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Apuntes para una historia breve del fútbol francés (y 3)

Capítulo 3: cuando Saint-Étienne fue la capital del fútbol.

La historia del Saint-Étienne se sustancia en unos postes cuadrados. Son un símbolo de la mala suerte que tranquiliza. No fuimos nosotros, fue el destino. No pudimos hacer nada. Unos palos cuadrados en unas porterías en Escocia. El Saint-Étienne abrazaba así el espíritu de Raymond Poulidor, el eterno segundo, el perdedor con estilo.

En la década de los 70 continuó la tradición del Stade Reims, aquel equipo elegante que cayó dos veces contra la maquinaria europea del Real Madrid, un equipo que ya era leyenda en su propio tiempo, y anticipó la de la selección francesa de los 80, semifinalista constante y ganador, esta vez sí, de su propia Eurocopa en el 84.

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Los stéphanois habían dominado la Liga en la segunda mitad de la década de los 60 con cuatro títulos consecutivos del 67 al 70. Antes había discutido la superioridad del Mónaco, arrebatándoles la Liga del 64 que supuso no solo al ruptura del pulso entre los monegascos y el Stade Reims en la primera mitad de la década, si no la caída de estos últimos a 2ª división, víctima de una de las crisis económicas que azotó la débil estructura del fútbol francés hasta entrados los 80.

El Stade Reims comenzó entonces un recorrido de ida y vuelta entre 1ª y 2ª que en su último descenso, en 1979, lo mantuvo apartada de la élite durante 33 años. La dificultad de la grandeza en Francia expresada en toda su crudeza.

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Como el Stade Reims, iban a conseguir trascender las fronteras francesas, significarse en Europa. Como con el Stade Reims eso supuso una revitalización en el alicaído interés por el fútbol en el país, semiolvidado tras el declive de la gran generación de Raymond Kopa y Jules Fontaine. El Saint-Étienne, además, establece su más brillante recorrido europeo en la era del fútbol televisado y su joven estrella, el extremo Dominique Rocheteau parecía diseñado para esos nuevos tiempos.

Fue, tal vez, el primer jugador pop francés, el ídolo mediático transversal, el jugador-rock’n’roll. Los medios lo abrazaron entusiasmado y lo bautizaron como “El ángel verde”. Sería fundamental no solo en el Saint-Étienne, también ya en la década de los 80 en el gran Girondins de Burdeos de Tigana y Girese y, claro, en la Francia champán.

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En la Copa de Europa de 1976, Rocheteau se había lesionado contra el PSV Eindhoven en semifinales y tocado, tardó demasiado en entrar al campo en Glasgow. Antes se había llevado por delante al Dinamo de Kiev de Valery Lobanovsky, uno de los equipos más modernos del momento, en unos espectaculares cuartos de final que habían necesitado prórroga.

Antes todavía, al Glasgow Rangers y al Copenhage, pero el Bayern de Munich era demasiado. Ya lo habían experimentado el curso anterior, cuando un 2-0 en el partido de vuelta de semifinales en Alemania había cortado de cuajo la sorpresa stéphanois. Era como una larga venganza por otra eliminatoria anterior, la primera ronda europea del 70, donde Les Verts habían remontado con un espectacular 3-0 un mal resultado en Baviera.

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Entonces el gran Bayern estaba en formación y el Saint-Etienne era una conjunto efervescente. Venía a representar a los herederos ortodoxos del fútbol total del Ajax de Amsterdam, pero el Bayer era una evolución de ese mismo juego, una mutación específicamente diseñada para contrarrestarlo. Franz Beckenbauer había ido dando pasos atrás en el campo con el objeto de verlo todo mejor, de pensarlo todo mejor y dirigía aquella estructura perfecta desde su posición de líbero.

En 1976 ganaba su tercera Copa de Europa consecutiva. Saint-Étienne se unía a la lista de nuevos aspirantes junto a Atlético de Madrid y el Leeds que dirigía Don Revie. Al año siguiente el Dinamo de Kiev cortaría la racha en cuartos de final, era otra mutación, otro diseño inteligente del mismo patrón de fútbol.

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En Glasgow el Saint-Étienne fue el equipo romántico que muere con sus ideales. Atacó incansable y tocó madera dos veces…pero los postes eran cuadrados y sus esquinas escupieron el balón. El Bayern era el malo de esta historia. El equipo duro y despiadado que no se pone nervioso ni tiembla.

Masticó el partido con la paciencia del que acumula copas y en un gol de falta de Franz Roth se acabó lo que se daba. Al Saint-Étienne le quedaba el consuelo-Poulidor. Ser querido por todos, la compasión por el derrotado valiente, entrañable.

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La primera vez que el Saint-Étienne ganó era 1957. Antes había rondado un par de semifinales coperas e incluso levantado un extraño título de consolación, la Copa Charles Drago, pero en el 57 fue la Liga. Aquella victoria nueva relegó al Lens del joven valor Maryan Wisnieski, quien jugará entre el 64 y el 66 en el Saint-Etienne, al subcampeonato por segunda vez en dos brillantes años.

Antes lo había hecho el Niza, el otro gran equipo de la década. La primera Liga; nadie supuso entonces lo que vendría una década más tarde, aunque allí se pusieron las bases históricas de algo que ni tan siquiera el Stade Reims había conseguido: establecer una saga.

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El Reims fue el equipo a batir durante todos los 50 y primeros 60, pero nunca logró ni tan solo repetir título.  El último en hacerlo había sido el Niza entre el 51 y el 52, cuando jugaba para ellos el gran delantero Just Fontaine, y el siguiente sería el Nantes entre el 65 y el 66. Entre medias, un campeón por curso, cinco de ellos ganados por el Stade Reims.

Fontaine cambió Niza por Reims en el 56, el mismo años en el cual Raymond Kopa dejaba Reims para firmar por el Real Madrid. Di Stefano, Puskas, Kopa, Gento…Era mucho más que un equipo, era una constructora de historia del fútbol. La Copa de Europa existe gracias a aquel Real Madrid. Todo el mundo quería verlos; todo el mundo quería vencerlos.

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El Stade Reims lo desafió dos veces, en 1955, la primera disputada, y en 1959, la cuarta ganada por el Real Madrid. Kopa jugó una final con cada equipo. Aquellos partidos, aquel equipo que se medía con los más impresionantes rivales, hizo a Francia volver la mirada hacia el fútbol. Como sucedió con el Saint Etienne en los 70 y luego con el PSG y el OM en los 90, sus victorias en casa eran el anticipo de sus aventuras fuera.

Eran protagonistas de un folletín futbolístico, un relato por entregas donde aquellos Arsenio Lupín del balón trataban de robarle la Copa de Europa al Real Madrid, al Bayern de Munich o al Milán. Se alzaban en su modesta medida contra gigantes, contra equipos que eran los dueños del torneo. Solo el OM completó el golpe con éxito, pero  perder ya era hacer historia; ya era ser memorables.

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Kopa regresó a Reims tras esa cuarta Copa de Europa y allí se reunió con Just Fontaine y Roger Piantoni, la legendaria tripleta atacante de la selección Francesa del mundial del 58. En el Mundial de Suecia, que fue el de Brasil y Pelé, Fontaine marcó 13 goles, una cifra todavía por superar y Francia llegó a semifinales, donde fue arrasado 5-2 por los brasileños tras la lesión del central, del Reims, Robert Jonquet. Fontaine y Piantoni marcaron, pero no sirvió.

En la consolación, Fontaine le clavó 4 (de 6) a Alemania para cerrar un excelente tercer puesto. Un par de años después, en 1960, la lesiones le machacarían las piernas.

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En aquella selección solo figuraba un jugador del Saint-Étienne, el portero Claude Abbès. El resto estaba dominado por las figuras del Stade Reims, que incluso aportaba al seleccionador, Albert Batteux. Es la personalidad vertebral de esta historia, la unión que permite la continuidad histórica entre dos clubes dispares. Había sido jugador del Reims y nada más retirarse se convirtió en su entrenador y en el técnico más influyente de la historia del fútbol francés hasta entonces.

Permanece en Reims hasta el 63, justo antes de la debacle del descenso del año siguiente y bien como jugador, bien como entrenador, está en todas las Ligas y títulos mayores del equipo entre el 48-49, su primera Liga, hasta la última en el 61-62. Tras unos años en el Grenoble, a quien no logra ascender, recibe la llamada del Saint-Étienne.

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El club se había embarcado en una profunda reestructuración, volcándose en una política de formación de jugadores con el objeto de resistir la crisis de la década de los 60 que se había llevado por delante al Reims y casi al Niza, transformado en un club comparsa de la 1ª división con puntuales excursiones a 2ª.  El equipo que se había conformado a lo largo de los 50 llegaba al cambio de década notablemente debilitado.

La guerra colonial en Argelia había apartado a diversas figuras de la Liga del fútbol como muestra de reivindicación nacional. Ben Tifour y Zitouni del Mónaco, el portero del OM Ibrir y la gran figura argelina, héroe nacional y estrella del Saint-Étienne Rachid Mekhloufi.

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Él lideró el movimiento de los futbolistas argelinos y llegó a desertar de la concentración de Francia en el 58 para integrarse en el reivindicativo Front Liberation National Team, los Fennecs, la selección argelina apócrifa. El equipo giró por todo el mundo hasta 1961, cuando la llamada a filas se hizo masiva a las puertas de los acuerdos de Evian, la sanción de la independencia de Argelia en 1962.

Ese año, el gran capitán René Domingos levanta la Copa de Francia frente al Nancy al tiempo que el equipo desciende. Domingos se retira en 2ª con 35 años, después de que una brutal carga del lateral del Valenciennes Kocik le rompa ambas piernas. Mekhloufi regresó a 2ª y bajo la dirección de Jean Snella, otro antiguo jugador del club, el equipo se disparó con dos títulos consecutivos, el del ascenso y el de 1ª al curso siguiente en una proeza inusitada.

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Mekhloufi dejaría el equipo en 1968, tras participar en dos de los cuatro títulos ligueros del primer ciclo triunfal, para retirarse tranquilamente en el Bastia. En el 82, como seleccionador, logró colocar a su país en un Mundial por vez primera y solo un biscotto escandaloso entre Austria y Alemania Federal, a quienes los argelinos habían derrotado en el primer encuentro de su grupo sacó de la competición a aquel excelso equipo de los Rabah Madjer, Faouzi Mansouri, Nouredine Kourichi,  Mustapha Dahleb o Djamel Zidane, tío de Zinedine.

Domingos y Mekhloufi representan la noción de continuidad, de permanencia, que se había forjado en el Saint-Étienne y en la misma ciudad. Una sensación de identificación, de pertenencia. El equipo, como por ejemplo el Sochaux respecto a la Peugeot, tenía su origen en un club amateur de las galerías comerciales Casino.

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Un equipo de empresa creado con la idea de vincular lugar, marca y trabajadores. De articular un estrato social y una ciudad entera de tradición trabajadora. Profesionalizado en la década de los 30, esta vinculación, simbolizada en el color verde de la camiseta, nunca se disolvería del todo como denota la figura de su presidente hasta 1961, Pierre Guichard, hijo de Geoffroy Guichard fundador del grupo Casino en 1898.

En el 61 la presidencia pasa a otra figura capital, Roger Rocher. Un antiguo minero en el Loira que había hecho fortuna junto a su padre en la empresa de herramientas Forézienne tras la 2ª Guerra Mundial y llevaba desde esa época dirigiendo diversas asociaciones de fútbol amateur en la zona.

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Rocher, obrero, empresario, futbolero, es la encarnación del  stéphanois, de orgullo del trabajador que triunfa con sus propios medios. Permanecerá en el club hasta 1982, cuando sus propios escándalos financieros, una medida de todos los presidentes célebres del fútbol francés, se lo lleven a él y la lo que queda del Saint-Étienne por delante. Entre medias, los años gloriosos y un epílogo en 1981 con el superlativo Michel Platini.

La travesía dura del cambio de década, los ajustes a la nueva realidad económica y la decisión de sus jugadores bandera de permanecer o regresar también fue clave en la forja del gran equipo que de todo ello surgiría. Un joven futbolista que será luego joven entrenador lo resume: Robert Herbin.

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Pelirrojo carismático, hizo de su pelo encrespado y su energía sobre el campo la seña de identidad de todo un equipo. Sus compañeros podían jugar libremente porque sabían que Herbin estaba detrás de ellos. Siempre. Promocionado desde el equipo filial, comenzó jugando como centrocampista defensivo en un esquema de cuatro atacantes.

Era duro y laborioso y rápidamente se hizo con un puesto. Cuando fue perdiendo motor, Batteux lo movió al centro de la defensa, junto a Boresquier. Cuando ya no tuvo motor fue él mismo quien sustituyó a Batteaux en el banquillo. Tenía solo 33 años. El Saint-Étienne no se había agotado tras su retirada, solo había recomenzado. Mejor, capaz de mirar a Europa.

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Junto a él otros jugadores fundamentales en la formación del carácter del equipo, algunos que permanecían desde mediados de los 50 en el club como el veterano lateral Juan Casado, nacido en Marruecos al igual que Just Fontaine, el central Roland Mitoraj o los medios Georges Peyroche, que se marchará en el 63 al RC Estrasburgo, René Ferrier o Richard Tylinski y, que contaban sus partidos con la camiseta verde por cientos.

Junto a ellos incorporaciones como la del propio Herbin, el lateral Gérard Farison, el poderoso delantero Hervé Revelli y su hermano Patrick o el centrocampista Aime Jacquet, presente en cuatro títulos de Liga y tres de Copa y formado aquí no solo como futbolista sino como entrenador que exportará la filosofía de juego al Girondins de los 80 y llevará a Francia a conseguir un Mundial.

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Poco a poco, sistemáticamente la primera mitad de los 60 ve la construcción de una escuadra dominante, de gran calidad técnica, velocidad y elegancia que gravita entorno a la inteligencia y el pie preciso de Jean-Michel Larque, integrante del primer equipo desde 1966, y la voracidad goleadora del delantero malí Salif Keita, fichado desde el As Real Bamako y capaz de marcar la pasmosa cifra de 125 goles en 149 partido de Liga en su periodo en el club entre el 66 y el 72.

Keita es parte del intento de salto de calidad tras el título del 64, pensado para sobreponerse a la fortaleza del otro gran conjunto del periodo, el Nantes del legendario entrenador José Arribas. Otro equipo de alta escuela y política de cantera.

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Inmigante vasco huido de la Guerra Civil junto a su familia, Arribas había sido interior en el modesto US Le Mans, pero más que futbolista quería ser profesor de futbolistas. Entrenó a equipos de las inferiores sin mayor suerte hasta que como parte del staff del  Rennes coincidió con Henri Guérin, exjugador y entrenador entonces del club (y por un año, 61-62, de Saint-Etienne) que recomendó su nombre al presidente del Nantes, que entonces penaba en 2ª división.

