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Il bomber de Cerdeña: Gigi Riva y el Cagliari

Pocas veces la historia de un club está tan ligada a la historia de un futbolista. A sus altos y sus bajos, a su esplendor y desgracia. El relato del Cagliari campéon es el de Gigi Riva y viceversa. Riva fue el pulso del Cagliari durante una década, cuando sufrió la última y definitiva lesión de su carrera, el Cagliari fue quien notó el dolor.

Riva llegó a Cerdeña desde la Lombardía, fichado del Legnano donde militaba en la Serie C de 1962, casi una década desde su último descenso desde la B. Un equipo modesto de un fútbol lejano. Riva era un zurdo demoledor, técnico y potente, que atacaba el área desde el ala que determinaba el número 11 de su camiseta.

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Apenas un año en Legnano le sirvió para llamar la atención de un club de una categoría superior. Torino, Milan, Varese…recuerda Riva en una vieja entrevista. Pero no Cagliari. Nada tan lejano, tan extraño. No ha cumplido veinte años, pero  ese mismo curso del 1962-63 es el jugador bandera a través del cual el Cagliari es campeón de la B y logra el primer ascenso a la serie A de su historia.

La primera vez de otras primeras veces gloriosas. Seco y adusto, fibroso y valiente, Riva tenía un carácter lacónico que parecía corresponderse al que será su país de adopción y el equipo de su vida. En un campo de hierba quemada por el sol encontró su lugar en el mundo.  La pregunta, temporada tras temporada, será siempre la misma ¿Cuándo volverá Riva? La respuesta, la misma también: nunca.

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Gianni Brera, el legendario pope del periodismo deportivo italiano, lo bautiza como Rombo di Tuono, el rugido del trueno. Arturo Silvestri, un exjugador de largo recorrido en los 40 y 50, entre Pisa y Milan, traslada a Riva desde el extremo izquierdo hasta la punta del ataque. Todavía no conoce los rudimentos del centro delantero, pero su instinto natural es asombroso.

Un séptimo y un undécimo puesto, el año de su primera lesión grave: una pierna rota en un choque brutal contra Américo Lopes, el portero de la selección portuguesa durante la aciaga clasificación para el Mundial de 1966 en Inglaterra. Son lugares de tranquilidad, donde un equipo nuevo se hace a la categoría sin sufrimientos. En las siguientes dos temporadas Riva convierte casi cuarenta goles, proclamándose Capocannonieri en la 1966-67 y aupando al equipo a dos sextos puestos consecutivos.

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El Inter de Milán, el equipo del cual Riva era tifoso, había dominado el Calcio durante la primera mitad de los 60. Era el conjunto de Helenio Herrera, el brujo de los banquillos que ganó allí tres ligas y dos Copas de Europa consecutivas. Era el Inter de Luis Suárez y Giacinto Facchetti, un carrilero de casi metro noventa que levitaba sobre el césped, elegante y señorial. El Inter de Guarnieri y Corso, del brasileño Jair y de Sandro Mazzola. Un equipo para la historia, y contra la historia pocas veces se puede competir.

Solo el Bolonia, un clásico del fútbol de los 20 y 30 había logrado oponérsele en 1963-64, el último Scudetto de su historia, bajo el liderazgo del centrocampista Giacomo Bulgarelli. Pero en la segunda mitad el trono quedó libre y la liga se movió de forma inusitada. Fue la Juve la primera en romper el dominio Interista por solo un punto en la 66-67.

Gigi Riva con la maglia del Cagliari in una foto d'archivio. ANSA

Allí despuntaba un jovencísimo Franco Causio escudado por ChinesinhoDel Sol, pero todavía faltarán años para la eclosión juventinista como gran escuadra dominante. Eso será en los 70 y 80. Luego el Milan, de nuevo entrenado por el legendario Nereo Rocco,  que lideraba Il bambino d’oro, Gianni Rivera. El fantasista original fue el único que discutió con Riva por la categoría de mejor jugador italiano de su tiempo y cuya rivalidad se extendió a esa selección italiana siempre convulsa y escindida entre sus talentos.

En Cagliari ya no está Silvestri, fichado en el 66 por el Milan, sustituido en el banquillo por el querido Manlio Scopigno, un jugador y entrenador de y del Rieti que se había hecho un nombre en Serie A con el Vicenza y que un año antes, en el 65, había dejado segundo al Bolonia. Estará en el club hasta el 72, con un extraño hito en la 67-68 donde ficha por el Inter pero no llega a entrenarlo, siendo su albor sustituir a Helenio Herrara si este fallase en sus compromisos entre el club y la selección italiana. Será el uruguayo Ettore Puricelli el interino del banquillo sardo durante un año, tras el cual se ira, curiosamente a Vicenza.

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Il Filosofo, como le habían bautizado, era un personaje singular en el fútbol italiano del periodo. Con problemas con el alcohol y un desprecio notable por la autoridad, era muy querido por los jugadores, a quien solía dejar perplejos con su comportamiento, su tendencia a bromear, su relajación perpleja ante el mundo. Fue, también, un técnico distinto. Sin miedo pese a entrenar siempre a modestos, con gusto por reinventar jugadores, como hizo con el brasileño Nene de Carvalho, el único extranjero del equipo llegado a través de la Juve en el 63.

Un delantero fallido que se transformó en el motor del equipo en el centro del campo. Y a su alrededor, movimiento, siempre movimiento. Domenghini, un volante con facilidad para golear, y Greatti ocupaban los interiores mientras Cera sujetaba la estructura. Había llegado desde Verona en el 63, era compacto, inteligente y laborioso. El molde de muchos medios italianos. Hacer lo inesperado, aparecer donde no se supone que se deba aparecer.

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Sergio Gori  batallaba los centrales para que Riva asaltase todos los huecos. Y necesitaba poco porque remataba todo con su zurda tronante. Era tan temible que obligaba a las defensas a retroceder. Entonces, fusilaba desde fuera del área. Abajo, a la base de los palos. Antes de Gori, había formado una dupla formidable junto a Roberto Boninsegna, una de las mejores de la historia del Calcio, pero el Inter decidió recuperar al que ya había sido su atacante y a cambio llegaron desde los neroazzurri los mencionados Sergio Gori y Angelo Domenghini.

Al año siguiente el Inter volvió a por Riva, pero este había cambiado definitivamente de colores. La actitud de los tifosi sardos le conmovió y decidió, tal vez definitivamente, quedarse en la isla. En aquella isla y aquel equipo que la Italia continental, en especial su parte Norte despreciaba: un país de bandidos y pastores.

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Tomasini, traído del Brescia en el 68 y Niccolai, uno de los jugadores más apreciados por la afición y también favorito de Scopigno, eran los centrales. Martiradonna y Zignoli, desde Bari, los laterales. El gran fichaje es el portero internacional Enrico Albertosi, ya entonces histórico de la Fiore para los cuales había ganado dos Copas de Italia y un Copa Mitropa en el 66 frente a los checos del Jednota Trenčín.

La Fiorentina había surgido en los 60 como el equipo en rebeldía frente a los grandes y a finales de los 60 terminaría por establecer una feroz rivalidad con el Cagliari, el más inesperado de los aspirantes. Después de unos años instalados entre los cinco primeros de la Liga, asaltan el título definitivamente en 1968-69, el segundo de su historia tras el de la 55-56, en plena era dorada del club, cuando fueron cuatro veces subcampeones del Scudetto liderados por Giuseppe Chiappella, capitán y rotundo defensor, el centrocampista Alberto Orzan o los delanteros Julinho y Miguel Montuori, un rosarino nacionalizado italiano.

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Una década y pico más tarde sus mejores argumentos eran el mediapunta Giancarlo De Sisti, el genial delantero brasileño Amarildo, sustituto de Pelé en el Mundial del 62 o el extremo Luciano Chiarugi. En el banquillo un nombre más ligado a Nápoles, el argentino Bruno Pesaloa, antiguo jugador napolitano en los 50. Con su célebre abrigo a cuestas y su aspecto de extra de una película de mafiosos, Pesaloa era un entrenador de la vieja escuela que hacía de la astucia estilo. Compartía con Scopigno la intuición y la capacidad para interpretar al jugador, para tenerlo cerca y crear un ambiente relajado y familiar.

En el verano del 68, Riva alcanza la gloria con Italia en la final del Europeo que se juega en Roma. Unos días antes una moneda al aire había decido el empate a 0 frente a la Unión Soviética, partido en el cual salió lesionado Gianni Rivera. Albertosi, Cera, Gori, Niccolai y Domenghini presentes y futuros compañeros en el Cagliari acompañan a Riva con la camisola azzurra en esta Eurocopa y en el Mundial del 70, donde Italia nada podrá hacer frente al esplendor brasileño.

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En Roma se enfrentarán a Yugoslavia, un equipo temible con jugadores como el central del Hajduk Split Dragan Holcer, el lateral del FK Sarajevo Mirsad Fazlagić, los centrocampistas del Estrella Roja Jovan Aćimović y Miroslav Pavlović y otro jugador de los belgradenses, el imparable extremo Dragan Džajić, el mejor jugador balcánico de su época y uno de los mejores de todos los tiempos.

Un 1-1 consumió partido y prórroga y obligó al replay dos días más tarde, el 10 de junio. Riva, que no había jugado la final original debido a su estado físico sería titular en esta ahora finalísima junto a Mazzola, también suplente en aquella. Al minuto 12, Gigi Riva se hacía grande también con Italia y desencasquillaba el partido tras interceptar un mal chut de Domenghini. Controla, fija los ojos en el balón y en un gesto característico funde giro y golpeo. Raso, el balón es un proyectil.

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El Juventino Pietro Anastasi marcaba el segundo antes de la media parte y aseguraba el título italiano. 30 años habían pasado desde el Mundial de Francia. Riva iba a ser elegido balón de plata, por detrás de Rivera y con el subcampeonato liguero y su nuevo capocannonieri firmaba la mejor temporada de su vida. Hasta el momento.

La siguiente temporada sería la definitiva. El rival fue el Inter de otro HH, el paraguayo Heriberto Herrera, entrenador catenaccista que había pasado con éxito por la Juve en la segunda mitad de la década de los 60 y desembarcaba en Milán para darle una prórroga aun equipo envejecido pero todavía poderoso. El Cagliari se encargó de aplazarla durante un año, conquistando un título novel como no se veía desde la Roma en 1941 o la propia Fiorentina en el 55. Un ganador único, nuevo.

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En cierto modo abrió un camino que sería con grandes dificultades transitado unos años después por un Lazio, mítico y singular a su manera, que ejerció de cuña durante el asfixiante dominio de la Juventus en los 70 al arrebatarles el Scudetto de la 1973-74 y ya en la siguiente década por los grandes rebeldes de los 80, la década más apasionante y movida del Calcio entre la segunda liga de la Roma en la 82-83 y la única de la Sampdoria en la 90-91. Entre medias, el Nápoles de Maradona y el prodigioso Hellas Verona, la hazaña que guarda más paralelismo con la del Cagliari.

Riva fue de nuevo fundamental con sus más de veinte goles y su rechazo a la Juventus, que lo persiguió como solo persiguen aquellos que piensan que el dinero lo puede comprar todo. No había dinero que la sacase de aquella isla que le había hecho hombre y futbolista. En su contrato una clausula de calidad: toda negociación, todo traspaso, le debía de ser consultado. Así se garantizaba que el equipo no pudiese venderlo ni queriendo.

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Así, el Cagliari sale disparado hacia el Scudetto. Riva está encendido. Explica Pietro Pianta, antiguo compañero de Riva que en el 70 paraba para el Vicenza en el programa de la RAI Sfida: ”Se lo decía a mis compañeros. Estaros atentos, porque para él, el balón es siempre jugable. No penséis que no va a probar, porque siempre prueba”. Ese año, en Vicenza, hizo uno de los goles más impresionantes de su carrera, convirtiendo un balón al bulto en una inverosímil tijera a la escuadra. Siempre. Siempre probar.

Una derrota contra el Inter a falta de tres minutos pone la Liga en dudas. Tomasini se lesiona de gravedad y Scopigno se pelea con un linier en Palermo y termina por ser sancionado por seis meses. Los poderes del Norte se notan, es la queja de los sardos. Bandidos y pastores, dicen. La Juve se sitúa a solo dos puntos antes de jugar en Turín un partido donde Niccolai vuelve a marcarse un gol en propia puerta, algo por lo cual era célebre. Riva, siempre, iguala pero un arbitraje escandaloso de Concetto Lo Bello, el más famoso árbitro de su época desequilibra el partido al más puro estilo juventino. Dispuesto a arreglarlo pita otro penal de similar factura a favor del Cagliari que Riva marca. – “¿Y si lo llego a  fallar?”, pregunta. –“Se repite”, contesta Lo Bello.

