilicitano (el filial “franjiverde”). Debido a las limitaciones del histórico campo, se construye el nuevo, acorde con las exigencias de Primera División en cuanto a aforo.

El último partido jugado en Altabix fue en la XVII Festa d’ Elx, un 18 de agosto de 1978, ante el histórico equipo portugués del Os Belenenses. Hasta la fecha final de demolición, el lugar sería destinado a mítines políticos y reuniones sindicales del sector industrial del zapato. El 26 de junio de 1980, el solar era vendido a una empresa constructora de Carcaixent, comenzando el 14 de septiembre del año siguiente las obras y demolición del histórico feudo ilicitano.

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Vídeo de uno de los últimos partidos disputados en el Campo de Altabix, con victoria por 3 a 1 del Elche, C.F. sobre el Athletic Club de Bilbao, la cual otorgaba la permanencia en Primera División al conjunto “franjiverde”. En el vídeo se puede apreciar el vetusto estadio que se situaba en el barrio de Altabix, inaugurado en 1926, y que fue el estadio del Elche, C.F. hasta la construcción del Nuevo Estadio del Elche, C.F. en 1976, denominado actualmente Estadio Manuel Martínez Valero;