Arribas no solo llegó, vio e hizo vencer, sino que instauró un modelo de juego, de estructura y de comportamiento que se convirtieron en la identidad del club. Su ejemplo en todo fue Bill Shankly, el entrenador socialista del Liverpool que amaba más que nada el respeto, la modestia y el balón por el suelo. El Liverpool y el Nantes como familias, como ejemplos de y para la comunidad. El Saint Etienne proponía algo muy similar casi al mismo tiempo.

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Arribas personalizó esa influencia con su “énfasis en el espacio, un aspecto que ya nunca se separaría de la vida del Nantes. El espacio, más que la pelota, como tuétano de un estilo. En esta línea, borró el cuerpo a cuerpo e impuso un marcaje zonal. Desde esos cimientos formales, elaboró un discurso: movimiento y flexibilidad, juego corto y veloz, naturaleza ofensiva y tacto agradable con el fútbol.

Había nacido el juego a la Nantaise. El término tardaría en consolidarse 40 años, que fue lo que tardó en tomarse consciencia en Francia del linaje y los rasgos comunes entre aquel equipo de Arribas y el que en 1995 sometiera la Ligue 1.” (Chema R. Bravo: http://www.ecosdelbalon.com/2013/05/nantes-escuela-de-futbol-jose-arribas-suaudeau-denoueix/ ).

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El elegante extremo Jacky Simon y el goleador Philippe Gondet eran las figuras, pero también sumaban otros como los centrales internacionales Gabriel De Michèle y Robert Budzynski, procedente del Lens y convertido tras su retirada en entrenador de cantera, el delantero argentino Ramón Muller, el mediocentro argelino Sadek Boukhalfa o, por supuesto, el medio defensivo Jean-Claude Suaudeau, quien al igual que Herbin en Saint-Etienne era prolongación de su entrenador sobre el campo y futuro heredero del banquillo, aportando como técnico dos Ligas en el 83 y la ya mencionada del 95.

El Nantes se impuso dos temporadas consecutivas, ambas sobre el Girondins de Burdeos que por aquella época entrenaba otra personalidad de leyenda, el futbolista y aviador Republicano Salvador Artigas.

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Jugador del Barcelona, huido tras la Guerra hizo carrera en Francia, en especial en el Rennes, e incluso regresó a España para jugar unos últimos años en la Real Sociedad en el cambio de década del 40 al 50. Entre la multitud de equipos que manejó tanto en Francia como en España (donde llegó a ser seleccionador) fue en Burdeos, donde había jugado nada más llegar al país, donde tuvo más arraigo permaneciendo entre el 60 y el 67.

Nantes y Saint-Etienne rivalizaron de modo directo en el 66, primer año del ciclo de cuatro Ligas consecutivas, pero Les Canaries se diluyeron en los siguientes y nunca pudo establecerse ni una rivalidad duradera, ni una alternancia. Se enfrentaron directamente en una final copera, además, la del 69-70, donde Les Verts cerraron un formidable doblete mediante una arrolladora victoria por 5-0.

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El cambio de dominio, en cierto modo, estaría más cerca de suceder en la siguiente década, los 70, y parte de la de los 80, periodo en el cual el Nantes alza cuatro Ligas y otros tantos subcampeonatos siendo extraña la temporada donde baja del 5º puesto. Todo lo cual lo confirma como uno de los más consistentes (si no el que más) equipos de la historia moderna del fútbol francés.

Tal vez por tener esa idea a la cual regresar. Una que el Saint-Etienne compartió durante un periodo que pareció iba a durar para siempre, desafiando el rigor de los ciclos triunfales del fútbol francés al extenderlo en dos décadas diferentes.

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Tampoco el Girondins, que le discutió la competición en el 69 dio el salto, algo que si hará en la década de los 80, permitiendo la aparición de aspirantes como el clásico Niza, el Metz, el Sochaux, el Angers o el Sedan. Será el Olympique de Marsella quien rompa el ciclo stephanois en 1971, tras haber sido subcampeón ya el año antes, estableciendo un breve dominio que como el anterior del Nantes solo duró dos temporadas.

Era un sólido entre las tenedurías de Lucien Leduc, histórico técnico del Mónaco, y el pied noir Mario Zatelli, jugador del OM en los años 30 y 40, a donde llegó procedente de Marruecos y técnico en diversas etapas. La estrella era el delantero croata Josip Skoblar, en su segunda etapa en el club, que ganaría la Bota de Oro del 71.

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Junto a él un ex de Saint-Etienne como el central Bernard Bosquier, el sueco Roger Magnusson, pareja de Skoblar en la delantera y el excepcional medio camerunés Jean-Pierre Tokoto, quien limitado por la presencia de los dos atacantes ya extranjeros buscará mejor acomodo primero en Burdeos y luego en el Paris FC.

Es cuando pareció haberse acabado que el Saint-Étienne recomienza. Son años de barbecho donde llega a desaparecer de entre los cinco mejores. Años de reformación, donde la nueva escuadra cuaja poco a poco bajo las ideas del ahora entrenador Herbin, quien releva a Batteux en el 72 pese a seguir siendo jugador hasta el 76.

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En ese periodo se unirán a los ya conocidos Revelli, quien regresa de una cesión al Niza, López, Repellini, Farison, Santini (otro futuro seleccionador nacional y entrenador, del gran rival Lyonnes, además,) o Larque, el potente Janvion, un multiusos de Martinica que lo mismo actuaba de central, lateral y centrocampista de brega, los mediocentros Christian Synaeghel y Dominique Bathenay, ambos formados en la cantera y perfectamente complementarios en su mezcla de técnica y precisión el uno y abnegación y coraje, además de bravura en la llegada, el otro, el portero yugoslavo Ivan Curkovic, medalla de oro olímpica, y el central argentino Oswaldo Piazza procedente de Lanús.

Piazza se convertirá en un icono del club y uno de los mejores jugadores de su historia, sostén de la elegante estructura construida por Herbin en torno a la clase de Larque. Su intimidante presencia, de semblante adusto, pelo alborotado y cuerpo musculoso, su altura, decisión y calidad eran una píldora de tranquilidad para sus compañeros y un recordatorio constante para sus rivales. Líder callado, hombre de respeto instantáneo, Piazza encajó en la sobriedad de Les Verts como un guante.

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En el equipo comienza a entrar también un joven de 17 años, Dominique Rocheteau, que a la larga será el lazo del equipo, la guinda, el jugador desequilibrante, distinto y libre que a va a dar sentido y veneno al fútbol stephannois. El equipo está en perfecta consonancia con las corrientes de los 70.

El fútbol total del Ajax que personalizarán en diversos lugares el Borussia Mönchengladbach de Udo Latek o el Dinamo de Kiev de Valeri Lobanovsky. El Sait-Etienne es un equipo tan definitorio de una estética futbolera, de un modo de interpretar el juego tan absolutamente setentero como todos ellos.

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Los 70 son el esplendor futbolístico del equipo y además lo ponen en disputa directa contra su rival directo, el Olympique Lyonnais, que despierta en este periodo logrando dos terceros puestos consecutivos en el 73-74 y 74-75. Es el equipo a donde ha ido a recalar Jacquet, y donde se encontrará con Raymond Domenech, a quien años después tendrá bajos sus órdenes en Burdeos y que, más tarde todavía, será también seleccionador.

Es el contrario en todo. La ciudad burguesa frente a la proletaria. Más de medio millón de habitantes, la tercera más grande de Francia, frente a la pequeña capital del Loira, que por entonces tenía algo más de 150.000 habitantes.

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El Lyon estaba entrenado por Aimé Mignot, un central de los 50 y 60 con más de 400 partidos a sus espaldas y contaba con algunos futbolistas de categoría, como el delantero Bernard Lacombe que haría el camino inverso de Jacquet para fichar por el Saint-Étienne en el 79 y luego se reencontraría con el Burdeos para establecer otro gran ciclo.

También Serge Chiesa, un interior nacido en Marruecos que se convertirá en el jugador con más partidos en Lyon, el ex-Partizan Ljubomir Mihajlović, el medio uruguayo Ildo Maneiro, el central italiano Robert Cacchioni o el veterano lateral Alan Thiry, en el club desde 1964.

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El Saint-Étienne, imparable en las competiciones domésticas, firma sendos dobletes entre el 73 y el 75 derrotando en la final copera a Lens y Mónaco y sucediendo en el palmarés a, precisamente, el Olimpique Lyonnais que había levantado la del 72-73 frente al Nantes. Parecía que el Saint-Étienne era inagotable.

Había ganado su primera Copa en el 62 y para el 77, iba acumular ya seis. Lo mismo con las ligas, que en la campaña 75-76 harían 8 y en la inesperada prórroga del 81, la de Platini, sumarían una extra. Era, ya entonces, el equipo más laureado de Francia. Pero como al Stade Reims, le faltó Europa.

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Al curso siguiente, en 76-77, Les Verts comenzaron un lento declive. Era lo que parecía un plácido otoño, el fin del ciclo vital de los ganadores franceses. En Europa hubo de nuevo gloria, pero no títulos. Esta vez se encontró con el Liverpool, a quien obligó a remontar en Anfiel una excepcional eliminatoria que arrastró a una marea del aficionados stephanois.

Reciente ganador de la Copa de la UEFA, el Liverpool sería el siguiente gran dominador europeo tras el Bayern de Munich. El Saint-Étienne, definitivamente, no tenía suerte. Al Bayern, curiosamente, los defenestraba el Dinamo Kiev en la misma ronda. Un cambio de ciclo se escenificaba. Los de Lobanovsky se midieron al otro equipo de moda en Europa, el ‘Gladbach, y salían derrotados.

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Lo alemanes, a su vez, cedían ante el equipo de Bob Paisley que abanderaba Kevin Keegan, de inmediato camino de Hamburgo. Entre tanto, algo sucede en Saint-Étienne. Larque ha dejado el equipo, seducido por el dinero parisino del PSG primero y del Racing Club después, los primeros intentos artificiales de crear una jerarquía centralizada. El Saint-Étienne parece desorientado en el nuevo contexto en formación y comete un erro fatal: cambia su política, su identidad.

Nada de esto sucede de un día para otro, e incluso la transición hacia el último Saint-Étienne campeón fue natural. La cantera aporta los repuestos necesarios y se tiene paciencia, como se tuvo entre el equipo de mediados de los 60 y el de mediados de los 70.

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Así, ascienden jugadores como Jean-Louis Zanon, el delantero Laurent Roussey o el delantero Thierry Oleksiak o el gélido mediocampista Jean-François Larios, epítome de la sobria escuela stepahnois a quien se recupera tras una cesión al Bastia donde llegó a disputar la final de la UEFA del 78 frente al PSV Eindhoven.

Fue la mejor época del equipo corso, entre un tercer puesto en el 77 y una Copa en el 81, frente al Saint-Étienne, precisamente. Les Verts habían ficha al poderoso delantero de Nueva Caledonia Jacques Zimako y un par de años después harán lo mismo con el holandés Johnny Rep, leyenda del Ajax que se había rehabilitado en Francia tras su paso por Valencia. Junto a ello el extremo zurdo del Estrella Roja Dragan Džajić, uno de los mejores balcánicos de todos los tiempos o el defensa ex-Feyenoord Wim Rijsbergen.

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Los mejores jugadores de la historia del club arropaban a estos talentos de paso, los centrocampistas Charles Orlanducci y Claude Papi, cerebro del equipo muerto de un aneurisma a los 33 años después de vestir la camiseta azul casi 500 veces. Los entrenaba el veterano Pierre Cahuzac, quien había desarrollado toda su carrera de técnico en Córcega, pasando del Ajaccio, donde fue entrenador-jugador al Bastia en el 71, curiosamente el año de su retirada oficial.

En el 79 el Saint-Étienne firma a un 10 formidable que había colocado al Nancy en los puestos de arriba y vencido en la Copa del 77 frente al Niza, el único título del club hasta ese momento. Era uno de esos jugadores que a la vez comienza y termina un equipo. Nombre: Michel Platini.

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El mejor futbolista francés desde Raymond Kopa, era una figura sobre la cual levantar un gigante. Un jugador marcado para cambiar la retórica perdedora europea de las escuadras francesas. Sucedió, que no estuvo el tiempo suficiente y que, en cierto momento, su propia estatura como jugador precipitó la caída del club como institución.

Con Platini el Saint-Étienne cambió sus aspiraciones. La Liga continuaba sin domesticar pese al empeño de un Nantes que luchaba a brazo partido por hacerlo logrando dos campeonatos separados por dos años en los cuales fue relegado al segundo puesto por el Mónaco y un sorprendente Estrasburgo.

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Les Verts se colocaban poco a poco y en el 80 tenían un equipo que ya solo podía ganar. Así lo hizo. Por dos puntos se impuso al Nantes en Liga, pero la Copa, esta vez, le esquivó dos veces consecutivas contra equipos que habrían su palmarés: primero contra el Bastia, donde ya militaba el genial camerunés Roger Milla y después contra el PSG en el 81, en una legendaria final que los parisinos vencieron por penalty frente a un Saint-Étienne que ya estaba muerto entonces.

Al final, resultó que aquello no era el principio de un nuevo ciclo, sino el final de toda una historia. Una epílogo que el fútbol concedió a un gran equipo. Uno no exento de crueldad, como esa ronda previa de Copa de Europa en el 81 donde el Dinamo de Berlín, el gran equipo de la Oberliga, finiquitó con 3 goles la nueva aventura internacional. El Saint-Étienne sufre además la traición del padre.

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Roger Rocher, la figura familiar que encarna los valores stephanois, es cazado por la prensa y la judicatura. Tras el funcionamiento impecable del club se esconde un chanchullo de dinero negro y cajas B que estalla en mitad de la consecución del último título. Ingresos por entradas, por ventas de material, etc…eran desviados en contabilidades opacas y servían tanto para pagos de los jugadores con contratos más altos como de fuente de ingresos para el propio presidente o el entrenador, Herbin, quien dejaría el club en el 83. Durante dos años se ocupará del Olympique de Lyon, pero ambos se irán a la 2ª División.

La decepción fue mayúscula. La política de contrataciones, que había traído al club a Platini primero y luego a Rep o a los defensas internacionales Battiston y Mahut desde el Metz, rebotó con violencia. Se había tratado de acelerar el proceso, convirtiendo al Saint-Étienne en uno de los caníbales de la Liga.

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Era ir contra la naturaleza del club, contra aquello que había funcionado y las consecuencias fueron devastadoras. Asfixiado y con la amenaza de sanciones pendiente el club desciende a 2ª división en 1984. Volverá tres años después, pero como una sombra de lo que llegaron a ser.

Son años duros para los equipos clásicos, con O.Marsella, Niza, Stade Reims, Montpellier o Rennes peleando por el ascenso en una durísima 2ª organizada en dos grupos. El Lyon sufrirá por ascender hasta la 88-89, sus grandes rivales lo conseguirán antes, en la 85-86.