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Año glorioso. Una Liga única, un balón de bronce superado por Bobby Moore y Gerd Müller y una final de Copa del Mundo, una derrota con anestesia marcada por un partido de leyenda frente a Alemania (el hombro de Beckenbauer, el empate, la prórroga, otro empate, gol de Riva, gol de Müller, Gol de Rivera! 3-4. El partido del siglo) completan un ciclo glorioso, inolvidable. El año siguiente prometía por igual. Riva está en estado de gracia. Pleno. Un partido frente al Inter será su obra maestra. Dos goles que son definición de su estilo llevan a Brera a rebautizarlo, como el mito que ya es. Entonces, otra lesión durísima, de nuevo una pierna rota, de nuevo con la selección.

Esta vez frente a Austria tras una entrada asesina de Norbert Hof que corta en seco la temporada en curso y la aventura europea del Cagliari. Había eliminado al Saint-Étienne en primea ronda y vencido en Cerdeña al atlético de Madrid en el partido de ida de la segunda. Pero Riva ya no está para la vuelta y una actuación superlativa de Luis Aragonés conduce a un rotundo 3-0. Magullado, cansado, el Cagliari se descuelga hasta la séptima posición. Ya no puede frenar al Inter.

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El declive físico de Riva es la tranquila decadencia del Cagliari. Según el jugador envejece, lo hace el equipo. La presidencia le presiona, busca una venta, pero no es posible. Los destinos del club y el futbolista son uno y el mismo. Su ciclo vital depende uno del otro. No es una caída estrepitoso, simplemente el Cagliari se va apagando al ritmo vital de sus mejores jugadores que van despidiéndose años a año del equipo hasta que solo quedan Nené y Riva.

Hasta la temporada 1974-75 el Cagliari permanece entre los diez primeros en una vejez llena de dignidad. Cuando Riva se lesiona de nuevo, la última, la definitiva, en el 76, el Cagliari morirá con él en un descenso que sabía a adiós a una época, a toda una historia.

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Valerón: jugador de otro tiempo

A Juan Carlos Valerón se lo inventó en un campo de tierra de la tercera canaria Juan Manuel Rodríguez, quien a principios de los 90 era el entrenador del Arguineguín. No lo descubrió, tampoco es así, porque Valerón lleva existiendo desde el principio del fútbol aunque poco a poco se extinga.

Rodríguez lo vio, lo reconoció y lo puso; y lo aguantó, que es lo más importante de esta historia.  Cuando le decían que a dónde iba con aquel alambre de diecisiete años a jugar en semejante categoría, Rodríguez decía que esperasen. Cuando lo recomendó a Las Palmas y Francisco Castellano le dijo que qué le mandaba allí, Rodríguez dijo que esperase.

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Bajaba la pelota al suelo, la enroscaba en un tobillo de goma y sus piernas chiclosas que parecían tener voluntad propia lo mandaba allí donde nadie había visto que algo pudiese pasar. Valerón era un frágil de mentira porque hasta las arremetidas más duras parecían ser absorbidas por su cuerpo invertebrado.

Valerón era un lento de mentira, porque arrancaba antes, pensaba antes y soltaba antes y a donde nadie había pensado ni visto. Como Sócrates o Bochini, tuvo que inventarse una manera para jugar al fútbol, para sobrevivir en el campo; y lo hizo tan bien que lo convirtió en un arte singular, en una seña de identidad. Las limitaciones de su físico transfiguraron en las amplitudes de su fútbol.

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Recuerdo verle un pase inverosímil, inimitable estando ya en el Deportivo de La Coruña. No recuerdo el partido ni recuerdo quien fue el receptor, pero el pase no lo olvido. De espaldas, con la línea de defensas formada, Valerón recoge el balón con el empeine y lo levanta por el lado derecho en un juego de tobillo y rodilla sobrehumano. El balón sobre la defensa, el balón flotante, inaccesible, que cae lentamente y todos los defensas y todos los porteros lo miran y saben que no va a llegar, era su especialidad.

Hay otro pase que recuerdo también. Este contra el Bayer Munich cuando el Depor los arrolló en Alemania. En un contragolpe Valerón parece enredarse con la pelota rodeado de contrarios. Se la ha dejado un poco atrás y tiene que maniobrar, casi envolviéndose en sí mismo, para que no se le escape.

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Está concentrado mirando el balón pero, al mismo tiempo e imposible, ha visto como Roy Makaay rompe la defensa desde atrás. En el mismo gesto Valerón toca la pelota con la puntera. Circular, perfecto, el gesto envuelve y desenvuelve su cuerpo y pone el balón en la exacta distancia para la carrera del holandés. Gol.

Javier Irureta dijo una vez que a Valerón lo que le hacía feliz era hacer feliz, pasarla, dar el gol en lugar de marcarlo. Era una satisfacción total: la propia, la del compañero, la del equipo, la de la afición. Ese sentido de la felicidad, esa búsqueda prácticamente moral, le daba forma y significado a su fútbol y le llevaba a ejecutar estas acciones. Forzaba la naturalidad para el pase hasta el punto de convertirla en una naturalidad propia.

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En Las Palmas, en el 95, coincidió con su hermano Miguel Ángel y con Manuel Pablo, desde entonces un hermano postizo. Comienza la temporada en el B, pero la categoría se le queda corta y poco a poco aparece en la primera plantilla. Sigue flaco, aniñado, sonriente. A final de año ya juega y es esencial en el ascenso a la 2ª División.

Solo estará un año más, en una buena campaña pese a los cambios de entrenador (Pacuco Rosales, que los había ascendido, Ángel Cappa y Castellano) donde Valerón coincide con Turu Flores, otro inminente deportivista, y recibe la única roja de su carrera, contra el Castilla.

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Aquel era un buen equipo, tan sólido como para resistir tres cambios de entrenador, donde gente como Socorro, Víctor Alfonso, Paquito u Orlando sobreviviría hasta el equipo del ascenso a 1ª en el 2000, entrenados entonces por el serbio Sergio Kresic, jugador del Burgos en los 70 y clásico de los banquillos de la parte baja desde finales de los 80, cuando comenzó a dirigir precisamente al Burgos.

Junto al talentoso Flores otros dos argentinos aportaban jerarquía, el duro defensa Simionato que venía de Lanús y el ex-Boca Juniors Walter Pico, un medio ofensivo de talento que había sido uno de los preferidos de la hinchada Xeneize, pero había quedado marcado por un fallo en la tanda de penaltis que dio el título del 91 al memorable Newell’s de Marcelo Bielsa.

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Así armada, la Unión termina séptima y llega a la semifinal de Copa del Rey tras haber eliminado a Mallorca, Valencia o Español. El Barcelona, que sería Campeón, los frena sin piedad (0-4 y 3-0). Es el Barcelona de Bobby Robson y Ronaldo, que ese curso queda campeón de la Recopa frente a PSG y a solo un partido de ganarle la Liga al Real Madrid de Fabio Capello.

Aquel partido no solo acabó con la trayectoria copera de la Unión Deportiva, sino con la carrera de Miguel Ángel, el hermano mayor de Valerón. Ferrer se la cortó en seco con una entrada brutal en un balón dividido en la posición de extremo izquierdo que terminó con la pierna del mediapunta hecha un amasijo.

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Era un jugador de talento, no tan fino y parsimonioso, no tan especial, como Juan Carlos, pero un producto clásico de la escuela canaria en un equipo, aquel de mediados de los 90, que respetaba tal tradición de juego al toque.

Ese verano, durante una gira de pretemporada de Lanús, por entonces uno de los equipos de moda en Argentina, Héctor Cúper se había deslumbrado con Valerón. Sin saberlo ni el uno ni el otro iban a coincidir en Mallorca. Cúper firma en la 97-98 por el R.C.D. Mallorca y nada más llegar descubre que Valerón es uno de los nombres en cartera dentro de una lista de posibles refuerzos. De inmediato solicita su fichaje.

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El equipo se ha reforzado de modo excepcional con la llegadas del portero Roa desde Racing Club de Avellaneda, Mena desde el propio Lanús, Romero, otro pescado luego por el Depor, Iván Campo, quien formará una extraordinaria dupla de centrales junto a Marcelino,  y Engonga desde Valencia.

El Mallorca mejora en cada línea y Cúper construye un equipo sobrio y enérgico, de buen fútbol colectivo donde las notas diferentes de Valerón están en perfecto contexto. Alumno de Carlos Timoteo Griguol en el Ferro carril Oeste de los 80, donde era defensor central, Cúper es un técnico adusto,  espartano, de aspecto militar cuyo juego trascurre por esa tercera vía del fútbol argentino que Griguol abrió y Bielsa profundizó y singularizó.

PORTO, PORTUGAL - JUNE 16: Juan Carlos Valeron of Spain during the UEFA Euro 2004 Group A match between Greece and Spain on June 16, 2004 at the Estadio do Bessa Sec XXI in Porto, Portugal. (Photo by Shaun Botterill/Getty Images)

No es tan ofensivo ni paroxístico como el de Bielsa, pero sí se basa en el mismo compromiso honorable, la misma honestidad, la misma ausencia de mezquindad o ventajismo. Fútbol sencillo bien jugado. Su año es asombroso, pero ya teñido por la sombra de la desgracia, por el fatalismo de una carrera que le ha negado la solidez de un título.

Termina quinto en Liga y juega la final de Copa contra el Barcelona, perdiéndola por un solo penalti. Al año siguiente, ya sin Valerón y con el laborioso Ibagaza, otro ex-Lanús, como recambio, dobla la apuesta y el malditismo: terceros en Liga y finalistas de la Recopa, derrotados por la Lazio (2-1).

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Valerón ha sido vendido al Atlético de Madrid junto a Mena. Jesús Gil acaba de firmar a Arrigo Sacchi como entrenador y el proyecto es de lujo. Allí están Juninho o Lardín, formidable delantero vertiginoso del Español. Míchel Salgado y un coche acabarán respectivamente con la carrera de cada uno de ellos.

Con Valerón llega también Correa, un peleón delantero uruguayo (valga la redundancia), Baraja, que ha subido desde el Atlético B, el elegante interior argentino Solari, quien terminará por irse al Real Madrid o una serie de extravagantes fichajes del Calcio como el central argentino Chamot, lento y duro, el serbio Jugovic, quien parecía un exfutbolista y aún asó logró colocarse otro par de años en el Inter, o calciatori que eran puro producto interior bruto del fútbol italiano, inadaptable a otro contexto, como Torrisi, Venturini o Serena, quien recalaría también en el Inter, y fue el único que se comportó con dignidad desde su lateral izquierdo.

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Sacchi se quedó con Valerón igual que aquellos primeros entrenadores se habían quedado. Era incapaz de comprender como era jugador de fútbol; hasta que los puso a jugar al fútbol. Como con Cúper, a Valerón se le hizo cuesta arriba el principio, pero al contrario que con este el equipo no estaba construido como tal y por tanto no había nada consistente que rodease a Valerón y que este pudiese hacer funcionar. Terminó por sentar a Juninho, eso sí, en una constante de su carrera consistente en comerle, lenta, silenciosa, metódicamente, el terreno a su competencia directa; algo que Djalminha experimentaría en el Deportivo.

Aquel Atlético era todo promesa y nada realidad. Un barniz de oro de nuevo rico, hojalata y oropel. Un producto genuinamente español de la cultura del pelotazo y el parche. Sacchi, que vino con la misma motivación que sus fichajes italianos, salió del equipo y Gil retomó su relación de amor-odio con Radomir Antic. En una Liga ganada con autoridad brutal por el Barcelona de Louis Van Gaal el Atlético navega por la mitad baja de la tabla, instalándose finalmente en el puesto 13. Fue como una premonición.

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Para el curso siguiente, Gil recurrió de nuevo a un técnico italiano y esta vez fue Claudio Ranieri quien vio su trayectoria maltrecha por aquella picadora de carne que era el club. Había hecho dos años magníficos en el Valencia y la temporada anterior arrasado con el Atlético en la final de Copa (0-3) en un partido deslumbrante de Gaizka Mendieta. Era el sabor de moda y Gil no se resistió a probarlo. Volvió a gastar, claro.

Echó a media plantilla y se trajo a los paraguayos Gamarra, quien por supuesto, firmaría por el Inter al año siguiente y Ayala, procedente del Betis; centrales de moda a finales de los 90, de velocidad aturullada, nula técnica y notable dureza. También llegó el joven Capdevilla, un sólido lateral procedente del Español que no pasaría desapercibido para el Depor, regresó Paunovic tras una buena temporada en Mallorca, y se firmó a lo que debía de haber sido un negocio redondo: el semidesconocido delantero centro holandés Jimmy Floyd Hasselbaink.

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Macizo, rápido e intuitivo, con un remate al primer toque primoroso y un juego de espaldas inteligentísimo, Hasselbaink venía de dos años productivos en el Leeds y de una consistente experiencia en Portugal, pero no tenía cartel estelar. Con el Atlético firma una campaña sensacional, marcando veinticuatro goles que sus compañeros convierten en inútiles. Pocas veces se ha visto un esfuerzo tan melancólico.

El Atlético de Madrid descendió en una de las temporadas más excéntricas de la reciente liga española, con el Sevilla, último, y el Betis acompañándolo a 2ª división, el Real Madid quinto pero ganándole la Copa de Europa a un Valencia que entrenado por Cúper había firmado una competición asombrosa y el Deportivo de Javier Irureta logrando al fin un campeonato inédito.

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Valerón hizo una notable temporada, con un fútbol de alta escuela, pero todo daba igual porque a su alrededor giraba un huracán de locura. La judicatura expulsa de la presidencia a Jesús Gil, involucrado en mil y un escándalos de corrupción que ligaban al club con el ayuntamiento de Marbella y el club queda en proceso de administración judicial. Ranieri sale por piernas y Antic regresa una vez más pero no hay quien reanime a un muerto. Será Luis Aragonés, ya en segunda, quien reconduzca al equipo tras una temporada, la 00-01, demencial incluso para los estándares del Atlético del periodo.

Ese verano del 2000 Valerón realiza el mejor movimiento de toda su carrera: ficha por un Deportivo que ha sido el alfa del omega delirante del Atlético y acaba de ganar la primera Liga de su historia. Bajo Javier Irureta es un equipo ejemplar, de fútbol elegante y sencillo, un contexto cercano al de Cúper y el Mallorca. Un espacio de tranquilidad después de los tormentosos años en Madrid. Ese verano, también, Valerón jugará su primera Eurocopa.

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José Antonio Camacho había llegado a la Selección tras la debacle de Clemente en Chipre y precedido sobre todo por su excelente labor en el Español, donde en su primera época había forjado un equipo alegre, rápido y venenoso. En Bélgica y Holanda, en cambio, España fue un equipo indefinido, entregado de nuevo a la épica estéril de una victoria de último minuto contra Yugoslavia (3-4). El gol acrobático de Alfonso solo aplazó lo que estaba claro y España jugó un partido embarullado contra una Francia fea pese a sus jugadores de clase. Zidane y Djorkaeff se impusieron y Camacho cometió el error de sentar a Mendieta primero y a Munitis después, los mejores del partido. Raúl lanzó un penalti sobre el larguero y fin de otra historia.

Valerón jugó los dos primeros partidos; una triste derrota contra Noruega (1-0) que le costó a Molina el puesto y una triste victoria contra Eslovenia (1-2). Luego, vió los dos partidos decisivos desde el fondo del banquillo. Fran, quien iba a ser compañero y perfecto complemento en el Depor fue otra de las víctimas de Noruega y solo jugó veinte minutos contra Yugoslavia antes de ser sustituido. De nuevo, España era incapaz de crear un contexto para jugadores singulares y lo cierto es que ni Fran ni Valerón parecieron estar nunca en su lugar en la Selección, aunque Valerón tuvo más recorrido.

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En el Mundial de 2002, el único que jugó, parecía que las piezas estaban mejor dispuestas y la idea se había clarificado. Valerón paraba y aceleraba el juego con su estilo dominante silencioso, con el cual ya se había asentado en el Deportivo, la excelente forma de Raúl y la aparición de De Pedro desde una Real que al año siguiente le disputaría la Liga al Real Madrid hasta el último minuto, dieron consistencia al equipo. No se notaba la dispersión de la Euro anterior, y dos victorias de calidad sobre Eslovenia (3-1) y la siempre dura Paraguay (3-1) pintaba todo de colores, pero el equipo se fue cayendo a trozos según la presión aumentaba.

La nota trágica, el ridículo de un Mundial que fue un insulto, fueron aquellos cuartos contra una Corea del Sur que con el bulldozer arbitral ya había quitado de delante a Portugal e Italia, pero la verdad es que España había merecido perder contra Irlanda en un partido pésimo que acabó con Hierro y Helguera aculados en el área pequeña según su costumbre y Casillas salvando el pase en la tanda de penaltis.

2 Apr 2002: Gary Neville of Manchester United and Juan Carlos Valeron of Deportivo during the Deportivo La Coruna v Manchester United UEFA Champions League Quarter Final 1st Leg match at the Estadio Municipal De Riazor in La Coruna, Spain. DIGITAL IMAGE. Mandatory Credit: Laurence Griffiths/Getty Images

Portugal 2004 marcó el punto más bajo de la Selección moderna. La promesa de renovación de Iñaki Sáez, técnico de las inferiores que había ganado varios títulos sub- y una meritoria plata olímpica en Sidney con un gran fútbol comandado por Xavi Hernández desde la media punta, se quedó en nada. España era un híbrido amorfo que se renovaba sin renovarse, un equipo cobarde, sin alma, sin estilo. Valerón, con solo 28 años era un jugador residual, más descontextualizado que nunca en un equipo que, paradójicamente, tenía toda una serie de compañeros a su medida.

En enero de 2006, durante un partido contra el Mallorca, Valerón se hacía polvo la rodilla y pasaría casi dos años fuera de los campos. La gran revolución en dos partes de la Selección Española le pasó de largo. Cuando la hora de su fútbol por fin llegó, él no estaba para jugarlo. España calló cruentamente en Alemania 2006, pero Luis se autodestruyó para que del sacrifico surgiese un equipo histórico, luminoso, diferente en Austria y Suiza 2008. Nunca como con la Selección la idea de que Valerón era un jugador a destiempo fue tan penetrante. Era un anacronismo inverosímil, demasiado pronto y demasiado tarde a la vez, en un entretiempo que no lo merecía pero donde pudo dar lo mejor de sí.

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Su futbol a cámara lenta pertenecía al Brasil del 70 o a los equipos de la década de los 40 igual que hubiese pertenecido al ciclo ganador de España pero la decadencia de su equipo llegó más pronto que la suya ya Valerón, como Iván de la Peña en sus años de madurez en el Español, se topó con una competencia inexpugnable por delante. España fue durante un ciclo un equipo tan perfecto, tan dominante, que llegó a  desactivar la emoción. Era difícil introducir en su mecanismo cualquier elemento externo.

En el verano de 2000 llega a un Deportivo de La Coruña con ganas de Copa de Europa. Llega en voz baja, como siempre, para servir de recambio a Djalminha, el genio residente. Allí se reencuentra con Manuel Pablo (retirado en 2016 y marcado también por una terrible lesión) con un augurio del hogar encontrado, de su sitio en el fútbol.  Llega muy quebrantado del pubis y tarda en entrar en la dinámica, pero Irureta enseguida se da cuenta de que es más sencillo trabajar con él que con el irascible y ciclotímico brasileño.

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Lo acompañan otro par de Atléticos, Molina, que llega para sustituir al carismático Songo’o y aportar sobriedad, y Capdevilla, así como algunas incorporaciones fundamentales desde el banquillo como el duro medio Duscher o el delantero uruguayo Walter Pandiani, fundamental en la memorable remontada europea frente al Milan de la 2003-04.

Aunque de todas, la más determinante fue la de Diego Tristán, un delantero de arranques de genio que completará dos temporadas memorables antes de diluirse en la indolencia. A Tristán, Valerón parecía leerle la mente y junto a él conformó un ataque elegante, grácil, llenos de recursos técnicos que dio una dimensión diferente a un equipo caracterizado por la sobriedad, la solidez y la ortodoxia.

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El Depor de la primera mitad de los 2000 era, simplemente, un equipazo. La jerarquía y distinción de Naybet en el centro de la defensa, el libro del fútbol que era Mauro Silva en el centro de campo, la zurda de Fran, la velocidad vertiginosa y el sentido del espacio de Roy Makaay… Romero, Helder, Donato primero y Sergio después, Víctor, Andrade, Scaloni, Luque… un equipo que mantuvo sus estructura durante un largo ciclo y que además lo sustanció en una Liga, dos subcampeonatos y otros dos terceros puestos, una Copa del Rey y una semifinal de Copa de Europa.

Duró tanto y fue tan real que todos pensamos que aquello iba a ser para siempre, que un tercer grande, un contrapoder, había surgido. La realidad se impuso, claro, pero el Depor exprimió su momento incluso por encima de sus límites lógicos. Y Valerón estuvo en si mismísima médula espinal.

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Cuando aquel maravilloso valle pasó y comenzó la cuesta abajo, Valerón también estuvo. El Deportivo rodó tanto, se diluyó en su propia historia en realidad, que en 2011 descendió a 2ª División tras veinte temporadas consecutivas en 1ª. Atrás, imborrables, habían quedado momentos mágicos para Valerón en Coruña como la Copa del Rey ganada en la fiesta del florentinato en 2002, el centenario del Real Madrid en el Bernabéu donde el Depor parecía un invitado necesario a la fiesta de otros o la increíble remontada en cuartos de la Copa de Europa de 2004, cuando en Riazor levantó un 4-1 respondiendo con una apoteósico 4-0.

En la primera ocasión Valerón facilitó los dos goles y firmó una actuación superlativa. En el segundo marcó un gol de cabeza y sin tanto protagonismo, aquel partido fue de Luque y Pandiani, fue central en una actuación arrolladora ante un equipo, entrenado por Carlo Ancelotti, que había sido campeón un año antes y sería finalista un año después.

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En 2005 Irureta decidió dejar el Deportivo, agotada tal vez una historia de mutua correspondencia. El equipo había quedado octavo aquel año y algunos jugadores daban síntomas de decadencia, en especial porque pese a la multitud de fichajes el once variaba poco y el banquillo revelaba una brecha de calidad. Joaquín Caparrós, que venía de regenerar al Sevilla con un fútbol aguerrido y una sobria política de cantera llegaba para infiltrar tensión al equipo.

En Sevilla los sustituía Juande Ramos y el equipo daba un salto de calidad que le llevaría ganar dos copas de la UEFA consecutivas, una Copa del Rey y un tercer puesto con uno de los mejores fútbol de Europa en el momento. Caparrós, en cambio, se encalló en el Depor. Su trabajo fue bueno, como lo sería en Bilbao, pero al equipo le faltó ambición y, sobre todo en su segundo año, el de la lesión de Valerón, fineza en un fútbol tosco y una plantilla plagada de jugadores sin la jerarquía anterior que añoraba más que nada la calidad de los delanteros del pasado inmediato.

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Miguel Ángel Lotina, un entrenador marcado por la irregularidad y cierto fatalismo, fue el entrenador del Depor durante las cuatro últimas temporadas en 1ª y estuvo hasta que el barco se hundió, sumando otro descenso a su curriculum que empaña aquella clasificación para Champions con el Celta o la Copa ganada con el Español. Valerón vuelve poco a poco, pero ha perdido algo de la confianza que en él se tuvo y parece estar en el equipo más como un símbolo que como un jugador vertebral, útil.

Sigue dejando anotaciones de fútbol mayor, pero espaciadas más por las circunstancias que por él mismo. Le gusta juagar al fútbol, así que no piensa en retirarse y en cierto modo se acomoda igual que el Deportivo se acomoda a la mitad de la tabla. Es un equipo sin nada especial, uno más de la Liga. El desplome de 2011 es inesperado por esa misma dinámica confortable pero en cierto modo lógica, como una vejez inevitable.

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Valerón piensa en dejarlo, pero Lendoiro le convence de, al menos, quedarse en el club. Medita y decide que si se queda será para seguir siendo futbolista, que aquellas caras de tristeza no las merecía la gente y que su legado en el Depor, al menos su apunte final, debe de ser otro.

Con Oltra como entrenador y un equipo casi intacto respecto al del año anterior el Deportivo se impone con autoridad en la Segunda y asciende solo un curso más tarde. Le acompaña como segundo el Celta, a quien entrena el duro Paco Herrera.

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Con 39 partidos y 5 goles, con 37 años y el cuerpo dolorido, Juan Carlos Valerón juega una de las temporadas de su vida. De nuevo el equipo gira en torno suyo y como otros futbolistas longevos y sabios, Valerón ha descodificado el fútbol, simplificándolo, resolviendo por anticipado y aplicando la sencillez por sistema.