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En la mitad de estos sucesos sus mejores jugadores se han desbandado. En el 80 ya había tenido que vender a Rocheteu al PSG. Después será Platini quien se despida hacia una Juventus demoledora en un Calcio que comienza a alzarse como potencia económico-futbolística, Larios firmará con el Atlético de Madrid en el 83 pero no llegará a jugar, iniciando un peregrinaje por diversos equipos hasta su retiro en Montpellier ya en 1988.

También Rep se marcha de vuelta a Holanda. Pocos se quedan, en realidad. Tampoco existen los medios para mantenerlos. Zanon resiste hasta última hora, pero termina por aceptar una oferta del O.Marsella. Oleksiak, el central y Jean Castaneda, el portero, son el vínculo que queda en 2ª, los vestigios del último gran equipo que pudo ser y no fue. Uno se irá al Niza en el 86, el otro, carismático ídolo de la afición, resistirá en el club hasta el 89.

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El playoff de ascenso se atraganta el primer año, perdiendo contra el Rennes. Pero el segundo se impone en su grupo frente al Arlés y al Lyon y logra la plaza directa. Para las aspiraciones al regreso será fundamental un viejo rival del Bastia, Milla, quien disputa estos dos años en el purgatorio para Les Verts. Tenía ya 34 años y anota más de 40 goles.

Pese a que fue el polaco Henryk Kasperczak quien cerró el ascenso, el retorno a 1ª es también el retorno de Herbin. Kasperczak, que había sido parte de la gran selección Polaca de los 70, se hizo un nombre en Francia entrenando al Metz, volvió a la 2ª para ascender también al Estrasburgo, a quien luego no pudo salvar de un rápido descenso tras el cual se embarca en el naufragio del Racing Club, por entonces Racing Paris 1, con quienes también desciende pero con los cuales disputa una final de Copa frente al Montpellier.

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El Saint-Étienne, en definitiva, había vuelto, pero todo había cambiado a enorme velocidad. El Girondins de Burdeos cerraba su propio ciclo, con el Nantes como alternativa eterna y cuando parecía llegar el turno del Mónaco, campeón en la 87-88, la historia misma de la Liga francesa da un vuelco: llega el gran dinero. Un nuevo modelo de negocio, una superestructura para la Liga francesa se fragua en el cambio de década entre el Olympique de Marsella de Bernard Tapié y el Paris Saint Germain de Canal +. Un intento de suprarrivalidad artificial rota solo (y de nuevo) por los escándalos de corrupción.

Lo que ocurre es que cuando la burbuja explotó, el Saint-Étienne ya no estaba allí. Permanecían, siempre, Nantes y Mónaco, incluso el Girondis más tardíamente, pero el lugar de Les Verts fue una vacante que rápidamente ocuparon Auxerre, Metz, Lens…e incluso un Olympique de Lyon embarcado en un ambicioso plan de reestructuración que a largo plazo eclosionaría en la mayor saga del fútbol francés.

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El Saint-Étienne se diluye. Pierde lo especial y se convierte en un equipo más. Se instala en mitad de la tabla y a veces mira un poco más arriba pero enseguida se acostumbra a hacerlo más abajo. En la 94-95 se asoma al descenso. Al año siguiente, se cae por el hueco.  Exjugadores como el delantero Christian Sarramanga o Jacques Santini intentan desde el banquillo dar sensación de continuidad, sucedido por un técnico como Elie Baup, quien en unos años ganará la Liga con el Girondins, formado en las inferiores.

Hay algún jugador interesante, caso de Laurent Blanc o formados en la casa pero triunfadores fuera caso del excelente portero Grégory Coupet, en Lyon, o el histórico del Bayern Willy Sagnol, ellos usan al equipo como estación intermedia.

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Pero ni con ellos u otros ascendidos al primer equipo como el delantero Titi Camara o el medio tunecino Adel Chedli hay nada que hacer. El equipo no permanece junto lo suficiente para sustanciar en algo y con otro ex, Dominique Bathenay, el club regresa a 2ª para caer todavía más bajo.

En una Ligue 2 ya unificada terminando decimoséptimo dos años consecutivos salvado primero por los goles del senegalés Samba N’Diaye, de inmediato traspasado al Nantes y luego por los de Didier Thimothée, a quién había reclutado del Red Star parisino y a su vez venderán al Montpellier. Las aspiraciones del Saint-Étienne, se han recalibrado de nuevo; ahora la cuestión es sobrevivir.

A. S. DE SAINT-ÉTIENNE - Saint-Étienne, Francia - Temporada 1980-81 - Christian Lopéz, Santini, Gardon, Castaneda, Battiston, Colleu y Lestage; Garonnaire, Platini, Oleksiak, Zanon, Rocher, Bellus, Wolf, Roger Rocher (presidente); Briet, Paganelli, Roussey, Janvion, Curkovic, Zimako, Larios, Elie y Robert Herbin (manager) - Plantilla del Saint-Étienne que en esta temporada se proclamó Campeón de la Liga de Francia

El equipo asciende finalmente, como campeón de la Ligue 2, en la 98-99. Es Robert Nouzwet, seleccionador de Costa de Marfil hasta poco antes y jugador del O. Lyon en los 60 quien ocupa el banquillo. La trayectoria, de nuevo, será corta y amarga. Un sexto puesto y unas semis coperas en la reentrada y un descenso directo al curso siguiente. Al parecer esa es la nueva categoría del equipo con el mayor palmarés de Francia: ser un conjunto ascensor. El equipo ofrece muy poco y el nuevo ecosistema va conformándose. Veteranos de mil equipos y jóvenes de origen centroafricano.

Rudi García, luego campeón con el Lille tiene su primera oportunidad, promocionado al puesto de técnico desde la cantera. En 2003-04 un nuevo ascenso como campeón. Si en su anterior regreso la Ligue 1 vivía uno de sus pasajes sin dueño, ahora está sometida al imperio del Olympique Lyonnais, pronto relevado por el del PSG tras otro periodo de libertad.

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Pasa dos temporadas al filo entre 2008 y 2010, pero esta vez resiste al viento y al fin se estabiliza. Está muy lejos de competir, pero tampoco lo reduce todo a la supervivencia. Es un equipo modesto, una gloria ajada que se ha acostumbrado a otra cosa. A los futbolistas juveniles de paso, a vender, a trabajar con lo justo.

En 2011 firma desde el decaído Mónaco al delantero Pierre Emerick Aubameyang, hijo de un gabonés que había jugado profesionalmente en Colombia y una española. Formado en el Dijon es un delantero feroz, rápido y elástico y el salto de calidad es inmediato.

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En compañía de jugadores como los mediocampistas Jeremy Clement, Josuha Guilavogui y el argentino, también ex-Mónaco Alejandro Alonso, el volante rumano Bănel Nicoliţă o el veterano delantero brasileño Brandão el Saint-Étienne llega a liderar brevemente la liga en 2011, aunque terminan décimos con el Lille campeonando, alcanzan un nuevo título en 2013 con la victoria en la Copa de la Liga (competición creada en 1994) frente al Rennes y se mete en UEFA como cuarto al año siguiente, ya sin un Aubameyang traspasado al Borussia Dortmund.

El artífice fue el entrenador desde 2009 Christophe Galtier, un antiguo defensa del Marsella formado como asistente en diversos equipos, el Lyon entre ellos, que solo contaba con la escasa experiencia de un año en el Aris de Salónica. En el banquillo hasta 2017, donde ha dejado al equipo octavo y despedido del club tras suceder con dignidad a Herbin como entrenador con más años dirigiendo los colores verdes.

Editorial use only. No merchandising. For Football images FA and Premier League restrictions apply inc. no internet/mobile usage without FAPL license - for details contact Football Dataco Mandatory Credit: Photo by Phil Duncan/ProSports/REX/Shutterstock (8423044bt) Saint-Etienne Manager Christophe Galtier during the Europa League match between Saint-Etienne and Manchester United at Stade Geoffroy Guichard, Saint-Etienne Saint-Etienne v Manchester United, Europa League - 22 Feb 2017 /Rex_SaintEtienne_v_Manchester_Unite_8423044BT/Editorial use only. No merchandising. For Football images FA and Premier League restrictions apply inc. no internet/mobile usage without FAPL license - for details contact Football Dataco/1702222313

Apuntes para una historia breve del fútbol francés (y 2)

Capítulo 2: París Canal + de Fútbol.

El impacto de la teneduría de Canal + sobre el PSG fue inmediato y en forma de fichajes de entrenador y jugadores. En dos años se construyó un equipo monumental a base de firmar futbolistas destacados o prometedores de diversos equipos nacionales.

La base de un equipo casi generacional se ponía en este primer año con las llegadas de Le Guen desde Nantes, Colleter desde Montpellier, Ginola desde Brest, aunque había jugado dos años en el RC París, el lateral Ricardo Gómez y el mediapunta Valdo, dos brasileños procedentes del Benfica, el segundo con la misión de ocupar el lugar del cerebro Safet Susic y en un alarde de competencia tres jugadores directos del OLM campeón el curso anterior: Fournier, Germain y Bravo. El técnico será el portugués Artur Jorge.

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Antiguo delantero de la Académica de Coimbra y del Benfica en los 60 y 70, había conocido el éxito como entrenador en el Oporto, ganando la Copa de Europa del 86 con un equipo afilado por la dupla atacante Futre y Madjer, un excelente delantero argelino que poco antes de recalar en Portugal había jugado en el RC París. Artur Jorge había sido también entrenador del otro equipo parisino, fichaje de lujo tras la consecución de aquella Copa de Europa, pero el proyecto no cuajó y regresó a Porto.

En el 91, de nuevo estaba camino de París y esta vez sí iba a triunfar. Llegó para hacer olvidar a Tomislav Ivic (aunque su predecesor inmediato había sido Henri Michel, pronto de camino hacia el fútbol africano donde pasaría el resto de su carrera), quien había completado dos buenas temporadas a finales de los 80, incluyendo un subcampeonato en la 88-89. Ivic, según la lógica circulante del fútbol francés terminó por entrenar al OLM en el 91, sustituyendo por unos meses a un Raymond Goethals que entraba y salía del banquillo.

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Artur Jorge permaneció en el club hasta el 94, construyendo un equipo duradero y ganando por el camino la segunda Liga de su historia (93-94), otra Copa (92-93) y alcanzando la semifinal de la Copa de la UEFA en el 93, siendo derrotados por la Juventus de un Roberto Baggio que entonces vivía iluminado. Los dos goles del 2-1 en Turín fueron suyos y el 0-1 en el Parque de los Príncipes, también.

En esa competición fue donde se escenificó la dramática aparición del PSG en el contexto europeo durante unos exuberantes cuartos del final contra un Real Madrid que veía a la Quinta del Buitre apagarse en el dominio del Barcelona de Johan Cruyff. Es el Madrid tragicómico de las Ligas de Tenerife, que entrenado por Benito Floro y con Zamorano fichado desde el Sevilla como ariete al menos ganaría ese año la Copa del Rey.

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El PSG se había anunciado tras derrotar en dieciseisavos al Nápoles que entrenaba Claudio Ranieri y que aun en franca decadencia contaba con gente como Cannavaro, Zola, Fonseca o un veterano Careca. El Anderlecht había sido su siguiente rival y tras ser derrotados en el Bernabéu por 3-1 la aventura europea parecía llegar a un final lógico, pero la vuelta descubrió un estadio de fútbol vibrante, el Parque de los Príncipes, y a un equipo capaz de hazañas. Su 4-1 fue una tormenta sobre el Real Madrid, incapaz de resistir en pie el vapuleo de un equipo encendido.

Fue Kambouré, un defensor muy querido por la grada que procedía de la época anterior a Canal + en el equipo quien en el minuto 96 marcaba el gol definitivo. Ya lo había hecho contra el Anderlecht. No solo fue la intensidad, la fe, sino un despliegue de juego elegante y ofensivo, de combinaciones vistosas y transiciones veloces simbolizadas en un triángulo genial que conformaban el mediapunta brasileño Valdo, el grácil interior David Ginola y un futbolista liberiano que procedía del Mónaco pero que bien podía haber venido del futuro: George Weah.

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Alto, de zancada potentísima, gran técnica y demoledor disparo, Weah sacó al delantero centro del área y lo colocó en todo el campo contrario, e incluso en el propio como aquel legendario gol al Verona jugando ya con el Milan donde recorre el césped de punta a punta tras recoger un córner en su propio área. Lo había traído a Francia Arsene Wenger, aconsejado por su amigo Claude Le Roy, seleccionador de Camerún país en el cual jugaba a mediados de los 80. En sus cuatro años en Mónaco logró una Copa de Francia. Es el modelo original del cual saldrá Ronaldo y una de las personalidades únicas del fútbol de los 90 no solo por su fascinante estilo, sino por un compromiso ético admirable con su país.

Weah llega en el año 92, en el segundo curso de Artur Jorge, El primero, la 91-92 se había cerrado con un tercer puesto, por debajo de Mónaco y OLM, que le había sacado 11 puntos. La clasificación era buena, pero había dejado cierto aire de decepción. El Mónaco tenía el fútbol y el OLM los títulos, mientras el PSG parecía a medio camino de todo. El equipo era menos ofensivo de lo que la fama de Artur Jorge había prometido, en parte por la tosquedad del medio campo que formaban Germain y Le Guen y su estilo zonal estaba por desarrollarse. Pero los muebles estaban, solo hacía falta ordenarlos.

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Con Bast jubilado llega el carismático Bernard Lama desde el Lens para establecerse por fin en una portería después de cambiar de equipo casi continuamente durante la década anterior. Alain Roche se incorpora a la defensa desde el Auxerre y Vincent Guerin al medio campo desde Montepellier. Rápidos y agresivos, permitieron a Artur Jorge acortar al equipo, desprenderse de las protecciones de la defensa de 5 que había usado y llevar al equipo a campo contrario, a buscar en lugar de a esperar.

El factor intimidante en que se convirtió Weah de inmediato facilitó la conversión del PSG en el equipo ofensivo y dominante que se encontró el Real Madrid.  Esa temporada concluye con una seria amenaza liguera al OLM, que consigue el título por un solo punto y con la victoria en la Copa por un contundente 3-0 frente al Nantes de Pedrós, Loko, Makelele o Karembeau, algunos de los cuales permanecerán en el equipo de los Canaries que ganará la liga del 95. El PSG estaba preparado para todo y la temporada siguiente comprará la pieza que le faltaba.

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Directo desde uno de los mejores equipos del mundo en aquel momento, hermano de una leyenda, Raí llega para terminar al PSG y para convertirse en el jugador que va a definir al equipo en los años por venir, aunque la limitación a tres extranjeros sobre el campo hizo que Raí conviviese en la titularidad con Valdo durante su primer año. Brasileño sin barroquismo, todo lo que hace aparece un destilado de fútbol. Es sencillo y elegante, todo lo transforma en algo fácil, fluido. Raí da la idea de lo que hubiese sido Sócrates si hubiese decidido ser futbolista profesional en lugar de jugador de fútbol.

Ambos hermanos encontraron su perfecta expresión a las órdenes de Telé Santana, el último entrenador auténtico del fútbol brasileño. Sócrates estuvo en la época de la tragedia, con aquella selección portentosa del Mundial 82 y su epílogo cansado del 86; Raí fue protagonista de la reivindicación de aquella idea, de la vuelta de la Historia. Era el mediapunta del Sao Paulo que dirigía parsimonioso desde el centro del campo Toninho Cerezo, brasileño de otros tiempos. Aquel equipo dominó el fútbol nacional, ganó 2 Libertadores y sometió consecutivamente al Barcelona de Cruyff y al Milán de Capello en sendas Intercontinentales. Era un equipo que merecía ser visto.

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La 93-94 es la temporada del shock en Francia. Ha quedado demostrado que Bernard Tapié compró un partido contra el Valenciennes y la UEFA le prohíbe jugar la Champions de ese año. El PSG, en un gesto de honestidad, rechaza participar. El Mónaco toma el puesto y llega a jugar las semifinales contra el Milan que destrozará al Barcelona en Atenas.

El OLM liquida el negocio entre las dudas de la federación francesa, que tardará un año en determinar su descenso a la segunda división. Pese a vender a Boskics, Abedí Pelé, Desailly o Sauzée al dinero italiano la estructura del equipo es lo bastante sólida como para finalizar segundos tras el PSG, aunque a 8 puntos. Los parisinos dominan sin oposición. Su lujoso equipo al fin se justifica en las vitrinas y entre ellos y las circunstancias rompen el impecable ciclo de cuatro campeonatos consecutivos de los marselleses.

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Sobre el campo el PSG es una construcción sólida y elegante. Con una defensa recia dirigida por Ricardo y Roche y dos laterales poco aventureros, Sassus y Colleter. Le Guen, Fournier y Guerin competan un trío de volantes intercambiables, laboriosos e inteligentes que empujan en la misma medida que protegen al otro trío ofensivo, el formado por Valdo (o Raí en forma de alternativa impagable),  Ginola y Weah. Parecen llamados a tomar Europa también.

El camino en la Recopa es menos exigente, pero en cuartos el Real Madrid vuelve a cruzarse. La eliminatoria está lejos de la espectacularidad del año anterior, pero da idea de la seriedad del PSG. El resultado en el Bernabeú fue solo un 0-1, pero la sensación fue de impotencia. Ginola destruyó al equipo blanco simbolizado en el martirio que le hizo pasar a Chendo y salió del partido convertido en estrella. Floro fue despedido en el interín de la eliminatoria y es Vicente Del Bosque quien cumple como hombre de la casa en el banquillo de París.

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La vuelta es rara y desangelada, pese a que Butragueño llega a empatar y es Ricardo quien da el pase en un cabezazo al poco de comenzar la segunda parte. La sensación es la de un Real Madrid que no está allí más que en cuerpo y al de un PSG con cara de campeón. No será así, pero los franceses le han tomado la medida a los equipos españoles y en breve Barcelona y Deportivo de la Coruña los sufrirán.

El Arsenal de George Graham era el rival. Graham sintetizaba al Arsenal. Al histórico “boring Arsenal”, al “one-nil Arsenal”, pero en 1989 había devuelto a los londinenses al título de liga tras dieciocho años en un final histórico que decidió el título en un gol en el último minuto del último partido. Después de semejante proeza había ganado otra liga y un par de Copas y estaba escrito que este año 1994 iba a ganar al Recopa también. Ni el PSG a la última moda, ni el Parma millonario que intentaba su segunda Recopa consecutiva tras la ganada al Royal Antwerp en el 193 se lo iban a impedir.

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Allí estaban David Seaman y Tony Adams y Nigel Winterburn y Paul Davis, Paul Merson, Ian Wright o Alan Smith…Era un equipo inglés hasta la médula, de moda incluso en 1994. El PSG chocó de frente con aquel muro y no fue capaz a dilucidar como saltarlo o rodearlo. 1-1 en casa y 1-0 fuera. Resultados Arsenal. La final, por supuesto, One-Nil.

El cambio más importante, casi el único, para los dos años siguientes tuvo lugar en el banquillo. Artur Jorge regresó a Portugal para hacerse cargo del Benfica y comenzar una rápida decadencia que incluiría una breve estancia en Tenerife y un no menos fugaz regreso al PSG en la 98-99 en un intento desesperado por prorrogar un equipo que ya había desaparecido.

Brazilian striker of the Paris Saint Germain soccer team Rai jubilates after scoring the 4th goal for his team during the match PSG vs Galatasaray for the Cup winners Cup tournament at the Parc des Princes stadium in Paris Thursday October 31, 1996. PSG wiped out a two-goal deficit to score a 4-0 victory over Turkey's Galatasaray. At left is Galatasaray's goalkeeper Hayrettin.(AP PHOTO/Michel Lipchitz)

Para sustituirlo se piensa de inmediato en Luis Fernández, quien pese a su excursión por el Matra Racing sigue siendo considerado un emblema del club. Lleva un par de temporadas en el Cannes, donde compatibiliza el campo y el banquillo. En la 92-93 había conseguido el ascenso y en la siguiente había dejado sexto al equipo. La experiencia se considera suficiente; el carisma personal hace el resto. Fernández emergerá como uno de los técnicos europeos más interesantes de la segunda mitad de los 90, que concentra lo mejor de su carrera en los dos primeros años pasados en París y una memorable (por diversas razones) etapa en el Athletic de Bilbao, a quien logra dejar segundo en el 98.

Tal vez Luis Fernández sea un caso de entrenador a quien hacen sus jugadores. Más motivador que táctico, en el PSG heredó la ya comentada estructura y en el Athletic recibió una mezcla de generaciones notable a las cuales dio sentido. Como sea, aportó carácter y no desperdició el buen material. Pese a la Recopa ganada en el 96, el primer y único título europeo de los parisinos, su mejor fútbol lo dejó el año anterior.

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En Liga fue incapaz de aguantarle el ritmo a un Nantes exuberante, un equipo que prometía establecer un ciclo pero fue rápidamente desmantelado, y en Champions llegó al límite de las semifinales contra el tremendo Milan de Fabio Capello, no sin antes haber derrotado al Bayern de Munich en la fase de grupos y al Barcelona de Cruyff en cuartos.

El Nantes venía apareciendo y desapareciendo desde los 80. Equipo de formación, exportador, parecía depender casi en exclusiva de la personalidad de su entrenador-icono Jean-Claude Suaudeau. Este había sido jugador en la época dorada de José Arribas en los 60 ganando dos Ligas como jugador y estaba en 1995 terminando su segunda etapa como técnico. La anterior, en los 80, había dejado otra Liga, la del 82-83, el Nantes de Boissis o José Touré. Suaudeau encarnaba una tradición de juego, un modo particular de entenderlo a través de la pelota, el primer toque y el ataque.

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Su cantera, desde el 82 dirigida por Raynald Denoueix, otro exjugador de le época Arribas, nutría al fútbol francés y se había convertido en la  fábrica de un tipo de jugador francés que iba a imponerse en Europa desde el mediocentro. Didier Deschamps había salido en el 89 hacia Marsella y en el 94 se había instalado en la Juve. Marcel Desailly, quien ejercía también como central, había hecho un camino similar, pero terminando en el Milan.

En el 95 la posición le pertenecía al ordenado Ferri, pero a su alrededor gravitaban Claude Makelele, reconvertido luego a mediocentro de eficiencia quirúrgica, y Karembeau, un decatleta que jugaba al fútbol desde cualquier posición de la defensa o el centro del campo con entusiasmo contagioso, al igual que el incansable carrilero izquierdo Christophe Pignol. Reynald Pedros, era la respuesta a Ginola, muy similar en estilo e incluso en apariencia y el elegante chadiano N’Doram ponía la nota de distinción.

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La delantera era para los complementarios Ouedec y Patrice Loko, máximo goleador ese año. El Nantes cerró un curso inmaculado, invicto en 32 partidos y honrando su fútbol tradicional. Pero donde el Nantes tenía estilo propio y herencia le faltaba dinero, acuciado por las graves deudas que había acumulado a lo largo de los 90.

Entre la temporada del título y la siguiente, donde le disputaron la semifinal de la Copa de Europa a la Juventus de Lippi, rozando la gesta con un 3-2 en casa, el equipo fue desmantelado sistemáticamente. Makelele se fue a Marsella, Karembeau a la Sampdoria, Ferri acabó en el Liverpool tras un paso breve por Turquía, Pignol y N’Doram en el Mónaco, Pedros se fue al Parma con estación intermedia en Marsella, Ouedec al Español y luego al PSG, Loko directamente a París para sustituir con fortuna a George Weah.

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El Nantes de la segunda mitad de los 90, el gran equipo francés perdido, terminó desperdigado por toda Europa. La época ya no era propicia, el fútbol del dinero estaba haciendo su aparición definitiva. El Calcio de Parmalat o Cirio era la más perfecta expresión de esta burbuja.

El Nantes abre, en todo caso un espléndido periodo sin gobierno. Si él no es capaz de asentar un dominio al menos impide el del PSG y ofrece un camino por el cual van a transitar Auxerre, Lens y un reaparecido Girondis de Burdeos, con el Mónaco como aspirante a dominador pero capaz solo de embolsarse dos títulos alternos. Es el propio Nantes quien en 2001, entrenado entonces por Denoueix, pone el epílogo a ocho campañas consecutivas sin que ningún equipo sea capaz de doblar siquiera el triunfo. La réplica, sin embargo será demoledora: el alzamiento del Olympique Lyonnais y su tiranización de la Ligue1 con un impresionante récord de siete campeonatos consecutivos, una marca insólita en el fútbol continental.

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La liga 94-95 es seminal. No solo compiten duramente Nantes y PSG, sino que un notable OL es segundo este año con futbolistas como Bruno N’Gotty, Manuel Amorós, Franck Gava o Florian Maurice, incluso un joven Ludovic Giuly. De hecho, todos  los equipos entre el cuarto y el séptimo (Auxerre, Lens, Mónaco y Girondins) serán campeones durante este periodo. Y Francia, como selección, vencerá de una tacada en Mundial y Eurocopa, habiendo sido ya semifinalista en la Euro de Inglaterra 96.

Curiosamente si en el 96, dieciocho de los veintidós futbolistas militaban en la Ligue1 cuatro años más tarde solo cuatro lo hacían. El dinero del Calcio, la Liga y la reformada Premier se hacía notar con contundencia. El PSG no va a ser capaz de cerrar ninguna Liga en este periodo de aspirantes. 3 segundos puestos se alternan con participaciones discretas, de mitad de tabla. Incluso en la segunda mitad de los 2000 coquetea con el descenso, convertido en un equipo residual.

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Con Fernández lo que se logró fue tanto una transición cómoda como una continuidad de estilo. Tal vez el equipo era más enérgico, tal vez menos fino, pero eran variaciones sobre la misma melodía ya que la plantilla, excepcional, se conservó intacta. La principal aportación de Fernández fue la de promocionar a la titularidad a Bravo y confirmar al central Cobos y a Raí como parte del habitual equipo titular. Solo ese contexto de fuerte competencia, de igualdad, impidió algún título de Liga más. En cambio, Europa sonrió a París finalmente.

Su puesta en escena en la ya Champions League fue impresionante. Se impusieron en un duro grupo donde estaban Dinamo Kiev, Spartak de Moscú y Bayern de Munich, a quienes derrotaron en su dos enfrentamientos  y se movieron con poderío por unos cuartos de final donde se cruzaron con el FC Barcelona todavía en proceso de recuperación tras la paliza recibida en la final del curso anterior, cuando el Milán-apisonadora de Desailly y Savicevic que dirigía Capello les había endosado un 4-0 de esos que cambian la historia.

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Cruyff se había metido en un proceso de reconstrucción del equipo que sería abortado antes de dar frutos y el equipo alineaba entonces extraños fichajes de ensayo-error como Igor Korneiev, Iván Iglesias o Jose Mari, a quienes había pescado en Espanyol, Sporting y Osasuna pensando que eran piezas que podía modelar para su esquema. Abelardo, otro fichaje del Sporting se consolidaría luego con Robson y Van Gaal, pero otros tan extravagantes como Eskurza, Sánchez Jara o el genial Gica Hagi, que solo dejó notas aisladas, se quedarían en una anécdota.

Así y todo seguían siendo un equipo temible y durante buena parte de la eliminatoria tuvieron el pase en la mano, o en la cabeza de Bakero quien como contra el Kaiserslautern el año de la victoria en la Copa de Europa había puesto al Barça en ventaja. Fue un error de Busquets, otra invención suicida de Cruyff, quien posibilitó el gol de Raí que metió a los parisinos en semis.

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No había injusticia en aquello. En cierto modo el PSG simbolizaba un fútbol de cambio, un nuevo molde que se cernía en las estructuras del fútbol europeo donde el peso del dinero lograba crear equipos de modo instantáneo, pero su juego se justificaba por sí mismo. Si no había sido el mejor equipo de la competición, había sido solo consecuencia de la consagración del Ajax juvenil que Louis Van Gaal había estado construyendo en Amsterdam.

Al igual que el PSG había realizado una fase de grupo impecable, venciendo al Milan en sus dos partidos y tras derrotar sin contemplaciones al Hajduk Split cristalizaron su regreso a la grandeza con una atronador 5-2 frente al Bayern en la vuelta de sus semifinales. Aquel equipo orbitaba en torno a dos veteranos, Danny Blind en la posición de libre y Frank Rijkaard, en una vejez sublime, en el mediocentro. A su alrededor una colección de talentos juveniles, nacionales o importados como Kanu, Litmanen o Finidi que se movía en un concierto de movimientos indetectables, indefendibles, de perfecta sincronía.

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Volvería a jugar la final del año siguiente, aquella vez contra la Juventus de Marcelo Lippi que solo sería capaz de derrotarlos en los penaltis y dejó momentos imborrables del fútbol moderno como su partido en el Bernabéu, un catálogo de la ortodoxia del fútbol holandés. Y como todos los grandes equipos que no están construidos sobre el dinero, como el Nantes de estos mismos años, fue despiezado hasta el último tornillo por los grandes buitres europeos.

En la 94-95 su rival en la final fue el Milan, un tanque acorazado al cual descerrajó tras intentarlo de todas la maneras con un gol de Patrick Kluivert en el minuto 85. Aquel Milan había logrado el prodigio de prorrogar la obra de Sacchi, imponiendo su dominio en el Calcio con cuatro Scudettos en cinco temporadas y amenazando Europa casi por igual. Poco a poco, Capello había sometido la obra de orfebrería de su antecesor a una lógica industrial y su Milán había ido abandonando la creación a favor de la cuenta de resultados. Era un gran equipo en cualquier caso y al PSG no le alcanzó para derrotarlo en las semifinales.

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Le ganó los dos partidos y no le dio demasiadas opciones, tal vez fueran mejores, tal vez hicieran el fútbol que merecía ser visto y recordado, pero al final tal cosa significó poco. El PSG no tenía el instrumental apropiado para abrir el tanque ni la creencia fanática en la propia obra de los de Van Gaal y la historia le fue esquiva este año. Pero se resarcirán.