Pero como nada dura, el Deportivo no fue capaz como equipo de honrar aquello en lo que Valerón había puesto su empeño y en un año lleno de acciones autodestructivas el equipo desbarrancó a 2ª de nuevo. Esta vez, en cambio, Valerón no se iba a quedar para intentar un nuevo ascenso (conseguido), sino que tras tantear la retirada se decidió por un epílogo nostálgico: Las Palmas.

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La Unión Deportiva llevaba trabajando en un proyecto de ascenso desde la temporada 2012-13, cuando estaban dirigidos por el joven Sergio Lobera. Los anteriores, desde que subiesen de 2ªB en la 2005-06 había sido un continuo coqueteo con el regreso a tal categoría y un circular de entrenadores al que solo pudo dar estabilidad uno de los habituales recursos de la casa, Juan Manuel Rodríguez Pérez, el descubridor de Valerón en el Arguineguín.

Cuando Valerón regresa al club y a esa 2ª que fue su tope con el mismo, Las Palmas llevaba un par de temporadas estrellándose en el duro playoff, primero contra el Almeria y luego contra el Córdoba en un partido infame, donde la hinchada canaria invadió el campo con 1-0 para terminar con el Córdoba empatando y una batalla campal.

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Al año siguiente el club firma a Paco Herrera, experto en la categoría y con aquel ascenso del Celta ya a sus espaldas. Valerón encaja como un guante en una plantilla con jugadores de cierta experiencia, algún talento mayor como Jonathan Viera y alguno desperdiciado como el argentino Sergio Araujo, quien terminará la temporada con 23 goles.

Es como un hombre entre niños. Un hombre tranquilo, sabio y risueño, sin preocupaciones. Más que nunca parece venir de otro lugar en el tiempo, de otro fútbol. La importancia de Valerón es menos que la que tuvo en el Depor del ascenso. Juega poco más de una veintena de partidos y no marca ningún gol, pero aporta los intangibles: ejemplaridad, tradición, sobriedad.

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De algún modo Valerón representa en esta embrionaria Unión Deportiva la herencia histórica del club, un modo particular de entender el juego que tuvo su momento de esplendor en la larga etapa en 1ª entre finales de los 60 y principios de los 80, cuando Las Palmas enarbolaba un juego elegante, de toque y cadencia y logró un subcampeonato (68-69) y un tercer puesto (67-68) liguero y disputó una final de Copa contra el Barcelona en el 78. Valerón es como el espíritu de Las Palmas pasadas y a la vez el ejemplo para las futuras. Su premio, una temporada en la 1ª División vestido con la camiseta amarilla y el pantalón azul.

No fue fácil y la desdicha del ascenso con el Deportivo ensombreció buena parte del año, pero la entrada ya iniciado el curso de Quique Setién como entrenador alineó los astros y presentó a un club y a un entrenador que se reconocen el uno en el otro. Valerón jugó trece partidos con una sonrisa de oreja a oreja y la Unión se reencontró con la herencia, con la tradición. Hoy su juego es la versión moderna de aquel, es “su juego” y el equipo gira en torno a la clase y laboriosidad de Viera, Vicente Gómez, Tana o el estupendo Roque Mesa; canarios de Las Palmas, hijos del estilo, hijos de Valerón.

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Talento biengastado: Sócrates

No fundo desse país

Ao longo das avenidas

Nos campos de terra e grama

Brasil só é futebol

Nesses noventa minutos

De emoção e alegria

Esqueço a casa e o trabalho

A vida fica lá fora

Aqui É O País do Futebol, Milton Nascimento, 1970

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Brasil se convirtió al abrir la década del 60 en la gran corriente de la cual fluía el fútbol. La de Didí, Vavá, Garrincha o Pelé. Ganaba desde el asombro, llevando el fútbol más allá en cada triunfo. Luego, mucho después, Brasil lo empeñó todo en el ganar y olvidó de sí mismo en el proceso. Siguió haciéndolo, claro, pero la corriente se secaba y el cauce se resquebrajaba. Ganó sin historia hasta que la historia fue verlo perder, caer desde lo alto de una arrogancia que ya no se sostenía sobre nada.

Antes, cuando Brasil era Brasil y era verdad, también perdía y también caía, pero lo hacía con gracia, con dignidad. Brasil fue uno de esos perdedores memorables, tanto que parece que hubiesen ganado. Era el Brasil que biengastaba su talento frente al Brasil que se ha hartado de malgastarlo. La jungla y el secarral; lo auténtico o su versión comercial.

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Brasil, desde principios de los 90, se convirtió en un producto. Un anuncio verdeamarelho que predica lo contrario de lo que vende.  Un fútbol que niega su propia tradición mientras practica el cinismo del jogo bonito. Brasil es una marca, no un modo de entender el fútbol. Con Telé Santana fue la última vez que aquello fue verdad y no una fabricación publicitaria.

Santana, entrenador del Atlético Mineiro en los 70 y del superlativo Sao Paulo de los 90, cuya estrella era Raí, hermano menor de Sócrates, articuló un equipo que giraba sobre un cuadrado prodigioso de mediocampistas: Toninho Cerezo, Falcao, Zico y Sócrates.

Jogadores com o slogan "Dia 15 vote", pela democracia no país. Data: 00/11/1982

La Brasil del 82, la que prefirió intentar ganar que negociar un empate que les hubiera servido y acabo perdiendo fue la última de una estirpe y la más grande de todas ellas porque no necesitó ni de la Copa para trascender.

El juego mismo, el fútbol, era el objetivo. “Ser campeón es un detalle”, fue uno de los lemas populares del Corinthians entre el 82 y el 84. Brasil 82 no ganaba, Brasil 82 jugaba. Había algo desafiante, contracultural, en la reclamación de lo lúdico de aquel equipo. Algo ideológico también, como una declaración política de principios. De algún modo era imposible derrotar a un equipo al que no le importaba perder.

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En el centro mismo de aquellos dos equipos, alto y parsimonioso, estaba Sócrates. El cuerpo hacia un lado y el pie hacia el otro como en un baile cadencioso. Estampa de póster humano, el gesto icónico silueteado en la memoria  y colgado en la pared de una habitación. Puño en alto, balón al verde. Sócrates medía 1,90, de pie pequeño e intervenciones de artista. Era el de la idea, daba la primera pincelada al cuadro y luego lo firmaba.

Su fútbol era expresión sentimental: jugaba como se sentía en aquel momento. Era tan bueno que no le hacía falta ni jugar, solo estar en el campo. Odiaba entrenarse y eso le sirvió para estudiar medicina a la vez que se formaba en el Botafogo. Licenciado en el 77,  era un médico que decidió ser futbolista durante una temporada. Un año después, en el 78, firmó por el Corinthians para cambiar la historia de un país.

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«No era un profesional de fútbol, era un jugador de fútbol», dice su amigo y compañero de la 82 Zico. No era el mejor, pero era el más especial. Su juego nacía de, en palabras del músico y escritor José Miguel Wisnik de «una cultura de la improvisación donde las debilidades se transforman en creación y sorpresa». Sócrates lo resumió en su pase de tacón, un toque para cualquier circunstancia que compensaba su físico poco adaptado al fútbol.

El fútbol, para Sócrates, es una cuestión artística que expresa la idiosincrasia brasileña. También es, por tanto, expresión y postura política y pública: un modo de presentarse al mundo y definir una identidad. Y esta es (o debería ser en su forma ideal, más platónica que socrática) como esa bala de diamante disparada al centro de la frente que decía Kurtz en Apocalypse Now: «perfecta, genuina, completa, cristalina, pura». El fútbol es cultura brasileña, una pintura viviente, una emoción estética y una postura ética.

1982: SOCRATES OF BRAZIL DURING THE 1982 WORLD CUP GAME IN SPAIN. Mandatory Credit: See Caption/ALLSPORT

Aquello desemboca en uno de los partidos más épicos, hermosos y genuinos de la historia del fútbol, donde Italia y Brasil fueron los mejores posibles, donde el ganador lo mereció y el perdedor pasó a la historia. Brasil, que solo necesitaba empatar decidió morir en coherencia con sus ideas, como si se entregase a un sacrificio inevitable. La tragedia vino después, cuando Ganar sustituyó a Jugar. «Pregunten en la calle si alguno sueña con los equipos del 94 y el 2002», dice el periodista Juca Kfouri.

Allí se termina Brasil. Paradojas: mientras Sócrates y su Corinthians intentaban abrir el proceso democrático en Brasil, su selección caía en otro país en su propio proceso. El fútbol, que fue libre y creativo durante la dictadura se militarizó a lo largo de la democracia; como si Brasil no pudiese tenerlo todo.

Data da foto: 1987 Sócrates, Casagrande e Wladimir, jogadores do Corinthians.

Sócrates y sus compañeros, en sus equipos y en aquella Selección, Sócrates en el cambio de década de los 80 en especial, tuvo sobre la sociedad y la cultura brasileña un impacto similar al de los Tropicalistas a mediados de los 60. Aquellos trajeron la psicodelia y las artes de vanguardia para mezclarlas con el folklor brasileño y crear algo singular, puramente expresión de brasileñidad.

Los músicos Caetano Veloso y Gilberto Gil, Os Mutantes y Rogerio Duprat, Jorge Ben Jor(1), Tom Zé, Gal o Milton Nascimento, Costa, María Bethenia o Elis Regina, el cineasta Glauber Rocha o los poetas y letristas Capinam y Torcuato Neto reclamaban Brasil frente a la dictadura militar que dominó el país entre 1964 y 1985.

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Sócrates y el fútbol a su alrededor hizo lo mismo. Fueron tropicalismo futbolístico, expresión singular y total de lo brasileño, reivindicación de una manera de interpretar el fútbol y la realidad. Al Corinthinas llegó en la última época del viejo presidente Vicente Matheus, un personaje paternalista, amigo de los militares y cercano a Figueiredo, nombrado presidente en 1979, el último de la dictadura militar que gobernaba el país desde el 64. Ese año ganaron el Paulista y comenzaron una decadencia fulminante que colocaría al Timao en la 2ª brasileña en 1981. Entonces, lo imposible.

Matheus pone en marcha la siguiente elección ficticia, colocando como hombre de paja a Waldemar Pires, pero este se rebela de modo improvisto y el grupo del patriarca sale del club en abril de 1982. Tal vez el hecho de haber tocado fondo, uno de los clubes más populares de toda la nación, permitió que todo el proceso fuera fulgurante. Pires, ya presidente, reunió a los jugadores y les dijo que había que reconstruir la institución.

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Para hacerlo les presentó a Adilson Montero, un sociólogo sin ninguna experiencia previa que se convertiría en director técnico del club. La Democracia Corinthiana nace el mismo día en el cual conoce a los jugadores, en una reunión que se prolongó durante horas. En paralelo, la dictadura se hace insostenible, la economía brasileña colapsa. Aquel Corinthians, simbólicamente era ya una avanzadilla: la ruptura generacional, la muerte del tutelaje. Los jugadores quieren la responsabilidad; la gente quiere la responsabilidad.

Una idea que rondaba el vestuario se materializó: un hombre un voto. Todo se discutiría, todo se decidiría, la estructura organizativa del club (de arriba hacia abajo) que era la del país se transformaría por completo. Una utopía real. Los ideólogos eran Sócrates y Wladimir, un histórico lateral izquierdo de fuerte compromiso ideológico. Implicado en diversas luchas sindicales, con una fuerte conciencia racial y de clase, Wladimir fue quien politizó y articuló al intelectual Sócrates.

Jogador Sócrates, do Corinthians.

Junto a ellos, Walter Casagrande, un potente delantero de 19 años que había sido arrestado por posesión de marihuana. Futbolista rock’n’roll, Casagrande era esa ruptura generacional encarnada. Estaba enfadado y peleaba con todo. Era la conexión directa con la calle de los corinthianos. Los veteranos del vestuario, en espacial Ze María, el lateral derecho, Mauro, rocoso central o el carismático volante Biro-Biro se adhirieron si dudar a la idea.

Ganar es un detalle, decía, pero para que la Democracia Corinthiana fuera algo más que “los comunistas barbudos” como los bautizó la prensa conservadora paulista había que transformar la idea en algo sólido. La espectacular victoria en el Paulista del 82, derrotando en la final al Sao Paulo certificó la realidad tangible. El nuevo sistema autogestionario era tan válido como el otro. Los jugadores asumieron sus responsabilidades y disfrutaron de su libertad. Para Sócrates era el momento de dar el siguiente paso: el fútbol como catalizador del cambio. Símbolo y Acción.

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Sócrates se dio cuenta tras discutir con la torcida del equipo tras una fea derrota en casa. Se pasó tres partidos seguidos marcando sin celebrar. Nunca jugó mejor que esos encuentros. La torcida se acercó de nuevo a él y les dijo cómo eran las cosas, que hace un par de semanas lo querían matar y que ahora venían a abrazarlo y que eso no servía. Le dijo que no era el equipo el que los levantaba a ellos, que ellos eran los que tenían que levantar al equipo.