Luis Fernández se encuentra con la necesidad, por vez primera, de recomponer al equipo. Las espectaculares prestaciones en la Champions fueron irresistibles para el dinero europeo. George Weah se fue a Milán para hacer historia como el primer Balón de Oro africano. Ricardo Costa y Valdo escogieron el Benfica mientras el admirado Kombouaré bajaba unos peldaños para exprimir su fútbol en el Sion. David Ginola firmó por el Newcastle, que entrenado por Kevin Keegan y con una agresiva política de fichajes, el primer año el colombiano Asprilla llegó del Parma con la temporada a medias y el segundo se logró firmar a Alan Shearer, el mejor centrodelantero inglés de su época le discutió la Premier al Manchester United por dos temporadas seguidas.

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Objeto de deseo del Real Madrid primero y del Barcelona después, verano tras verano, la carrera de Ginola languideció tras ser sustituido Keegan por Kenny Dalglish. El francés terminó traspasado al Tottenham primero y al Aston Villa después, languideciendo y quedando fuera del crecimiento de su selección, damnificado en 1994 tras el desastre contra Bulgaria en el mismo parque de los Príncipes.

Aquella debacle simbolizaba el mal ambiente en la selección de Houllier y precipitaba la desaparición prematura de Les Bleus de una serie de jugadores fundamentales en el fútbol francés de la primera mitad de los 90 como Papin, Cantona, Pedros, Le Guen, Guerin… a los cuales el esplendor de la segunda mitad de esa misma década esquivaría. A cambio, facilitó el acceso al Mundial de uno de los conjuntos más memorables y carismáticos de su historia. Tal vez hacía falta ese sacrificio.

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Si los clubes europeos se nutrían del PSG, este imponía su dominio económico en el mercado doméstico. Con el OLM fuera de plano y la hegemonía deportiva en discusión, a los parisinos les quedaba el consuelo de la solvencia. Siguiendo el ejemplo depredador de clubes europeos clásicos, drenó el talento de sus rivales, recuperando a Fournier desde Burdeos y comprando al centrocampista Stéphane Mahé del Auxerre, al central Bruno N’Gotty del OL, al delantero Loko del Nantes y al mediapunta Youri Djorkaeff del Mónaco. Estos tres últimos indiscutibles titulares y piezas básicas para el título de Recopa. Junto a ellos, y desde el Cagliari, el delantero panameño Dely Valdés, un rematador excelente que haría luego fortuna en el fútbol español con etapas en Real Oviedo y Málaga.

Sólidos fichajes todos, fue el de Djorkaeff el de mayor impacto. Fue un movimiento de autoridad capitalista, como cuando ficharon a George Weah. Es decirle al Mónaco que tal vez tenga dinero, pero no tanto dinero, que, simplemente, no les está permitido tener a los mejores jugadores. Es el tipo de praxis avasalladora que el Bayern de Múnich ha convertido en sistema en la Bundesliga.

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Llegó para ocupar un hueco estelar, no solo como el refuerzo de los cimientos del equipo, y en solo un año ofreció el rendimiento que se le suponía. El Inter de Milán y una brillante carrera internacional le esperaban en el futuro inmediato, pero la rampa de lanzamiento fue su primoroso año en París. Djorkaeff se había formado en el Grenoble y estado en la base del Mónaco aspirante bajo la sombra marsellesa que el dinero y Arsene Wenger habían construido a caballo entre los 80 y los 90.

Pasó allí seis temporadas pero fue paradójicamente sin él que el Mónaco lograría embolsarse una liga que no conquistaba desde el 88, nueve años antes. Wenger ya estaba entonces en el Arsenal, el entrenador monegasco era Jean Tigana, los Grimaldi cumplían 700 de principado y el equipo encaraba otro periodo memorable con tres Copas y dos semifinales de Copa de Europa y una liga fina en el 2000.

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Mientras, en París, había cierta sensación de urgencia. Se temía haber perdido el momento, esa velocidad de entusiasmo que lleva a los equipos a los grandes ciclos. El Mónaco había emergido como rival económico directo tras la debacle del OLM y la Liga seguía sin domesticar, con un ganador nuevo por año. El PSG mira a Europa como en un sueño. La puerta que Nantes le había cerrado en la Liga se le abre en la Copa, un territorio acogedor para el PSG, tras derrotar a Racing de Estrasburgo por 1-0. El camino hacia el primer título europeo de su historia comienza aquí.

Solo el Auxerre arrojó una sombre histórica sobre la Recopa del PSG con un doblete prodigioso. Fue un acto de justica, un guiño cómplice. El equipo no había ganado jamás la Liga y solo un título antes, la inmediata Copa del 93-94 frente al Montpellier, y su técnico, el legendario Guy Roux llevaba con breves interrupciones desde 1961 sentado en el banquillo. La historia del fútbol, su evolución (económica, sociológica, deportiva, estilística, táctica…) había pasado por delante de sus ojos, sentado siempre en el mismo sitio. Era como si Roux simplemente hubiese esperado, como si siempre hubiese sabido que era cuestión de tiempo y ese mismo tiempo hubiese dejado de tener significado.

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El fútbol del Auxerre era sobrio y ortodoxo, con un punto de dureza y mucho de rigor. La defensa, rocosa, el mediocampo, técnico, la delantera, peleona. La fuerza provenía del conjunto, de la construcción intrincada que dirigía desde atrás la figura señorial de Laurente Blanc, protegido por la agresiva velocidad de Silvestre, Goma, Frank Rabarivony y Danjou, ambos con paso por el Real Oviedo, o el nigeriano Taribo West, pronto fichado por el Milan.

Blanc solo estaría una temporada en el Auxerre antes de fichar por el Barcelona, pero cumplió con ser la extensión de Roux sobre el campo y con aportar la calma de su ya larga experiencia dentro (Montpellier) y fuera (Parma y Nápoles) de Francia, sirviéndole a su vez para asentarse como figura clave en la Francia campeona mundial que en cierto modo se parecía a este Auxerre, formado por franceses de segunda generación, por hijos de la inmigración que habían llegado desde Portugal, Argelia, Marruecos, Cabo Verde, Guadalupe…

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Como sucedió con el Nantes, el Auxerre fue pronto descapitalizado. Sus mejores activos, la excelsa tripleta de centrocampistas formada por Said, Lamouchi y Martins se desbandó entre Valencia (luego Tottenham), Mónaco (luego Parma) y Deportivo de la Coruña. De sus delanteros solo el extremo Bernard Diómede duró algo más, esperando hasta el 2000 para firmar por el Liverpool. El tanque Lilian Laslandes completó una temporada formidable y dejó su contrato expirar para incorporarse luego al Girondins, donde ofreció un rendimiento de ejemplar regularidad.

Su habitual suplente, Stéphane Guivarc’h, regresó tras una notable campaña en Rennes y tomó la plaza de titular con acierto en el 98 para luego aventurarse en Inglaterra y Escocia (Newcastle y Rangers) sin mayor fortuna.  El cuadro es idéntico al del Nantes: un equipo modesto que trabaja la cantera y va añadiendo pacientemente piezas desde equipos menores hasta conformar un bloque que lleva a su misma destrucción. Es la maldición del equipo trabajador. Al menos, Nantes y Auxerre, como luego Lens, lograron comerse la mejor parte de aquello que habían cosechado.

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Incapaz de aguantar el ritmo de locomotora del Auxerre (estos les devolvieron al PSG el 3-1 de la primera vuelta con un 3-0)  y mano a  mano con el Mónaco, los de Luis Fernández concentraron sus fuerzas en Europa, donde parecían mejor fabricados para brillar. La Recopa, al contrario que la Champions, continuaba siendo una competición corta y de exigencia directa que no permitía bajadas de tensión. Molde y Celtic fueron las dos primeras rondas, superadas con goles y solvencia. En especial la vuelta en Celtic Park con un 0-3 dio idea de la altura de aquel equipo. Loko con dos goles iba cerrando el hueco de Weah y Djorkaeff ejercía de nuevo centro neurálgico de la escuadra.

El Parma y el Deportivo de la Coruña tenían algo de parentesco con el PSG. Eran equipos nuevos, subidos a la fecunda economía del fútbol europeo de la década. Los italianos estaban respaldados por Parmalat y con Nevio Scala en el banquillo venían de ganar de modo consecutivo Recopa y Copa de la UEFA. El Depor luce publicidad de Feiraco, la cooperativa láctea gallega en la camisola y experimenta los comienzos del disperso interregno entre Arsenio e Irureta.

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Dan la impresión de tener más dinero y recursos de los que saben manejar y la personalidad tormentosa de John Toshack tampoco ayuda a pacificar. Contra los italianos tropezaron por vez primera en la competición, cediendo uno de esos resultados cerrados (1-1) en que tan bien navegan los conjuntos del Calcio.  Fue de nuevo el ambiente febril del Parque de los Príncipes (tal vez el gran éxito de toda esta historia del PSG sea ese: el haber logrado una fiel hinchada para un equipo sin pasado al que remitirse) lo que propició una arrolladora remontada por 3-0.

Como si se le hubiese acabado el romanticismo, el PSG liquidó al Deportivo en sendos unos a ceros. En la vuelta en Riazor el Depor da guerra. Había tumbado al Zaragoza en cuartos, el campeón del año anterior y es un equipo con orgullo, pero las alturas europeas le marean. Bebeto y Fran tienen oportunidades claras, pero esa noche manda Bernard Lama. Djorkaeff engancha un chutazo y el efecto del balón sirve para cerrar el partido y poner a los parisinos en la primera final europea de su historia. La juegan contra el Rapid de Viena y otro 1-0 es suficiente.

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El Rapid había llegado a la final a base de goles (4-0 al Sporting de Portugal, 3-0 a Dinamo Moscú y al Feyenoord) como local. El alemán Carsten Janker ejercía de pánzer, el central búlgaro Trifon Ivanov aportaba su singular carisma y mezcla de rudeza y finura, mientras un conjunto de buenos jugadores austriacos, varios de ellos internacionales en el Mundial de Francia 98, la última participación internacional de la selección hasta la Euro de 2016, también en Francia. Entre ellos el luego Realista Didi Kuhbauer, clave en el centro del campo junto a Stephan Marasek, los defensas Peter Schöttel y Andreas Heraf, el medio Peter Stöger o el portero Michael Konsel.

El Rapid ya había perdido su otra final de Recopa en el 85 frente al Everton que entrenaba Howard Kendall, otro equipo en mitad de un ciclo histórico. No tuvo mejor suerte esta vez. El partido no tuvo lustre y fue el central N’Gotty quien con un chut de falta lo finiquitó. La anterior competición europea ganada por un equipo francés, la Copa de Europa del 93 entre OLM y Milán fue también resuelta por el gol suficiente de un central, Basile Boli.

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EL PSG parecía haber cumplido su misión. Tras la Recopa ganada flotaba una sensación de justificación, de sentido a toda la enorme aventura empresarial iniciada en 1970. La invención de un club nuevo que debía convertirse en un protagonista nacional y europeo. Luis Fernández acepta la oferta del Athletic Club de Bilbao y Djorkaeff la del Inter. Colleter, Bravo y Cobos también se marchan, al Girondins, Parma y Español respectivamente. Incluso la joven perla Nicolas Anelka, solo 17 años, prefiere probar en el Arsenal de Wenger.

Sobre el año una sombra ominosa: en la Supercopa la Juve, otro de los transatlánticos eternos europeos, le propinó un infame 6-1 y 3-1. El espléndido Mónaco de Tigana se lleva la liga de calle, con doce puntos de ventaja respecto a los parisinos. Tampoco la Copa le sonríe y el modestísimo Clermont Foot 63 de Auvergne, entonces en la Nacional 2, les elimina en dieciseisavos de final por penaltis. Será Europa, de nuevo, la que ofrezca un epílogo agridulce a la historia del PSG de la década de los 90.

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Para dirigir al equipo se recurrió, como se hizo con Luis Fernández, a la huella histórica. Retirado en Benfica, Ricardo Gomes pasaba directamente del campo al banquillo. Era uno de los hombres de Artur Jorge, de los que había estado en el principio de la historia. Algo había de poético en que fuese él quien contase también el final. Leonardo, jugador de gran talento y carrera errática fue reclutado en Japón, aunque sus grandes momentos hubiesen sucedido en Sao Paulo o Valencia. Solo permaneció un año en París antes de estabilizarse en Milán, pero dominó todo el carril izquierdo.

Fue la incorporación estelar, aunque otros como el central benfista Kenedy, el lateral del Châteauroux Jimmy Algerino o  el volante Benoît Cauet desde el Nantes revestirían importancia en la nueva alineación. En especial Cauet, cuyo tipo correspondía al de los mediocampistas que habían forjado el estilo del PSG a lo largo de la década. Como Leonardo, su caso ejemplifica la posición en la cual el equipo se fue encontrando: ya no era una máquina compradora, sino otra víctima de los grandes bolsillos europeos. Cauet duró un solo año en París y como Djorkaeff el curso anterior puso rumbo al Inter de Milan, donde ganó la UEFA del 98.

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El camino de la Recopa fue amable. El PSG avanzó entre goleadas contra el Vadoz, club de Liechtestein, Galatasaray y AEK de Atenas. El Livepool fue el mayor escollo en semis, pero de nuevo el poder intimidador del Parque de los Príncipes se impuso y un 3-0 dejó la eliminatoria para un milagro en Anfiel.

El 0-2 maquilló la contundencia global, pero aquel Liverpool lleno de talento joven (Owen, McManaman, Fowler, Collymore, MacAteer, Berger…) no estaba listo todavía para resurgir. La final fue otra recapitulación de la historia. Si el PSG había forjado su relato contra los grandes equipos españoles, por fuerza tenía que ser uno de estos el enemigo último. El Barcelona del 97 era muy diferente al de unos años antes. Si aquel era una mutación dentro de la cabeza de Cruyff que aun no había tomado forma final, esta era un mamut competitivo, un equipo de cartera con pocos rescoldos románticos. O era tanto el de Bobby Robson como el de Ronaldo. El fenómeno.

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Laurent Blanc, Vitor Baía, Couto y Figo, Popescu, Abelardo y Luis Enrique, Pizzi que había metido una treintena de goles en Tenerife, Giovanni y un De la Peña luminoso buscando a cada pase el pase definitivo. Ronaldo al galope, amenazando la portería desde todo el campo, un delantero imparable que había ampliado el área hasta el centro del campo. El gran equipo de Louis Van Gaal está ya aquí (literalmente, el holandés ya había firmado y vio la final de la Recopa en la grada del capo del Feyenoord), pero este Barça postergado era una bestia. Ganó la Copa y la Recopa y se dejó la Liga en un solo partido. La ganó aquel Real Madrid de entrecejo fruncido que entrenaba Capello, pero fue (es) la del gol de Compostela, la Liga que jugó el joven Ronaldo.

La final de la Recopa tuvo algo de anticlímax. Loko mandó un balón raso al poste con el 1-0 pero el PSG nunca estuvo cerca. A Couto le anularon un gol de córner y Figo toco madera dos veces. Se resolvió con un penalti sobre Ronaldo que él mismo marcó. El penalti se lo hizo N’Gotty. Héroe en una, villano en la otra.

FOOTBALL - SEASON 2001/2002 - PARIS SG / MARSEILLE - 011129 - RONALDINHO (PSG) / DANIEL VAN BUYTEN (OM) - PHOTO J-CHRISTOPHE LEMASSON / FLASH PRESS

El PSG se diluye. En 1998 Michel Denisot abandona la presidencia y con él Canal + que se desliga progresivamente del club. Este ya ha servido a sus intereses a la hora de asentar no solo el fútbol televisado en Francia, si no de transformar para siempre el modo en el cual este se consume. La Champions League ha acelerado del proceso de “pay per view” y el Mundial de Francia ese mismo verano exige la atención de la cadena, volcada en su retransmisión conjunta con TF1.

El colchón que ralentizaba la caída del equipo se hace cada vez más fino. Los mejores jugadores franceses se le escapan entre los dedos y los que logra firmar apenas duran. La distancia económica respecto a los equipos nacionales se ha ido estrechando en igual medida a como se ha ensanchado en relación a las potencias europeas. En 1998, la Liga que el Lens y el Metz de un joven Robert Pirès pelean en unos ajustadísimos 68 puntos ve al PSG bajar hasta mitad de la tabla. Las plantillas de ambos están formadas mayoritariamente por jugadores franceses, clase obrera del fútbol que abrillanta su oficio en un gran año.

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A futbolistas de largo recorrido en Lens como el portero Guillaume Warmuz o los defensas Sikora, Lachor o Brunel se suman los nombres de Smicer, checo de la generación de la Euro 96 que pronto fichará por el Liverpool, el central Dehu, con infausto paso por el Barcelona antes de recalar en el PSG o el mediapunta Stephan Ziani, que jugará en el Depor un año antes y estará en el Nantes del 2001, ganador de la última Liga de la historia del club. Son los nombres de mayor trascendencia de aquel Lens que entrenaba Daniel Leclerq, un antiguo jugador del equipo en los 70.

El PSG se acomoda. Aparece de tanto en tanto como en la 99-2000, donde termina segundo tras el Mónaco, pero no garantiza continuidad. Las cuentas comienzan a ser un verdadero problema que llevará en 2004 a una recapitalización del club, ya asfixiado por las deudas. Le cuesta encontrar un sendero e incluso recurre a Artur Jorge primero y a Luis Fernández después en un intento por llamar de vuelta a su propia historia breve. El portugués no aguanta ni tan siquiera una temporada completa, pero Fernández, quien llega  a mitad de la Liga del 2000-01 para sustituir a Philippe Bergeroo, el portero del Girondins de la década del 70, aguanta dos temporadas completas más en el equipo.

Rudi GARCIA / Eden HAZARD - 07/11/2010 - Lille / Brest - Ligue 1, 12e journee. Photo: Dave Winter / Icon Sport.

Son años de síndrome de nuevo rico, donde la estabilidad y sentido en la planificación del club se desbaratan. Laurente Robert, el mejor jugador del equipo en el periodo, un elegante volante zurdo, sale hacia el Newcastle mientras el regreso de Anelka al club resulta tan frustrante como el resto de su carrera. El PSG decide volver a gastar. El mercado se ha abierto en canal y el PSG recluta a la legión extranjera.

Desde la Liga española llegan el excelente carrilero Cristóbal y el central Pochettino, Mikel Arteta, un joven valor del Barcelona B que inaugura la diáspora de talento juvenil español, el duro central Heinze, forjado en el Valladolid y el delantero portugués Hugo Leal, desde el Atlético de Madrid. El excéntrico nigeriano Okocha procedente del Eintrach y Ronaldinho, un veinteañero de Gremio de Porto Alegre aportan lo imprevisto; un sentido lúdico del juego que en el caso del brasileño florecerá de manera exuberante en el Barcelona de Frank Rijkaard, uno de los equipos más contagiosos de la historia reciente.

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Con estos fichajes amortizados y Luis Fernández ya fuera del equipo, el PSG se opondrá por una única vez al apabullante Olympique Lyonnais de los siete títulos consecutivos. Era un acorazado pilotado por el mediocampista brasileño Juninho Pernambucano, un lanzador de faltas devastador a quien arropaban Edmilson, Essien, Diarra, Malouda y Dhorasoo.

Con Elber, clásico del Bayern Munich, sustintuyendo a Sonny Anderson el OL lucía la plantilla más impresionante de todo su ciclo. Entrenado por Paul Le Guen, nombre clave en la historia parisina, estará en tres ligas de los de Lyon antes de aventurarse en el Glasgow Rangers en un año de pesadilla donde se enfrentó al capitán Barry Ferguson y chocó con las asentadas estructuras del club. Su regreso a Francia fue como entrenador del PSG.

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Pero en la 03-2004 el banquillo era para el gran delantero bosnio Vahid Halilhodžić, jugador del Nantes primero y del PSG después en los 80. Un excelente año en Marruecos como entrenador del Raja Casablanca lo devolvió a Francia, donde logró ascender al Lille y dejarlo tercero en su temporada de regreso a primera. En el PSG estuvo un par de temporadas antes de retomar la vía internacional aunque solo en la primera, con un equipo más ajustado y coherente, logró buenos resultados. Tal vez la clave estuvo en el excelente rendimiento del centrocampista kosovar Lorik Cana, de solo veinte años y en la del portugués Pauleta, consagrado en la ciudad tras su gran rendimiento en el Girondins procedente del Deportivo de la Coruña.

La Copa fue, como siempre, más acogedora para los parisinos. Con diez títulos y cuatro finales desde los 80 ha ejercido de tranquilizante surtiendo con regularidad de títulos a un club cuyo deseo alucinado de ser grande necesita de un constante alimento. En los años tristes de la Liga, la larga década de los 2000, la Copa fue el consuelo. Ganaron la del 98, la de la inmediata post-depresión al Lens impidiendo un doblete histórico y luego sumaron con regularidad en 2004 frente al modesto Chateroux, 2006 en una reedición del intento de gran rivalidad contra el OLM y en 2010 en otro (pseudo) clásico frente al Mónaco.

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Restaron en 2003 contra el Auxerre completando una frustante temporada de llegar y no culminar, en 2008 frente al OL, que cerraba su glorioso ciclo con su primer doblete y ya en 2011 frente al Lille, quien por su parte firmaba otro doble histórico al reeditar tanto una Liga como una Copa que no ganaban desde mitad de los 50. Uno de los equipos más atractivos del último fútbol francés, el Lille no solo venció en este año, si no que logró mantenerse, a excepción de su último año, entre los cinco primeros durante toda la etapa de Rudi García como entrenador. Un equipo ágil y atractivo, con jugadores como Yohan Cabaye o Eden Hazard (sustituido por Dimitri Payet), Adil Rami en el centro de la defensa o Gervinho en la delantera junto a hombres de club como Frank Béria, Balmont o Debuchy.

Fue otro breve periodo de entusiasmo en la liga francesa. De campeones ilusionantes, de apertura, otro interregno entre la dictadura del orden y la sobriedad del OL y el desembarco masivo del dinero árabe en el PSG. El Girondins de Laurent Blanc, el OLM de Deschamps, el Lille de Rudi Gracía, el Montpellier, ganando su único título liguero, entrenado por Rene Girard, uno de los jugadores del gran Girondins de los 80.

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En 2006 Canal + logra encontrar un comprador tras haber mantenido vivo al PSG con la intención de extraer un último beneficio. Un grupo inversor internacional con la firma norteamericana Colony Capital como principal socio termina por adquirir la mayoría del club. Su especialidad es comprar empresas en liquidación para venderlas una vez saneadas. De nuevo una tendencia general en el mundo del fútbol, tal vez anunciado por empresas como Parmalat y los fondos de inversión brasileños que adquirían jugadores en propiedad desde finales de los 90, es puesta en práctica en Francia.

El fútbol se externaliza, la responsabilidad sobre los clubes se pierde en holdings y conglomerados impenetrables, en empresas fantasma y arquitecturas fiscales. No se trata ya de que los equipos dejen de ser de sus socios, ni tan siquiera de sus aficionados, es que ya resulta imposible saber a quién pertenecen en realidad. En consecuencia, el aficionado se transforma en consumidor y su relación de identificación/pertenencia a dicho equipo se pervierte.

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Al igual que había hecho Canal + los años anteriores se mantiene al PSG emitiendo constantes vitales, coqueteando con el fondo de la tabla clasificatoria, olvidado como alternativa dominante. Paul Le Guen, retornado de su experiencia en Glasgow es el encargado de mantener vivo a un equipo que ahora se fundamenta en veteranos como el ex del Barça Ludovic Giuly, Claude Makelele o el fino volante Jerome Rothen, jugador del Mónaco finalista de Champions en 2004. Le Guen se despide en 2009 con un meritorio sexto puesto para dejar el banquillo a otro futbolista histórico, Antoine Kombouaré quien servirá de puente para la siguiente refundación de facto.

La búsqueda de inversionistas para regresar al equipo al modelo artificial de comprador y grande económico es lo que había centrado la actividad dentro del club y en 2011 se concreta con la aparición de Qatar Investment Authority, que se convierte en el socio capitalista mayoritario y acomete un gasto de más de 100 millones de euros en fichajes. En la actualidad es propietario único del club y Nasser Al-Khelaïfi, extenista y millonario qatarí ejerce como presidente. Carlo Ancelotti llega desde el Chelsea del millonario ruso Roman Abramovich para sustituir a Kombouaré a mitad de temporada.

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Es un simbólico cambio de paradigma, de dirección empresarial, de redecoración de las instalaciones. París será lujo o no será. Con jugadores como Gameiro, Thiago Motta, Menez, Matuidi, Sissoko o Pastore, por quien pagan más de 40 millones de euros al Palermo. El PSG alcanza la segunda plaza tras el Montpellier, que contaba con el delantero Oliviere Giroud y al mediocampista de origen marroquí Younès Belhanda como mejores elementos.

Fue el canto del cisne. El último periodo de posibilidades hasta el presente, donde de nuevo el Mónaco ha emergido como alternativa. En 2012 el excelente mediocentro del Pescara Marco Verrati, el argentino Lavezzi o los brasileños Thiago Silva y Maxwell llegan para reforzar al equipo. Todos son actores secundarios dentro del plan maestro: Zlatan Ibrahimovic. El mercurial sueco no es tanto un jugador que les permitirá terminar con cualquier oposición en la liga doméstica como una exhibición de recursos, un anillo de diamantes espectacular y llamativo con el cual presumir. El traspaso no parece en exceso caro, unos 25 millones de euros, menos que los 30 pagados al Nápoles por una mediocridad como Lavezzi, pero el sueldo ascenderá a 12’5 millones al año.

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Ibrahimovic es el epítome del futbolista moderno. No un one-man-club, sino un hombre que es en sí mismo un club. Jugador personalista, egocéntrico y singular, ha dominado todas las Ligas en las que ha jugado, pero en Europa o con su selección ha parecido siempre un jugador pequeño, extraviado en cuitas personales. La historia se repite. El PSG gana todas las Ligas con el sueco, pero Europa queda lejos. En 2013 Laurent Blanc toma el relevo de Ancelotti tras su frustrante experiencia en la convulsa selección francesa. Para reforzar al equipo, se ficha al feroz delantero uruguayo Cavani, procedente del Nápoles y que tendrá que someterse al capricho de Ibrahimovich y emigrar a la banda y se suceden los centrales brasileños (Alex, David Luiz, Marquinhos…) y los desembolsos, caso del desordenado volante argentino Di María, entonces en el Manchester United.

El fútbol del PSG es elegante y parsimonioso, ordenado, correcto y aburrido. En Europa se sucede una constante: fases de grupo solventes y una infranqueable barrera en cuartos. En un giro irónico los equipos españoles, o casi en exclusiva el Barcelona se convertirán en su pesadilla. Los blaugrana los sacarán tres veces de la competición (2013, 2015 y 2017), mientras Chelsea (2014) y Manchester City (2016) se encargaran de las dos ocasiones restantes.

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Ya sin Ibrahimovic, instalado en el Manchester United junto a José Mourinho, ni Blanc, sustituido por el tres veces consecutivas campeón de la UEFA con el Sevilla Unay Emery el PSG afronta el auge del Mónaco. Los monegascos de nuevo tienen dinero tras la compra por parte del magnate ruso Dmitri Rybolóvlev en 2011 y desde 2014 han sabido cómo gestionarlo dando tiempo para que se desarrollase el proyecto del técnico portugués Leonardo Jardim, subcampeón de la Liga portuguesa con el Sporting en la 2013-14.

Hasta el momento se han enfrentado en la final de la Copa de la Liga (ganada por el PSG en la últimas cuatro ediciones) con victoria parisina por 4-1 y compiten mano a mano en la Liga alternándose en el liderato mientra tercero vive el Niza, que entrenado por el suizo Lucien Favre, ex del Borussia Mönchengladbach, cuenta con su propio Ibrahimovic de ocasión en la extravagante figura de Mario Balotelli.

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Apuntes para una historia breve del fútbol francés (y 1)

Una introducción.

En 1991 el PSG apareció. No es que no hubiese existido antes, pero nunca así. Apareció simbólicamente para reconfigurar el paisaje siempre cambiante del fútbol francés. La Ligue 1, hasta 2002 Division1, es una de las competiciones más singulares del fútbol europeo. Tal vez la única donde pueda hablarse de la ausencia de un rey. Los dominios, largos o cortos, se suceden abruptamente. Hay clásicos, pero no lo que podemos entender como grandes. Los históricos desaparecen, como el AS Saint-Étienne, que lleva desde 1981 sin ganar una liga y aún así es el campeón con mayor número de trofeos, y aparecen, como el Olympique Lyonnais, que nunca había ganado ninguna y acumuló un récord de siete consecutivas entre 2001 y 2008.

Los hay que son transversales, como el Olympique de Marsella, tal vez lo más similar a un grande, el FC Nantes, el Girondins de Burdeos o incluso el excéntrico Mónaco, pero sus épocas están muy espaciadas en el tiempo. Y los hay empeñados en una grandeza quimérica y millonaria como el propio PSG y en buena medida también el Mónaco. Hasta dieciocho campeones distintos se pueden contar en la liga francesa. Hay escuadras jóvenes, fusiones y refundaciones, intentos frustrados una y otra vez, dinero fluctuante, inestabilidad y cierta desafección por parte del aficionado en un país donde tal vez hay otras prioridades deportivas. Una liga singular con algo de laboratorio de ideas, entre clubes millonarios, equipos comerciales, refundaciones, fusiones, influencia de la televisiones…

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Cinco equipos que sintetizan variaciones y estilos aglutinando un periodo de esplendor son la excusa y servirán de guía: el PSG del Canal +, el Saint-Étienne como primer dominador de largo recorrido, el Mónaco dirigido por Arsene Wenger, el Girondins de Burdeos de Giresse y Tigana y el OLM bajo la presidencia de Bernard Tapié. Otros harán intervenciones de mayor o menor peso, caso del Nantes, alternativa en diferentes periodos u otros como Lens, Lille, Auxerre o Montpellier dispuestos a interrumpir los intentos de sometimiento de la Liga a un poder único o una rivalidad despótica.