Lula Da Silva, luego presidente y por entonces líder sindical, corinthiano y amigo de Sócrates, cuenta de cómo se dio cuenta de que no tenía aficionados, tenía militantes. También de que el fútbol era un lenguaje accesible a todos, un vehículo de educación en un país con grandes masas de atraso e ignorancia; el fútbol como gran igualador social. «El lenguaje del fútbol es universal en este país. Nos unifica. Es entendido por todos», en palabras de Sócrates mismo.

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Adilson Montero llama a su amigo Washington Olivetto, un prestigioso publicista que se ocupará del departamento de marketing del equipo. Su mayor logro: el logo Democracia Corinthiana. Estampado en la espalda de las camisolas, parodiando la tipografía de Coca-Cola con manchas de rojo esa camiseta se paseaba por todos los campos, lo veían todas las gradas.

Corinthians trascendió Sao Paulo y se volvió un asunto nacional. Sócrates se convierte ahora en un líder político que, resulta, juega al fútbol. Contacto directo, expresión popular, transversalidad. El fútbol y la política como concepto antielitista. No había un discurso programático tampoco, solo una petición: democracia directa.

MEXICO - 1986: (FILE) Former Brazil World Captain Socrates has died in hospital aged 57 Please refer to the following profiles on Getty Images Archival for further imagery http://www.gettyimages.co.uk/Search/Search.aspx?EventId=135094892&EditorialProduct=Archival Socrates of Brazil. (Photo by Bongarts/Getty Images) 67568607

Se decide prescindir del entrenador fichado el año anterior Mauro Travaglini, quien implantó en Corinthians el estilo con el que había triunfado en Fluminense en el 76 basado en la firmeza defensiva y la agilidad del centro del campo, donde alrededor de la precisión de Sócrates brillaba el volante Zenon, uno de los grande jugadores brasileños de su tiempo.

Ze María ocuparía el banquillo y el estilo contragolpeador tendría continuidad con las incorporaciones de futbolistas internacionales como el líbre Juninho o el portero Leao, quien solo estaría un año debido a su inadaptación a la Democracia Corinthiana. Arrogante e individualista, formidable bajo palos, procedía de una cultura política y futbolística opuesta. Era, simplemente, un futbolista profesional. Cuando Sócrates intentó serlo en la Fiorentina fracasó. Cada uno, debe de ser fiel a cada uno.

São Paulo (SP) - 27/10/1982 - Futebol - SP - Equipe do Corinthians - Publiciadade na camisa dos jogadores - Na foto, Sócartes com a frase: "Dia 15 vote". Foto Olivio Lamas / Agência O Globo. Neg: 82-17530

Así y todo, bien reforzado, el Timao reeditará título y final en el Paulista volviendo a derrotar a Sao Paulo tras un legendario concierto de Rita Lee, fanática corinthiana, donde Sócrates, Casagrande y Waldimir se subieron al escenario. Rita Lee formaba parte tanto de los artistas que orbitaban entorno al club y a Sócrates en particular como del nuevo rock brasileño, que con extensiones al punk y al ska, estaba dinamizando otra escena cultural transversal: la música. Grupos jóvenes, que cantaban el idioma de los jóvenes como recuerda Casagrande.

La final es legendaria por la pancarta que portaron los corinthianos: “Vencer o perder, pero con democracia”. Las elecciones directas estaban en el aire entonces. “Diretas-Já”, fue otro de los lemas que lució en la camiseta el equipo. En 1984, Dante de Oliveira, un diputado por Matto Groso había presentado una enmienda constitucional en el Parlamento para forzar el restablecimiento de las elecciones directas a presidente de la República.

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Los meses antes, a la espera de la votación, las calles de las ciudades brasileñas fueron sistemáticamente tomadas por la gente. Demostraciones no partidistas sumaban miles de asistentes. En una multitudinaria manifestación en Sao Paulo en 1984, Sócrates ligó su continuidad en Brasil a que la enmienda pasase. Si no, se iría a Florencia. Perdió por 22 votos.

Sócrates, amateur de corazón, exiliado por la palabra dada en el centro del fútbol profesional se agostó. La Democracia Corinthiana se diluyó. El equipo cayó en semifinales del Brasileirao contra el Fluminense. El grupo de Vicente Matheus regresó a los despachos. El tutelaje, el paternalismo. Así, la democracia no fue tal, sino la mutación, la adaptación al medio de la vieja estructura de la dictadura.

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El Calcio se preparaba a mediados de los 80 para el gran salto. La competición se había nivelado en el paréntesis entre la vieja Juve de Platini y Boniek y el futuro Milan de Sacchi y los holandeses. Todo parecía posible entonces para los clubes medios y pequeños que tenían dinero y acceso a jugadores de calidad. 1984 es el año de la llegada de Maradona a Nápoles y el del título imposible del Hellas Verona, de Falcao y Cerezo en la Roma y Zico en el Udinese.

Para Sócrates fue un año perdido, un año larguísimo donde nadie le entendía a él y él no entendía nada. Sócrates y Pasarella en el mismo vestuario. Otro mundo. Solo las visitas de los compatriotas y la amistad con Giovanni Galli, portero de la Fiore y futuro milanista, lo hicieron soportable.

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Dejó detalles de su juego al primer toque y media docena de goles pero sentía que había perdido. Había perdido un país, una idea y una razón de ser. Sustituir todo eso por ser solo un futbolista profesional le fue imposible.

Al curso siguiente vuelve a Brasil para reunirse con Zico en el Flamengo, pero solo llegan a jugar un partido juntos. Una lesión de espalda termina con Sócrates a los 30 años. Viste brevemente la camiseta de Santos por darse el gusto de formar en el equipo de su infancia e incluso regresa a Botafogo, ya en el 89, pero no llega ni a jugar. Está, simplemente, buscando tapar ese hueco, esa perdida. «Nadie abandona el fútbol; el fútbol nos abandona a nosotros», dijo en una ocasión.

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Grabó algunos discos, escribió algunas letras y poesía dispersa. Intentó ser entrenador y organizar torneos de tenis, asesoró a políticos… Nada. No servía. Se volvió alcohólico. Había bebido y fumado durante toda su vida. Era un hombre social, de charlas eternas y allí encontró la excusa para autodestruirse poco a poco; para disolverse a sí mismo. No paró de hacerlo ni cuando las enfermedades lo castigaron. Era un romántico y la muerte era parte del mito que había asumido como propio. Murió un domingo de 2011 mientras Corinthians se proclamaba campeón. En 1983 había contado en una entrevista que esa era su muerte soñada. La historia, a veces espera.

1.Fanático del fútbol y jugador frustrado él mismo, Jorge Ben tiene varias canciones sobre el juego como Zagueiro, Ponta de Lança Africano (Umbabarauma) o Camisa 10 da Gávea, dedicada a Zico.

Milinko Pantic: el auténtico mirlo blanco (y rojo)

«El mirlo es una ave paseriforme (Turdus merula) de unos 25 cm de longitud; los machos son de color negro con el pico amarillo; las hembras son pardas. Su canto es un silbido melodioso, pudiendo también imitar sonidos y breves melodías».

Entre ellos puede darse un alteración en la pigmentación que mezcla el plumaje negro y el blanco y, en ocasiones rarísimas, los presenta completamente blancos. De ahí la expresión “un mirlo blanco” referido a alguien que acumula tal cantidad de cualidades y es tan raro de ver como uno de estos pájaros. Yo, de hecho, solo he visto uno en toda mi vida: Milinko Pantic.

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A Pantic se lo inventó Radomir Antic cuando llegó a entrenar al Atlético de Madrid. Hasta entonces era un oscuro jugador yugoslavo formado en el Partizan de Belgrado de paseo por la liga griega de principios de los 90. Tenía veintinueve años, no lo conocía nadie, costó cuatro reales, jugó todos los partidos, marcó diez goles y ganó la Liga y la Copa en ese mismo año moviendo el mecano atlético con su pie derecho de cirujano. El mirlo blanco.

Pantic, fino 10, escuela yugoslava, poca pinta de futbolista, parecía jugar con las pulsaciones al mínimo pero era, en todos los sentidos, mucho más de lo que parecía. Hierático y preciso, la perfección de su golpeo convirtió al Atlético en un artista del balón parado donde cada córner y cada falta lateral entrañaban el mismo peligro que un mano a mano del delantero contra la soledad del portero. La grada se ponía bocabajo con aquellos centros y lanzamientos que se enroscaban, duros y secos, como no se habían visto ni defendido en España. Esto era en Madrid, en la temporada 1995-1996.

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10 años antes, en Belgrado.

Milinko Pantic, joven, con el pelo revuelto maradoniano, ligero como el pájaro que será, ficha por el Partizan de Belgrado, el equipo de la panyugoslavia, desde la liga juvenil, que disputaba como el FK Jedinstvo de Mali Zvornik. Había recibido llamadas de Hajduk e incluso del Estrella Roja, pero los Crno-beli eran el equipo de su vida. Era un mirlo blanquinegro. Tenía 19 y todo para triunfar en un fútbol donde, todavía, bastaba el talento. La dureza de la pretemporada de un equipo profesional le sorprende y su escaso físico se resiente al añadírsele el parón invernal y una segunda fase de preparación. Pantic era un 10 y lo tenía integrado hasta el tuétano. Y el 10 solo necesitaba balón, imaginación y un pie celestial. Pantic tenía dos de tres.

En el Partizan conoció a Radomir Antic. Defensa con ideas atacantes, había sido jugador del club durante casi toda la década de los 70, ganando la Liga del 76, para salir luego hacia Europa vía Turquía. Paró en España durante dos temporadas, en el Zaragoza que más tarde entrenó, y se retiró en el Luton Town en 1984. Un año después era el segundo entrenador, asistiendo a Nenad Bjeković, de un club de formidable potencial. Él recomendó el fichaje de Pantic.

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Desde primeros de los 80 se venía congregando una generación de jóvenes promesas que evocaban el fútbol alegre del gran Partizan de los 60 ganando una Liga en 1983, pero marcados por la muerte en accidente de coche de Dragan Mance en septiembre del 85. Mance, delantero purísimo, uno de los mayores talentos de la historia del país a a decir de quienes lo vieron y contaron era con veintidós años la estrella de momento. Si con él y con Zoran Dimitrijević, líder sobre el campo, fuera del equipo en el 85 y comenzando una cuesta abajo personal, el Partizan se renovaba con una nueva generación que le daría dos títulos más a finales de la década.

Pantic coincide con jugadores como Goran Stevanović, que jugará dos años en Osasuna, Vladimir Vermezović, con dos pasos mediocres por Sporting de Gijón y Salamanca, el delantero Zvonko Živković, Goran Bogdanović, que vestirá las camisetas de Mallorca y Español, que será su compañero de piso, mejor amigo y cuñado, el futuro capitán de Eslovenia, Darko Milanič, o el defensa Ljubomir Radanović. Juntos lograron los títulos consecutivos de 1985-86, donde Pantic aporta un par de goles postreros decisivos,  y de 1986-87, pero la Federación Yugoslava no fue de la misma opinión que el fútbol y los desposeyó de modo fulminante.

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Acusaciones de compra de partidos desembocaron en la repetición de la última fecha, donde el Partizan había arrollando por 4-0 al Željezničar desequilibrando así el golaveraje respecto al Estrella Roja en su favor. Varios equipos, entre ellos el Partizan, se negaron a volver a jugar así que a los partidos dados como perdidos se sumó una sanción de -6 puntos para el curso siguiente. Estrella Roja y Vardar figuraron brevemente como campeones hasta que a mediados de 1987 la mismísima Corte Constitucional anuló las sanciones. Los 4 goles y los -6 puntos regresaron, pero lo que nunca se pudo reparar fue la ausencia del Partizan en dos Copas de Europa consecutivas.

Las primera temporada es uno de los habituales, suele salir desde el banquillo y es capaz de desequilibrar partidos difíciles pero al año siguiente el Partizan firma a Milko Gjurovski desde el Estrella Roja y al veterano delantero kosovar Fadil Vokrri y Pantic empieza a perder sitio, a ser postergado en las rotaciones e incluso a jugar para los equipos inferiores. Resultaba que solo el talento no bastaba, hacía falta algo más. Además pierde a Antic, su mayor valedor, quien en el 1988 y tras solo un año como primer entrenador, ficha por el Zaragoza; entonces ya intentó llevarse a Pantic con él, pero el mirlo no puede salir del país todavía: no ha cumplido veintiocho años.