La intención de estos apuntes es la de articular una breve historia del fútbol francés moderno, un país por lo común postergado, fuera del foco principal de la historiografía futbolera. Aunque sea esta tan modesta. 1970, año de fundación del PSG es un punto de partida simbólico, como  lo será el final con la irrupción del Olympique Lyonnais. Fracturas históricas, cambios de los tiempos, pequeñas fechas memorables, distintivas que sirven como señales de tráfico. Iremos adelante y atrás en el tiempo, usando la intrincada cronología de esa serie de equipos que se yuxtaponen y enlazan para contar la misma historia colectiva desde diferentes puntos de vista particulares. Es el periodo de mayor claridad. Hacia el pasado resulta muy complejo, hacia el futuro demasiado tedioso. Preferimos un presente eternizado.

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Capítulo 1: Saint-Germain y alrededores.

El PSG es un producto y siempre lo ha sido. Hay algo de artificial en él. Es el equipo de una ciudad a la que no le importa el fútbol. La capital de un estado centralista que hasta el balón quiere centralizar. Pero el balón no se deja.  El PSG es fruto de la fusión de otro club novel, el Paris Fútbol Club (1969) y un histórico de las divisiones inferiores, el Stade Saint-Germain (1904). Apenas dos años después el Paris FC rompió lazos y para asegurar su puesto en la primera división se fusionó nuevamente, esta vez con el Cercle Athlétique de Montreuil, logrando mantener una notable base social. En la actualidad disputa la Ligue 2. El PSG se puso a escribir su historia demasiado rápido y a golpe de dinero. Trastabilló primero y se asentó después, a principios de los 80. En la temporada 85-86 ganó la primera liga de su historia. Antes (81-82 y 82-83) había levantado dos Copas de Francia consecutivas. Pero eso está por llegar.

En el verano de 1971 había ascendido a la Ligue 1, solo un año tras su fundación. Se clasifica en el puesto 16, pero la ruptura con el París FC lo relega a la tercera división. En 1973, el modisto y creador de ropa deportiva Daniel Hechter se hace con el club, comprado a su fundador Henri Patrelle, presidente del Stade Saint-Germain durante la fusión y vicepresidente en los 60 de la federación francesa.

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Hetcher lo había intentado antes con el Red Star y el modesto Poissy, llegando a estar a punto de hacerse con el control del mismo Paris FC en 1972. Un año después y junto al publicista Francis Borelli y el abogado Charles Tahar, especializado en el mundo discográfico, logra entrar en el mundo del fútbol a través de un PSG a la búsqueda de socios para los despachos y también para las gradas. Las intenciones del trío tienen también que ver con la idea de hacerse con un hueco en la sociedad parisina. Para ello les servirá Jacky Bloch, un antiguo futbolista amateur y conocido de todo el mundo en París que mantiene una estrecha amistad con la estrella de cine Jean-Paul Belmondo. Esto atrae a otras personalidades como el también publicista Alain Cayzac o el político Bernard Brochand y conformará un grupo conocido como “le gang des chemises roses”. Aunque Patrelle continua siendo nominalmente el presidente durante una época, es este grupo quien de facto controla, y en cierto modo refunda definitivamente, el PSG.

En 1974, ya está de vuelta tras dos ascensos consecutivos aunque en ningún caso logra ganar las ligas, quedando respectivamente tras el Quevilly y el Red Star, otro equipo parisino, con sede en Saint-Ouen y clásico equipo ascensor del fútbol francés del periodo. En el camino se cruza con el Paris FC, que en el 74 desciende a segunda para no regresar hasta la 78-79, a su vez último año en Ligue 1 de su historia. Aquellos dos primeros años de existencia el equipo estaba liderado desde la línea de centrales por el capitán de la selección francesa Jean Djorkaeff, un veterano del Olympique Lyonnais y el Marsella, había ganado una Copa con cada uno, e integrante de la escuadra del Mundial del 66. Djorkaeff elegiría luego irse al Paris FC para retirarse como entrenador-jugador. Poco más de veinte años más tarde, su hijo, el genial mediapunta Youri Djorkaeff ganará el único título internacional del PSG, la Recopa de la 95-96, el Mundial del 98 y la Eurocopa del 2000.

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El otro gran club parisino, el Racing Club de Francia aun estaba por volver. Equipo importante en los 30 y los 40, su última buena época había sucedido ya a principios de la década de los 60, pero un descenso en 1964 había condenado al histórico a un peregrinaje por la segunda que duraría más de veinte años y desembocaría en sucesivos proyectos faraónicos del millonario Jean-Luc Lagardère. Vidas paralelas, el RCF y el PSG parecen comentarse paródicamente y cuyas historias están llenas de de nombres comunes.

Aquel vacío fue, precisamente, lo que animó la creación del PSG como posible competidor del entonces dominante Saint-Étienne, quien entre 1967 y 1976 apenas dejó espacio para dos títulos del Olympique de Marsella (1971 y 1972) y uno del Nantes (1973).  Determinado por el carisma de Robert Herbin, jugador primero y entrenador inmediatamente después, que entre 1957 y 1983 está en todas las ligas ganadas por Les Verts, los del Loira significan el primer intento sólido por establecer una jerarquía duradera para el fútbol francés.

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En especial memorable en su segunda encarnación en los 70, cuando llegará a disputarle primero una semifinales (1975) y luego una final (1976) de Copa de Europa al imperial Bayern Munich de Franz Beckenbauer, El Saint-Étienne trabaja durante una década desde el convencimiento de ser un grande. Jugadores como Javin, Bathenay, Santini, quien llegaría a ser seleccionador francés, o el fantástico extremo Rocheteau son el mejor exponente de la política de formación del club. En similar medida lo es también la larga permanencia del emblemático central argentino Osvaldo Piazza (siete temporadas) o la misma longevidad de Herbin al frente de un equipo, solo superada por la legendaria estadía de Guy Roux en el Auxerre entre 1964 y 2005. Para el Auxerre su gran periodo será en los 90, donde gana su única Liga (95-96) superando a los lujosos PSG y Mónaco y se anotan sus dos primeras Copas, en 94 al Montpellier y 96 al Nimes para completar, liderados por el excelente líbero Laurent Blanc, la mejor temporada de su historia.

El ascenso definitivo dejará pronto al PSG solo en París. La temporada 74-75 la comparte con el modesto Red Star pero la élite del fútbol es esquiva con la capital y descienden ese mismo año. Tal vez esa fue la causa (o la casualidad) de su definitivo asentamiento: el lugar preciso en el momento preciso. Una ciudad solo para ellos.

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Sus primeras temporadas son poco más que una toma de contacto. Un hacerse a la categoría antes de intentar por vez primera mayores objetivos. El legendario jugador Just Fontaine es la primera adquisición simbólica para ejercer como entrenador en dupla junto a Robert Vicot. La aspiración de club rico está en su misma fundación y en el estilo llamativo de los “chemises roses”. El dominante central portugués Humberto Coelho llega desde el Benfica en el 75. Por más de un millón de francos fichan a Mustapha Dahleb, un extremo que es el mayor talento argelino de la época, desde el Sedan FC. Aunque el movimiento más temerario fue el intento de contratar a Johann Cruyff, cortejados él y su mujer durante largo tiempo por Hechter. En el verano del 75, Cruyff jugó dos amistosos con la camiseta del PSG, contra el Sporting de Portugal y contra el Valencia en un torneó amistoso organizado en París pero el holandés era demasiado caro y el Barcelona no quería vender. Cuando en el 78 Cruyff rompiese con el Barcelona, Hechter ya no estaría para ficharlo. Uno camino de Estados Unidos, el otro inhabilitado.

Es un periodo de alternativas, donde tras la superioridad del Saint-Étienne los campeones se alternan con protagonismo para un Nantes que continúa siendo el club más sólido de Francia. Entre el 77, última liga de Les Verts, y el 84, primera del breve ciclo protagonizado por el Girondins de Burdeos, los Canaries levantan tres títulos (77, 80 y 83) por dos del Mónaco (78 y 82). En el entreacto, el PSG se refuerza con mas jugadores llamativos como el defensa ex-Atlético Ramón Heredia, el volante Jean-Claude Lemoult, internacional en el 82 o el delantero Carlos Bianchi, años después entrenador fundamental en el fútbol argentino y por entonces el más peligroso rematador de la Ligue 1, tal y como había acreditado en el Stade de Reims. Bianchi dejó soberbias cifras en sus dos temporadas en París (37 y 27 goles) pero no sirvieron más que para garantizar la estabilidad de un equipo clavado a la mitad de la tabla.

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En la 77-78 fueron undécimos en un campeonato ganado por un Mónaco que ese mismo año había ascendido y en la siguiente, 78-79, hicieron decimoterceros mientras el RC Strasbourg logra su primer y único trofeo contando en su plantilla con Arsene Wenger, luego entrenador del estupendo Mónaco de los primeros 90.  Esa misma temporada Hechter es sancionado y apartado del club por venta ilegal de entradas haciéndose desde ese año con el control Francis Borelli, quien será presidente durante su primer periodo de triunfos en los 80 para dejar luego el club, muy endeudado, bajo control de Canal + en 1991. Borelli no se apartará del fútbol, sino que se hará con la presidencia del AS Cannes y entre el 92 y 96 el equipo llegará a jugar dos veces la Copa de la UEFA. Hechter, por su parte, se moverá hacia Alsacia en los 80, donde logrará el control del RC Strasbourg y en los 90 se involucrará en política de la mano de Bernard Tapie, presidente-escándalo del Olympique de Marsella, entonces en la lista Énergie Sud vinculada al PRG (Partido Radical de Izquierda).  Extrañas endogamias.

Los títulos para el PSG estaban también a punto de llegar. En el 81 firman su mejor puesto en Liga (5º) y al año siguiente se hacen con su primera Copa de Francia.  La final es infartante. Con Rocheteau empatando a 2 en el último segundo y el PSG levantando el trofeo en unos ajustados penaltis. El rival era el último gran Saint-Étienne, que contaba entre sus filas con un talento como el de Michel Platini, a un paso ya de firmar por la Juventus. Junto a él, el delantero holandés Johnny Rep, miembro del legendario Ajax total, el centrocampista pied noir Jean-François Larios, el defensa de Martinica Gérard Janvion, quien en el 83 fichará por el PSG o Patrick Battiston, pronto fundamental en el auge del Girondins de Burdeos.

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El PSG había ido reformando y con Georges Peyroche, precisamente un antiguo jugador del Saint-Étienne en los 50, encaraba unos años prometedores. El equipo contaba con un sólido delantero como el chadiano Nabatingue Toko y se articulaba a partir de un formidable centro del campo, sustentado en Ivica Šurjak, dominante mediocentro del Hajduk Split de los 70 y el talentosos jugadores franceses como Dominique Bathenay o Dominique Rocheteau, ambos fichados desde el Saint-Étienne en una exhibición de fortaleza económica o sobre todos, Luis Fernández. Medias caídas, sin espinilleras, desgarbado y contrahecho, Fernández era un ejemplo de entrega, empuje y laboriosidad. Todo ello, unido a su enlace directo con los sentimientos de la grada, le convirtieron en complemento ideal para uno de los grandes centros del campo de la historia, el de la selección francesa entre el 82 y el 86, y corazón del PSG. Eso no significaba la ausencia de algunas operaciones extrañas, como el breve paso de Oswaldo Ardiles cedido por el Totthenham durante unos pocos meses del año 82 debido a la Guerra de las Malvinas.

La temporada siguiente, con un bloque muy similar donde el bosnio Safet Sušić, quien permanecerá en el club hasta el 91, sustituía al croata Šurjak, el PSG mejora su posición liguera al terminar tercero y dobla la vitrina copera, esta vez venciendo 3-2 al Nantes, campeón de aquella liga y liderado por futbolistas como el mediapunta de origen malí José Touré, el delantero bosnio Vahid Halilhodžić, que cambiará Nantes por el PSG, el central Maxime Bossis, pieza fundamental de la selección o Thierry Tusseau, otro mediocampista que pronto formará para el Girondins. Ambos, curiosamente, jugarán desde mediados de los 80 para el RC París, al igual que Luis Fernández, dentro de un nuevo proyecto demencial de Lagardère.

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Dueño del grupo Matra, dedicado a la fabricación de material bélico, aeronáutico o automovilístico, también tras la compra de Hachette al sector editorial y publicitario, pretendía la creación de un equipo que confrontase al PSG en París y en sus mismos términos. Lagardère, que había triunfado en sus inversiones en la F1 en los 60 y 70 llegando a ser Campeón del Mundo en 1969 con Jackie Stewart, decidió en los 80 enfocar Matra hacia el floreciente negocio del fútbol.  En 1982 compra el Racing Club de París y propone al París FC una fusión que estos rechazan. Ante tal ausencia de acuerdo compra también este y lo convierte en filial. Tras un breve paso por primera en la temporada 84-85 con el argelino Rabah Madjer como estrella incrementa el gasto en fichajes. Todavía en 2ª y como Racing París 1 recluta al icónico central del Nantes Maxime Bossis, a Philippe Mahut desde el Saint-Etienne, al delantero congoleño Kabango, al español Daniel Solsona o a Victor Zvunka, un veterano del Olympique de Marsella que ejercerá como entrenador-jugador. El ascenso no supone dificultad y en el 86 reaparece en primera, compartiendo el Parque de los Príncipes con el PSG. Pero mientras estos habían logrado reunir una creciente parroquia, el equipo de Lagardère apenas llevaba unos pocos miles de aficionados.

La prensa se ensañaba con el club debido a un nuevo cambio de nombre, el Matra Racing, que exacerbaba su carácter comercial desalmado. Llegaron el excelente mediapunta alemán Pierre Littbarski desde el Colonia, el estilista uruguayo Enzo Francescoli, uno de los jugadores deseados en Europa tras una época formidable en River, a Tusseau desde el Girondins, a Germain (mediocentro defensivo clave luego tanto en OLM como en PSG) desde el Nancy y en un golpe directo al rival a Luis Fernández. Al banquillo otro refuerzo de lujo, el portugués Artur Jorge recién campeón de Europa con el Oporto y futuro arquitecto del PSG de los 90. Un triste puesto 13 no justificó la inversión y las alegrías se limitaron a la victoria frente al PSG en un derby extraño y artificial.