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Ya es 1991, el Partizan encarga otra hornada de jugadores donde está Predrag Mijatović, el Toro Spasic, el españolista Branko Brnović o el sensacional Slaviša Jokanović, todo ello bajo el manto de un Estrella Roja del genial Robert Prosinečki que será campeón de Europa en ese mismo año. Acaba por ser cedido al Olimpija Ljubljana, donde juega poco y se lesiona mucho. Perdió un año en el servicio militar y ahora ha perdido otro. Y los años no vuelven. Regresa a Belgrado pero allí ya no es futbolista sino solo un tipo que se pone una camiseta de rayas negras debajo de un chándal. En una entrevista de 2015 en el diario Danas, Pantic señala un breve paso por Turquía, pero en ningún lugar figura que equipo pudo haberlo probado. En cualquier caso, tampoco funciona. Del pozo lo sacará Moca Vukotić, un exentrenador y veterano del Partizan, como Radomir Antic, que como técnico había emigrado a Grecia; al Panionios. 

4 años antes, en Nueva Esmirna

Momčilo “Moca” Vukotić había sido un 10 liviano y talentoso, como Pantic, que había tenido una fructífera prorroga tras regresar del Girondins de Burdeos, levantando otro título con el Partizan en el 83. Su mejor época había tenido lugar durante la década anterior, con las Ligas del 76 y el 78 y su participación como único representante blanquinegro en la Eurocopa del 76, cuya fase final (con solo cuatro participantes: Yugoslavia, Checoslovaquia, campeona en la legendaria ronda de penaltis de Antonin Paneka, Holanda y Alemania Federal, la otra finalista) se jugó entre Zagreb y Belgrado. Tenía buen gusto y memoria y para el pequeño, confortable, Panionios, se acordó de Pantic, que en el fútbol griego del inicio de los 90 aún podía hacerse valer solo con el talento.

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En Panionios, un equipo de mitad de la tabla en una liga de mitad de la tabla en un suburbio de Atenas, pasó casi cuatro temporadas. Allí no había problemas para un jugador como él. Era un fútbol de retiro, de apartamento en la costa; un fútbol de vacaciones de verano todo el año. Pantic no tenía que hacer otra cosa que jugar. Nadie la pedía más que un algo bueno los domingos, algo que endulzase la semana. Jugó ligero, más que nunca como él mismo reconoce, mientras Yugoslavia comenzaba a caerse a pedazos.

La liga griega había pasado buenas temporadas con la competitividad entre Panathinaikos, que incluso había jugado una final de la Copa de Europa en el 71 contra el tremendo Ajax total y el Olimpiakos, pero desde mediados de los 80 había descendido su potencial y permitido que el AEK se colocase como alternativa. Un poco antes, incluso el PAOK Salónica  y el muy modesto AE Larisa habían rascado un par de Ligas en el 85 y el 88 respectivamente. Pero el Panionios tampoco aspiraba a eso. Está en problemas sociales y económicos y los estará durante buena parte de los 90. En el 92 se traslada desde Atenas a Nueva Esmirna y desciende de  categoría. Un equipo extraño, un histórico desplazado que se fundó en una ciudad que ya no pertenece a Grecia y que no lo olvida.

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Pantic llega junto a otro ex Partizan, Vermezović, quien ha rebotado desde España. Se quedará hasta el 95. En el 93 llega el trotamundos Nebojša Krupniković otro serbio, este ex-Estrella Roja. La del 91 es la última temporada de Thomas Mavros, un delantero formado en club que fue uno de los grandes atacantes griegos de los 80 y que ha regresado desde el AEK unos años antes, y una de las primeras de   Takis Fyssas, un defensor joven y duro que en el 98 ganará la segunda Copa de Grecia de la historia del club. Dos representantes de un club con tradición en la formación de futbolistas. Ese primer año el equipo desciende a segunda, pero asciende a la siguiente y se estabiliza cosido a los goles de Pantic y su juego veloz. Desde entonces transita la liga griega siendo el mejor jugador del campeonato sin esfuerzo.

Parte desde el interior derecho hacia el centro e invade el área a toda velocidad imponiendo un dribling demoledor y un toque sublime. Se parece un poco a Bochini y otro poco a Iniesta pero juega perdido en el mundo, sin mayores ambiciones. El Olimpiakos lo ronda varías veces pero nada se concreta. Pantic tampoco hace el esfuerzo. No se muestra fuera, no busca, está cómodo y es feliz porque cada partido juega y cada partido es el mejor.

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Después de la 94-95, donde anotó 17 goles y regaló más de 20, llegó la llamada. Radomir Antic quemaba entonces sus últimos fuegos en un Real Oviedo al cual había llevado a tres exyugoslavos, Jokanović, el fino líbero Nikola Jerkan y un Prosinečki sombra de la sombra de sí mismo. Con la oferta del Atlético de Madrid delante y el extraño fichaje de ruso Viktor Onopko de por medio (mientras el Oviedo pujaba por firmarlo, Antic torpedeaba con la idea de llevárselo al Atlético), retomó el contacto con su viejo pupilo.

Después de unos años sin contacto, Antic llama a Pantic a Nueva Esmirna, le dice que cómo se encuentra, que qué tal está jugando y que le mande unos vídeos porque si todo sale bien puede acabar en España. A Pantic le tiemblan las piernas.

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Va a cumplir veintinueve años, es el segundo en el club tras el presidente que le ha ofrecido renovar y el futuro entrenador, el legendario jugador y míster del Steaua de Bucarest Emeric Jenei, ganador de la Copa de Europa del 86, ya ha hablado con él. Y se está cómodo en Grecia; y no hay presión en Panionios; pero se es menos futbolista aquí; pero lo otro es España; y tienes veintinueve años; y esta va a ser la última. Pantic le pide a un amigo periodista que le haga unos vídeos y se los envía a Radomir Antic por correo. Otra llamada: “-No firmes nada. Voy a entrenar al Atlético de Madrid”.

Ahora, Madrid

Problemas. Jesús Gil, volcán humano, cacique rojiblanco, no quiere saber de ti porque no sabe quién eres. Antic te pelea, pero el Atlético es un crematorio de entrenadores. Entonces era raro salir de la liga griega. Ni los ojeadores buscaban, ni los jugadores querían salir. Un año después será Vasilis Tsartas, finísimo interior zurdo del AEK quien emigrará a Sevilla y, muy poco a poco, Grecia se convertirá en mercado. De momento, 60 millones de pesetas sirven. Los preparadores físicos del Atlético se quedan de piedra cuando te ven. No se creen que seas un futbolista profesional. Pero eso a Antic le da igual; él no quiere tus piernas, quiere tu cerebro y ese pié derecho de asesino a distancia. Te ha propuesto un pacto fáustico y tú lo has aceptado: dame diez años en sólo uno.

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En el primer partido de liga que juegas le marcas un gol de falta a la Real Sociedad. Igualas un 0-1 y el partido termina 4-1. Hola España, soy Milinko Pantic y voy a sembrar el terror. El que sabe centrarla en segunda sabe en primera, el que sabe tirar faltas en Grecia, sabe en España. Tú sabes todo eso y encima tienes un fútbol secreto que pensaste que no ibas a poder jugar nunca. Estas compitiendo y todo es distinto. Tienes alrededor un equipo joven que te mira todo el tiempo, tienes un entrenador que cree en ti y te mira todo el tiempo y dentro de poco vas a tener una grada que te adorará y mirará todo el tiempo. El Atlético va a pasar de jugar por mantenerse a jugar por todo. Te vas a quemar, pero va a merecer la pena.

A Radomir Antic lo habían fulminado del Real Madrid en la 91-92 cuando tenía al equipo cómodamente líder. No gustaba, no jugaba de acuerdo a los estándares blancos. Fue sustituido por un retornado Leo Beenhakker, el entrenador del Madrid de la Quinta y terminó perdiendo el título contra el Barcelona de Cruyff en la primera liga de Tenerife. A Radomir aquello se le quedó dentro. En el Atlético ve lo que nadie más ve. Lo mismo que en ti: una oportunidad. Así que recoge los restos del último desastre de Gil, el que empezó en Pacho Maturana y terminó Sánchez Aguiar con estaciones intermedias en D’Alessandro y el Coco Basile. Cuatro entrenadores estaban en la media del Gilato tras la última época de Luis Aragonés, la de la Copa del Rey contra el Real Madrid del 92. En total 13 (D’Alessandro dos veces) habían precedido a Radomir Antic, quien aguantará tres seguidas antes del regreso a la vorágine y a Luis.

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Del equipo que se armó para Maturana reciclará a Geli, un lateral largo y abnegado que había pasado por el Barça B y 3ª, los jugadores de casa López, Solozábal, olímpicos en el Oro del 92 y Toni, defensas los tres, el veterano Vizcaíno a quien Antic había tenido ya en Zaragoza y por quien Pantic sentirá devoción debido al tremendo trabajo de este como guardaespaldas profesional y valiente llegador, Simeone, un volante argentino feroz que había pasado por el Pisa y forjado en el Sevilla entre Bilardo y Luis, Kiko, delantero indefinido del loco Cádiz de las salvaciones en el último partido y Caminero, un descubrimiento de Maturana en el Valladolid, de posición indefinida sobre el campo, que venía de un Mundial tremendo en Estados Unidos y a quien Antic convertirá en el corazón del equipo.

El dinero para fichajes es escaso, así que Antic se queda sin Onopko, que se va al Oviedo y sin Jokanovic, a quien pretendía traer desde ese mismo equipo y que termina en el Tenerife de Jupp Heynckes, que será una de las revelaciones de la Liga, quintos por encima del Real Madrid, con un Pizzi  marcando 31 goles para ser Bota de Oro. Pantic, exiliado en Grecia, olvidado por el fútbol, entra en el patrón de los fichajes que Antic ingenia. Al Espanyol le escamotea a Roberto, otro medio llegador, del Albacete salvado en la promoción de la Segunda no logra traerse a Morientes que prefiere al Zaragoza, pero rescata a un joven central con buen píe, Santi, y a un portero gélido y todavía con mejor pie: Molina.

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Grande como Iribar pero con un manejo de balón como Van der Saar parece al tiempo el último de los porteros antiguos y el primero de los modernos. En el Atlético ejerce tanto de líbero como de guardameta y la defensa adelantada hasta casi la línea de centrocampistas no se entiende sin su tranquilidad. Es la base del sistema de Antic para el Atlético. El primer pase, el primer achique.

Con Kiko hace algo similar. De vivir en la oscuridad desde su llegada, pasa a transmutar en una suerte de organizador que juega de 9. Su prodigioso juego de espaldas y la dulzura de su último paso y su juego en corto son claves en el demoledor despliegue de llegadores del Atlético, donde las aportaciones goleadoras ya no se concentran en uno o dos jugadores, sino que son la suma de hasta una docena de futbolistas a los cual Antic hace ocupar distintas demarcaciones. Perfecto ejemplo es Juanma López, uno de los ídolos de la grada, a quien Antic usa indistintamente como lateral, central e incluso interior ocasional.

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Lubo Penev será el complemento de Kiko. Un panzer clásico de carácter endiablado que había salido libre de Valencia tras un cáncer de tésticulos que le había impedido jugar el Mundial del 94 y pelearse con Paco Roig, otro de los infames presidentes del fútbol español de la época a quien en un partido copero del 96 pondría la cara de luto. Era un fichaje de riesgo pero, de nuevo, Antic ponía la confianza como garantía. 19 goles. Como refresco, Leo Biagini, promesa del Newell’s que sería espléndido jugador número 12.

El Real Madrid y el Barcelona andan en periodos melancólicos y esa conjunción astral no se puede desperdiciar. A Valdano lo sucede Del Bosque y a este Arsenio Iglesias, que nunca debió aceptar. Entre guerras intestinas, jugadores de vuelta y jugadores que se van a marchar el Real Madrid se desangra en blanco. En el Barcelona, Cruyff anda melancólico armando su siguiente equipo. Él nunca ha tenido prisa y siempre le ha gustado dar vueltas y probar de todo, pero el palco no es de la misma opinión y lo terminará fulminando con quinta del Mini incluida. Jugadores que ya ha firmado como Figo, Popescu y Abelardo, o apalabrado como Luis Enrique, serán básicos en los siguientes tres años de triunfos. Ahora parecen solo un boceto pero no se apean del segundo puesto hasta casi el final, cuando el Valencia se les tiré a la yugular.