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El Racing Club de París era un clásico cuya historia se remontaba a los mismos inicios del fútbol francés. En la década de los 30 había vencido en una Liga y en las siguientes décadas su presencia había sido sólida (varias copas, subcampeonatos…), pero aquel equipo era una parodia de la historia que solo compartía las listas horizontales blancas y celestes. Tan rápido como se recreó, se desintegró. Antes de cumplir la década en el equipo Lagardère lo vendió tras salvarse del descenso la 1988-89. De nuevo Racing París, descendieron al año siguiente sin colchón económico y huérfanos de afición. La despedida fue, al menos, hermosa, ya que se completó con una final de copa frente a un Montpellier que contaba entonces con Blanc, el central brasileño Julio Cesar, el carismático mediocentro colombiano Carlos Valderrama o un joven Eric Cantona. Derrotados 2-1, lo mejor que podían ofrecer era un interior elegante formado en el Sporting Toulon: David Ginola.

La Liga se alimentaba del atractivo que el Mundial del 86 todavía ejercía sobre Francia y de un mercado interno en constante trasvase entre los clubes que, a su vez, provoca fluctuaciones en los dominios. Esto asienta la idea de unas jerarquías no duraderas, si bien extraordinariamente sólidas durante el periodo en el cual se dan. La sensación es que la oportunidad de ser grandes, o de hacerse grandes, está abierta para casi todos. Esa era la oportunidad que quería tomar ya a mitad de la década de los 80 el PSG y que en la cual el Matra Racing fracasó estrepitosamente mostrando la otra cara del fútbol de nuevo rico, de la urgencia sin cimientos o de la destrucción de la identidad. Será el Girondins de Burdeos, un club clásico, quien se aproveche, dejando solo durante un año la oportunidad a los parisinos de asaltar el gran título; será en la 1985-86.

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El Girondins llevaba sin ganar la Liga desde el año 50, su única además. A principios de los 60 habían sido alternativa, pero sin metal. Dos décadas después su fútbol de alta escuela se vio recompensado con un ciclo excepcional bajo la dirección de Aime Jacquet, otro exfutbolista del Saint-Etienne en los 60 y quien más de una década después y con un fútbol mucho menos acogedor hizo a Francia campeona del Mundo.

Su Girondins, en cambio, estableció una mutua influencia respecto a aquella otra selección que sería campeona de Europa en el 84 y disputaría dos semifinales mundiales. Los volantes de aquel equipo eran los de los bordeleses, Alain Giresse, símbolo del club, y Jean Tigana.

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La construcción de este Girondins no difiere de la del PSG (en esta u otras épocas), la del Mónaco de Jean-Louis Campora, el Olympique de Marsella de Bernard Tapie, el Olympique Lyonnais de Jean-Michel Aulas o pese a su fracaso contumaz el Racing Club de Jean-Luc Lagardère: dinero inyectado desde la órbita de los negocios por presidentes carismáticos.

De algún modo, las fluctuaciones del fútbol francés parecen marcadas por estas personalidades, tal vez pudiendo hablarse del fútbol francés como uno de presidentes que imprimen su propia personalidad sobre determinados equipos. El impacto del fútbol en Francia tras el éxito organizativo de la Euro del 84, ganada por aquella selección memorable, había atraído el dinero hacia los equipos, haciendo la Liga atractiva y ofreciendo la posibilidad de importar talento foráneo. La semilla del cambio de los 90 se plasma aquí.  No en vano, el 84 es el año de fundación de Canal +.

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Tres ligas en cuatro años, dos copas y una semifinales de Copa de Europa, en el año de la tragedia de Haysel, precisamente siendo eliminado por la Juventus y otra de  Recopa en el 87, esta vez frente al sorprendente Lokomotiv Leipzig. Títulos y competiciones quien dieron brillo a un periodo por sí mismo sólido y memorable. Historias para otro capítulo.

Tal vez el PSG estaba entonces más centrado en sus propias y primeras experiencias europeas, saldadas con unos meritorios cuartos de final contra el Waterschei Thor en el 83 (año en el cual el Aberdeen de Alex Ferguson derrotaba al Real Madrid en la final) y un choque de octavos contra la poderosa Juve al año siguiente, y parecieron notar las alturas, el peso de los torneos.

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Así, mientras el Girondins aseguraba su segunda Liga consecutiva en 1985, los parisinos caían el puesto 13, su peor clasificación en años. En realidad, tomaban impulso para el esfuerzo definitivo que será su primera Liga.

Lo ganan con Gerard Houllier en el banquillo, fichado ese mismo años desde el Lens. Allí había forjado un equipo sólido, pero nada llamativo cuya mejor clasificación había sido un cuarto puesto en el 83. Pero, solidez es los que ofrece al PSG para derrotar al Nantes, uno de los pocos equipos franceses que siempre parecen (o al menos parecieron durante un largo periodo) estar. Su fútbol de oficinista, funcionarial y sin gracia pero eficiente como la maquinaria de la burocracia lo construyó a partir de la llegada a la portería de Joel Bats desde el Auxerre.

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Había superado un cáncer de testículos en el año 82 y emergido no solo como uno de los grandes porteros europeos de su tiempo sino como una personalidad excéntrica singular. Jugaba con una extraña calma y esa misma relajación transmitía.

Era pequeño pero extraordinariamente ágil, atento y con una lectura tremenda del mano a mano. El resto de la estructura dependía de la inteligencia del central Jean-Marc Pilorget, convertido por Houllier en titular o la pareja de centrocampistas Poullain, un ex de Nantes y el clásico Luis Fernández. Junto a ellos, la calidad de Susic y Rocheteau y otra incorporación clave desde el Auxerre, el zurdo holandés Pierre Vermeulen que compensó su carencia de gol con una devoción militar por el equipo.

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Más de una década después Houllier fichará por el Liverpool para comenzar el minucioso proceso de desmantelamiento de un estilo de fútbol y, paradójicamente, recuperar la senda de los triunfos que se extenderá con Rafa Benítez. Con él, el Liverpool vuelve a ganar (Copa de la Liga, FA Cup y Copa de la UEFA, todo en 2001) tras diez años de absoluta sequía. Los caminos del fútbol. En París Houllier solo se mantuvo dos temporadas antes de aceptar la llamada de la Federación Francesa para ocupar distintos puesto técnicos, incluido el de seleccionador absoluto entre el 92 y el 93.

La Liga terminó por ser un espejismo y no solo no fue capaz de mantener el éxito, sino que en su último año se desplomó hasta un alarmante puesto 15 mientras veía como el elegante Mónaco de Arsene Wenger y el Olympique de Marsella eran los nuevos proyectos ascendentes.

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Con Wenger, el Mónaco logra una Liga (87-88) y dos Copas (85 y 91) además de la disputa de una final de Recopa en 1992, perdida contra otro equipo de moda por entonces como el Werder Bremen que vivía su edad de oro con Otto Rehhagel como entrenador y jugadores como Marco Bode, Mirko Votava, Dieter Eilts, Ulrich Borowka, el neozelandés Wynton Rufer, un Klaos Allofs a quien habían recuperado desde el Girondins, el austriaco Andreas Herzog o Mario Basler, futbolista-sensación durante unos años. Pura clase obrera del fútbol y un equipo rocoso y feo, en gran medida opuesto al fútbol grácil de los monegascos.

Buenos años para las alternativas a los poderes oficiales, en todo caso, incluso a aquellos que están surgiendo como el del Olympique de Marsella que en muy poco tiempo ha construido un acorazado que se impondrá tanto en la competición local durante casi toda la primera mitad de los 90 como fuera jugando dos finales de Copa de Europa y levantando el título en la segunda de ellas frente al Milan en la 1993-94.

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El auge de los marselleses está íntimamente ligado al de los parisinos. De hecho, el PSG experimenta un tercera refundación cuyo objetivo no es otro que ejercer de contrapeso al OM y tratar de forjar una rivalidad nacional que potencia los intereses de un operador televisivo que iba a revolucionar no solo el fútbol francés, sino el continental (y mundial): Canal +.

Antes de la entrada en vigor de la Ley Bosman en 1995 esa entelequia que llamamos “fútbol moderno” ya se había instalado. Fueron los operadores de TV quienes la trajeron. Suyos fueron los impulsos que provocaron los grandes movimientos de las placas tectónicas del fútbol, los cuales llevaron a la disolución del modelo deportivo/organizativo/económico/competitivo anterior. 1992 fue el año de la ruptura. El año en que nació la Premier League y la Champions League. 1991 fue la antesala: el año en que Canal + se hace con el control del PSG…por culpa del Olympique de Marsella.

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La First Division fue refundada en el 92 como Premier tras la entrada en el mercado de Sky Sports, que en 1990 había sido adquirida por el magnate australiano Rupert Murdoch como parte de su plan para infiltrarse en los medios británicos. Sky rompió la banca negociando contratos televisivos directamente con los clubes que superaban por mucho los ingresos que la BBC les proporcionaba.

El trabajo de zapa comenzado en el 90 cortejando a los clubes más poderosos fructificó en el 92 cuando los equipos de la primera división rompieron con la liga de fútbol y forzaron la refundación de la competición, confirmando de paso el monopolio de una Sky que se convertía en la operadora de televisión por cable terrestre más poderosa de Europa y Rupert Murdoch en una figura central de la economía y la política británicas, con sus medios apoyando a Tony Blair desde mediados de la década.

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En paralelo la Copa de Europa se diluía en la Champions League (la primera ganada curiosamente por el Olympique de Marsella), una idea cuyo origen hay que rastrearlo en 1988 en los planes de otro magnate de los medios, el italiano Silvio Berlusconi, presidente del AC Milan por entonces,  que con el apoyo de Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid,  empujaba la liga europea. En el 90, Mendoza y el presidente del Glasgow Rangers David Murray logran que la UEFA acepte a consideración su propuesta de liguilla previa para la Copa de Europa.

En la temporada 91-92 se prueba un sistema mixto donde tras dieciseisavos y octavos por eliminación directa,  cuartos y semis se sintetizaban en dos grupos y formato liga, siendo el líder de cada grupo el finalista.  El formato se mantendrá dos temporadas más, pero es en la 92-93 cuando se efectúa el cambio de nomenclatura a Liga de Campeones. En la 94-95 los grupos pasan a la primera fase y las rondas directas desde cuartos de final.

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La nueva marca fue el modo de comercializar el producto de manera más agresiva. La UEFA ejercía de cabeza de una corporación de sponsors que ostentaban derechos exclusivos sobre la Champions y facilitaba la venta de paquetes de derechos de televisión a los operadores en jugosas subastas. La Champions era un macronegocio, un escaparate gigantesco y el artículo de lujo definitivo del neofútbol.

Este cambio de paradigma llegó, por supuesto a la FIFA y al Mundial, oscureciéndose los intereses cada vez más en la administración Blatter si bien fue el legado final de João Havelange, bajo cuya presidencia el evento llegó a los Estados Unidos. Los derechos de aquella emisión fueron adquiridos conjuntamente por ABC y ESPN por 11 millones de dólares. En 2014, Fox, otra parte del conglomerado Murdoch, se hacía con los dos próximos mundiales por 425 millones de dólares.

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El caso Bosman, juzgado entre 1990 y 1995 no fue otra cosa que una consecuencia de este nuevo contexto.

En 1991, cuando Francis Borelli deja la presidencia del PSG la deuda del club asciende a 51 millones de francos. En 1998, Borelli será suspendido y sentenciado a 8 meses de prisión por irregularidades en su gestión sucedidas durante esta última época.  Es entonces cuando Canal + decide hacerse con el PSG. Su estrategia era la de asegurar una rivalidad (deportiva, social, económica…) respecto al Olympique de Marsella que presidía Bernard Tapie, quien en aquel periodo de principios de los 90 lo mismo era dueño de Adidas, a la cual había recogido al borde de la bancarrota, su especialidad como empresario, que ministro bajo la presidencia de François Mitterrand.

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Tapié aparece como un Lagardère a quien le salen bien las cosas. Incluso comparte a Enzo Francescoli. Como él, antes del Olympique había conocido el éxito deportivo en otra disciplina, en su caso con un equipo ciclista, La Vie Claire, que había ganado los Tour del 85 y el 86; el primero con Bernard Hinault y el segundo con el norteamericano Greg LeMond.

Es en ese 1986 cuando Tapié se hace con el Olympique y en 1989 comienza un arrollador dominio completado con cinco ligas seguidas y dos finales de Copa de Europa, la segunda de ellas ganada frente el Milan. La historia terminó abruptamente ya que ese mismo año, el 93, es desposeído de su último título y Tapié inhabilitado por compra de partidos.

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Esto aun estaba por llegar y el dominio, sobre todo económico, del Olympique amenazaba con estrangular la liga francesa. A través del PSG Canal + buscaba garantizar un contrapeso y, a la vez y si la operación salía bien, asegurarse el control sobre un fútbol en transición desde dentro del mismo porque Canal + compartía los derechos de emisión con TF 1 pero ofrecía un estilo completamente distinto en la forma de una cobertura técnica revolucionaria y un tratamiento informativo renovado que en España conocimos dado que la empresa se introdujo a través del Grupo Prisa en 1990.

Jaques Chirac, entonces alcalde de París (por la derecha gaullista, frente a la izquierda mitterranista que representaba también Tapié en Marsella; con lo cual vemos también un interés en un contrapunto político) y desde 1995 presidente de la República, aparece como garante del plan de Canal + para salvar al PSG; ya sin remedio convertido así de facto en el equipo representativo de la ciudad.

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C+ es el socio no mayoritario con un 40% del control del club, pero en la práctica los dirige sobre los restos de los “camisas rosas” que permanecen como meros hombres de paja.

El presidente sobre el terreno  y director deportivo es el periodista y productor de TV Michel Denisot, uno de los fundadores y hombres fuertes de Canal +. Denisot es un respetado comentarista deportivo, que había sido en los 80 presidente del modesto La Berrichonne de Chateauroux, club al cual profesionalizó y logró llevar a la 2ª División. Una década más tarde de su gestión, La Berri ascenderá ala Ligue 1 y llegará a jugar una final de Copa en 2004 precisamente contra el PSG.

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El Ayuntamiento parisino no solo se hace cargo de la deuda del club, sino que aporta a esta refundación encubierta 30 millones de francos. Canal + contribuye con otros tantos y entre patrocinadores, anticipos de venta de entradas, derechos televisivos, etc… se completa un impresionante presupuesto de 120 millones de francos capaz de competir de tú a tú con el OLM. Los dos objetivos inmediatos de la operación se cumplirán: la potenciación de la liga doméstica y la consecución de un escaparate europeo.

Así, durante la primera mitad de los 90, la Ligue 1 (llamada hasta 2002 División 1) y sus equipos serán algunos de los más apasionantes y atractivos de la primera mitad de los 90, apareciendo PSG, Mónaco, Girondins, Nantes y OLM en numerosas semifinales y finales europeas. Una presencia que vendría a ser rota por el brutal dominio que sobre la década de los 2000 ejercerá el Olympique Lyonnais, el cual paradójicamente solo logrará una presencia en las semis de Liga de Campeones en 2010, cuando ya había dejado de ser campeonísimo a favor del OLM, el único finalista europeo francés de los 2000, derrotado en la UEFA de 2004 por el Valencia de Rafa Benítez, entonces oposición firme al duopolio Real Madrid/FC Barcelona en la liga española.

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