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El Espanyol va a dar guerra también durante un buen trecho del Campeonato con sus puntas venenosos, Lardín y Benitez, escoltando el cuerpo de boxeador de Urzaiz y su defensa elegante. Es un equipo ágil y alegre, que se estira fácil y toca rápido. Los ganáis las dos veces. Pero eso es luego, ahora el peligro es el Valencia. El Valencia de Luis y Mijatovic, otro Grobari. Es uno de los equipos asesinos clásicos de Luis; un animal de contragolpe sostenido por la parsimonia de Mazinho en el medio y acabado por un Mijatovic que ataca desde lejos, a la carrera y el espacio. Luis mezcla perros viejos como Zubizarreta, Patxi Ferreira, Camarasa o el estupendo Fernando que termina con 10 goles desde la segunda línea, con jóvenes como el dinámico José Ignacio que se ha traído del Logroñés, Romero, un lateral larguísimo que hará fortuna en el Deportivo o el multiusos Gaizka Mendieta, todavía lejos de su eclosión como jugador superlativo.

Y además la carrera va a ser larga, con fechas extras por el disparate de los 22 equipos que este año comienza. Pierdes los dos derbis contra el Real Madrid y en el fondo de la boca se te queda un amargor indefinible que ni el vapulear 3-1 y 1-3 te lo va a quitar. El Barça se te da bien y en la Copa se te dará mejor. En la semifinales vais a dejar al Valencia a un palmo con una ida apoteósica que se cerrará 3-5, donde Penev fallará un penalti, empezaréis perdiendo 2-0 y donde tú marcarás 2 goles para empatar, el segundo una falta que deja tú nombre escrito en la escuadra; y en la final, en la agonía de una prórroga que nunca habías jugado en toda tu carrera, Geli correrá y centrará como extremo desesperado y tú, Milinko Pantic, que tampoco has metido un gol de cabeza en tu vida, aparecerás entre dos defensas para levantar la Copa con la mismísima frente.

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Jugáis con confianza, con un sistema dúctil e ingenioso que saca partido de todo lo que tenéis. Jugadores valientes, gente sacrificada y dos o tres talentos de los verdad. Antic ha parido toda una serie de jugadas de estrategia que aniquilan a un equipo tras otro y tú estás en todas ellas. Nadie sabe cómo pararos porque no se puede. Los defensas tiemblan y los porteros sudan cuando la pelota se queda quieta y mandas tú porque saben que ella hace todo lo que le dices.

En la Liga cogéis el primer puesto en la segunda jornada y solo resbaláis dos veces para cedérselo al Espanyol primero y al Barça después. El Valencia, agazapado viene de lejos. Ellos y el Sevilla se os atragantan, como si Luis fuese en contraceptivo de vuestra defensa en el centro del campo. Feo y crudo, el Sevilla vive de los restos de la última estancia de Luis Aragonés, que los dejó en UEFA. Conservan los dientes en la defensa y a Suker, a quien se la cae la clase por todos lados, en la delantera. Con eso basta para rascaros un empate y ganaros casi al final de la segunda vuelta.

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Descabalgáis al Barcelona en el Camp Nou, en el partido de Caminero de todos los tiempos, ese donde pone a Nadal al borde del hospital con una finta y prácticamente firmáis el despido de Cruyff, a quien Rexach sustituye faltando dos jornadas; pero el Valencia os sacude en el Calderón la fecha siguiente con un 2-3 que no os esperáis con solo cuatro partidos por delante. Solo cedéis un empate contra el Tenerife. Los dos puntos de ventaja sirven. Ganáis al Albacete. Sello a la Liga en casa. Diez años en uno solo. Cumples. Liga, Copa, goles y fútbol.

Madrid, un año (y otro) después.

Las dos siguientes temporadas serán muy distintas. El ritmo del dinero de los grandes le pasa al Atlético artesanal por encima. La Champions de la 96-97 es un cementerio de piernas e ilusiones y la 97-98 la antesala del delirio. En dos años el equipo queda desfigurado. El emergente Deportivo de la Coruña, que en breve encontrará un orden en Irureta, y el Betis de Serra Ferrer primero y el estupendo Athletic de Bilbao de Luis Fernández y la Real de Bern Krauss después, empujan al Atlético hacia abajo en la clasificación. Al Real Madrid, las ideas claras le duran un año, pero es un año tiránico donde con un fútbol marcial y casi 60 goles entre sus tres atacantes, Raúl, Mijatovic fichado entre polémica del Valencia y Suker, se pega hasta más allá de los 90 puntos contra Ronaldo vestido con la camiseta del Barcelona.

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A unos los entrena el sargento con más hierro del mercado, Fabio Capello, quien en el 94 había triturado en Atenas el sueño cruyffista. Al Barcelona un inglés, viejo y entrañable, que simula no enterarse de nada pero es un auténtico zorro con una plantilla criminal a su disposición y un fenómeno. El suelo tiembla cuando corre y el fútbol no será lo mismo después suyo. El gol como línea recta. George Weah, elegante y potente, había anunciado el cambio en la guardia de los delanteros, pero Ronaldo fue un salto evolutivo: amenazaba desde cualquier lugar del campo, atropellaba, fintaba, paraba y arrancaba, pisaba y definía; 70 metros o una baldosa para él, lo mismo.

El Barcelona está todavía por definir. Entre jugadores que llegan y jugadores que se van, entre los que se adaptan y los que no se adaptarán y con Robson, que no tiene nada que ver con la escuela holandesa. Pero el cimiento es bueno y cuando Louis Van Gaal, ortodoxia holandesa, lo recoja y añada el aglutínate que se trae del Ajax añadirá dos Ligas y una Copa a la Copa y Recopa de Ronaldo, quien vuela hacía el Inter y hacía un martirio de rodillas rotas. El Atlético no tendrá nada que hacer, ni siquiera cuando tras la fuga de Capello, de vuelta al Milán en rojo y negro, el Real Madrid indescifrable se descalabre en la Liga al tiempo que gana su séptima Copa de Europa con su nuevo entrenador, Jupp Heynckes, in articulo mortis.

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Pantic, que si nunca había disputado una prórroga menos había tenido que competir en tres frentes simultáneos, sufre. Le quedan los restos, la cabeza y la mira telescópica pero se pierde demasiados partidos y es sustituido en prácticamente la mitad de los que juega. Al año siguiente apenas será ya titular.

Penev había salido rumbo a Compostela para completar el tránsito por las presidencias demenciales con José María Caneda en un equipo muy bien dirigido por Fernando Vázquez que se movía al ritmo de Fabiano, un interior brasileño exquisito que encontró en aquella singularidad de mediados de los 90 su perfecto ecosistema. Para sustituir al búlgaro, Antic se fijó en el banquillo del Real Madrid, en Juan Eduardo Esnaider; un argentino con cara de galán de cine y ojos de asesino por contrato.

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De carácter endiablado, duró otra temporada saldada con una monumental broca tras ser cambiado en la vuelta de los cuartos de Champions contra el Ajax. En la 97-98, otro delantero de un solo años y otro temperamento inescrutable: Christian Vieri. Ajeno a todo, firma 24 goles en 24 partidos, alguno como aquel desde la línea de fondo contra el PAOK en la UEFA antológicos.

Antic sigue buscando su siguiente mirlo blanco. Se trae a Prodan, un fino defensa rumano titular en la fantástica selección del Mundial USA y a Radek Bejbl, el pulmón de otra selección, la de la República Checa que se presenta finalista en la Euro de Inglaterra del 96, donde cae frente a Alemania con un gol de Oro de Oliver Bierhoff. Pavel Nedvěd, el auténtico crack de aquel equipo, se va al Lazio desde el Sparta de Praga, un estupendo equipo bicampeón donde formaba junto a Jan Koller.

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Mejores elecciones ambos. Bejbl posterga a Vizcaíno y el Atlético se destensa. La delantera, Caminero incluido, produce goles a igual o mejor ritmo, pero a Simeone y a Pantic les cuesta más llegar. El equipo se ha alargado. Solozábal, la cabeza fría de la defensa tiene problemas y no logra continuidad. En la 97-98 saldrá camino del Betis de Luis y lo sustituirá Andrei, un central brasileño rígido y durísimo. Otro año y al Betis de Lopera, que lo cede, vende y revende a Brasil en una sería de operaciones rocambolescas.

El Atlético vuelve a quemar. Pantic se descontextualiza y la idea del juego colectivo se diluye. Las competiciones de eliminatoria son el enganche para la temporada 96-97, pero las dos, la Copa y esa Champions que tanto desgasta, que tanto distrae, se derrumba a la misma altura: cuartos de final. Las dos son eliminatorias memorables, regresos al malditismo Atlético, a esa mítica del perdedor tan peligrosa, tan embaucadora. Pantic hace sendas competiciones sensacionales, exprimiendo lo que le queda en partidos urgentes, a corto plazo.

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El Atlético viaja al Camp Nou con un 2-2, necesitado de vértigo y goles. En Liga ya han quedado 3-3 y 2-5, ampliando así el ciclo de enfrentamientos deslumbrantes de estos años. Con Van Gaal en el estadio, observando tanto a su siguiente rival como a su próximo equipo, se orquesta la tragedia que es parte de la historia del Atlético. Pantic marca cuatro goles como cuatro brindis al sol frente a los 5 del Barcelona que juega poco pero corre en tromba. 0-3 llegó a estar el marcador cuando el Atlético se convirtió 45 minutos en el del curso anterior. Luego, regresó al fatalismo.

Algo similar sucedió en el Calderón contra el Ajax. Otro jugar como ayer para perder como hoy. Otra vez Pantic en la impotencia. El Ajax había sido el mejor equipo de Europa en el cambio de quinquenio. Le había ganado una Copa de Europa al Milan y había perdido otra contra la Juventus en los penaltis (este año la Juve los iba a eliminar en semis) funcionando como un perfecto ensamblaje de pequeñas piezas fabricadas de encargo que Van Gaal iba sustituyendo hasta que los equipos italianos y españoles los desmontaron al completo.

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El de la 96-97 era todavía de buena fabricación, pero lejos de la precisión maníaca de los dos años anteriores, incluida una presentación en el Bernabéu donde el 0-2 no representa la perfección y superioridad del juego. Con un 1-1 en Holanda, la oportunidad era buena. Con 1-0 en casa, mejor. De Boer respondió a Kiko y todo quedó para la prórroga. Dani, un portugués con aspecto de modelo y fama desproporcionada marcó un gol para la posteridad de los que obliga a dos para ganar. Pantic, otra vez, empujó con el empate pero ya en la muerte del partido, Babangida, uno de aquellos nigerianos de la estupenda selección Olímpica del 96, terminó con todo.

Aquel gol fue como si taparan la grieta que al Atlético había conseguido hacer en la realidad del fútbol español. Su pequeño espacio, empastado durante un par de años volvió a ser levantado por el Deportivo y el Valencia a principios de los 2000, antes del apabullante ciclo barcelonista, que ha convertido incluso los títulos del Real Madrid en excepciones. El Atlético, ahora con Simeone como entrenador, revalidando identidades y desterrando fatalismos, volverá a ganar la Liga. Habían pasado diez años de su anterior título; pasarían 18 y una 2ª División para el siguiente. Las derrotas de la 96-96 también significaron retomar la locura.

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Gil decidió gastar (lo que no tenía) y además fichar a Vieri desde la Juve subcampeona de Europa contra el Borussia Dortmund, y traerse a Andrei de Brasil, se hace con Lardín y dilapida unos cuantos millones en Juninho, un vertiginoso mediapunta brasileño que juega en el Middlesbrough a quien Michel Salgado dejará tieso con una entrada de cárcel durante un partido contra el Celta. Para traerlos se vende a Solozábal y a Simeone, quien en mitad de un ambiente enrarecido por la prensa encanallada (o por cruces sentimentales) se va al Inter y luego al Lazio, donde ganará otra Liga histórica.

El excelente rendimiento de Juninho hasta que Salgado le rompió la pierna y su propio desgaste llevan a Pantic al banquillo. Ocho partidos como titular y solo 3 goles. Todo se acaba, pero este equipo se ha acabado demasiado rápido. El Atlético cae muy pronto en la Copa contra el Zaragoza, pero está vadeando la Liga con dignidad (solo se descolgará en la últimas fechas) y realizando una UEFA de mérito que le lleva hasta una semifinal contra el Lazio que dirige  Sven-Göran Eriksson y donde junto a Nedvěd o Nesta juegan un par de yugoslavos de la diáspora: el serbio Vladimir Jugović, que al año siguiente pasará por el Atlético camino del Inter y el croata Alen Bokšić, un delantero técnico de hielo. Con la vuelta en Roma y un 0-1 en contra, Gil suelta a la bestia y firma a Arrigo Sacchi con Antic todavía en el puesto.

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La prensa lo destapa, el presidente se enzarza, Antic resopla y el Atlético es eliminado con un italianísimo 0-0. Como remate tragicómico, Radomir regresará al final de la campaña siguiente, echado ya un Sacchi, quien a todas luces había caducado como entrenador, para volver a perder las semis de la UEFA contra otro equipo italiano con dinero a espuertas, el Parma de Dino Baggio, Stanic, Asprilla o Verón o Crespo, que culminaría como campeón. Otra historia. Pantic estaba entonces en Francia, pensándoselo.

 Entre Le Havre y Nueva Smirna, tres años (y pico) después.

Pantic está acabado. O más bien tiene esa conciencia del futbolista que se sabe acabado pero su orgullo no le permite aceptarlo. El Racing de Santander lo ofrece un contrato sólido, incluso mejor pagado que el del Atleti, donde nunca estuvo entre las fichas altas. Dos años más tarde, el Racing descendía a 2ª. Su esposa quería quedarse en España, pero el jugador había arraigado en el Atlético de Madrid de otra manera. Siempre blanquinegro, se había vuelto rojiblanco. La deuda con el club, un profundo sentido de agradecimiento, le impedía ponerse otra camiseta en España. En Grecia ya le había sucedido lo mismo y cuando regrese, de hecho, lo hará al Panionios.

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Es Milan Calasán, otro viejo amigo de la exYugoslavia quien le ofrece una alternativa. Calasán, futbolista en los 70 y 80, había pasado por el Olimpija Ljubljana y el Dinamo Zagreb primero para hacer luego carrera en la liga francesa. Después de retirarse se convirtió en agente, trabajando en especial con jugadores balcánicos (él colocó a Nikola Žigić en el Racing de Santander en 2006) y fue el primer representante que Pantic tuvo en su carrera a la edad de 33 años. Los contactos en Francia de Calasán facilitan el pase al Le Havre, un equipo histórico pero menor cuyas modestas ambiciones parecen ir en consonancia con la fase crepuscular de la carrera de Pantic. Deja 200 millones de pesetas en el Atlético de Madrid; mucho más de lo que costó, mucho menos de lo que llegó a valer.

El curso anterior habían quedado décimos, su mejor clasificación en años, bajo la dirección de Denis Troch, quien había sido mano derecha de Artur Jorge durante su época en el PSG. Artur Jorge, uno de los mejores entrenadores de la segunda mitad de los 80 y primera de los 90, había hecho Campeón de Europa al Oporto en el 86 y a principios de la década siguiente, apoyado en futbolistas como Raí, Weah o David Ginola, convirtió al PSG en uno de los equipos de moda.

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Pero cuando llegó Pantic, Troch ya no estaba. Tampoco la estrella del equipo, cuyo vacío debía de llenar. Vikash Dhorasoo es de origen indio, fruto de una peculiar mezcla de etnias milenarias, pero nació en Le Havre y se formó en el club. Interior hábil y laborioso fue clave en la progresión del equipo y en 1998 acaba de ser vendido a un Olympique Lyonnais que comienza a conformar el proyecto que tiranizará la liga francesa siete temporadas seguidas desde 2001.

La afición no entiende como se puede cambiar a un futbolista emergente por uno en retirada y además pocos son los que saben de Pantic, todavía a día de hoy un jugador semidesconocido en la propia Serbia. En Le Havre coincide con un par de delanteros miembros de la diáspora, el montenegrino Miladin Bečanović y el joven (veinte años) bosnio Adnan Čustović, quien acabará por jugar bastante en Bélgica. En defensa una exportación griega, el notable Marinos Ouzounidis; un central del Panathinaikos contra quien Pantic había jugado en su día y que formaba en el equipo que jugó las semifinales de la Champions contra e Ajax en la 95-96.

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Pantic firma por tres años. Después de la primera temporada, se marcha. El equipo desciende al curso siguiente. Está frío en Le Havre. Llueve y hay cemento y barcos y reconversión. Vuelta al refugio de Nueva Esmirna, al fútbol de vacaciones y apartamento de verano.

La liga griega que reencuentra es muy diferente. También el Panionios. Grecia se ha convertido poco a poco en una competición trampolín. Los equipos participan y compiten en Europa con asiduidad y los clubes miran y buscan constantemente. La competición se ha endurecido porque los jugadores saben que los transfers se mueven constantemente. En cuanto años, la selección griega le pegara una sacudida a la foto del fútbol, arrugará la realidad con su fútbol feo y honrado y levantará la Eurocopa de Portugal. Once de los campeones juegan fuera de Grecia, entre ellos Fyssas, por entonces en el Benfica. En el 98 el Panionios había ganado la Copa y en el 99 pisado los cuartos de final de la Recopa, donde fue tumbado por el Lazio, a su vez ganador del título frente al Mallorca de Héctor Cúper.

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De repente todo se mueve demasiado rápido para el viejo Pantic, y el talento ya no es suficiente ni en Grecia. Nadie la espera en Panionios para que se pasee. El equipo está de nuevo en problemas económicos y hace falta sostenerse en el campo. Llegan fichajes. Montones. Jugadores de todas las nacionalidades intercambiados por otros iguales a ellos al año siguiente. Es el mundo después de Bosman. Brasileños, ucranianos, serbios, galeses, alemanes…restos de serie, descartes, recortes. Entre ellos un par de antiguas promesas españolas, Maqueda, que salió de la cantera del Madrid para diluirse y Thomas Christiansen, un delantero medio danés martirizado por las lesiones que cuando nadie se lo espera ya va a tener dos temporadas formidables en el VfL Bochum llegando a ser máximo goleador de la Bundesliga.

Los entrenadores se suceden a velocidad vertiginosa. Entre el 99 y el 2001 ves pasar no menos de media docena. Ya no disfrutas, ya no veraneas. Te piden que juegues de mediocentro y te niegas: “O 10 o nada”. Será nada. Pero hoy, cuentas, te arrepientes y piensas que esa podía haber sido una solución para ti. No en el Panonios, no, sino mucho antes. Usar la cabeza, usar el pie telescópico, usar el centro del campo y sus recursos. Pirlo lo hizo y tú bien pudiste haberlo hecho antes. Otra historia, otra vida.

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Mi año en Rotterdam: una fábula holandesa

Imagina que eres Johan Cruyff. Imagina que eras Johan Cruyff y tienes 36 años, que tu padre ha muerto por segunda vez y que el club de tu vida te desprecia. Imagina que eras John Cruyff, que pides refugio por un año más y que tu presidente, el presidente del club de tu vida, donde tu madre limpiaba, donde tu segundo padre, Henk Angel, cuidaba el césped, aparece en la prensa diciendo: “-Cruyff no tiene nivel para jugar en la Eredivisie”.

El Ajax, que sin ti ni existiría, te cierra la puerta, te niega la retirada y te humilla en público. Tom Harmsen, un imbécil que resulta ser presidente de tu equipo porque tú le permites serlo, porque tú te inventaste el Ajax moderno y todo el fútbol holandés, dice en la prensa, le dice a la gente, lo dice en público, que ya no sirves, que ya no puedes.

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Y tú, que solo querías una año más para disolverte en el banquillo, tú que volviste al Ajax con 34 años para regalarles algo de fútbol de verdad y otro par de Ligas, decides que ese año que te niegan no se les va a olvidar, decides irte entre rayos y truenos y no entre palmadas en el hombro y apretones de manos. Que se jodan todos.

Y tú, que naciste al lado de De Meer, que fuiste la mascota de los jugadores del viejo Ajax, tú que idolatrabas a Faas Wilkes, aquel extremo flaco y diabólico, decides ir a donde más duele, a donde sabes que más duele porque te duele a ti mismo. Te acuerdas de otro héroe, de otro extremo flaco y diabólico con quien compartiste selección cuando eras muy joven y el ya viejo, te acuerdas de Coen Moulijn a quien tanto admiraste. Coges el teléfono y llamas a Rotterdam, directo a las oficinas de Feyenoord: “-Soy Johan Cruyff, ¿queréis que juegue para vosotros?”

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Y el fútbol holandés se queda bocabajo.

Nadie esperaba demasiado de ti cuando volviste a Holanda en el 82, después de pasearte por Estados Unidos y hacer medio año en el Levante. Solo querías disfrutar un poco y ver qué pasaba, si todavía lo tenías. Jugabas cómodo, rodeado por un aura de respeto que te lo ponía todo un poco más fácil. Ahora eso va a cambiar también. En el Feyenoord te va a buscar, te va a medir y eso es lo que te hace falta: el estímulo, la rabia, el objetivo.

Esquelético en la camiseta del Feyenoord rejuveneces veinte años. No estás allí para otra cosa que no sea ganar. Ya no se trata del dinero americano, si por eso fuese te hubieses ido a París, al PSG, ni del reconocimiento cómodo en Amsterdam. Estas fuera de casa, estas con el enemigo y vas a ser un traidor ejemplar.

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El Feyenoord está en reconstrucción. Hace nueve años que no gana una liga y tanto el PSV Eindhoven como el AZ Alkmaar lo han superado. El año pasado fue distinto. Fueron segundos gracias al fichaje de un demoledor todocampista del HFC Haarlem. Allí actuaba por la banda, pero This Liebrejs lo había trasladado en Feyenord al centro del campo, siempre corriendo de frente a la portería con una zancada larga, inalcanzable.

Era un jugador natural, tenía la capacidad de elaboración de un medio, la sangre de un extremo y el optimismo de un delantero. Va siempre y regresa a todas. Tu mejor amigo. Tus nuevas piernas. Solo hay que ponérsela al espacio, ni mirar hace falta. Ruud Gullit siempre aparece; doblando, rompiendo.

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A Liebrejs lo conviertes en entrenador testimonial. El Feyenoord es tu equipo. No es uno malo. André Hoekstra y Van de Korput, que acaba del volver del Torino, te hacen sentir cómodo. Son escuderos fiables, jugadores expertos para anclar el medio y la defensa. Andrey Zhelyazkov es un búlgaro rápido y listo, con una malicia para el gol a la que vas a sacar rendimiento. Vermeulen es otro jugador valiente, más técnico de lo que parece. En el Roda era delantero, pero aquí será centrocampista.

Nielsen es el otro central. Un danés alto y brusco que fue uno de los que levantó la Copa del 80. Se marchará al PSV en un par de años y ganará la Copa de Europa. Wijnstekers y Troost ocupan los laterales. Uno lleva toda la vida aquí, el otro se la pasará. Hiele en la portería y Houtman abren y cierran el equipo. A Hiele la defensa le hace parecer mejor de lo que es. Houtman me gusta, sabe el oficio. Nunca ha sido un espectáculo verlo jugar pero produce como un reloj y sabe moverse y aguantar.

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Todo empieza bien. Tres partidos, tres ganados. Entonces el Ajax. Os aplastan. Te aplastan en el Olímpico. El estadio de los días grandes. 2 a 8. El condenado Marco Van Basten te deja tres en la red. Asesino y bailarín. Más arrogante que tú, más joven que tú. Lo segundo seguro, lo primero, nunca: “-Da igual; vamos a ganar la Liga”, – dices. Nunca más arrogante. Nunca. Nadie.

El Tottenham os hecha de Europa y tú les das la gracias. Has ido a Rotterdam para una venganza local y no hay lugar para distracciones. Avanzas en la Copa y a mitad de Liga ya sois líderes. La paliza del Ajax solo será uno de los dos partidos que perderás en todo el año.

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El otro será contra el Groningen; el único partido de la temporada que te pierdes. Al Ajax se la devuelves dos veces. Primero eliminándolo de la Copa, una Copa que le ganarás al Fortuna Sittard y luego en De Kuip por 4 a1, con dos goles de Gullit y otros dos tuyos para una año que terminarás con 11.

A esas alturas del campeonato ya levitas sobre el césped. Eres imparable, el mejor de siempre. Te plantas en mitad del campo y le dices a todo el mundo lo que tiene que hacer, el balón obedece telepáticamente. Ya no corres como antes, ya no eres una flecha y tampoco te hace falta.

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Las dos temporadas anteriores en Amsterdam fueron el entrenamiento para esto. Juegas poseído, dominas como nunca. Todo es tan fácil, nada requiere esfuerzo ya. Solo juegas al fútbol. Tú lo sabes, todos los que te ven los saben: este es el mejor, el mejor Cruyff de siempre con una camiseta que pidió prestada por despecho.

Invictos en casa. 5 puntos al PSV y 6 al Ajax. Dos títulos. Con 37 años te dicen lo que ya sabes: jugador de la temporada. Nada mal para un viejo, nada mal para no tener el nivel de la Eredivisie, nada mal para no servir ya para el Ajax. Nada mal.

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